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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Mi semana con Marilyn tiene un momento que explica quizá la fascinación que sentimos por el cine.

A veces a través de películas trato de encontrar una respuesta a la fascinación que me provoca el cine. Y la pasión que me despierta. He vuelto a ver Mi semana con Marilyn (My week with Marilyn, 2011) de Simon Curtis. Sí, no es una película redonda, pero tiene cierto encanto. Se revisita con gusto. La película se inspira en las vivencias de un joven de buena familia, Colin Clark, que entra a trabajar como ayudante de producción durante el rodaje de El príncipe y la corista (The prince and the showgirl, 1957). Dicha película la dirigió y protagonizó Laurence Olivier, un actor de teatro, que amplió su abanico interpretativo en el mundo del cine. Junto a él actuaba Marilyn Monroe, la mayor estrella del momento. Olivier se desesperó con la forma de trabajar, de actuar y de ser de la Monroe… Pero en la película de Curtis cae finalmente fascinado ante la fuerza que emana la actriz en la pantalla. Ella tiene ese secreto que pocos rostros consiguen. Y reconoce que ella le eclipsa y le roba la película limpiamente.

Al final de Mi semana con Marilyn, hay un momento en que en una sala de cine solitaria coinciden Laurence Olivier (Kenneth Branagh) y Colin Clark (Eddie Redmayne), cuando ya ha finalizado el rodaje, y ambos admiran secuencias con Marilyn actuando. Los dos están fascinados con lo que ven. Con esa sombra en la pantalla que es Marilyn o mejor dicho su personaje, la corista Elsie Marina.

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Puñales por la espalda… ¿Quién es el asesino?

A Rian Johnson le gusta jugar con el cine de género. Disfruta y hace disfrutar. En Brick llevó los códigos del cine negro a las películas de instituto, después se sumergió en los viajes en el tiempo y en la ciencia ficción en Looper y ahora se divierte con un clásico whodunit. Puñales por la espalda, en realidad, es una mezcla de whodunit, con las reglas de una buena partida de Cluedo, con unas gotas de Se ha escrito un crimen y un poco de humor negro a lo Un cadáver a los postres. Todo salteado con unos personajes que no dejan de jugar, artistas del engaño y las apariencias. La salsa de la historia son los tiras y aflojas entre ellos, ¿quién será más inteligente o más retorcido? ¿Quién jugará mejor? Algo que estaba muy presente en La huella. Y Johnson no tiene miedo en enseñar sus influencias, así gozamos con Jessica Fletcher en un televisor o la mansión donde vive el sujeto asesinado es un claro homenaje a la película de Joseph L. Mankiewicz, con presencia incluso del muñeco vestido de marinero de aquella.

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Cualquier momento es bueno para que Roxie Hart y compañía se fotografíen para la prensa.

Llevaba detrás de esta película bastante tiempo, pero curiosamente dos acontecimientos han hecho que por fin me decidiera. Por una parte, el blog La chica del parasol blanco, de mi querida Bet, realizó una serie muy interesante sobre películas que recreaban los años 20 y una de sus entradas era Roxie Hart. Por otra, leí hace poco una lista que proporcionó Stanley Kubrick a la revista americana Cinema en 1963 sobre sus diez películas imprescindibles. Y ahí estaba Roxie Hart. Así que me llamó la atención averiguar qué pudo ver Kubrick en ella. Sin embargo, los motivos para verla siempre han sido muchos. Y su visionado me ha hecho ver que no me equivocaba.

Cada vez que me enfrento a una nueva película de William A. Wellman, me doy cuenta de que este director va subiendo puestos en mi lista de favoritos. Y curiosamente navega en el olvido de la memoria cinéfila. Si doy un paseo por el blog, su presencia suele ser siempre gozosa: Gloria y hambre (1933), Barrio Chino (1932), La estrella de variedades (1943), Incidente en Ox Bow (1943) o Ha nacido una estrella (1937). También es el director de una película que todavía no he podido encontrar, pero desde hace años deseo su visionado: Beggars of life (1928), con Louise Brook como una de sus protagonistas. Y por si fuera poco es el director de uno de mis westerns de la infancia: Caravana de mujeres (1951). Aquí en Roxie Hart vuelve a mostrar su dominio del lenguaje cinematográfico y, junto al director de fotografía Leon Shamroy, logra reflejar una historia aparentemente banal y cómica, pero con los ingredientes del buen cine negro. Así nace una película extraña (quizá por ahí va su olvido) en la que todos sus personajes tienen más sombras que luces, pero muy atractiva, que además emplea un tono satírico y crítico hacia los medios de comunicación, el sistema judicial así como hacia la sociedad en sí (y ahí creo que tocó a Kubrick que le quedaba apenas un año para estrenar su sátira política sobre un tema muy serio en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú). ¿Dónde están los ingredientes de cine negro? No solo en la dirección y espléndida fotografía, sino en su estructura. Un personaje que cuenta en off una historia del pasado, los flashback. Su protagonista puede ser una de esas mujeres fatales que puebla el género. Mantiene no solo el suspense, sino también la ambigüedad moral de todos sus personajes. Y un largo etcétera.

