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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

¿Qué es lo que une a Más extraño que la ficción, El cielo… próximamente y Un espíritu burlón? Son tres comedias que indagan en el sentido de la vida y en el más allá. Durante épocas de crisis o de guerra, el cine indaga sobre la vida y la muerte, y nacen películas de corte fantástico como El fantasma y la señora Muir, Su milagro de amor, Jennie, El difunto protesta, La muerte de vacaciones, Liliom…, algunas de ellas en clave de comedia. Los que paseáis por este blog sabéis la predilección de Hildy por este tipo de películas. Por eso en esta serie de Tiempo de comedia, dejo tres más.

Más extraño que la ficción (Stranger than fiction, 2006) de Marc Forster

Más extraño que la ficción, una comedia con mucha poesía sobre la vida.

Cada vez que veo más veces Más extraño que la ficción, más me gusta. Sí, es una comedia melancólica y triste con un personaje gris…, brillante y poético, Harold Crick (Will Ferell). Y nunca mejor dicho, un personaje. Pues Marc Forster cuenta la historia de un inspector de Hacienda solitario que un día oye una voz que está contando su propia vida y que anuncia su muerte inminente e inesperada. Crick lucha desesperadamente por averiguar quién es la narradora y detener su destino. Y para ello busca la ayuda de un profesor de literatura (Dustin Hoffman).

Ante la incertidumbre de esa muerte cercana, Harold Crick empieza a meter el “desorden” en su ordenada y monótona existencia. Se atreve a disfrutar de los pequeños gestos, como comprarse una guitarra, cantar una canción o cuidar más su relación con un compañero de su oficina (algo cercano a la amistad). Y sobre todo se atreve a construir una hermosa historia de amor con una pastelera, Ana Pascal (Maggie Gyllenhaal), a la que le está realizando una inspección de su declaración. Ella es una insumisa de Hacienda. No paga todos los impuestos porque, aunque está de acuerdo y ve que son necesarios los gastos sociales, no apoya contribuir con su dinero a, por ejemplo, la compra de armas. Así que en un principio Crick tiene todas las de perder, la relación empieza desde la confrontación.

Y es conmovedor ver cómo Harold, que ha hecho una de las tareas que le ha puesto el profesor para ver qué tipo de narradora cuenta su vida (dicha tarea es dilucidar si esta es una comedia o una tragedia), corre a comunicarle que su trayectoria es una comedia porque la chica que tanto lo odiaba, ahora lo ama. Pues esa es una de las claves de toda buena screwball comedy.

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Irakli y Merab, amor y sensualidad en Solo nos queda bailar

Merab (Levan Gelbakhiani) está enamorado de Irakli (Bachi Valishvili), y, en un momento de felicidad, reacciona como un Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, saltando de alegría. Toda la atracción sensual y sexual se nota cuando bailan juntos. El erotismo se percibe, se respira. Y es tan bello. Los dos están dentro de una compañía nacional de danza georgiana donde no hay sitio para la homosexualidad. Como dice un maestro: “La danza georgiana se apoya en lo masculino. Aquí no hay espacio para la debilidad”, y otro, guardián de la tradición, suelta: “La danza georgiana no son solo pasos. Es la expresión de la sangre de nuestra nación”. Merab descubre tanto el amor como su sexualidad, y con su cuerpo se siente libre de amar a Irakli. Tan libre como cuando baila. También posee la capacidad para apasionarse y respetar la danza georgiana y su tradición…, y lucha por conseguir una plaza importante como bailarín.

Solo nos queda bailar da a conocer al director y guionista Levan Akin con su tercer largometraje. Akin es sueco pero sus orígenes están en Georgia, de hecho de pequeño veraneaba allí. La película empezó a gestarse en su cabeza cuando en 2013 vio por televisión cómo unos cincuenta chicos fueron atacados violentamente por un montón de personas, con el apoyo de la Iglesia Ortodoxa y grupos conservadores. El motivo: habían intentado organizar en Tiflis, capital de Georgia, el primer desfile del orgullo gay.

Desde la vergüenza que le produjeron esas imágenes, sintió la necesidad de volver a su tierra y contar una historia. Así nació el germen de Solo nos queda bailar. Allí no pusieron fácil las cosas a su director durante el rodaje, incluso cuando pidió la colaboración a un famoso grupo de ballet tradicional, estos explicaron que no existía la homosexualidad en sus filas, y alertaron a las demás compañías. Tuvieron que rodar con sumo cuidado, y recibieron presiones y amenazas. Solo nos queda bailar se convierte así en una historia de amor y baile, pero que cuenta también una realidad social y política. No se ha recibido con mucha alegría en Georgia el éxito internacional de la propuesta.

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Jojo Rabbit y su madre, Rosie.

