Nuevo libro: Cuando la devastación nos alcanza. Un recorrido por el cine de catástrofes (Applehead Team, 2026)

Huracán, un melodrama maravilloso de John M Stahl con catástrofe de fondo, ha sido uno de los más bellos descubrimientos que he tenido para la elaboración del capítulo que me correspondía.

Muy feliz de anunciaros un libro colectivo donde servidora escribe un capítulo. Esta nueva publicación es un recorrido breve, pero de lo más intenso, a un género que ha dejado una filmografía de lo más extensa, sobre todo en Hollywood. Y que a su manera cuenta también una historia muy especial del cine y es un reflejo también de la época en que se rodaron.

El libro en tapa dura tiene una sencilla estructura: entre el prólogo y el epílogo de Santiago Alonso (coordinador y editor del libro), donde explica los códigos del género, cuatro capítulos de distintos autores con un bagaje cinematográfico variado: Raúl Álvarez, Yago Paris, Álvaro Peña y la que escribe estas líneas.

En ese recorrido que anuncia el subtítulo, cada capítulo se centra en una época determinada. No hay más que leer los títulos para saber lo que se encuentra en el interior de cada uno. El primero, Desastre y caos, más allá del espectáculo. Antecedentes del género de catástrofes en Hollywood. El segundo, Hollywood ha muerto, ¡viva el cine de catástrofes! La edad de oro. El tercero, La década bisagra. El cine de catástrofes estadounidense de los años noventa. Y, por último, el cuarto, Temblores digitales en la zona cero. El cine de catástrofes después del 11-S.

Como bien se explica en la contraportada del libro, «la sala de cine siempre ha sido un espacio seguro donde podemos enfrentarnos a nuestros miedos, porque nos sabemos a salvo, e incluso nos permitimos disfrutar de ellos. Pocas categorías de películas se ajustan tanto a este hecho como las que cuentan grandes desastres sin escatimar en esplendorosos detalles y medios para plasmarlos, elevando el catastrofismo a la categoría de bella arte.

Cuando la devastación nos alcanza repasa cómo se ha conjugado destrozo, miedo y supervivencia desde los inicios del cine hasta la actualidad, principalmente en Hollywood, ya que ha sido la industria con más capacidad para crear asombrosas imágenes de volcanes en erupción, terremotos que derrumban edificios, aviones de pasajeros en peligro, océanos que arrasan ciudades y demás tragedias colectivas provocadas por el planeta Tierra, la acción del hombre o una combinación letal de ambos».

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Rebuilding (2025) de Max Walker-Silverman

La reconstrucción de los lazos emocionales entre padre e hija, algo que no arrasa el fuego.

Rebuilding significa reconstrucción. Es el título de esta película y su protagonista, Dusty, es un cowboy que tiene su rancho familiar en una zona de Colorado, pero que ha sido arrasado por un incendio. Lo pierde todo menos el terreno. No le queda nada más que una caravana que le cede el Estado en un espacio en medio de la nada.

Dusty (Josh O’Connor) se siente algo perdido sin sus ranchos, sus animales, sus tierras, el establo azul (el color favorito de su madre), su caballo (que se lo cuida un vecino que no ha perdido ni si hogar ni la tierra, pero está ahogado económicamente). No sabe muy bien qué va a ser de él: si aceptará un trabajo provisional para la construcción de una carretera (pero no es lo suyo) o si se irá con una prima suya en Montana que tiene otro rancho y lo mismo puede echar una mano.

Pero esa reconstrucción, no significa solo volver a levantar su vida, su casa o empezar de cero. Sino también volver a reconstruir los lazos familiares y las relaciones sociales, algo que había olvidado porque el trabajo, que le apasionaba, lo tenía totalmente absorbido. En ese deambular de intentar recomponer su vida, llama a la puerta de su ex, con la que empezó a salir a los doce años. Y entonces esa puerta se abre.

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Sesiones de verano (y III). Mi propio festival de cine de verano

Durante este mes de agosto, he tenido mi propio festival de cine de verano con varios visionados que tenía pendientes y descubrimientos de clásicos que todavía no había visto. Desde hace años, no me muevo en agosto. Mi ciudad es agradable durante este mes de parón. No solo pude vivir el eclipse en un parque (y me hizo más ilusión de lo que pensaba), hice alguna que otra escapadita gastronómica, alguna que otra celebración, completé lecturas que tenía pendientes y elaboré varios trabajos, sino que no me faltó el cine. No pude acercarme a la sala de cine, y eso que agosto es un mes muy rico en oportunidades cinéfilas, pero sí he tenido la oportunidad de disfrutar de muchas buenas películas en casa.

