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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

El último homicidio

Eddie y Kristine, en un espejismo de felicidad.

El último homicidio es la historia de un hombre que fracasa en la vida, pero que hasta el final trata de redimirse. Un hombre joven que ha sido un delincuente, se ha separado de su hermano (un gánster que le ha arrastrado por la mala vida) para no delinquir, ha estado en la cárcel, pero ha intentado reinsertarse en la sociedad, encontrar un trabajo y formar una familia. Un inmigrante italiano que no ha encontrado su sitio, pero que lucha cada día por sus sueños (en forma de barca para surcar los mares y pescar). Cuando está en un momento de máxima felicidad, con su mujer, su hija pequeña, una casa y un trabajo, vuelve a aparecer el pasado que le golpea de manera brutal, y su frágil y “perfecto” mundo se desmorona. Ralph Nelson, uno de los directores de la Generación de la Televisión, vuelve con la historia de una caída, como ya hizo en su primer impresionante largometraje para la pantalla de cine, Réquiem por un campeón.

Nelson se sirve de la crudeza, la violencia y la sensualidad, pero también de un tono de melancolía e impotencia, con gestos y miradas que lo dicen todo, para contar el destino de Eddie Pedak (Alain Delon), un joven que arrastra una vida perra desde Trieste a EEUU. Como era una coproducción con Francia, el personaje principal es el actor francés en plena popularidad, en la cumbre de su belleza física y en su imagen de joven rebelde (sin embargo, en la película hace de italiano). Eddie Pedak se convierte en uno de esos personajes hasta arriba de defectos, pero que luchan por sobrevivir, con vulnerabilidad a cuestas y que están impregnados de una humanidad que duele.

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Petra (2018) de Jaime Rosales

Petra

… Jaume, un dios malvado, que juega a dibujar y crear el destino de los personajes…

Jaume es el personaje de tragedia griega, el dios malvado que todo lo destroza, sin mala conciencia. El personaje que maneja el destino a su antojo… Es el rey de la función en Petra, la nueva película de Jaime Rosales. Todos los personajes bailan a su son. Él es el conflicto, él lo desata y en él termina y culmina la trama. Y Jaume tiene el rostro de Joan Botey, que nunca hasta ahora se había puesto delante de una cámara como actor y, sin embargo, construye uno de los personajes más perversos de nuestra cinematografía. Jaume hace de la humillación una forma de vida, y todo lo justifica con que tuvo que salir adelante desde que era niño. Cuando aparece en su mundo la diosa Petra (Barbara Lennie), su equilibrio humillante se tambalea, pero aun así logra dar zarpazos certeros y continuar destruyendo. Jaime Rosales no deja de experimentar formalmente, como hace en cada una de sus películas, y cuidando cómo contar esta tragedia sobre la continuidad de la humillación a los vencidos (no es de extrañar que en esta historia contemporánea aparezca de fondo la fosas de la guerra civil y también la discusión de arte y verdad versus arte y dinero), deja una historia potente. Bajo una óptica de melodrama familiar, una tragedia griega… y un destino escrito: con esa estructura de capítulos desordenados, pero dentro de un lógica aplastante. Y una cámara que sorprende, que entra y que sale, que parece que va siguiendo o que está pegada a los personajes, donde el fuera de campo es otra herramienta para ir contando o para mostrar algo inesperado. En el reparto, fieles a su cine, como Alex Brendemühl o Petra Martínez, u otros actores que completan la galería como Bárbara Lennie, Marisa Paredes y unos sorprendentes Carme Pla y Oriol Pla.

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El reflejo de la corrupción. Corazón de hielo (Kiss Tomorrow Goodbye, 1950) de Gordon Douglas

