Adiós, Adolfo Aristarain

El universo de Adolfo Aristarain con sus personajes Dante, Alicia y Martín padre. Los tres son guías especiales para un joven perdido.

Con tristeza leí el lunes, nada más levantarme, que había fallecido Adolfo Aristarain. Y esta noticia me hizo retroceder a los años noventa. Recuerdo durante esos años que Aristarain era cita obligada en los cines españoles. Todo empezó con Un lugar en el mundo (1992). Esa película se convirtió en la favorita de muchos y es de esas películas a las que apetece volver siempre. Es una historia de idealismos en forma de western con unas gotas de Raíces profundas.

Después, recuerdo con gran cariño, pero no he vuelto a verla, La ley de la frontera (1995), una película puramente de aventuras con pillos, bandoleros y fotógrafa que atrapa instantes. Más tarde, tocó Martín (Hache) (1997). Y la última película que vi del argentino en cines fue Lugares comunes (2002), que la disfruté en el propio festival de San Sebastián, sobre ilusiones perdidas y recuperadas. Se me quedó en el tintero la última película que rodó dos años más tarde, Roma, que sin duda veré algún día.

El martes en la segunda cadena de la televisión pública española emitieron, como despedida, Martín (Hache), y pude volver a verla. Reconozco que regresando a ella en este siglo XXI y cuando ya soy mucho más mayor, la he entendido mucho mejor que en su momento y me ha llegado más. Sí, en ciertas secuencias, me emocioné mucho y en otras me enfadé bastante (todas las relacionadas con el personaje de Alicia, su final y la reacción de los demás personajes, sobre todo de Martín adulto).

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Feliz Navidad y que protagonicemos la mejor de las películas en 2026

Navidad en Los amigos de Peter.

Feliz Navidad, siempre me gusta felicitar a todo el mundo y elaborar un pequeño texto. Un año más y no pierdo la ocasión de ver alguna que otra película de ese género cada vez más prolífico de películas navideñas. Este año me he decantado por dos y tiene explicación. Por una parte, he vuelto a disfrutar de Los amigos de Peter (Peter’s Friends, 1992) de Kenneth Branagh y, por otra, he repetido (se está convirtiendo en una cinta navideña favorita) el visionado de Los que quedan (The Holdovers, 2023) de Alexander Payne. Con las dos me vienen un montón de ideas para este año que termina.

Qué significan las Navidades. Para mí tiene algo que ver con un nuevo año que termina y otro que empieza, con que nosotros y la gente que nos rodea sigue tirando de las riendas e ir dándome cuenta, como esa tragicomedia navideña tan melancólica, La larga cena de Navidad de Thornton Wilder, que el tiempo pasa y, por eso, unos se van, otros nacen, otros se quedan, pero la vida sigue.

Recuerdo lo que me gustó cuando vi por primera vez Los amigos de Peter, justo cuando la estrenaron. Era joven y pensaba en qué me depararía la vida diez años después, como les ocurría al grupo de amigos protagonista. Ya han pasado desde que se estrenó la película de Branagh treinta y tres años y es curioso ver y analizar cómo el grupo de amigos de la universidad seguimos en contacto y sabiendo unos de otros, ya cincuentones, y cada uno con nuestra historia a cuestas.

Pero, sin embargo, es cierto lo que se ve en las imágenes que cuenta Branagh. Cuando en algún momento logramos reunirnos unos cuantos o por separado, es curioso, pero recuperamos en ciertos instantes esa magia de cuando éramos universitarios y parecía que nos íbamos a comer el mundo. Tal y como ocurre en ese momento tan mágico de la película cuando los personajes de Hugh Laurie y Imelda Staunton comienzan a cantar “Just the way you look tonight” y todos se van acercando, volviendo a esa conexión que les hizo pasar grandes momentos durante su juventud, cuando parecía que no había responsabilidades y te sentías con toda la libertad del mundo para encarar la vida.

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Sesiones de verano (y 6). Días de canícula y películas

Mi postre favorito, una película iraní que ha servido para una buena sesión de verano en una sala de cine.

Durante este mes de verano, he disfrutado de buen cine. Llevo unos años que no salgo fuera en agosto, sino que me quedo en mi ciudad. Casi todos los días suelo ver una película y como siempre trato de ser lo más ecléctica en mis elecciones. No he dejado de recuperar producciones de los ochenta y noventa de las que tengo un buen recuerdo, pero también intento ver aquellas que se me pasaron en la época. Por supuesto, no faltan los clásicos (he revisitado y he descubierto alguno que nunca había visto). Tampoco he desperdiciado alguna visita a la sala de cine (aunque no han sido todas las que hubiese querido)… Y también procuro visionar aquellos estrenos (que son muchos) que se me escaparon durante este año.