Mucho cine estadounidense de los setenta

Daisy Miller, una película del Nuevo Hollywood.

Me gusta mucho todo lo relacionado con el Nuevo Hollywood y los setenta, aunque los ecos de cambio ya sonaban a mediados de los sesenta, así que siempre he tratado de ver todo lo que cae en mis manos de esta etapa, pero todavía me quedan bastantes títulos por ver. Y este verano me he empapado de varios de esas películas pendientes.

Me encantó descubrir la ópera prima de Alan J. Pakula, El cuco estéril, una crónica de un amor universitario en absoluto tópico y con una protagonista femenina demoledora en su complejidad (Liza Minnelli).

Luego una de mis grandes pendientes de Peter Bogdanovich, del que prácticamente he visto toda su filmografía, era Daisy Miller, su adaptación de la novela corta de Henry James. ¡Cómo he disfrutado de esta película, más de lo que esperaba! Bogdanovich sorprende con su ligereza en el retrato de Daisy para presentar finalmente un relato cinematográfico melancólico que te golpea fuerte.

Por último, me metí en una de las obras de Paul Schrader que todavía no había visto, Hardcore, uno de sus relatos cinematográficos con antihéroe que baja a los infiernos y encuentra un camino de redención inesperado. Esta vez es un padre de familia profundamente religioso e intransigente que busca a su hija desaparecida y entra en el mundo del cine porno con una mirada muy diferente y totalmente opuesta a Boogie Nights.

Sin abandonar los setenta, revisioné uno de esos grandes éxitos del cine de catástrofes, La aventura del Poseidón. Este cine de catástrofes fue una manera de preservar la herencia y los preceptos del cine clásico en Hollywood y el sistema de estudios, con repartos estelares con actores que estaban emergiendo en la década que se mezclaban con otros que habían reinado en el Hollywood clásico. Productos cinematográficos bien hechos, con buenos personajes y una historia coral con catástrofe de fondo que enganchaba desde el primer segundo.

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Sesiones de verano (II). Espejo de sombras de Felicidad Blanc (Cátedra, Letras Hispánicas, 2026)

Felicidad Blanc, la mujer del pelo blanco, entre sus hijos Leopoldo María y Michi.

Felicidad Blanc se convirtió en un símbolo durante la transición, representando a tantas mujeres que vivieron sus matrimonios bajo el yugo del régimen franquista y luego tuvieron una voz propia que escuchar y donde trataban de encontrarse entre las palabras.

El desencanto, el innovador documental en su momento de Jaime Chavarri, dio a conocer a la familia Panero con todas sus oscuridades incluidas. El largometraje se centraba en las conversaciones entre ellos y en las entrevistas individuales con cada miembro de la familia. Todo formaba un mosaico de una familia que se caía a pedazos pero con momentos de lucidez. Bajo la sombra del fallecido poeta Leopoldo Panero, un poeta de la Generación del 1936 e identificado con el régimen franquista, desfilan su viuda Felicidad Blanc y sus tres hijos Juan Luis Panero, Leopoldo María Panero y Michi Panero.

Para muchos este documental fue el descubrimiento de una mujer peculiar, Felicidad Blanc, con una historia a sus espaldas y una personalidad misteriosa y contradictoria. Una extraña y bella mujer de pelo blanco termina centrando todas las miradas y eclipsando la verborrea culta e incansable de sus tres acelerados hijos.

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Sesiones de verano (I). Cómo disfrutar de La huella (Sleuth, 1972) de Joseph L. Mankiewicz en tan solo cinco pasos

La huella. Dos hombres que no pararán de jugar hasta el final.

Paso 1. El día que juntaron a dos actores británicos

Ninguno de los dos fueron las primeras opciones del reparto de La huella, pero lograron uno de los enfrentamientos más exquisitos y perversamente divertidos en una pantalla de cine.

