La importancia de una promesa en El fin del romance.

Graham Greene decía que escribía “para escapar de la locura, de la melancolía, del terror inherente a la condición humana”. En estos días de confinamiento, estoy recuperando alguna de sus obras que tenía por casa. De hecho, ahora estoy leyendo El factor humano. En sus páginas encierra, efectivamente, la tristeza. Sí, es una novela de espionaje, melancólica, donde sus personajes campan en un mundo complejo y gris. Pero su prosa envuelve con una sensibilidad y belleza especial, aunque no oculta sombras y crueldades. Y he recordado que el último libro que tuve en mis manos en una de mis amadas visitas a una librería fue El fin del affaire, en la nueva edición que ha publicado el sello Libros del Asteroide. Creo que va a ser el primer libro que compre en cuanto pise de nuevo una librería.

Cuando lo tuve entre mis manos, lo primero que me vino a la cabeza fueron las imágenes de la película de Jordan. Soy una enamorada de esta obra cinematográfica y también de Vivir un gran amor (The end of the affair, 1955) de Edward Dmytryk. Tengo ganas de leer esta novela de Greene, pero, de momento, he vuelto a empaparme con las secuencias donde cobran vida el escritor Maurice Bendrix (Ralph Fiennes), el funcionario del Ministerio del Interior Henry Miles (Stephen Rea), y su esposa Sarah (Julianne Moore).

El espíritu melancólico de Greene recorre los fotogramas de El fin del romance y a la vez se mezcla con las complejas historias de amor que se convierten en el corazón y en el sello de la filmografía de Neil Jordan (no hay más que recordar también Mona Lisa o Juego de lágrimas). Pero además el espectador no solo es sacudido por la sensualidad y la tristeza onírica de las imágenes, sino que camina por el sendero que traza la música de Michael Nyman, que como el canto de las sirenas, conduce a un estado hipnótico que te sumerge más en la historia.

Un encuentro bajo la lluvia

Neil Jordan emplea el recurso del relato en primera persona, como en la novela de Greene. No puede desaprovechar que el narrador es un novelista. Y este construye su historia con sensaciones, recuerdos, sentimientos, emociones y retazos. El escritor trata de canalizar su odio tecleando en su máquina de escribir…, y al final lo que nos cuenta es una historia de amor llena de dolor en un Londres devastado. Gracias a dos valiosos personajes secundarios, un detective y su hijo, termina siendo una historia dentro de otra historia, porque para que Bendrix pueda entender, necesita la mirada de la amada, de Sarah. Y es lo que terminará obteniendo a través del diario sustraído.

Todo arranca con un encuentro bajo la lluvia. Bendrix se cruza con Henry. Pero el personaje ausente que los une, Sarah, es la pieza clave que activa todos los fantasmas y miedos de los dos hombres. Poco a poco, el narrador va desvelando que llevaba dos años sin ver al matrimonio, que Sarah fue su amante y que le dejó sin explicación alguna, y que apenas si acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial. Y es que Maurice y Sarah se amaron entre sirenas y bombas. Durante el encuentro, Henry le confiesa que está preocupado por su esposa, que cree que esta se ve con otro, y que tiene dudas de si consultar a un detective. Esto activa más la mente de Bendrix y hace aflorar en él los celos. Nunca entendió por qué Sarah lo abandonó, nunca estuvo seguro de su amor. Con unas imágenes evocadoras, casi como entre sueños, Maurice trata de encajar todas las piezas del puzzle. Y se obsesiona con averiguar si realmente Sarah está engañando ahora a su marido. Todo para saber si realmente le engañó a él. Así que por su cuenta y riesgo, sin consultar con Henry, contrata los servicios de una agencia de detectives.

Para entender el conflicto de El fin del romance hay que comprender la importancia de las promesas. El valor de una promesa y lo que cuesta cumplirlas. Y, por otra parte, Neil Jordan hace algo que solo es posible en el cine: creer en los milagros. El tormento de Maurice Bendrix y de Sarah Miles es que en su amor carnal, en su Cantar de los Cantares, se introduce el elemento divino, creando una ecuación inesperada. Así mientras juegan en su habitación de amantes con Eros y Tanatos, este último hace su acto de presencia de manera brutal cuando una bomba quiebra la felicidad de ambos.

Este acontecimiento Neil Jordan lo presenta bajo las dos miradas, la de Maurice y la de Sarah. En la primera se genera la duda y la inquietud y en la segunda, el desvelamiento del secreto. El artefacto alcanza a Bendrix y lo deja aparentemente ¿muerto o inconsciente? A una aterrorizada Sarah que no puede reanimarlo no se le ocurre otra idea que rezar a Dios, aunque no es creyente. Le pide que no se lleve a Maurice, que no le deje morir, y promete que si vive no volverá a verlo… Entonces Bendrix recupera la consciencia, se levanta de entre los escombros y va de nuevo hasta la habitación. Allí se encuentra a una Sarah arrodillada, que se da la vuelta y lo mira, asombrada. Antes de irse, apurada, le dice: “El amor no se acaba solo porque dejemos de vernos”.

El último acto

En el último acto de El fin del romance es donde se nota más la huella de Neil Jordan en la historia, pues crea un triángulo cómplice donde Maurice y Henry deciden afrontar juntos su amor hacia una Sarah enferma, que se aleja. Para ellos Tánatos continua presente. No se fue con la guerra. Los tres se encierran en la misma casa para superar la quiebra futura del triángulo. Entre los tres se establece un código de entendimiento. Bendrix no permitirá que nadie entre y rompa ese triángulo, incluso rechazará con rabia al sacerdote que se ha convertido en el guía espiritual de Sarah. En esos momentos odia todo lo que le aleje de la amada.

La relación que tiene Sarah con su marido y con su amante es muy parecida a la que tienen los personajes de Amigos apasionados (The passionate friends, 1949) de David Lean. El personaje de Sarah vive entre el tormento de creer en el “milagro” que provocó su oración y lo infeliz que le hace cumplir la promesa. Por otra parte, también se siente atada a otra promesa: la de permanecer junto a Henry, al que además considera un buen amigo y al que no quisiera hacer daño. Se reconoce débil y con ganas infinitas de romper sus promesas. Se siente atrapada, pero a la vez sabe que en aquella habitación, donde estalló la bomba, algo especial ocurrió. Algo que la cambió la vida.

Así Neil Jordan en El fin del romance construye una compleja y bella historia amor donde los días de lluvia se confunden con los bombardeos. Y donde un hombre confiesa a su amada que tiene celos de una media porque esta abraza y abarca toda su pierna o del botón que sujeta su liga, porque estará todo el día con la amada. O donde el beso de una mujer en la mancha que cubre el rostro de un niño puede, quizá, ser la mejor medicina.

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