Por otro lado, intento disfrutar con otra de mis pasiones, como leer libros sobre cine. Esta vez con placidez y lentitud estoy leyéndome un libro exquisitamente documentado y que me está proporcionando conocimientos sobre un director inédito para mí: Hiroshi Teshigahara. A raíz de su lectura, he visto la única película a la que de momento he podido acceder, La mujer de arena. De su autor, Antonio Santos, ya había leído dos ensayos que me emocionaron sobre la utopía y distopía en el cine.

El libro en cuestión es Jardines de piedra. Hiroshi Teshigahara. Cine, roca y bambú, que muy pronto visitará de nuevo este lugar. Estoy ya a punto de adquirir dos libros de amigos blogueros y empaparme de ellos. No he tenido tiempo hasta ahora, pero me hace muchísima ilusión: desde Tren de sombras, un libro sobre Ozu; desde El gabinete del doctor Mabuse, un buen listado con reseñas estoy segura que brillantes de cine mudo.

Abordo ya la última semana de agosto, con este texto que supone el final de estas sesiones de verano con un resumen de casi todo lo vislumbrado desde finales de junio. En cuanto películas, además de las señaladas en las distintas sesiones de verano, la variedad de propuestas es la clave. Desde que empecé con Cónclave, he visto casi cincuenta películas. Ahora como usuaria de Letterboxd (Hildy_Johnson_) y su diario no se me olvida ninguna. Me encanta poder acceder al listado de todo lo visto.

Había varias que las tenía muchas ganas: la misma Cónclave (Edward Berger, 2024), Heretic (Scott Beck, Bryan Woods, 2024), Anora (Sean Baker, 2024), Being Maria (Jessica Palud, 2024), Ghostlight (Alex Thompson, Kelly O’Sullivan, 2024), Sorda (Eva Libertad, 2025), Riefenstahl (Andres Veiel, 2024), Maria (Pablo Larraín, 2024), Materialistas (Celine Song, 2025), Mi postre favorito (Maryam Moghadam, Behtash Sanaeeha, 2024) y Weapons (Zach Gregger, 2025). Procuraré dedicar una frase a cada una (sin incluir las ya reseñadas) que resuma que han supuesto para mí.

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10 razones para amar ¡Qué ruina de función! (Noises off, 1992) de Peter Bogdanovich

¡Qué ruina de función! o cómo entender la comedia en el cine.

Razón número 1: Qué difícil es hacer reír

De ¡Qué ruina de función!, de Peter Bogdanovich, ya escribí un texto hace años en el blog, pero la semana pasada, volví a verla y supe que es de esas películas que amo con locura, así que vuelvo de nuevo a ella para dictar diez motivos por los que merece la pena dejarse llevar y disfrutarla en cada visionado. Y el primero de ellos es constatar una premisa: qué difícil es hacer reír. Creo que la comedia es de las artes más complicadas. Sin duda, provocar una lágrima es más fácil que lograr una carcajada.

Para mí el poder de ¡Qué ruina de función! es que la puedo ver una y otra vez y termino siempre llorando de la risa y ahogándome, porque las carcajadas no me dejan respiro. Pero es que además me atrevería a decir que es una comedia perfectamente construida, una reliquia de la risa y un mecanismo sin fisuras.

Razón número 2: Diversidad de comedia

¿Qué tipos de comedia hay? ¿Qué es lo que provoca la risa? ¿Cuáles son sus secretos? ¿Cómo se construye una comedia? En ¡Qué ruina de función!, Peter Bogdanovich, director de cine, da toda una lección de este género y deja muchas claves para entenderlo. ¿Cómo se provoca una carcajada? Nos puede hacer reír la situación planteada: unos actores que cada función que realizan es un puro desastre. O nos genera risa la actitud del propio personaje ante la vida, su manera de moverse o de recibir una noticia; por ejemplo, la vena cómica de actores como Carol Burnett o John Ritter que a través de su forma de actuar son capaces de generar la risa.