Corazón de hielo

Barbara Peyton y James Cagney, que vuelve a la gloria de sus personajes pasados…

James Cagney fue el rey indiscutible del cine de gánsteres en los años 30. Sus violentos antihéroes se sofisticaron poco a poco en escenarios de cine negro. Así dejó joyas como Los violentos años 20, Ciudad de conquista o Al rojo vivo. Su aventura como productor, para independizarse de la Warner, no fue fácil y Corazón de hielo se convirtió en un último intento para no atarse de nuevo a los estudios. Así recuperó rasgos de sus personajes de los treinta, tipo El enemigo público, y tomó algún que otro detalle del personaje reciente y con éxito de Al rojo vivo, para crear a Ralph Cotter. Y surgió una película interesantísima como Corazón de hielo. En ella, Cotter, un tipo inestable mentalmente y violento, logra ascender y ascender gracias a la corrupción reinante y a que sabe también corromper a los que le rodean. También es una película que recupera un rostro: el de Barbara Peyton. Una actriz con un triste periplo en uno de sus primeros papeles que auguraban una carrera brillante. Aquí Barbara Peyton es una especie de mujer fatal sin quererlo, una buena chica que las circunstancias hacen que caiga en una espiral de violencia en los brazos de Cotter, pero también será la única que frenará su ascenso al más alto escalafón social.

Lo que hace especial esta película es que ningún personaje se salva de la sombra de la corrupción o de un ambiente enrarecido. De este modo a Cotter no le cuesta ir creando una red de relaciones que le va permitiendo desde huir de una prisión, a realizar ambiciosos robos, a sentirse protegido por abogados, contar con el apoyo de la policía, realizar chantajes y lograr llegar a las puertas de un millonario y poderoso hombre influyente. Y en ese ambicioso camino a la “gloria” cuenta con dos damas con las que surgirá un triángulo de fatales consecuencias: la hermana del preso con el que Cotter huye (este no tiene tanta suerte…) del centro penitenciario y la hija del hombre poderoso.

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Los orígenes del género. El desconocido del tercer piso (Stranger on the Third Floor, 1940) de Boris Ingster

El desconocido del tercer piso

Buceando en los orígenes del género…

El poco prolífico realizador Boris Ingster (se prodigó más como guionista), de origen letón, dirigió una interesante y arriesgada película donde ya están muchas de las pinceladas de un género: el cine negro. La ambigüedad moral, el cuidado de los ambientes, el azar o el destino cruel, el reflejo visual de la psicología de los personajes, las influencias europeas sobre todo del expresionismo alemán, y, por eso, un uso portentoso de las luces y las sombras…, un cóctel de ingredientes que luego formarían parte del espíritu noir. Su original planteamiento y su experimental desarrollo hacen que sea una película que deja huella. A Peter Lorre le valen apenas diez minutos para convertirse en personaje-pesadilla, pero también en víctima de un sistema opresivo y en el fruto de una sociedad cruel.

La película se centra en la odisea de una joven pareja que está intentando labrarse un futuro, poder llegar a casarse y tener un hogar común. Él es un periodista que consigue su particular momento de gloria cuando es testigo en el escenario de un crimen, donde todo apunta a un culpable: un joven con mala suerte y con antecedentes (un siempre creíble Elisha Cook Jr., imprescindible actor secundario del género negro, entre sus muchos roles) que se encuentra justo en ese momento al lado del cadáver. Con el testimonio del periodista en el juicio se precipita su condena a pena de muerte. La novia tiene serias dudas de su culpabilidad y se queda muy tocada con el juicio, donde se nota que el jurado popular y el juez solo quieren irse a casa; el periodista, afectado por la reacción de la mujer que ama, empieza a reflexionar y a obsesionarse con el caso. Todo se complica cuando al llegar a su hogar, se ve implicado en un asesinato y se da cuenta de que todas las pruebas le apuntan como culpable.

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El ejecutor

Un triángulo amoroso de puro cine negro…

Una voz en off de una mujer, Pat (Claire Trevor), nos introduce ya en un triángulo fatal y trágico que nos descubre a un Anthony Mann turbulentamente romántico en una película de puro cine negro, antes de meterse de lleno en sus westerns psicológicos. Así vivimos la huida de un preso Joe (Dennis O’Keefe), que antes de irse con Pat, la mujer que lo ama, y construir una nueva vida, quiere recuperar el dinero que le debe Rick Coyle (Raymond Burr), por el que está en la cárcel, y vengarse de él de paso. Desde que escuchamos a Pat sabemos que la historia va a ser triste y trágica. Que el destino ya está escrito. En esa huida no tienen más remedio que tomar como rehén a Ann (Marsha Hunt), una trabajadora social, que ha seguido el caso de Joe todos estos años y que cree que ha tenido mala suerte, que tiene buen fondo. Los tres emprenden un viaje sin retorno. Por una parte está la sombra de sus antiguos compañeros, que no ven con buenos ojos su regreso y el reclamo del dinero que le deben y, por otra, los policías que buscan volver a detenerlo para que cumpla su condena.

