Películas de la semana, sorpresas cinéfilas. La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan/ From Darkness to Light (2024) de Eric Friedler, Michael Lurie / El equívoco (The Hireling, 1973) de Alan Bridges / Recién nacidas (Jeunes Mères, 2025) de los hermanos Dardenne

Ha sido esta una semana de bienvenidas sorpresas cinéfilas. Primero, una de esas películas que no pude ir a ver a una sala de cine y que me quedé en su momento con muchas ganas. Y una vez vista, confirmo que es de esas obras que me tocan y me dejan huella. Luego disfruté de uno de esos documentales reveladores sobre cine que habla sobre una película maldita en la carrera del cómico Jerry Lewis. Con la cabeza en la entrada anterior del diccionario cinematográfico, llevaba tiempo detrás de una película protagonizada por un chófer y esta me ha sorprendido gratamente. Y, por último, he podido meterme de lleno en el último largometraje de los hermanos Dardenne con uno de los finales más bellos que he visto últimamente. Películas y más películas que cada día calman mi hambre de cine.

La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan

Hay una serie de películas que con un punto fantástico y jugando con el concepto del tiempo son verdaderos tratados de filosofía sobre el sentido de nuestra existencia. Y siempre me han tocado la fibra y me han hecho pensar.

En ese conjunto de películas entra de lleno La vida de Chuck, desconozco el relato de Stephen King del que parte, pero la película me ha parecido un ejercicio de sensibilidad que casa muy bien con la incertidumbre de un mundo que se sustenta en lo digital. Sin embargo, los humanos seguimos con nuestra única certeza: todos moriremos. Y con esa certeza tratamos de ir viviendo lo mejor posible con o sin internet ni todas sus parafernalias, que ya descubrimos en el gran apagón de 2025 la debilidad y fragilidad del mundo virtual.

Esta película me hizo pensar en otros largometrajes que en la misma dirección que La vida de Chuck me han marcado de una manera u otra, pues me han hecho pensar en el sentido de nuestra existencia, en nuestro papel, qué hacemos aquí, hacia dónde vamos, qué significamos… Y surgen títulos como Atrapado en el tiempo, Más extraño que la ficción o la más reciente Here>, que adaptaba un magnífico cómic. Son películas para filosofar, pero que además se arriesgan en su manera de ser contadas.

La vida de Chuck cuenta la vida de un hombre, un contable, en tres actos en orden inverso y de una manera muy especial. En esa manera de contar se contiene un mundo apocalíptico, un puro musical y una película de adolescente con casa encantada. Y esos tres actos funcionan maravillosamente para captar el sentido de una vida, para atrapar el momento mágico, para explicar la muerte y la herencia que arrastramos.

La película se sustenta en un verso de Walt Whitman, «Soy inmenso, contengo multitudes» y que aparece desde el primer momento y va adquiriendo más y más significado. Así se habla de los mundos especiales que contenemos cada uno en nuestro interior y que nos definen, que cada ser humano nunca mejor dicho es un universo… Que somos nuestras vivencias, recuerdos, aromas, pasiones, relaciones, risas, heridas, aromas… Nuestra única certeza, una revelación que todos vivimos en algún momento, es la muerte, así que si el mundo nos deja (que mira que lo tenemos difícil), tratemos de vivir lo mejor posible con una idea: «Soy maravilloso, me merezco ser maravillos y contengo multitudes».

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Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

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Joyas del cine clásico latinoamericano (VI). El chacal de Nahueltoro (1969) de Miguel Littín

El chacal de Nahueltoro no deja indiferente a un espectador que le acompaña en su historia.

El chacal de Nahueltoro. Los tobillos de un hombre con unos grilletes. De calzado, unas sandalias. Todos los periodistas que le rodean llevan zapatos. Mientras se filman sus pies encadenados, se oye cómo pide el posible indulto. Y el espectador siente que ese hombre ya está condenado.

Ya desde los créditos de la película de Miguel Littín se informa de que los hechos contados se basan en informaciones de prensa de la época, en entrevistas realizadas por los periodistas, expedientes, actas y documentos del proceso de Jorge del Carmen Valenzuela Torres. La película se divide en distintas partes que van contando el errar del personaje principal desde la infancia hasta que es condenado a pena de muerte. Así ante nuestros ojos, como si de un documental se tratara, pasa la infancia, el andar, la regeneración y muerte de Jorge, el chacal de Nahueltoro.