También hay un tipo de interpretación, todo un arte en el cine mudo, que practicaban genios como Chaplin, que podía estar al servicio de la risa: la pantomima, el arte de la representación mediante la mímica, contar algo tan solo con gestos y expresiones. Entre bambalinas, cuando se está representando una obra es necesario el silencio…, todos se tienen que comunicar por mímica…

Pero además el cine ha permitido dentro de la comedia vertientes insospechadas, y todas están reunidas en la película de Bogdanovich. Desde los orígenes del cine, se supo aprovechar la risa que provoca una caída, un buen empujón, un tortazo… Así en el cine mudo, el slapstick puso de relieve la fuerza del humor físico. Lo bien que funciona una buena caída por algo que el personaje es incapaz de esquivar (un sillón) o porque es protagonista de una broma pesada (le atan los cordones de los zapatos).

Y durante los años treinta, cuando ya se dominaba el arte del diálogo en la pantalla, se encontró la eficacia del screwball comedy, la comedia alocada, de conversaciones rápidas y chispeantes, de ritmo acelerado, situaciones absurdas y un sentido del caos muy pronunciado.

Además ¡Qué ruina de función! está dentro de esas películas que tratan el género del teatro dentro del cine… Y la trama principal son unos actores de gira en distintas ciudades y subiéndose a los escenarios con una comedia de enredos, donde la clave es buscar un conflicto por el que los personajes se muevan en el continuo malentendido o equívoco.

Y así podríamos continuar escribiendo y escribiendo sobre cómo Peter Bogdanovich con esta película realiza un verdadero tratado de la comedia. De hecho, en varios de los siguientes puntos que amo de esta película se visibiliza cómo emplea las distintas herramientas que permiten construir una comedia a través del lenguaje cinematográfico.

Razón número 3: El juego que da un plato de sardinas

En esta comedia maravillosa todo arranca con un plato de sardinas. Sí, la obra de teatro que están representando este grupo de actores tiene como motivo cómico un plato de sardinas. Un gag es un recurso, un efecto cómico, que cuando funciona, en este caso dentro de esta película, provoca la carcajada. Y este en concreto es un gag repetitivo. Nunca un plato de sardinas dio tanto juego.

Ese plato de sardinas es un elemento del atrezo, pero a la vez motiva, por repetición y por las distintas maneras para lo que se emplea, que se convierta en un recurso cómico… y según aparece el famoso plato de sardinas, provoca situaciones varias y la risa va en aumento. El plato de sardinas se olvida, está cuando no tiene que estar y viceversa, se cae al suelo o las sardinas terminan encima de la cabeza de alguien… ¡¡¡El espectador está preocupado y expectante por saber qué va a pasar la próxima vez con el bendito plato de sardinas!!!

Lo que pasa es que estamos ante una comedia virtuosa y hay otros tipos de gags sonoros, visuales, repetitivos que hacen su visionado un deleite. También se juega en un momento dado con una botella de alcohol o hay una secuencia divertidísima que se construye con un micrófono y el mensaje repetitivo que avisa al público de cuándo va a dar comienzo la obra…

Razón número 4: Tres niveles

Peter Bogdanovich emplea la estructura clásica de una obra, los tres actos, para construir la película. Así los tres momentos fundamentales que sustentan la historia son: el ensayo general, la representación de la obra entre bambalinas y la representación desastre, donde todo salta por los aires. Cada vez todo es más caótico y, después del caos, regresa el orden y el triunfo, porque el espectáculo siempre debe continuar. Lo bonito de este grupo de actores con su director de obra y los sufridos profesionales y técnicos que están entre bambalinas (los que están detrás del telón para que todo salga adelante) es que siempre representan hasta el final, hasta que baja el telón, aunque todo esté siendo un auténtico desastre.

Pero también hay tres niveles de significado cuando vemos la película y asistimos a cada una de las representaciones. Por una parte, está lo que el público está viendo encima de los escenarios: una obra de enredos. Después, todo lo que acontece entre bambalinas, qué es lo que ocurre tras el telón, durante los momentos de espera hasta que un actor tiene que salir, cómo solucionan problemas que tienen que ir improvisando para salir adelante…, etcétera. Y, por último, está el elemento humano y lo que va haciendo que todo se convierta en un auténtico caos, las relaciones que se establecen entre los actores y también con otros profesionales vinculados, y cómo afecta a las representaciones. Porque además no solo son relaciones profesionales o de amistad, sino que también juega el amor y el desamor.

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Redescubriendo clásicos (6). Matrimonio de conveniencia (Green Card, 1990) de Peter Weir / La muerte y la doncella (Death and the Maiden, 1994) de Roman Polanski

Matrimonio de conveniencia y La muerte y la doncella; sí, hay películas de los años noventa que fui a ver al cine y desde ese momento me han acompañado toda la vida, aunque muchos años después no haya podido volver a adentrarme en ellas. Últimamente he tenido la oportunidad de disfrutar de nuevo de ellas y comprobar además que han vuelto a entusiasmarme. Curiosamente, no son las más recordadas de las filmografías de ambos realizadores, tanto de Weir como de Polanski, pero se quedaron para siempre en mi cabeza.