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Cuáles son los ingredientes de toda superproducción que se precie, además de un gran presupuesto. Una gran historia con épica y amor. Puede ser una adaptación de la última novela de éxito o una historia de creación propia (con guion original). Si tiene varios escenarios, ambientación de lujo y bella música de fondo…, mejor que mejor. Una historia particular e íntima enmarcada en grandes acontecimientos…, por ejemplo. En el reparto no pueden faltar las estrellas ni los buenos secundarios que creen personajes inolvidables. La búsqueda de la emoción, que el público se enganche a cada una de sus secuencias y que no importe verla una y otra vez. Una superproducción clásica por antonomasia es Lo que el viento se llevó de Victor Fleming. Contiene todos los ingredientes. Por otra parte, una buena superproducción es una historia muy bien contada que desarrolla todo un universo alrededor de ella, que tiene alma.

En estos últimos años hay dos superproducciones españolas, una actualmente en cartelera, que muestran un buen envoltorio, pero en las que faltan unos cuantos ingredientes para crear obras totalmente compactas. No existe el alma de la superproducción… o ese toque de varita mágica que hace que todo funcione.

Palmeras en la nieve (2015) de Fernando González Molina

Palmeras en la nieve

Amor en tiempos difíciles en una Guinea convulsa.

Palmeras en la nieve tenía el atractivo de un tema que no ha sido muy tocado ni en la historia de nuestro cine ni en la de la literatura: Guinea Ecuatorial como colonia española (1885 a 1968). La película transcurre en la isla de Fernando Poo en una finca donde se cultiva cacao durante los últimos años de la colonia, de 1959 hasta 1968. La película es una adaptación de un best seller de Luz Gabás, del mismo título, donde la autora ficcionaba recuerdos familiares.

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Todos lo saben (2018) de Asghar Farhadi

Todos los saben

Todos lo saben, un mapa emocional con caminos intrincados…

El universo de Asghar Farhadi está presente en Todos lo saben, pero además el director iraní es camaleónico. Me explico. Sus películas iraníes son cien por cien de su país de origen, obviamente. Pero cuando rodó en Francia El pasado, sin perder su identidad como cineasta, la película era francesa cien por cien. Y ahora le ocurre lo mismo en Todos lo saben, ahí está su universo y puntos comunes con otras películas de su filmografía, pero es todo un melodrama castellano, seco. Es decir, Farhadi se empapa del país que mira a través de su cámara. Capta su esencia y lo atrapa con sus ojos, con su mirada especial.

Todos los saben se mete en el corazón de un pueblo castellano. Y como en todo el universo Farhadi se van desenredando unas relaciones cada más complejas, que trazan un mapa emocional donde sus personajes se embarcan para un recorrido que los transformará de principio a fin y dejará ver esa parte oscura que siempre tratamos de ocultar. En ese pueblo castellano se celebrará una boda y llegará desde Argentina, Laura, con sus dos hijos, una adolescente y un niño. Su marido Alejandro no la acompaña. Así Laura se encuentra con su pueblo, con sus calles y con su familia. Y también con aquel que fue su amor de juventud, Paco, que vive con su actual pareja, una maestra.

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El reverendo

El reverendo Teller y Mary regalan dos momentos bellísimos y llenos de dolor.

