Sesiones de verano (1). Cónclave (Conclave, 2024) de Edward Berger

Cónclave, un thriller religioso de lo más emocionante.

La muerte del papa Francisco el 21 de abril hizo que Cónclave fuera una de las películas más visionadas en plataformas. Volvió a generar el mismo entusiasmo que durante su estreno. Y es que Edward Berger construye alrededor de esta reunión milenaria de cardenales un buen thriller religioso que al final habla de una cuestión ineludible para el ser humano: el poder.

Lo atractivo de esta reunión a puerta cerrada en la Capilla Sixtina que se celebra cada vez que muere un papa y que sirve para la elección del nuevo pontífice es que no puede haber rito más antiguo y tradicional en todos los sentidos, y en un edificio tan histórico, para dejar ver cómo la Iglesia continua siendo una institución poderosa y representativa en pleno siglo XXI. Y ahí están esos cardenales con sus teléfonos móviles, sus cigarrillos y ordenadores, pero teniendo que aislarse del mundo para cumplir el rito de elegir al candidato. Con su vestimenta ceremonial para cada momento (las sotanas, las fascias, los solideos, las mucetas…) se refleja el rito y la tradición de siglos y siglos en un mundo de redes sociales y tecnología punta. Es como algo anticuado y arcaico que sigue mostrando su fuerte presencia. Y todo eso deja unas imágenes tremendamente potentes.

Durante varios días, en que tienen que encerrarse en la capilla y votar de la manera más tradicional (con una papeleta y un boli, el conteo a mano y en directo), hablarán entre ellos, conspirarán, tratarán de recopilar votos de unos y otros, guardarán secretos, se traicionarán o se afianzarán más los lazos de amistad. Sí, es una cuestión de poder, como durante todos los siglos que la Iglesia ha permanecido como institución. Y no solo eso, sino que claramente existen dos facciones: una iglesia más cercana a la teoría de la liberación, más progresista, o una iglesia que impone sus creencias con mano férrea, como la época oscura de la Edad Media o de la Inquisición.

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Perlas desconocidas (4). El fin del romance (The end of the affair, 1999) de Neil Jordan

La importancia de una promesa en El fin del romance.

Graham Greene decía que escribía “para escapar de la locura, de la melancolía, del terror inherente a la condición humana”. En estos días de confinamiento, estoy recuperando alguna de sus obras que tenía por casa. De hecho, ahora estoy leyendo El factor humano. En sus páginas encierra, efectivamente, la tristeza. Sí, es una novela de espionaje, melancólica, donde sus personajes campan en un mundo complejo y gris. Pero su prosa envuelve con una sensibilidad y belleza especial, aunque no oculta sombras y crueldades. Y he recordado que el último libro que tuve en mis manos en una de mis amadas visitas a una librería fue El fin del affaire, en la nueva edición que ha publicado el sello Libros del Asteroide. Creo que va a ser el primer libro que compre en cuanto pise de nuevo una librería.

Cuando lo tuve entre mis manos, lo primero que me vino a la cabeza fueron las imágenes de la película de Jordan. Soy una enamorada de esta obra cinematográfica y también de Vivir un gran amor (The end of the affair, 1955) de Edward Dmytryk. Tengo ganas de leer esta novela de Greene, pero, de momento, he vuelto a empaparme con las secuencias donde cobran vida el escritor Maurice Bendrix (Ralph Fiennes), el funcionario del Ministerio del Interior Henry Miles (Stephen Rea), y su esposa Sarah (Julianne Moore).

El espíritu melancólico de Greene recorre los fotogramas de El fin del romance y a la vez se mezcla con las complejas historias de amor que se convierten en el corazón y en el sello de la filmografía de Neil Jordan (no hay más que recordar también Mona Lisa o Juego de lágrimas). Pero además el espectador no solo es sacudido por la sensualidad y la tristeza onírica de las imágenes, sino que camina por el sendero que traza la música de Michael Nyman, que como el canto de las sirenas, conduce a un estado hipnótico que te sumerge más en la historia.

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