Jojo es un niño de diez años que todavía no sabe abrocharse los zapatos. Y, por eso, se fija mucho en ellos. Su madre Rosie le anima a que pase lo que pase en la vida, nunca deje de bailar. Y ella tiene unos bonitos zapatos, granates y blancos. Con ellos pedalea, baila y protege a su hijo. La visión de esos zapatos en un momento determinante será una dura bofetada para que Jojo abandone de golpe la infancia y entienda, de la manera más dura, el mundo que habita. No son los zapatos rojos que llevan por el camino de baldosas amarillas, son los que vuelven a un niño consciente de la cruda realidad que le rodea. A partir de ese momento, sabrá abrocharse los cordones, pues ya ha sido duramente preparado para la madurez. Jojo Rabbit cierra con una frase del poeta Rainer Maria Rilke, que sigue haciendo referencia, de alguna manera, a los zapatos: “Deja que todo te pase, la belleza y el terror, solo sigue andando, ningún sentimiento es definitivo”.

El acierto de Taika Waititi es la mirada que elije para su historia. Y es la de un niño con una imaginación desbordante que vive en la Alemania nazi. Un niño que se siente perdido y solo, pese a la figura protectora de la madre y a la presencia de su gran amigo, Yorki (sus intervenciones son geniales). El padre de Jojo está ausente, el niño tiene muchas inseguridades y poca facilidad para hacerse amigos. Además están en guerra. Y esa mirada construye una historia de desbordante imaginación con todos los ingredientes de un buen cuento. Un cuento donde un niño debe seguir un camino, con diversos obstáculos, para enfrentarse a la vida. En ese camino hay muchos compañeros de viaje, y como muchos cuentos clásicos, se mezcla lo bello e insólito con el horror más absoluto. De manera que Jojo vivirá un momento hermoso e inocente, siguiendo el vuelo de una mariposa con alas azules, y esta la guiará hasta unos zapatos, que enfrentarán al niño al horror más absoluto.

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El oficial y el espía (J’accuse, 2019) de Roman Polanski

El famoso artículo de Zola, punto de inflexión en El oficial y el espía.

Roman Polanski adapta una novela de Richard Harris que le sirve para construir una metódica y polanskiana película histórica. La película recoge la odisea que vivió el oficial francés Georges Picquart (Jean Dujardin) cuando encuentra mil y un impedimentos para exponer la verdad sobre el caso de Alfred Dreyfus (Louis Garrel), capitán judío, que estaba sufriendo una injusta condena en la Isla del Diablo, acusado de espía de los alemanes. Polanski no solo cuenta la historia con alarde técnico y las huellas de su cine (esos espacios cerrados con vida propia, como las oficinas donde trabaja Georges Picquart o la celda y alrededores de Dreyfus), sino que realiza un relato minucioso de un hecho histórico, que se analiza con bisturí. Y en ese relato minucioso deja muchas puertas abiertas para la reflexión que acompañan al espectador muchos días después de su visionado.

Polanski escenifica al detalle el momento de la humillación pública de Dreyfus en una secuencia fría y ordenada en la que el ritual al que es sometido el capitán encierra una dureza escalofriante. Así se presenta no solo a los personajes principales de la trama, sino también el ambiente político y social que el hecho suscita. Poco a poco se irá viendo el proceso de cambio e implicación de Picquart en el caso Dreyfus, pues si en un principio entra de lleno en la acusación, se dará cuenta posteriormente de su equivocación e irá desentrañando los hilos de la verdad, en un mundo oscuro, poderoso, hostil… y muy cutre. Si la vida de Dreyfus es ya un infierno, la de Picquart irá camino de ello, afectando no solo a su carrera sino también en su entorno (pese a que es un hombre solitario) e intimidad. En esa “odisea” especial que vive Picquart también se vislumbran esos hilos oscuros y poderosos que aplastan a todo aquel que osa desentrañar y descubrir una verdad cada vez más clara. Ese ambiente oscuro y malsano, ese destino negro que parece inevitable, también es muy acorde con el cine de Polanski.

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Puñales por la espalda… ¿Quién es el asesino?

A Rian Johnson le gusta jugar con el cine de género. Disfruta y hace disfrutar. En Brick llevó los códigos del cine negro a las películas de instituto, después se sumergió en los viajes en el tiempo y en la ciencia ficción en Looper y ahora se divierte con un clásico whodunit. Puñales por la espalda, en realidad, es una mezcla de whodunit, con las reglas de una buena partida de Cluedo, con unas gotas de Se ha escrito un crimen y un poco de humor negro a lo Un cadáver a los postres. Todo salteado con unos personajes que no dejan de jugar, artistas del engaño y las apariencias. La salsa de la historia son los tiras y aflojas entre ellos, ¿quién será más inteligente o más retorcido? ¿Quién jugará mejor? Algo que estaba muy presente en La huella. Y Johnson no tiene miedo en enseñar sus influencias, así gozamos con Jessica Fletcher en un televisor o la mansión donde vive el sujeto asesinado es un claro homenaje a la película de Joseph L. Mankiewicz, con presencia incluso del muñeco vestido de marinero de aquella.