La huella merece la pena, entre otras cosas, por ver en acción a dos actores británicos con sus técnicas interpretativas en acción. Uno, una leyenda de los escenarios teatrales. El otro, todo un vividor que supo ser versátil en su trayectoria cinematográfica.

El actor shakesperiano por excelencia con el actor espontáneo, seductor y natural. Uno con un exquisito inglés, el otro orgulloso del acento cockney y de sus raíces de clase trabajadora.

Laurence Olivier y Michale Caine.

Lo absolutamente maravilloso del asunto es que sus físicos, personalidades y maneras de emplear el idioma definían totalmente a sus personajes: un solitario y elitista escritor de novelas de detectives y un peluquero londinense, hijo de inmigrantes italianos. La lucha de clases entre ambos está servida.

No ocurrió lo mismo entre los actores, que se apoyaron durante el rodaje, además de admirarse mutuamente y respetar sus respectivos trabajos y técnicas. Colaboraron juntos y eso benefició el resultado, su química funciona. Ambos consiguieron ser nominados en la categoría de mejor actor en la ceremonia de los premios Óscar de 1973.

Laurence Olivier es puro teatro, es dueño del espacio y se mueve como quiere. La vida como escenario. Olivier se explaya.

Michael Caine es frescura, naturalidad y verosimilitud. Caine se contiene y cuando es necesario, estalla.

Paso 2. La vida como un juego hasta las últimas consecuencias

Para el aristocrático, elitista y solitario Andrew Wyke la vida es puro juego.

Él mueve los hilos de sus creaciones literarias, él piensa todo tipo de estrategias para el asesinato perfecto, los policías no son muy hábiles en la resolución del delito, pero sus aristocráticos e inteligentes investigadores llegan hasta el final. El asesinato como obra de arte literaria.

Vive en una mansión aislada rodeado de muñecos autómatas, todo tipo de juegos de mesa y disfraces varios.

Todo vale en los juegos.

Solo hay que conocer unas reglas básicas.

Luego están los trofeos, como su propia mujer o su amante.

A Wyke le gusta ganar, mostrar su astucia y si es necesario humillar al adversario.

Todo es representación en Wyke.

En ese mundo se mueve mejor que nadie, solo que a veces le cuesta encontrar rival.

Alguien que le saque de su propio laberinto y le haga vibrar.

Y eso es lo que ocurre con Milo Tindle, un peluquero metido a empresario y todo un superviviente. Capaz de todo por prosperar, por no acabar en el hoyo y alcanzar la dignidad.

Wyke mete a la fuerza a Tindle en el terreno de juego y hace lo que más le fascina: humillar al adversario. Ese peluquero venido a menos con aires de caballero de pacotilla empieza la partida sin saber que está jugando.

El caballero inglés no puede permitir que un hijo de inmigrantes le arrebate una de sus muñecas, su mujer. Así que se propone aplastar a base de intelecto y mala baba a su contrincante.

Solo que Tindle se convierte en un jugador aventajado. La humillación le hace resurgir de las cenizas y reivindicar que va a ganar la partida a ese petulante intelectual que le hizo caer al abismo y desnudar su propia naturaleza.

No parará hasta vencer, hasta sacar de las casillas al aristócrata y hacer que la venda caiga de sus ojos.

Tindle lo tiene claro, apuesta todo a una carta y se arriesgará a muerte por mostrar con orgullo que el hijo del inmigrante puede desarmar intelectualmente al aristócrata rancio.

No, la vida no es solo representación, también es realidad.

Y ahí Wyke está perdido.

Todo es juego en La huella.

Sí, todo es juego incluso sus títulos de crédito, que juegan también al engaño.

Todo es representación.

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Cien años de Marilyn Monroe (y V). La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder / Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston

Para terminar esta serie, nos centraremos en el punto álgido de su éxito como estrella de Hollywood y su vuelo imparable para convertirse en un mito con La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder. La actriz provocaría una verdadera conmoción en las calles de Nueva York durante el rodaje con un vestido blanco de vuelo que se elevaba dejando al descubierto sus piernas. La película recreaba un caluroso verano en la ciudad y su personaje se ponía encima de una rejilla del metro y experimentaba cómo cada vez que pasaba un tren, el viento que se provocaba por la velocidad del transporte, levantaba su falda.