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Mujercitas

Las cuatro hermanas March, las mujercitas de Alcott.

Louisa May Alcott logró fama como escritora a partir de 1868 con Mujercitas. Y mantuvo su éxito y prestigio con sus distintas secuelas. Para dicha novela se inspiró en sus vivencias con sus hermanas, en su forma de vida junto a sus padres y en sus pensamientos y reflexiones. Y creó a la familia March y todo el universo que les rodeaba. De las cuatro hermanas que aparecían en la novela Jo era la que más elementos en común tenía con ella. Pero por exigencias de su editor, le dio un final distinto al que tenía pensado. Jo despachará al amigo de su infancia, su vecino rico Laurie, pero finalmente se casará con el humilde profesor Bhaer, un intelectual. Sin embargo, la autora, Louisa, no se casó nunca y tuvo una agitada vida social y reivindicativa. Sin duda hubiese preferido que la heroína de su novela se quedara sola, sin pareja alguna. Pero realizó esa concesión a su editor.

Greta Gerwig conoce perfectamente no solo la novela, sino también la vida de su autora. Y además se nota en su versión de Mujercitas, su pasión por ambas, por la escritora y por su obra. Y es evidente que también ha sido espectadora de las múltiples versiones cinematográficas que ha habido de dicha novela. Sobre todo de las que más huella han dejado: la película de George Cukor (1933), la de Mervyn LeRoy (1949) y la de la directora australiana Gillian Armstrong (1994). Así que no faltan muchos de los momentos inolvidables de aquellas.

Gerwig se empapa del espíritu Alcott y de esas cuatro hermanas con personalidades tan fuertes y tan distintas y regala una película que no solo es fiel al alma de la obra, sino que la dota de su propia personalidad como realizadora y guionista. Y Mujercitas es así toda una agradable sorpresa.

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Recuerdo de una noche

Feliz Navidad y Feliz 2020 a todos con Recuerdo de una noche.

Lee (Barbara Stanwyck), detenida por robar una pulsera en una joyería y con antecedentes, mira a John (Fred MacMurray), el fiscal que consiguió un aplazamiento para que su caso fuera juzgado por el jurado después de las fiestas de Navidad. En esa mirada hay lágrimas, pero también esperanza. Desde aquel día, el del aplazamiento, hasta ese momento, mucho ha cambiado entre los dos que han pasado estas fiestas especiales juntos. Sus últimas palabras, antes de que aparezca Fin en la pantalla, son: “¿Estarás a mi lado y me cogerás de la mano cuando lean la sentencia?”. “Claro que sí”. “Entonces no tendré miedo”.

Y en eso consiste la vida. En encontrar personas que te rodeen, que te arropen (y viceversa), poder coger manos y no tener miedo para afrontar los obstáculos de la vida, y llegar siempre a lugares deseados (físicos y mentales). En el caso de Lee y John regresar otra vez a esas cataratas del Niágara que han sido testigos de una promesa: permanecer juntos.

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Los pájaros

La cabina telefónica como refugio.

Quién me diría que la cabina telefónica terminaría siendo un elemento urbano del pasado. Y de pronto me entra la nostalgia. ¡Cuántas veces utilicé las cabinas en la calle! ¡Cuántos nervios porque no funcionaba o porque te quedabas sin monedas y veías que se iba a cortar la llamada! ¡Alguna vez llegué a dictar una noticia por una de ellas! Por supuesto el cine tiene cabinas, cabinas míticas.

Siempre que se nombran aquí particularmente nos viene a la cabeza un mediometraje de Antonio Mercero angustioso, La cabina (1972).