La primera está dentro de ese género tan denostado, pero que yo reivindico, y una de sus épocas doradas: la comedia romántica moderna. El boom llegó definitivamente con Hechizo de luna y, sobre todo, Cuando Harry encontró a Sally. Peter Weir deleitó con una comedia romántica muy especial.

La segunda es una adaptación de una obra de teatro y profundiza en la naturaleza humana más oscura y en las relaciones de poder extremas. A mi parecer es una de las joyas de la filmografía de Polanski.

Por último, las dos películas, Matrimonio de conveniencia y La muerte y la doncella, sirven también para debatir sobre un tema extremadamente interesante y complejo: la obra creativa y sus creadores. ¿En qué sentido? ¿El comportamiento, pensamientos, ideología, acciones de un creador invalidan su obra? No es un tema nada fácil. El actor Gérard Depardieu y Roman Polanski son dos artistas que han generado durante años kilómetros de informaciones controvertidas alrededor de su vida privada, que ha provocado un alejamiento del análisis y percepción de su obra como intérprete y director.

Matrimonio de conveniencia (Green Card, 1990) de Peter Weir

Dedicado especialmente a Tren de sombras

Matrimonio de conveniencia es una comedia romántica de los noventa que pide a gritos una reivindicación.

La estructura de Matrimonio de conveniencia es una delicia. La historia transcurre en la ciudad de Nueva York, pero el leitmotiv que une a los dos personajes es África. Los títulos de crédito arrancan con un poderoso solo de percusión de un joven afroamericano con un cubo de pintura y unas baquetas en el metro. Es la llamada a dejarse llevar por impulsos humanos, poderosos e inevitables. La protagonista escucha esa llamada mientras compra una flor en un puesto lleno de colores naturales. Brontë (Andie MacDowell) se sube al tren y acude a una cita que cambiará su vida: se dirige al café Afrika. Allí ha quedado con un amigo para celebrar un matrimonio por conveniencia con George Faurè (Gérard Depardieu), un inmigrante francés.

Los motivos para este matrimonio de conveniencia obviamente son muy diferentes. Ella necesita un certificado matrimonial para que los conservadores propietarios le concedan el alquiler de un ático de ensueño con un invernadero y una terraza que le permiten el cuidado de plantas y flores, su pasión y profesión. Él quiere emprender una nueva vida en Nueva York y necesita cuanto antes el permiso de residencia. Formalizan el matrimonio para no verse nunca más, solo les interesa el papel. Obviamente no será así: una inspección de dos funcionarios del departamento de inmigración les unirá de nuevo durante un fin de semana para prepararse una entrevista y demostrar que no están juntos por conveniencia. Esta preciosa comedia romántica está servida.

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Oleanna (Oleanna, 1994) de David Mamet

Oleanna o el enfrentamiento destructor entre un profesor universitario y su alumna.

Es el mismo David Mamet quien dirige y escribe para el cine su adaptación a la obra teatral Oleanna, que escribió en 1990 y no estrenó hasta dos años después. Y como la obra de teatro, que suscitó en su momento entre los espectadores grandes controversias, debates y discusiones, la película no es cómoda para el espectador, sino que toca teclas y remueve. Con una dirección y puesta en escena menos sencilla de lo que aparenta, respeta los tres actos de la obra. Oleanna refleja tres diálogos en un despacho de un profesor universitario. Todo empieza cuando una alumna, Carol (Debra Eisenstadt), se dirige al despacho de su profesor John (William H. Macy) porque quiere entender por qué le ha suspendido.

El espacio, cómo se sitúan los personajes en él, cómo se mueven y se posicionan en las dos estancias del despacho, su forma de vestir, la expresión corporal… todo cuenta para dar significado a lo que vemos. Porque en Oleanna la complejidad viene de la ambigüedad. No hay nada que sea ni claro ni obvio. Y eso es lo que incomoda. No es fácil posicionarse, porque no es una historia de buenos y malos. Lo que expone es una relación de poder y también cómo el lenguaje nos construye o destruye. Entre Carol y John, la incomunicación y el detentar el poder en cada uno de los diálogos los conduce a una vorágine y a un drama que los rompe.