Por otra parte, cerramos el ciclo con su última película, Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston, que mostraba a una actriz en todo su esplendor capaz de construir un personaje dramático lleno de matices y detalles y preludiando un futuro lleno de buenas sorpresas cortado de golpe por el fatal fallecimiento de Marilyn Monroe.

Y en estas dos películas, como siempre, se cruzaban los personajes que la tocaba llevar a cabo con su vida personal, dando una autenticidad brillante y natural a sus interpretaciones.

La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder

Un momento mítico que supuso también acelerar su divorcio con Joe DiMaggio.

La tentación vive arriba es interesantísima para analizar lo que supuso Marilyn Monroe en la década de los 50 en Hollywood. Era tal su impacto y su fama, que al final de esta película, Richard Sherman (Tom Ewell), el protagonista, un hombre de mediana edad, que se ha quedado de Rodríguez durante el mes de agosto en Nueva York y que siente un pánico indescriptible a ser infiel y caer en la tentación y perder todo su estatus y zona de confort, pierde los nervios ante la visita de un amigo de la familia, que viene de parte de su esposa, que ha ido a recoger un remo que se ha dejado olvidado su hijo pequeño.

La vecina de arriba, a la que no se le ha puesto nombre propio en todo el metraje, está en la cocina preparando el desayuno. Sherman no puede reprimir toda la verborrea y le dice al amigo alucinado que qué se piensa, que si se cree que tiene en la cocina escondida a la propia Marilyn Monroe… Juega con una fantasía que sería imposible para un americano de clase media de la época, ¡tener a Marilyn en la cocina!, pero, sin embargo, todo el público que está disfrutando de la película sonríe ante la broma, porque el personaje de la vecina de arriba sin nombre propio está siendo interpretado por la mítica actriz.

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Cien años de Marilyn Monroe (IV). Bus Stop (Bus Stop, 1950) de Joshua Logan / El príncipe y la corista (The Prince a the Showgirl, 1957) de Laurence Olivier

Bus Stop y El príncipe y la corista son dos películas especiales dentro de la trayectoria de la actriz. Marilyn Monroe no quería ser solo una estrella de cine, ni estar atada bajo los mandatos de la 20th Century Fox con esos contratos que encarcelaban sus aspiraciones, sino que deseaba tener voz y voto en su carrera cinematográfica. Además luchaba para que no la encasillasen por su físico o cierto tipo de papeles. Marilyn no paró hasta ser reconocida como actriz y decidir sobre los papeles que llevaría a cabo.

Para sorpresa del estudio, su principal estrella en los cincuenta decidió rebelarse y dejarles plantados. Se tomó año sabático (1955), se fue a Nueva York a vivir y entró en el Actors Studio a formarse en el Método, a canalizar sus emociones para construir personajes… La 20th Century Fox no tuvo más remedio que ceder si quería la vuelta de su estrella, revisó el contrato, permitió que Marilyn tomara las riendas de su carrera a través de la productora que creó y sus dos siguientes proyectos contaron con su aprobación y control.

Como era habitual se preparó concienzudamente los papeles. Durante los rodajes, siempre estaba junto a ella Paula Strasberg con quien trabajaba sus interpretaciones según el Método. Como ya ocurrió con su anterior preparadora, Natasha Lytess, ambas desarrollaron una relación que generó varios conflictos con los distintos directores. Tanto Paula como Natasha se convirtieron también en confidentes, protectoras, y la actriz confiaba plenamente en ellas para su trabajo en el set. Se apoyaba más en estas mujeres que en los directores, esto generaba tensiones. Las dos tenían fuertes personalidades y la literatura alrededor de la actriz habla de relaciones dependientes con sus preparadoras.

Lo que es cierto es que Bus Stop y El príncipe y la corista lograron su cometido. Y Marilyn empezó a ser considerada además de sex symbol, actriz. La productora como tal solo funcionó con estas dos producciones, luego en 1957 la actriz rompió con su socio y amigo, el fotógrafo Milton Greene (eso es otra historia), pero Marilyn ya había mostrado ante la opinión pública que tenía las riendas de su carrera. Estos años fueron cruciales también porque empezó su relación con el dramaturgo Arthur Miller y terminaron casándose.

Bus Stop (Bus Stop, 1950) de Joshua Logan

Marilyn Monroe mostró a una Cherie sensible, vulnerable y cautivadora.