Miguel Littín arranca su historia una vez ha sido detenido y cómo es condenado por la multitud que le rodea. Ese hombre está siendo conducido al lugar de los hechos para reconstruir la muerte de las víctimas. A partir de ese momento la voz del propio asesino va contando su historia desde la infancia, con insertos también de una voz objetiva que lee documentos oficiales. El chacal describe los hechos tal y como declaró para el juicio o en las diferentes entrevistas a la prensa.

El largometraje tiene una fuerza narrativa que atrapa, pues Miguel Littín retrata con toda su crudeza los asesinatos que cometió el chacal el 20 de agosto de 1960 bajo los efectos del alcohol: mató con violencia a una mujer, Rosa, y a sus cinco hijos, uno de ellos un bebé. Pero antes conocemos el deambular de Jorge desde que huyera de su casa a los siete años. Una vida de miseria y soledad, sin referentes ni educación y con la humillación continua en cada paso o nuevo destino. Rosa, viuda y expulsada de su hogar por el patrón, no le va a la zaga en vida dura. El apodo de chacal se le puso por el salvajismo de sus actos, pues llegó a pisotear al bebé hasta morir. Tanto el chacal como Rosa y sus hijos están condenados de antemano por sus circunstancias sociales.

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As bestas (As bestas, 2022) de Rodrigo Sorogoyen

As bestas, en el paraíso también se oculta el infierno.

La rapa das bestas es una tradición gallega que consiste en que varios hombres someten a los caballos salvajes de los montes para cortarles las crines, desparasitarlos si es necesario, curarlos si lo necesitan o marcarlos. Así empieza As bestas de Rodrigo Sorogoyen, con el sometimiento de un caballo salvaje por tres hombres. No es más que una metáfora que volverá a repetirse sobre la mitad de la película, donde estalla una violencia que había estado en tensión durante todo el metraje. En ese momento, se produce una lucha por someter a la fuerza al otro y los hombres se convierten en bestias. Una vez más se pone en marcha la cita de Thomas Hobbe: «El hombre es un lobo para el hombre».

En As bestas, Rodrigo Sorogoyen y Isabel Peña levantan una historia que se inspira libremente en el asesinato de Martin Verfondern en 2010, un holandés que vivía junto a su esposa, Margo Pool, en una localidad gallega desde hacía más de una década. Desavenencias con la familia vecina precipitaron la tragedia. Los protagonistas de la película son una pareja francesa, Antoine (Denis Ménochet) y Olga (Marina Foïs), que no logran precisamente una convivencia tranquila con dos hermanos vecinos, Xan (Luis Zahera) y Lorenzo (Diego Anido). Su madre (Luisa Merelas) tampoco calma los ánimos.

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El ombligo de Guie’dani (Xquipi’ Guie’dani, 2018) de Xavi Sala

La adolescente Guie’dani le confiesa a su amiga Claudia que su ombligo está enterrado en su pueblo, Xadani, en Oaxaca. Es un ritual simbólico que refleja que siempre puede regresar a su tierra, pues ahí se esconde su esencia. Guie’dani no renuncia ni un momento a sus raíces, a su identidad, a su cultura, a la mirada que posee del mundo… Su vida da un vuelco cuando tiene que abandonar la aldea e irse con su madre a Ciudad de México, donde su progenitora ha encontrado un trabajo como empleada doméstica interna con una familia de clase media acomodada.

Cuando llega a su nuevo hogar, no solo no lo vive como tal, sino que se siente un pez fuera del agua, que mira con ojos vigilantes un mundo al que no pertenece ni quiere pertenecer si tiene que renunciar a ser ella misma. Una de las funciones de cuidado que tienen que asumir su madre y ella es alimentar a unos delicados peces en un enorme acuario. Guie’dani se siente pez extraviado, fuera de su hábitat natural, y se rebela contra un mundo que no la deja ser ella misma.

La actitud de Guie’dani incomoda a la nueva familia, y el director Xavi Sala logra trasladar esa inquietud que provoca al espectador. Pues la niña no es sumisa, la niña no renuncia a su identidad, la niña es diferente y no quiere ser de otra manera para ser aceptada, la niña no asume las reglas de convivencia que establece la familia empleadora, que perpetua un modelo social injusto… Ella no les habla, los mira fijamente, no empatiza, no sonríe… Siempre está al acecho ese momento que se espera catártico donde Guie’dani estalle con toda su rebeldía y transgresión, donde el enfrentamiento cristalice. Pues la adolescente no siente que se tenga que mostrar agradecida ante una familia, que sutilmente, rechaza su identidad. De nuevo, cuando Claudia, su amiga, le pregunte que qué quiere ser de mayor. Ella lo tiene claro, será lo que tenga que ser, menos una sirvienta.