Para construir su historia, David Mamet escribe con precisión tres diálogos con los que apunta el conflicto, el desarrollo y el fulminante desenlace. El material es delicado: asistimos a los tres diálogos y somos testigos en todo momento de lo que acontece. Y, sin embargo, no es fácil que nos posicionemos. El dramaturgo incomoda y hace que el espectador se pregunte continuamente qué es lo que está viendo realmente. Qué entiende.

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El filo de Bill Murray. Reflexiones sobre el actor a partir de Yo, Bill Murray (Bandaáparte, 2017) de Marta Jiménez

Bill Murray y el sentido tragicómico de la existencia.

El libro Yo, Bill Murray (Esto iba a ser la biografía autorizada de Bill pero no lo encontramos) fue un regalo de cumpleaños. Y lo señalo porque quizá yo nunca me hubiese comprado el libro por elección propia, pero ahora me alegro tenerlo entre las manos. Lo primero que me llamó la atención es que es un libro bonito con una edición cuidada, que tiene además como complemento una galería de ilustraciones de varios autores que juegan con el rostro de Bill… y merece la pena. Su lectura es muy amena e hizo que pensara en mi relación con Murray en mi vida como cinéfila.

Por otra parte, no hacía mucho había visto un documental sobre su persona que me llamó la atención: Bill Murray: consejos para la vida, dirigido por Tommy Avallone, sobre la filosofía de estar en el mundo del actor. Y ya pensé en ese momento bastante en Bill como intérprete. El libro de Marta Jiménez lo complementa muy bien, pues desarrolla y ahonda mucho más en varios aspectos que salen en este largometraje.

A raíz de la lectura del libro he visto una película del actor que nunca había visto, El filo de la navaja de John Byrum, y volví a ver otra que en su momento me había gustado mucho (y en este visionado lo confirmo de nuevo): La chica del gánster de John McNaughton. Son dos largometrajes que no suelen analizarse mucho cuando se habla de su carrera, pero, sin embargo, ofrecen pistas sobre su personalidad y su manera de entender el cine y la vida.

«El porqué de este libro tiene que ver con bucear en la cabeza de Murray. Dibujar un retrato del actor fuera y dentro de la pantalla, como intérprete y como personaje real, contextualizándolo a través de sus películas y de sus miles de anécdotas. Explorar cómo en casi un centenar de personajes a lo largo de su carrera, algunos memorables, Bill Murray no ha dejado de ser él mismo. Y ser uno mismo es mucho más complicado que actuar. Él lo ha logrado actuando, buscando personajes en su interior y matando su presunta versatilidad a causa de una personalidad que ha contaminado cada uno de esos personajes sin que eso lo haya relegado como actor, más bien todo lo contrario. Entre sus conquistas, ha logrado ser irónico en lo cómico y en lo melancólico, natural y tierno como antihéroe y como villano, consiguiendo que cualquier rareza sea más que aceptable».

Y es que no es fácil explicar que desde que Murray ha estado presente en las pantallas de cine, ha sido él mismo en muchos personajes diferentes. Y que eso ha sido su acierto y su magia. Desde los ochenta hasta la actualidad Bill Murray se ha ido transformando de irreverente cómico a ser el actor cool del cine independiente, y su rostro tan solo ha envejecido. Es más, logra ser entrañable en cameo genial haciendo de sí mismo en una película de ficción total: su aparición como Bill Murray es uno de los aciertos maravillosos de una comedia de terror muy divertida, Bienvenidos a Zombieland de Ruben Fleischer. Bill Murray ha sabido elegir personajes secundarios inolvidables y ser protagonista de películas que forman parte de la memoria cinéfila de aquellos que crecimos con el cine de los ochenta y los noventa.

Su manera de encarar su carrera, su evolución en el cine (también su trayectoria ha sido larga en la televisión) como actor y su forma de tomarse el éxito le han convertido en una especie de icono cultural. Es un hombre que no tiene móvil ni redes sociales, con el que es difícil contactar, prescindió de un agente que llevara su carrera hace años, y, sin embargo, muchas veces logra convertirse en fenómeno viral. Ha sabido también alimentar una leyenda con sus apariciones esporádicas en cualquier lugar: en un concierto, en un partido, en una fiesta privada…

Ha ido envejeciendo con todas sus arrugas, con un rostro impasible de «qué coño hago aquí, no lo sé, pero voy a reírme un rato si puedo o lo mismo me pongo un poco triste en un rato». Siempre ha conservado algo de la irreverencia que cultivaron una generación de actores que surgieron de Saturday Night Live en los setenta, donde las reglas no parecían que fuesen con ellos. Y no solo eso sino que en un momento dado consiguió conectar con una generación de nuevos directores que le han convertido en el antihéroe de sus historias, directores con una personalidad muy marcada y un cine fuera de los cánones hollywoodienses: Wes Anderson, Jim Jarmusch y Sofia Coppola.