Bus Stop es la adaptación de una obra de teatro de William Inge que reunía a varios personajes en un bar de carretera, aunque el guion de George Axelrod se centró en Cherie y Bo, una cantante de bar y un joven vaquero con demasiada energía y sin experiencia en la vida (pues no ha salido apenas del rancho donde ha sido criado), además de ampliar las localizaciones y no centrarse en el bar de carretera donde transcurre la historia en los escenarios.

Marilyn Monroe eligió tanto al personaje de Cherie como al director Joshua Logan. La actriz tomó las riendas del proyecto. Monroe no quiso glamour para Cherie, sino prepararla como lo que es, una chica de la América profunda con mala suerte que va de garito en garito tratando de llegar hasta Los Angeles con la ilusión de que Hollywood se fije en ella. En su camino de pesadilla hacia la “gloria” se cruza un joven vaquero que apenas ha vivido, que no ha salido de su rancho, que decide que Cherie es su ángel y la mujer que permanecerá a su lado para siempre.

Marilyn decidió que su Cherie tenía que ponerse una ropa usada y adecuada a su personaje, con rotos en sus medias, y que su actuación en el garito debía ser de lo más cutre, además de mostrar a una joven a la que apenas le da el sol, pues trabaja de noche… También le proporcionó una manera de hablar. Y muchos otros detalles que van construyendo a un personaje entrañable, vulnerable y trágico, pero que se convierte en protagonista de una comedia romántica que nunca se hubiese imaginado vivir. Marilyn se esforzó por construir a su personaje, pero en el rodaje no evitó mostrar sus inseguridades, repeticiones de tomas, impuntualidades, que creaban las habituales tensiones durante las producciones en las que participaba. Bus Stop no fue una excepción.

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Cien años de Marilyn Monroe (III). La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston / Niágara (Niagara, 1953) de Henry Hathaway

En 1950, Marilyn consiguió dos papeles secundarios donde ya logró, con escasos minutos en pantalla, no solo construir un personaje sino llamar la atención de críticos y espectadores: Eva al desnudo (All About Eve, 1950) y La jungla de asfalto, una película de cine negro con el sello de John Huston.

En la primera, era una aspirante a actriz que, de la mano del crítico cínico de turno, trata de abrirse camino (una única secuencia, pero con su personaje ya hay una historia detrás) y en la segunda se convierte, con tan solo dos escenas, en una evocación: la evasión, el sueño y la perdición de uno de los protagonistas que forman la galería de perdedores de esta historia de puro cine negro, el abogado arruinado (un Louis Calhern impresionante).

Y tres años después, como ya dijimos en el post anterior, fue su año de oro con tres protagonistas que la lanzaron al estrellato. Y hemos analizado las dos comedias, pero faltaba una película muy especial por reseñar. Marilyn se convierte en toda una femme fatale en una película a todo color. Henry Hathaway filma una historia muy negra a los pies de las cascadas.

Entre medias de la Angela Phinlay de La jungla de asfalto y la Rose Loomis de Niágara, interpretaría en 1952 a la inestable niñera con serios problemas de salud mental, Nell Forbes, en Niebla en el alma (Don’t Bother to Knock, 1952) de Roy Ward Baker. Ahí había otra trayectoria de la actriz que mostraba cómo en su camino hacia el estrellato también había una línea dramática en el que podía ofrecer también otros papeles con sus matices y toques especiales. Así pasaba de una femme fatale inconsciente y superviviente a una mujer inestable y herida emocionalmente hasta alcanzar a una femme fatale de armas tomar que termina convertida en víctima.

La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston

La femme fatale inconsciente…

En esta oda del cine negro sobre un grupo de perdedores, que cuenta la crónica minuciosa de un robo perpetrado por varios hombres que se juntan para llevarlo a cabo, está Angela Phinlay, una de esas femme fatales inconscientes, que podría perfectamente animado de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?: “Yo no no soy mala… es que me han dibujado así”, el personaje de Marilyn podría decir: “Yo no soy mala… es que me han creado así”. Y es la actriz la que en tan solo dos secuencias, muy bien pensadas y rodadas, construye a un personaje fascinante.