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Mujercitas

Las cuatro hermanas March, las mujercitas de Alcott.

Louisa May Alcott logró fama como escritora a partir de 1868 con Mujercitas. Y mantuvo su éxito y prestigio con sus distintas secuelas. Para dicha novela se inspiró en sus vivencias con sus hermanas, en su forma de vida junto a sus padres y en sus pensamientos y reflexiones. Y creó a la familia March y todo el universo que les rodeaba. De las cuatro hermanas que aparecían en la novela Jo era la que más elementos en común tenía con ella. Pero por exigencias de su editor, le dio un final distinto al que tenía pensado. Jo despachará al amigo de su infancia, su vecino rico Laurie, pero finalmente se casará con el humilde profesor Bhaer, un intelectual. Sin embargo, la autora, Louisa, no se casó nunca y tuvo una agitada vida social y reivindicativa. Sin duda hubiese preferido que la heroína de su novela se quedara sola, sin pareja alguna. Pero realizó esa concesión a su editor.

Greta Gerwig conoce perfectamente no solo la novela, sino también la vida de su autora. Y además se nota en su versión de Mujercitas, su pasión por ambas, por la escritora y por su obra. Y es evidente que también ha sido espectadora de las múltiples versiones cinematográficas que ha habido de dicha novela. Sobre todo de las que más huella han dejado: la película de George Cukor (1933), la de Mervyn LeRoy (1949) y la de la directora australiana Gillian Armstrong (1994). Así que no faltan muchos de los momentos inolvidables de aquellas.

Gerwig se empapa del espíritu Alcott y de esas cuatro hermanas con personalidades tan fuertes y tan distintas y regala una película que no solo es fiel al alma de la obra, sino que la dota de su propia personalidad como realizadora y guionista. Y Mujercitas es así toda una agradable sorpresa.

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Los Miserables

Los Miserables, una crónica de un suburbio parisino.

Un niño con un cóctel molotov en la mano, y con un rostro que no solo denota furia sino también que no tiene nada, absolutamente nada, que perder. Es una imagen que golpea. Como la de un policía que empuña una pistola, y con un rostro al borde del estrés y el colapso por ver cómo todo estalla y se escapa de las manos, sabiendo que nunca pensó que pudiera enfrentarse a una situación así. Y es que Los miserables, el debut de Ladj Ly en el largometraje de ficción, golpea una y otra vez al espectador mostrando fotograma tras fotograma un polvorín a punto de estallar. La violencia acecha a la vuelta de la esquina. Y el estrés de todos los personajes traspasa la pantalla. De los niños en la calle, de los policías patrullando, de los ciudadanos que habitan ese barrio de las afueras de París, de los que tratan de dominarlo a través del sometimiento o a través de la religión… No hay ni un solo respiro, el ritmo es rápido, rápido y en crescendo. No hay vuelta atrás posible. No hay descanso, no hay reposo.

Y sí no hay tiempo de matices y explicaciones sutiles sobre por qué todo es un polvorín. Se supone que el espectador conoce el contexto, conoce la historia de los últimos años. Incluso si uno ha sido espectador de cine y ha ido viendo lo que han contado otros sobre las afueras, sobre los suburbios parisinos (los banlieue), se sabe de qué habla este realizador, de origen maliense, que además viene de ellos y conoce a la perfección el barrio que filma: el barrio de Montfermeil. Ladj Ly presenta un thriller policial donde no hay respiro para ni uno de sus protagonistas.

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Araña

Andrés Wood en Araña convierte en protagonistas a miembros de Patria y Libertad.

Araña sigue la estela de un cine chileno que describe una atmósfera cerrada, enquistada, que advierte que las fuerzas que engendraron el golpe de estado siguen no solo con el poder y formando parte de las clases más acomodadas, sino que su ideario sigue vivo y vigente. La brecha social cada vez más enorme y, por tanto, las injusticias, sangrantes. Y el polvorín a punto de estallar. No, ya ha estallado. Así el panorama social y político de los años previos a 1973 no dista tanto del panorama social y político de 2019. Mientras en los periódicos informan sobre que en las calles chilenas se vuelve a cantar “El derecho a vivir en paz” de Víctor Jara, emergen también, sin embargo, aquellos que nunca se fueron, que alimentaron la dictadura. Y Andrés Wood estrena una película que transita entre el pasado y el presente. Sus protagonistas son tres miembros de Patria y Libertad, movimiento paramilitar chileno de ideología fascista, que nació para enfrentarse contra el gobierno de Salvador Allende. El movimiento se disolvió tras el golpe de estado de Pinochet.