Hay un libro de cabecera escrito por el director y guionista Paul Schrader titulado: El estilo trascendental en el cine. Ozu, Bresson y Dreyer. Porque una de las obsesiones de Schrader es atrapar lo trascendental en la pantalla de cine. Bresson ha sido una de sus muchas influencias, películas como Pickpocket (presente en American Gigoló) o El diario de un cura rural han dejado sus huellas en su filmografía. Si se puede decir que Taxi Driver, de Scorsese con guion de Schrader, fue una mirada extrema y dura de El diario de un cura rural, en El reverendo es más que evidente. En una entrevista reciente de Nando Salvà al director en El Periódico, Schrader explica a la perfección este círculo: “Cuando era joven escribí un ensayo en el que conectaba mi estricta educación calvinista con el trabajo de mis directores predilectos, como Yasujiro Ozu, Carl T. Dreyer y Robert Bresson. También de joven escribí Taxi driver (1976), que resultó ser mi llave de entrada en el mundo del cine. El reverendo conecta con ambas cosas. Recuerdo que cuando vi Pickpocket (1959) de Bresson por primera vez mi vida cambió para siempre. Hasta entonces, yo jamás había podido imaginar que las películas pudieran tener un efecto tan trascendental en el espectador e impactarlo tan profundamente. Por otro lado, nunca pensé que yo mismo fuera a hacer ese tipo de cine, tan intensamente espiritual. Sentía que no era lo mío. Pero hace un par de años pensé que me estaba haciendo viejo, y que ya era hora de escribir precisamente la película que me juré que nunca escribiría”. El reverendo es una película incómoda, intensa, sobria… y trascendental. No puede dejar indiferente a aquel que se ponga frente a ella.

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Ha nacido una estrella

Un momento íntimo de Ha nacido una estrella.

Como una fan fatal esperaba yo este estreno. Iba detrás del proyecto desde que Clint Eastwood dijo que lo iba a llevar a cabo junto a Beyoncé. Me entusiasma esta historia, y sus tres versiones anteriores las tengo a buen recaudo en mi deuveteca. Ilusionada, el sábado por la noche, me metí en el cine. Ha nacido una estrella ha sido realizada en distintas décadas, por diferentes parejas de actores y con directores y guionistas que nada tienen que ver entre sí. Cada una tiene su aire y su estilo…, pero todas tienen secuencias que van pasando de unas a otras. Y una frase que nunca falta: “Solo quería verte otra vez”. Sabía a lo que iba… y sospechaba también lo que me iba a encontrar. Disfruté con lo que quería ver… y las sombras no me amargaron el espectáculo, pero no puedo evitar contarlas.

Antecedentes

Mientras que la versión de 1937 y la de 1954, son cine dentro del cine; las de 1976 y la que ahora nos ocupa se centran en el mundo de la música. Si bien ya en la de 1954, la actriz principal era además cantante, y la película contaba con números musicales espectaculares. William A. Wellman, George Cukor y Frank Pierson rodaron las anteriores versiones. Aquí un actor, Bradley Cooper, hace su debut detrás de las cámaras y además se convierte en protagonista masculino. William A. Wellman se ponía al frente de un melodrama clásico y contenido que era una disección crítica del Hollywood de los años 30, del sistema de estudios, donde todavía estaba reciente el espíritu pionero de los primeros creadores que pusieron en marcha la industria de los sueños. George Cukor entregaba una película elegante donde alcanzaba el éxtasis de los melodramas de los cincuenta con el alma del mejor musical. Y el desencanto hacia la industria era más exacerbado y amargo. Un desconocido Frank Pierson se empapaba del espíritu de los macroconciertos de los setenta y de las estrellas atormentadas del rock… para, de nuevo, vomitar una historia de amor trágica. Y Bradley Cooper se estrena ahora como director, que posee una mirada personal, con un melodrama triste ambientado también en el mundo de la música, un universo con luces y sombras además de nuevas tecnologías.

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Muchachas de uniforme (Mädchen in Uniform, 1931) de Leontine Sagan, Carl Froelich

Muchachas de uniforme

El momento del beso en 1931.

El aire de libertad y rebeldía que se siente y se muestra en el duro y represivo internado de Muchachas de uniforme… no es locura decir que estallaría dos años después en Francia en el estricto colegio donde viven los muchachos de Cero en conducta de Jean Vigo. Sí, sin duda es una buena sesión doble. En Muchachas de uniforme está la semilla de la rebelión… en Cero en conducta la rebelión no hay quien la pare. Y uno de los máximos atractivos de esta película alemana es sin duda, su ambiente, su atmósfera. Pese a la educación prusiana que quiere ejecutar la directora del colegio, donde hasta las hace pasar hambre, quiere convertirlas en chicas duras sin emociones, meras reproductoras de soldados…, las chicas se comportan como adolescentes libres, que en la clandestinidad, descubren su sensualidad, se interesan por el sexo, unen férreos lazos de amistad, crean su propio universo femenino y dan rienda suelta a sus sentimientos y pasiones.

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