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Stanley Kubrick, relatos soñados (y II). Diez claves para disfrutar la sala Picasso

Ahora toca el turno de centrarnos en la sala Picasso. De hacer hincapié en todos esos detalles y cuidados que permiten que una exposición transmita la emoción ante el proceso creativo de un director de cine como Stanley Kubrick… Esa era la intención, y ganas no han faltado.

1.Cuestión de espacios. En la Picasso, Víctor y Andrés, los arquitectos, tuvieron claro que había que jugar con los espacios en la exposición para recrear cada uno de los ambientes de las películas más míticas de Kubrick. La idea era sentirse en el universo del director a partir de 2001: una odisea del espacio hasta Eyes Wide Shut. Por eso, no seguimos el orden cronológico. Cada película conformaría una atmósfera diferente, y en cada espacio se captaría el espíritu correspondiente, de tal modo que el visitante supiera entre qué fotogramas se encontraba.

Así en 2001, sentiríamos que estábamos en el interior del Discovery; mientras que en El resplandor recorreríamos uno de los pasillos del hotel Overlook. Después, en La naranja mecánica, visitaríamos el Korova o nos rodearíamos de todas las cosas que le interesan a Alex DeLarge. Pasearíamos por el siglo XVIII bajo la luz de las velas en Barry Lyndon. Nos sumergiríamos en un duro entrenamiento donde varios jóvenes se convierten en máquinas de matar o estaríamos en plena guerra de Vietnam en La chaqueta metálica para terminar participando en una orgía extraña en Eyes Wide Shut.

2. Proceso creativo (1). Por otra parte, era importante plasmar instantes clave de los procesos creativos de cada uno de estos largometrajes. Por ejemplo, en 2001, se puede ver cómo construyó la gran sala centrífuga, decorado principal del Discovery, para provocar la sensación de gravedad. O también descubrir cómo Kubrick documentó el futuro, pues quería una película que no quedase obsoleta, que revolucionase el género de la ciencia ficción. Lo maravilloso de esta película es que trata temas filosóficos como el progreso, quiénes somos o de dónde venimos, asuntos que interesan siempre. Por eso, sigue creando generaciones de espectadores fascinados. Pero además Stanley Kubrick la realizó con efectos especiales analógicos, y, sin embargo, continúa siendo la película de cabecera de muchos realizadores que han bebido de ella para dirigir Gravity (Alfonso Cuarón) o Interstellar (Christopher Nolan‎).

En La chaqueta metálica nos centramos, por ejemplo, en cómo recreó Vietnam a tan solo unos kilómetros de Londres, pues encontró una fábrica de gas abandonada donde tenía posibilidades de emular a la ciudad de Hue. Una de las características de Stanley Kubrick es que desde que conoció Londres en 1962, durante el rodaje de Lolita, ya no quiso moverse de allí. De tal manera, que sus dos casas familiares se convirtieron en centros neurálgicos de su proceso de creación, y las localizaciones para sus películas cuanto más cerca de su hogar estuviesen, mejor.

En Barry Lyndon, analizamos cómo consiguió documentar el siglo XVIII hasta el punto de conseguir iluminar las estancias con la luz de las velas y captarlo con un objetivo muy especial de la NASA o cómo realizó un exhaustivo trabajo de documentación para recrear vestuarios, maquillajes y peinados. Ahí, en estos fotogramas quedaba reflejado el siglo de la razón, del nacimiento de los estados modernos y sus conflictos, pero también el siglo de la representación, de las pelucas, del juego…

3. Proceso creativo (2). En El resplandor tratamos de deleitarnos en cómo creó un espacio tan reconocible como el hotel Overlook; es decir, descubrir los secretos de su fachada y de sus laberínticos interiores. Por otra parte, entendimos esa forma de rodar una película de terror con mucha luz, donde un niño recorre un pasillo en triciclo para provocar la sensación de que algo horrible puede suceder en cualquier momento. Una de las técnicas innovadoras que aplicó en la película y que contribuyó a la sensación de extrañeza y miedo fue el uso del steadicam.