El cine chileno no tiene reparo en mostrar sus sombras y manchas. Historias cerradas, agobiantes, sin salida… de personajes oscuros. Así lo ha hecho ya Marcela Said en Los perros (2017) o Pablo Larraín en El Club. Andrés Wood convierte en protagonistas a tres personajes desagradables y cuenta sus gestas, sus pasiones y traiciones. Porque son personajes que existen, reales y vivos. Que están ahí. Las andanzas de Inés, Justo y Gerardo, ayer y hoy. La mente manipuladora de Inés (María Valverde/Mercedes Morán), como una lady Macbeth que nunca temió las manos manchadas de sangre, envuelve el relato. Ella nunca cae. Abre la narración amonestando orgullosa a un entrenador porque su nieto no juega en el campo y hace que los niños salgan al terreno de juego porque ella lo decide. Y cierra el relato con toda su familia reunida exhibiendo su poder ante los medios. Inés siempre ha tejido con cuidado una fuerte telaraña y nunca ha abandonado sus “ideales” ni se ha bajado del escalafón del poder social y político.

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Sorry we missed you

Sorry we missed you, la familia Turner disfrutando de un buen momento. Rara vez pueden…

Una familia, los Turner: Ricky y Abbie, el matrimonio, y Seb y Lisa Jane, los hijos. Desde la crisis económica de principios de siglo XXI no levantan cabeza. Y padre y madre se matan a trabajar, pero no llegan a fin de mes. Y el sueño de comprar una casa queda lejos. El trabajo les roba tiempo para compartir con sus hijos, para estar ellos dos juntos, para tener otros planes, para dormir, para descansar… Y la incertidumbre no cesa. El miedo al mañana siempre está presente. En los padres y en los hijos. Las condiciones de trabajo no solo han empeorado, es que uno se siente cada vez más solo. Las estructuras de la solidaridad obrera, de la unión entre los trabajadores, con las nuevas formas de empleo han saltado por los aires. No suele haber lugar de encuentro y todo termina siendo un sálvese quien pueda. ¿Además quién tiene tiempo? Una doctrina del shock continua (o nunca se ha salido, siempre en bucle) donde el miedo campa a sus anchas. Bienvenido al infierno.

Ricky apuesta por ser un mensajero de esas grandes plataformas que reparten paquetes de lo que la gente compra online. Sí, todo empieza con una entrevista de trabajo donde le dicen que él va a ser su propio jefe, pero hay mucha letra pequeña. Ahí está el encargado de almacén: Maloney, que tiene las ideas muy claras. Lo que importa es el cliente (siempre tiene razón) y el beneficio. Lo demás importa poco, no quiere quejicas. Cada uno que se las arregle como pueda, pero que no falle. Y si no penalización para el trabajador, nunca para la empresa.

Abbie trabaja en una contrata, una cuidadora a domicilio de personas dependientes, principalmente de personas mayores y solas. Lo de las ocho horas es un sueño lejano. Apenas tienen personal y recursos. Y Abbie ama su trabajo y es responsable, pero apenas tiene tiempo para ocuparse de sus hijos o de ella misma. Casi no ve a su marido. El móvil es su apéndice. Y lo sabe, y le duele.

Los derechos laborales brillan por su ausencia. Parece que no hay derecho ni a estar enfermo. Y Ken Loach sumerge de nuevo al espectador en un laberinto real, sin aparente salida.

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Retrato de una mujer en llamas

Una mujer frente al mar…

Retrato de una mujer en llamas es un relato de mujeres que durante unos días construyen una habitación propia. Un espacio íntimo que solo habitan ellas y que solo ellas conocen todos sus códigos. Durante unos días todo el mundo exterior desaparece, son libres. Luego lo que queda es ese recuerdo… Y también las claves para descifrarlo: el número 28, el mito de Orfeo y Eurídice, El Verano de Vivaldi y los retratos y cuadros como mensajes que descifrar y como reflejos de realidades que se ocultan.

Las protagonistas de la nueva película de Céline Sciamma (Tomboy) viven en el siglo XVIII. En ese siglo, como en los anteriores, vivieron muchas mujeres silenciadas para la Historia. Sin una habitación propia, sin capacidad de intimidad ni de decisión. Algunas están cerca de conseguir ese espacio (aunque tienen que sacrificar muchas facetas de su vida y vivir en silencio), otras lo tienen más difícil. Céline Sciamma utiliza la cámara como pincel y articula con cuidado un hermoso cuadro. Con trazos finos y detallados. Y cuenta una historia de mujeres, una historia de amor. Retrato de una mujer en llamas es un cuadro para mirar despacio y desvelar todos sus secretos. La mirada es otra de las claves para comprender este cuadro fílmico. Poco a poco surge la emoción.

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