Porque el primer largometraje de Xavi Sala, director nacionalizado mexicano, pero que nació en Alicante, remueve y toca muchos matices a analizar. No solo evidencia una realidad mexicana, sino que universaliza un sentir. Es decir, no solo trata el conflicto racial tan arraigado en México contra la comunidad indígena, que incluso se perpetúa en ciudadanos con ideales progresistas, como la familia de la película, sino que deja al descubierto la enorme brecha social existente, cada vez mayor, donde arraigan nuevas relaciones de esclavitud.

Y esa brecha cada vez es más profunda y es universal, creando unos mecanismos de intransigencia y odio, donde asoma siempre una violencia silenciosa, en la que unos prefieren ignorar y perpetuar su poder bajo sonrisas amables y otros quieren sacudirse el yugo, frustrándose ante las continuas humillaciones, sin abandonar un enfrentamiento continuo. Ese enfrentamiento quiere revelar que no solo abrazan su diferencia, sino que se niegan al destino social que tienen asignado. Guie’dani echa de menos su aldea, sus orígenes, su raíces, su ombligo… No quiere renunciar a él. De hecho, se lleva como codiciada posesión una bolsa de tierra de su aldea.

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Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1964) de Jacques Demy

Casi nada más empezar Los paraguas de Cherburgo, un joven mecánico opina sobre el ocio de sus compañeros de trabajo: uno, el protagonista, ha dicho que va a ir al teatro a ver Carmen y otro, que no va a parar de danzar en una sala de baile. El muchacho les dice: “No me gusta la ópera, prefiero el cine” y, poco después, vuelve a insistir: “Tanta gente cantando no me gusta, prefiero el cine”. Más adelante una desolada Geneviève (Catherine Deneuve) le confiesa a su madre que quiere morirse, pues su amado va a partir a la guerra de Argelia. Y la mujer sonríe, acaricia a su hija y le susurra: “Solo en el cine se muere de amor”. Jacques Demy, su director, juega con estas citas en su película. Por una parte, todos los actores cantan, más bien recitan, contradiciendo al joven mecánico en un punto. Sin embargo, le da la razón en algo, Demy prefiere el cine entre todas las artes, porque puede conjugar todo lo que ama escribiendo con su cámara. De tal manera, que finalmente hace llegar al público de una sala de cine una tragedia romántica, como si fuese una ópera vanguardista. Por otra, demuestra a la madre de la protagonista que en el cine, en el género romántico, una enamorada desgraciada no tiene por qué morir de amor. Y que una película musical puede no tener un final feliz, a pesar de estar envuelto en colorines.

No solo eso sino que Demy también homenajea a uno de sus géneros más amados, el cine musical de Hollywood. Refina la paleta de colores y dibuja sin miedo una obra reveladora y original. El rodaje de Los paraguas de Cherburgo fue ir contra viento y marea. El director francés apostó por un proyecto cinematográfico de riesgo, y el esfuerzo mereció la pena. Es más, a punto de cumplir sesenta años, sigue siendo una propuesta fresca, que además continua como modelo de varias obras cinematográficas actuales. No hace mucho por estos lares, no tanto en el aspecto formal, pero sí en el tratamiento e idea fondo, se estrenó Cerca de tu casa, de Eduard Cortés. Ahí se contaba, con todos sus actores cantando, el drama de los desahucios, a través del desmoronamiento de una pareja.

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El jorobado de Notre Dame. Cuatro versiones cinematográficas de Nuestra Señora de París de Victor Hugo

El jorobado de Notre Dame, Quasimodo, es uno de los personajes más reconocibles de la literatura francesa. Victor Hugo escribió una obra de un romanticismo trágico para salvar el gótico de París que no estaba siendo muy respetado durante el siglo XIX. Así el escritor recreó el medievo francés en París y contó la historia de varios personajes alrededor de Notre Dame durante más de setecientas páginas en Nuestra Señora de París. Entre medias de las desgracias de sus personajes dirigidos por la fatalidad, su pluma dejaba sus reflexiones sobre el arte, el conocimiento, la arquitectura, el progreso… y diversas descripciones. Todo para exaltar su amor hacia la arquitectura gótica parisina.

El cine ha adaptado numerosas veces la novela, dejando las reflexiones, las descripciones y ciertas tramas entre las páginas del libro, y muchas veces alterando el argumento o tomándose diversas licencias, pero atrapando algo de su esencia o recuperando para la pantalla algunos de sus personajes. Aunque hay varios protagonistas en este universo literario alrededor de la catedral parisina, en el cine el “rey” de esta historia ha sido Quasimodo, el jorobado, el campanero deforme y sordo de Notre Dame. Y no es de extrañar que siempre sea interpretado por actores con una enorme presencia y personalidad en la pantalla. Así en el cuarteto de películas elegido para analizar, el jorobado tiene el rostro de Lon Chaney, Charles Laughton, Anthony Quinn y Mandy Patinkin.

