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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Padre e hijo en un continuo campo de batalla verbal en Falling.

En una cocina, sentados a una mesa, mientras comen, un padre provoca continuamente a su hijo a través de la palabra ofensiva, que duele. Y el hijo se ha hecho la promesa de no estallar. Lo intenta. Porque la relación con su padre se ha convertido en un campo de batalla interminable. Mientras, en una pequeña televisión a la que apenas hacen caso emiten Río Rojo de Howard Hawks, justo la secuencia del enfrentamiento final entre los personajes encarnados por John Wayne y Montgomery Clift. Y tiene todo su sentido. Estos dos actores representaron en esa historia dos tipos de masculinidad. La tiránica, conservadora y ruda de Wayne, el patriarcado de la vieja escuela; la sensible, progresista y conciliadora de Clift, un nuevo modelo masculino. Pero, sin embargo, los personajes del western construían y conservaban un vínculo, pese al conflicto. Lograban ver las virtudes del otro y, por lo menos, convivir. Ese mismo choque es el que tienen el padre (un emocionante Lance Henriksen) y el hijo (Viggo Mortensen). Y los dos, a pesar de los pesares, tienen ese vínculo.

La bienvenida del padre al hijo, cuando este es un bebé, ya aporta el tono Falling que se balancea entre lo incómodo y lo bello. Un hombre se queda cuidando un rato a su pequeño encima de la mesa, mientras espera su cambio de pañales. De pronto, el rostro enorme del padre se acerca al crío y le dice: “Siento haberte traído a este mundo para que luego tengas que morir”. Y el bebé se pone a llorar.

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La favorita (The favourite, 2018) de Yorgos Lanthimos

La favorita

Ana y Sarah, una relación cómplice en La favorita.

Una mezcla entre Amistades peligrosas más feroz y cruel, con intimidades decadentes en la corte a lo María Antonieta y una Eva al desnudo hasta las últimas consecuencias. Ese es el cóctel explosivo de La favorita, donde el director griego Yorgos Lanthimos vuelve a reflexionar, con su pesimismo a cuestas, sobre las relaciones humanas y de poder. La huella del director sigue latente no solo en los temas que le obsesionan, sino en la creación de un universo especial, raro, extraño y vivo que se desarrolla en interiores determinados y cerrados. El exterior siempre es un espacio de libertad, pero también un terreno desconocido donde se oculta la amenaza o una realidad que no se alcanza. Esta vez casi todo transcurre en el interior de un palacio, donde sus personajes se mueven de manera peculiar por sus distintos aposentos, salas, pasillos, patios y ventanas. Esa es otra de las características de su cine, servirse del cuerpo de sus actores para construir su manera de contar. Cómo se mueven, se desenvuelven, se cruzan, se alejan, se mezclan, se tocan, bailan… y esa sensación de extrañeza que dejan.

Esta vez el realizador Yorgos Lanthimos para crear su mundo de fábula y farsa cruel no solo se aleja de lo contemporáneo, sino que se sirve de un momento histórico y una corte real de finales del siglo XVII principios del XVIII. Así la película transcurre durante el reinado de Ana Estuardo, una reina inestable en lo emocional y físicamente enferma de vida turbulenta. Durante su mandato, en una época de guerras e inestabilidades políticas, la reina tenía un vínculo de amistad con Sarah Churchill, mujer con ambiciones políticas, y parece ser que su relación se deterioró cuando llegó a palacio su prima, Abigail Masham. Y aquí se encuentra la otra baza gozosa de La favorita, la elección de tres intérpretes para la creación de este triángulo despiadado. Y su entrega es total. Como una Ana Estuardo, patética y trágica, Olivia Colman. Para una Sarah, fría, animal político, pero sincera en sus afectos (aunque también se guía por sus ambiciones) hacia Ana, una bella Rachel Weisz (hasta con una cicatriz en mitad de la cara y un encaje para taparlo). Y para una Abigail que lucha por volver a encontrar su sitio, capaz de todo por el ascenso social, pero con un rostro amable y cálido, Emma Stone.

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