Pero tampoco se nos olvida una Tippi Hedren horrorizada, que ve desde una cabina los ataques de los pájaros y que observa cómo intentan también traspasar el habitáculo donde está protegida. Hedren atrapada en Los pájaros (1963)

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Los Miserables

Los Miserables, una crónica de un suburbio parisino.

Un niño con un cóctel molotov en la mano, y con un rostro que no solo denota furia sino también que no tiene nada, absolutamente nada, que perder. Es una imagen que golpea. Como la de un policía que empuña una pistola, y con un rostro al borde del estrés y el colapso por ver cómo todo estalla y se escapa de las manos, sabiendo que nunca pensó que pudiera enfrentarse a una situación así. Y es que Los miserables, el debut de Ladj Ly en el largometraje de ficción, golpea una y otra vez al espectador mostrando fotograma tras fotograma un polvorín a punto de estallar. La violencia acecha a la vuelta de la esquina. Y el estrés de todos los personajes traspasa la pantalla. De los niños en la calle, de los policías patrullando, de los ciudadanos que habitan ese barrio de las afueras de París, de los que tratan de dominarlo a través del sometimiento o a través de la religión… No hay ni un solo respiro, el ritmo es rápido, rápido y en crescendo. No hay vuelta atrás posible. No hay descanso, no hay reposo.

Y sí no hay tiempo de matices y explicaciones sutiles sobre por qué todo es un polvorín. Se supone que el espectador conoce el contexto, conoce la historia de los últimos años. Incluso si uno ha sido espectador de cine y ha ido viendo lo que han contado otros sobre las afueras, sobre los suburbios parisinos (los banlieue), se sabe de qué habla este realizador, de origen maliense, que además viene de ellos y conoce a la perfección el barrio que filma: el barrio de Montfermeil. Ladj Ly presenta un thriller policial donde no hay respiro para ni uno de sus protagonistas.

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Pigmalión

Un profesor de fonética y una vendedora de flores…

Esta versión cinematográfica, que es también una adaptación de la obra teatral de George Bernard Shaw, ha quedado totalmente eclipsada por el musical de George Cukor, My fair lady (1964). Y, sin embargo, no hay apenas diferencias en cómo avanza y se resuelve la historia. Digamos que en la película de Asquith y Howard (en la que Shaw participó en su guion) ya está la esencia de My fair lady. Y es curioso porque en ambas se elimina en su secuencia final la nueva lectura del mito clásico que ofrece Shaw. Pigmalión es más concisa, directa y realista; no cuenta con el glamour, la estilización y la elegancia del musical de Cukor. Es una historia más de carne y hueso, más cercana. El profesor Henry Higgins (Leslie Howard) y su alumna, Eliza Doolittle (Wendy Hiller), van construyendo su historia de encuentros y desencuentros con una naturalidad especial. Su historia es en blanco y negro.

Como decían Jordi Balló y Xavier Pérez en su magnífico ensayo La semilla inmortal, el mito de Pigmalión es uno de esos argumentos universales que ha permitido nuevas miradas una y otra vez en los escenarios teatrales o en la pantalla de cine. El mito cuenta la historia de un escultor que no encuentra a la mujer ideal. Decide no casarse y se dedica a esculpir una estatua. La estatua de una joven recibe el nombre de Galatea, y el escultor se enamora perdidamente de ella. La diosa del amor, Afrodita, la convierte en una mujer de carne y hueso y se convierte en su esposa. Shaw convirtió a Pigmalión en un profesor de fonética, Henry Higgins. Solterón, exquisito y misógino, totalmente entregado a su trabajo. Y a Galatea en Eliza Doolittle, una vendedora de flores de los barrios bajos de Londres, que quiere salir de su situación. Lo que hace el profesor es convertir, a través de la dicción y el lenguaje, a la vendedora de flores en toda una dama. Higgins pone todo su empeño y esfuerzo para ganar una apuesta que ha hecho con su amigo coronel Pickering: que en seis meses convierte a Liza en una dama elegante. Eliza Doolittle pone todo su empeño en aprender porque quiere salir de los bajos fondos, quiere poner una tienda de flores y huir de la miseria y los golpes de la vida.

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Araña

Andrés Wood en Araña convierte en protagonistas a miembros de Patria y Libertad.