Sobre la fascinación que me provoca esta película ya he escrito largo y tendido aquí. Pero merece la pena hacer una lectura detallada del personaje de Angela. En su primera secuencia, Alonzo, el abogado, se la encuentra profundamente dormida en un sofá, como un preciado trofeo. Angela es mantenida con todo los lujos, como objeto de deseo, por un abogado arruinado, que nada le dice de su situación financiera y que sigue cubriendo todos sus gastos y buena vida.

Esta abre los ojos y se muestra cariñosa y despreocupada con su amante, diría que prefiere vivir cómodamente sin ser consciente de nada. Le llama tío Alonzo, algo que en ese momento no le agrada, y se sienta en su regazo. Ella se acerca y lo besa y este corresponde apasionadamente. El abogado le dice que es tarde y que vaya a dormir. Ella obedece y se dirige al dormitorio por un largo pasillo. Él la mira, como si fuera un sueño que ha estado entre sus brazos, sonríe y proclama, con orgullo, que menuda belleza de mujer le espera en el dormitorio.

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Cien años de Marilyn Monroe (II). Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen prefer blondes, 1953) de Howard Hawks / Cómo casarse con un millonario (How to marry a millionaire, 1953) de Jean Negulesco

Durante el año 1953 explotó el fenómeno Marilyn Monroe al estrenar tres películas de éxito, dos de ellas comedias (y otra muy especial de cine negro, que pronto aparecerá en esta serie). La estrella de melena rubia a todo color conquistó definitivamente las pantallas. Su vis cómica brilló en ambos títulos. Sus dos personajes, Lorelei Lee y Pola Debevoise, en nada se parecen entre sí: una es una vividora que se hace la tonta y la otra es una modelo que cree que su miopía puede no resultar atractiva a los hombres.

Después Marilyn querría huir de los personajes tipo Lorelei y Pola, pues quería mostrar su versatilidad y diferentes registros. No quería ser solo una rubia sexy… Lo cierto es que estos dos personajes no pueden ser más distintos y es la actriz quien logra crearlos (con permiso de su mentora Natasha Lytess).

Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen prefer blondes, 1953) de Howard Hawks

El icono de Marilyn Monroe naciendo con todo su esplendor.

Howard Hawks con su ritmo endiablado pone en pie otra de sus comedias, esta vez a todo color. Se trataba de una versión musical del gran éxito de Anita Loos, una escritora y guionista de vida apasionante, que conoció las mieles de la prosperidad con un personaje de ficción, Lorelei Lee, que nació en las páginas de una revista, luego pasó a ser una novelita corta (Los caballeros las prefieren rubias), tuvo su secuela (Pero se casan con las morenas), después subió a los escenarios como obra de teatro para posteriormente convertirse en un musical… Y durante estos avatares el cine se fijó también en Lorelei.

En los años cincuenta se quiso llevar de nuevo a la pantalla las andanzas de Lorelei, pues parece ser que hubo una versión muda en 1928, pero es una de las muchas películas desaparecidas del cine silente. La elegida fue Marilyn Monroe en el esplendor del Technicolor. La actriz inmortalizó a Lorelei Lee y además le regaló un momento musical icónico que ha sido imitado o ha inspirado a distintas divas, como Madonna o Nicole Kidman en Moulin Rouge.

La canción en cuestión fue Diamond are a girl’s best friend, con una Marilyn esplendorosa vestida de rosa hasta arriba de diamantes, bajando y subiendo unas escaleras, con un grupo de bailarines a sus pies (como curiosidad, y con permiso de Marilyn que es la absoluta protagonista de esta serie de textos, entre los bailarines se puede ver a George Chakiris, quien sería un maravilloso Bernardo en West Side Story, una película que revolucionó el género musical).

Así en 1953 surgió con fuerza esta rubia sexy de la Twenty Century Fox con una vis cómica natural y una facilidad para brillar en los números musicales que le pusiesen por delante con su susurrante voz (en el estudio había debate entre doblarla o no, pero casi siempre logró ser ella la que cantase las canciones con su voz característica. Ese «casi siempre» es porque en ocasiones en ciertos tonos más agudos sí que contrataron a la soprano Marni Nixon).