En La naranja mecánica enseñamos cómo se inspiró en el arte pop para la decoración de la habitación de Alex o el bar Korova, así como la importancia de la banda sonora en las películas de Stanley Kubrick, tanto para describir personajes, como para crear ambientes o provocar catarsis y reacciones demoledoras. De hecho consiguió convertir a Beethoven en un disco de oro, con los sintetizadores de Wendy Carlos.

O, finalmente, en Eyes Wide Shut nos dimos cuenta de cómo cambió la Viena de carnavales de la Belle Époque de la novela de Arthur Schnitzler por un Nueva York navideño (recreado en Londres) a punto de inaugurar el siglo XXI sin traicionar su esencia. Este largometraje es su especial oda a la intimidad matrimonial.

4. Stanley Kubrick, director de orquesta. Stanley Kubrick era como un exigente director de una orquesta de música clásica: por eso, en cada una de sus películas, a su alrededor orbitaban grandes profesionales, que bajo su batuta, hacían realidad el mundo que quería reflejar. Tenía claro que debía rodearse de los mejores profesionales para alcanzar la perfección en su obra final. Así la exposición también es un homenaje a todos esos trabajadores que bajo la mirada kubrickiana hicieron posible sus relatos soñados.

Desde su primer productor y socio, James B. Harris; hasta los diseñadores de producción, Ken Adam o John Barry; o actores como Peter Sellers, Sue Lyon, Keir Dullea, Malcolm McDowell o Jack Nicholson; el director de fotografía John Alcott; los creadores de carteles, storyboards y créditos como Saul Bass y Philip Castle; las diseñadoras de vestuario como Milena Canonero o escultoras como Liz Moore, y un largo etcétera. O cómo trataba de establecer una relación especial con los guionistas (aunque a veces era también tormentosa y tortuosa): Jim Thompson, Nabokov, Arthur C. Clarke, Anthony Burgess, Diane Johnson, Michael Herr…

5. El hombre detrás del artista. La exposición tampoco quería desperdiciar al hombre detrás del artista. Así se puede ver a través de fotografías y breves informaciones la relación estrecha con su familia: con sus padres (esa claqueta maravillosa de La naranja mecánica dedicada a ellos), la colaboración con sus dos primeras esposas durante el proceso creativo de sus películas, también con su compañera definitiva Christiane Kubrick y sus hijas o con su cuñado Jan Harlan, productor ejecutivo de muchos de sus largometrajes…

Nos parecía interesante que quedasen claras sus pasiones: la lectura, la música, el ajedrez, la fotografía, el propio cine (era un cinéfilo)…, porque todas ellas están presentes en cada una de sus obras, contribuyeron a dar una cierta personalidad a cada una de sus películas. Esta mirada culmina en el Epílogo de la exposición con una magnífica instalación audiovisual biográfica de Manuel Huerga, producción propia del CCCB, donde se aprecia un retrato completo de Stanley Kubrick. Huerga permite acercarse al cineasta a través de diversas imágenes, como un collage gigante, y de declaraciones públicas realizadas a lo largo de su vida.

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Diccionario cinematográfico (236). Monja

Monja de celuloide. Nos ha dejado un montón de protagonistas de una larga y variada filmografía.

«Monja», cuando miramos el significado en la RAE nos dice que es una persona que pertenece a una orden religiosa y vive en un monasterio o bien que es una religiosa de una orden o congregación. Si nos vamos a la pantalla de cine, hay muchas monjas de celuloide para recordar que viven en monasterios o en otros lugares y que pertenecen a una orden o congregación. Incluso alguna falsa monja, que utiliza los hábitos como disfraz.

Hay actrices que han hecho varias veces de monjas, y han protagonizado historias difíciles de olvidar. Por ejemplo, Deborah Kerr se puso los hábitos en la maravillosa y extraña Narciso negro (Black Narcissus, 1947) de Michael Powell y Emeric Pressburger. Una congregación de monjas viven en un templo del Himalaya y se ven envueltas en un clima de sensualidad que las atrapa. Deborah es la madre superiora. Por otro lado, nos encontramos en otra emocionante película a la hermana Ángela, la única habitante de una isla del Pacífico. En su camino se cruza un marine estadounidense con cara de Robert Mitchum. Para colmo los japoneses invaden la isla. Al final, queda una historia de amor imposible entre una monja y un marine. Me estoy refiriendo a Solo Dios lo sabe (Heaven Knows, Mr. Allison, 1957) de John Huston.