Por otro lado, siempre en sus versiones se ha respetado la fatalidad de los hechos (aunque a veces el cine guarde un final feliz a algunos de los personajes después de tanta desdicha) y el romanticismo trágico, sobre todo ese amor imposible y platónico entre el campanero y Esmeralda, la gitana. En realidad, lo que ha llamado poderosamente la atención es que es otra versión de un argumento clásico de la literatura francesa, y también repetido una y otra vez en distintas películas: la bella y la bestia. Cada una de las versiones cinematográficas de la novela de Victor Hugo tienen sus peculiaridades, sus personajes y sus momentos o ideas que merecen la pena. También cada historia hace hincapié en un aspecto determinado. Y la calidad y el acabado de las cuatro es diferente.

El jorobado de Notre Dame (The hunchback of Notre Dame, 1923) de Wallace Worsley

Lon Chaney como el jorobado Quasimodo. Y en el momento en que el personaje de Esmeralda le ofrece agua.

Uno de los alicientes de la película era ver la transformación del hombre de las mil caras, Lon Chaney. Y su conversión en el jorobado, como un ser deforme y monstruoso, cumplió las expectativas. De hecho, de los cuatro es el que tiene más de monstruo que de humano, aunque no olvida su sensibilidad de bestia maltratada capaz de amar y corresponder. El jorobado de Notre Dame es una película muda de la Universal que además de poner los cimientos del futuro cine de terror, era una apuesta del estudio, una superproducción.

Monumental su recreación en estudio de Notre Dame y sus alrededores, se centra en la historia de amor imposible entre la inocente Esmeralda (Patsy Ruth Miller), presentada como la niña pura de la novela, y el caballero vinculado a la corona, Phoebus. Ella es una zíngara, aunque se explica que sus orígenes son de una buena familia y que fue secuestrada por dos mujeres gitanas, y él es un caballero del rey, a punto de casarse con una dama de la corte. Para que la historia entre los dos pueda terminar felizmente hace falta la intervención del desgraciado campanero para proteger a Esmeralda y acabar con aquel dificulta la relación, Jehan, vinculado a los poderosos y a la catedral por su hermano, Claude, el archidiácono. El personaje del malvado en la novela es, en realidad, el archidiácono de Notre Dame, pero aquí pierde su identidad, y es su hermano el que ejerce el mal. Así la Iglesia queda desvinculada de la maldad de la corte y sus aristócratas, esto no ocurre en otras versiones.

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Araña (Araña, 2019) de Andrés Wood

Araña

Andrés Wood en Araña convierte en protagonistas a miembros de Patria y Libertad.

Araña sigue la estela de un cine chileno que describe una atmósfera cerrada, enquistada, que advierte que las fuerzas que engendraron el golpe de estado siguen no solo con el poder y formando parte de las clases más acomodadas, sino que su ideario sigue vivo y vigente. La brecha social cada vez más enorme y, por tanto, las injusticias, sangrantes. Y el polvorín a punto de estallar. No, ya ha estallado. Así el panorama social y político de los años previos a 1973 no dista tanto del panorama social y político de 2019. Mientras en los periódicos informan sobre que en las calles chilenas se vuelve a cantar “El derecho a vivir en paz” de Víctor Jara, emergen también, sin embargo, aquellos que nunca se fueron, que alimentaron la dictadura. Y Andrés Wood estrena una película que transita entre el pasado y el presente. Sus protagonistas son tres miembros de Patria y Libertad, movimiento paramilitar chileno de ideología fascista, que nació para enfrentarse contra el gobierno de Salvador Allende. El movimiento se disolvió tras el golpe de estado de Pinochet.

El cine chileno no tiene reparo en mostrar sus sombras y manchas. Historias cerradas, agobiantes, sin salida… de personajes oscuros. Así lo ha hecho ya Marcela Said en Los perros (2017) o Pablo Larraín en El Club. Andrés Wood convierte en protagonistas a tres personajes desagradables y cuenta sus gestas, sus pasiones y traiciones. Porque son personajes que existen, reales y vivos. Que están ahí. Las andanzas de Inés, Justo y Gerardo, ayer y hoy. La mente manipuladora de Inés (María Valverde/Mercedes Morán), como una lady Macbeth que nunca temió las manos manchadas de sangre, envuelve el relato. Ella nunca cae. Abre la narración amonestando orgullosa a un entrenador porque su nieto no juega en el campo y hace que los niños salgan al terreno de juego porque ella lo decide. Y cierra el relato con toda su familia reunida exhibiendo su poder ante los medios. Inés siempre ha tejido con cuidado una fuerte telaraña y nunca ha abandonado sus “ideales” ni se ha bajado del escalafón del poder social y político.