Araña sigue la estela de un cine chileno que describe una atmósfera cerrada, enquistada, que advierte que las fuerzas que engendraron el golpe de estado siguen no solo con el poder y formando parte de las clases más acomodadas, sino que su ideario sigue vivo y vigente. La brecha social cada vez más enorme y, por tanto, las injusticias, sangrantes. Y el polvorín a punto de estallar. No, ya ha estallado. Así el panorama social y político de los años previos a 1973 no dista tanto del panorama social y político de 2019. Mientras en los periódicos informan sobre que en las calles chilenas se vuelve a cantar “El derecho a vivir en paz” de Víctor Jara, emergen también, sin embargo, aquellos que nunca se fueron, que alimentaron la dictadura. Y Andrés Wood estrena una película que transita entre el pasado y el presente. Sus protagonistas son tres miembros de Patria y Libertad, movimiento paramilitar chileno de ideología fascista, que nació para enfrentarse contra el gobierno de Salvador Allende. El movimiento se disolvió tras el golpe de estado de Pinochet.

El cine chileno no tiene reparo en mostrar sus sombras y manchas. Historias cerradas, agobiantes, sin salida… de personajes oscuros. Así lo ha hecho ya Marcela Said en Los perros (2017) o Pablo Larraín en El Club. Andrés Wood convierte en protagonistas a tres personajes desagradables y cuenta sus gestas, sus pasiones y traiciones. Porque son personajes que existen, reales y vivos. Que están ahí. Las andanzas de Inés, Justo y Gerardo, ayer y hoy. La mente manipuladora de Inés (María Valverde/Mercedes Morán), como una lady Macbeth que nunca temió las manos manchadas de sangre, envuelve el relato. Ella nunca cae. Abre la narración amonestando orgullosa a un entrenador porque su nieto no juega en el campo y hace que los niños salgan al terreno de juego porque ella lo decide. Y cierra el relato con toda su familia reunida exhibiendo su poder ante los medios. Inés siempre ha tejido con cuidado una fuerte telaraña y nunca ha abandonado sus “ideales” ni se ha bajado del escalafón del poder social y político.

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Sorry we missed you

Sorry we missed you, la familia Turner disfrutando de un buen momento. Rara vez pueden…

Una familia, los Turner: Ricky y Abbie, el matrimonio, y Seb y Lisa Jane, los hijos. Desde la crisis económica de principios de siglo XXI no levantan cabeza. Y padre y madre se matan a trabajar, pero no llegan a fin de mes. Y el sueño de comprar una casa queda lejos. El trabajo les roba tiempo para compartir con sus hijos, para estar ellos dos juntos, para tener otros planes, para dormir, para descansar… Y la incertidumbre no cesa. El miedo al mañana siempre está presente. En los padres y en los hijos. Las condiciones de trabajo no solo han empeorado, es que uno se siente cada vez más solo. Las estructuras de la solidaridad obrera, de la unión entre los trabajadores, con las nuevas formas de empleo han saltado por los aires. No suele haber lugar de encuentro y todo termina siendo un sálvese quien pueda. ¿Además quién tiene tiempo? Una doctrina del shock continua (o nunca se ha salido, siempre en bucle) donde el miedo campa a sus anchas. Bienvenido al infierno.

Ricky apuesta por ser un mensajero de esas grandes plataformas que reparten paquetes de lo que la gente compra online. Sí, todo empieza con una entrevista de trabajo donde le dicen que él va a ser su propio jefe, pero hay mucha letra pequeña. Ahí está el encargado de almacén: Maloney, que tiene las ideas muy claras. Lo que importa es el cliente (siempre tiene razón) y el beneficio. Lo demás importa poco, no quiere quejicas. Cada uno que se las arregle como pueda, pero que no falle. Y si no penalización para el trabajador, nunca para la empresa.

Abbie trabaja en una contrata, una cuidadora a domicilio de personas dependientes, principalmente de personas mayores y solas. Lo de las ocho horas es un sueño lejano. Apenas tienen personal y recursos. Y Abbie ama su trabajo y es responsable, pero apenas tiene tiempo para ocuparse de sus hijos o de ella misma. Casi no ve a su marido. El móvil es su apéndice. Y lo sabe, y le duele.

Los derechos laborales brillan por su ausencia. Parece que no hay derecho ni a estar enfermo. Y Ken Loach sumerge de nuevo al espectador en un laberinto real, sin aparente salida.

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