También Audrey Hepburn vistió los hábitos en dos películas: por un lado, Historia de una monja (The Nun’s Story, 1959) de Fred Zinnemann. Interesante biografía de una joven belga que se mete a monja, y se cuenta todo lo que le ocurre desde 1927, cuando entra como novicia a la estricta orden Hermanas de la Caridad de Jesús y María, hasta 1944, año en que en plena Segunda Guerra Mundial decide abandonar la orden, después de múltiples experiencias, por ejemplo, en el Congo. La otra ocasión en que Hepburn se vistió de monja fue para poner punto final a una historia de amor mítica: la de Lady Marian y Robin Hood. Una mujer, abadesa, y un hombre ya cansado de tanta aventura ponen punto final a un romance que nunca se ha extinguido. “Te amo más que al amor”.

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La última estación de Christopher Plummer

Christopher Plummer, todo un galán de un cine clásico para siempre eterno.

El viernes murió el actor Christopher Plummer y, en seguida, casi todo el mundo lo identificó con un personaje: el del capitán Von Trapp en la película de Robert Wise, Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1965). Lo cierto es que desde 1958, año en que debutó en el cine, hasta la actualidad no dejó de actuar en la pantalla grande. La ironía del asunto es que Plummer no tenía demasiado cariño a su capitán Von Trapp. Pero con ese papel fue lo más cerca que estuvo de ser una estrella de Hollywood, tal y como se “fabricaban” en el sistema de estudios. La caída del sistema y la personalidad fuerte y díscola de Christopher Plummer no dejaron tras de sí a una estrella, pero sí un actor versátil con varias interpretaciones mucho más allá de Von Trapp.

Curiosamente, su papel en este musical deja ver alguna de sus cualidades como actor. No sería el último papel que haría de hombre recto, serio e incluso antipático, que, sin embargo, se rompe en un momento dado y deja ver su vulnerabilidad y romanticismo. Según fue haciéndose más mayor, fue creciendo su imagen de caballero elegante. De hecho en una de sus últimas películas, dejó una imagen reveladora. Fue en el remake americano a la película argentina Elsa y Fred. Al final le vemos elegante y bello como un Fred de ochenta años, ataviado como Marcello Mastroianni en La dolce vita, en la Fontana de Trevi, cumpliendo el sueño de Elsa (Shirley MacLaine) de ser por un día Anita Ekberg. Plummer, en blanco y negro, se transformaba en todo un galán que evocaba ese cine clásico para siempre eterno.

Nunca despreció un papel por ser secundario; de hecho, su carrera está llena de secundarios o antagonistas memorables. No se le daban nada mal los villanos, pero tampoco los duros vulnerables. Y cuando le dieron un protagonista lo bordaba. Tampoco le asustó arriesgarse ni moverse para actuar por Gran Bretaña, EEUU o Canadá (su país de origen) en películas de todo tipo. Durante su vejez se convirtió en un intérprete imprescindible e incluso ganó un óscar por Beginners (2010), siendo el actor más mayor que recibió dicho galardón. En esta película era Hal, un hombre que vivía a tope sus últimos años, incluso atreviéndose a salir del armario.

Si su Von Trapp era un hombre complejo, el propio Plummer también lo era, y lo dijo en ocasiones durante sus entrevistas. En un momento de su vida se dejó llevar por el alcohol y los excesos. Al final, en los setenta, encontró estabilidad en su vida sentimental con su tercera esposa, la actriz Elaine Taylor, y también llegó a recuperar su relación perdida con su única hija, fruto de su primer matrimonio, Amanda (nunca la olvidaré en El rey pescador).

Debutó en los años cincuenta de la mano de Sidney Lumet y Nicholas Ray y su última película fue en 2019 en un divertido whodunit de Rian Johnson, Puñales por la espalda. Fue protagonista indiscutible de una filmografía extensa, combinando protagonistas con secundarios de carácter, aunque nunca dejó de ser un imprescindible gran desconocido. También tuvo una sólida trayectoria como actor de teatro. Debutó antes en el escenario que en la pantalla. Al final, queda en la cabeza que se ha ido todo un elegante caballero, una leyenda de un Hollywood que ya no existe.

Un recorrido particular por la filmografía de Plummer

Repaso su filmografía y construyo mi personal recorrido. Y le recuerdo como el todopoderoso productor Raymond Swan que trata de controlar la imagen y la vida de una joven promesa que va para actriz de éxito, Daisy Clover. El productor es una especie de personalidad vampírica que va despojándola de todo y la va succionando la sangre poco a poco hasta convertirla en un títere. Este cuento de cine dentro del cine termina cuando Daisy decide declarar la guerra al príncipe de las tinieblas… Me refiero a La rebelde (1965) de Robert Mulligan.

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