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Joker versus Charlot. Joker (Joker, 2019) de Todd Phillips

¿Cómo analizar Joker? Lo primero que me llamó la atención y que no me dejó retirar la vista de la pantalla fue la utilización del cuerpo por parte de Joaquin Phoenix para la elaboración de su personaje. Sus movimientos, gestos, la colocación de su cuerpo en determinados momentos, su vestuario, el maquillaje, su rostro y esa risa a destiempo, incómoda e inoportuna… Después llegó una secuencia clave y mi cabeza empezó a dar vueltas: en plena agitación social en Gotham, hay una proyección cinematográfica para la élite de la ciudad como todo un acontecimiento. La película en cuestión es Tiempos modernos (Modern Times, 1936) de Charles Chaplin. En un momento dado, vemos al Joker, que se ha colado en la sala de cine, vestido con unas ropas que no le corresponden, como si fuera una especie de botones con un traje de otra talla, que mira de pie hipnotizado y riéndose de Charlot patinando a ciegas en unos grandes almacenes. Charlot atrapado en esa pantalla de cine con un público que ríe, pero que no entiende la esencia de su personaje. Solo ahí existe una conexión posible entre dos parias: Charlot y Joker. Pero también se constatará a lo largo de la película de Todd Phillips que ambos siguen caminos contrarios.

Y entonces no sé si consciente o inconscientemente constato que a lo largo de toda la película se juega con el Joker como contrario de Charlot o atino un poco más: es como si se quisiera transformar al Joker en el Charlot del siglo XXI, dejando constancia de que el Charlot del siglo XX ya no es válido como modelo iconográfico. Así que esta no es más que otra mirada hacia una película que ha generado ya un montón de análisis, polémicas y críticas de distinta índole.

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Extrañas amistades. La favorita (The favourite, 2018) de Yorgos Lanthimos / Green book (Green book, 2018) de Peter Farrelly

La favorita (The favourite, 2018) de Yorgos Lanthimos

La favorita

Ana y Sarah, una relación cómplice en La favorita.

Una mezcla entre Amistades peligrosas más feroz y cruel, con intimidades decadentes en la corte a lo María Antonieta y una Eva al desnudo hasta las últimas consecuencias. Ese es el cóctel explosivo de La favorita, donde el director griego Yorgos Lanthimos vuelve a reflexionar, con su pesimismo a cuestas, sobre las relaciones humanas y de poder. La huella del director sigue latente no solo en los temas que le obsesionan, sino en la creación de un universo especial, raro, extraño y vivo que se desarrolla en interiores determinados y cerrados. El exterior siempre es un espacio de libertad, pero también un terreno desconocido donde se oculta la amenaza o una realidad que no se alcanza. Esta vez casi todo transcurre en el interior de un palacio, donde sus personajes se mueven de manera peculiar por sus distintos aposentos, salas, pasillos, patios y ventanas. Esa es otra de las características de su cine, servirse del cuerpo de sus actores para construir su manera de contar. Cómo se mueven, se desenvuelven, se cruzan, se alejan, se mezclan, se tocan, bailan… y esa sensación de extrañeza que dejan.

Esta vez el realizador Yorgos Lanthimos para crear su mundo de fábula y farsa cruel no solo se aleja de lo contemporáneo, sino que se sirve de un momento histórico y una corte real de finales del siglo XVII principios del XVIII. Así la película transcurre durante el reinado de Ana Estuardo, una reina inestable en lo emocional y físicamente enferma de vida turbulenta. Durante su mandato, en una época de guerras e inestabilidades políticas, la reina tenía un vínculo de amistad con Sarah Churchill, mujer con ambiciones políticas, y parece ser que su relación se deterioró cuando llegó a palacio su prima, Abigail Masham. Y aquí se encuentra la otra baza gozosa de La favorita, la elección de tres intérpretes para la creación de este triángulo despiadado. Y su entrega es total. Como una Ana Estuardo, patética y trágica, Olivia Colman. Para una Sarah, fría, animal político, pero sincera en sus afectos (aunque también se guía por sus ambiciones) hacia Ana, una bella Rachel Weisz (hasta con una cicatriz en mitad de la cara y un encaje para taparlo). Y para una Abigail que lucha por volver a encontrar su sitio, capaz de todo por el ascenso social, pero con un rostro amable y cálido, Emma Stone.

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