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Cien años de Marilyn Monroe (I). Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger / El multimillonario (Let’s make love, 1960) de George Cukor

Marilyn Monroe es una vieja amiga de El blog de Hildy Johnson, por eso se merece un buen cumpleaños. La actriz ha aparecido en varias ocasiones por el blog por distintos motivos: un libro, una exposición, un documental o película sobre ella, una reflexión… Y es que servidora siempre ha tenido gran cariño a la actriz desde que de pequeña adquirió en un quiosco una cinta con una recopilación de sus canciones. Con los años el análisis y el estudio de la vida y obra de esta actriz, de la representación de su persona en distintos ámbitos, de cómo ha sido objeto de arte, de literatura, de ensayos, de exposiciones y todo tipo de merchandising han llamado mi atención.

Por eso, antes de empezar esta serie, creo importante explicar qué pretendo con esta pequeña serie de artículos. Lo que deseo es realizar varias sesiones dobles y analizar el legado cinematográfico de Marilyn Monroe como actriz. Muchas veces se ha escrito sobre ella, su figura, su vida, lo que significa, etcétera, pero habitualmente se olvidan sus películas y su trabajo como intérprete. ¿Qué es lo que se ve en sus películas? ¿Aguantan un visionado actualmente? ¿Cómo analizarlas y entender su magnetismo? ¿Dónde radica su magia? Así que será un placer indagar y ver a qué conclusiones llegamos en estas sesiones dobles, donde también veremos algunos aspectos de su vida, siempre que tengan que ver con la película que analicemos.

Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger

Marilyn Monroe y Robert Mitchum se conocieron cuando aún no eran estrellas sino Norma Jean y un Robert rebelde que todavía no sabía que iba a ser actor.

Si hay algo que se ha difundido es que Marilyn no tuvo una carrera versátil y se la encasilló en un único rol, rubia tonta de buen corazón. Incluso en ese rol, en esas rubias de buen corazón, sus personajes mostraban peculiaridades que hacían que ninguna fuese igual. Pero Marilyn mostró en varias ocasiones que podría haber sido una actriz mucho más versátil capaz de llevar a cabo todo tipo de roles. Y precisamente luchaba por ello, por ser considerada una actriz, no solo una estrella con sex appeal, no solo una modelo convertida en actriz, no solo una pin up con la que soñar.

En Río sin retorno, Marilyn es Kay, una cantante de Saloon. Kay es una muchacha fuerte y curtida que solo trata de salir adelante en un mundo hostil y masculino.

Marilyn Monroe con su blusa y vaqueros ceñidos se convierte en aventurera y protagonista de un western de Otto Preminger. Su personaje no es una rubia tonta de buen corazón. Es una mujer fuerte, comprensiva, que trata de sobrevivir y de entender a todos los que la rodean, incluso a esa pareja que tiene, un jugador de poca monta que está desesperado por vivir bien y que claramente la utiliza.

Kay quiere prosperar y tener una vida sin sobresaltos. No la asusta trabajar en lo que sea. Es una chica de Saloon que va con sus zapatos rojos allá donde haya un escenario, un público y una canción que cantar. No tiene suerte en el amor, pero lo intenta.

Se cruzan en su camino un padre y un hijo con los que tendrá que emprender toda una odisea. El trayecto no será fácil por muchos motivos: su prometido, el jugador, no se lo pone nada fácil y no hace más que meter la pata; el padre del niño busca venganza por lo que el jugador les hace; tienen que huir de los indios y también de otros vaqueros indeseables; y la relación con el padre del niño no es fácil y viven momentos muy tensos.

La película es una rareza por varios motivos. Ninguno de los implicados estaban muy motivados por esta película meramente de encargo. Para Preminger fue un reto técnico, además es el único western de su filmografía. Era la primera vez que Marilyn protagonizaba una película de dicho género. Y para Robert Mitchum, como muchas veces en su carrera, era un puro trámite para poder vivir bien.

Esta película buscaba rentabilizar el lanzamiento de un progreso técnico, el famoso Cinemascope, un nuevo sistema de filmación y proyección que permitía ampliar la pantalla en grandes dimensiones. La horizontalidad de la imagen lograba sacar partido de los paisajes y en películas de aventuras, como esta, era todo mucho más espectacular. Esto daba más motivos al público para acudir al cine y disfrutar de un formato que la televisión, que ya ocupaba todos los hogares, no ofrecía.

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