Cien años de Marilyn Monroe (I). Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger / El multimillonario (Let’s make love, 1960) de George Cukor

Marilyn Monroe es una vieja amiga de El blog de Hildy Johnson, por eso se merece un buen cumpleaños. La actriz ha aparecido en varias ocasiones por el blog por distintos motivos: un libro, una exposición, un documental o película sobre ella, una reflexión… Y es que servidora siempre ha tenido gran cariño a la actriz desde que de pequeña adquirió en un quiosco una cinta con una recopilación de sus canciones. Con los años el análisis y el estudio de la vida y obra de esta actriz, de la representación de su persona en distintos ámbitos, de cómo ha sido objeto de arte, de literatura, de ensayos, de exposiciones y todo tipo de merchandising han llamado mi atención.

Por eso, antes de empezar esta serie, creo importante explicar qué pretendo con esta pequeña serie de artículos. Lo que deseo es realizar varias sesiones dobles y analizar el legado cinematográfico de Marilyn Monroe como actriz. Muchas veces se ha escrito sobre ella, su figura, su vida, lo que significa, etcétera, pero habitualmente se olvidan sus películas y su trabajo como intérprete. ¿Qué es lo que se ve en sus películas? ¿Aguantan un visionado actualmente? ¿Cómo analizarlas y entender su magnetismo? ¿Dónde radica su magia? Así que será un placer indagar y ver a qué conclusiones llegamos en estas sesiones dobles, donde también veremos algunos aspectos de su vida, siempre que tengan que ver con la película que analicemos.

Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger

Marilyn Monroe y Robert Mitchum se conocieron cuando aún no eran estrellas sino Norma Jean y un Robert rebelde que todavía no sabía que iba a ser actor.

Si hay algo que se ha difundido es que Marilyn no tuvo una carrera versátil y se la encasilló en un único rol, rubia tonta de buen corazón. Incluso en ese rol, en esas rubias de buen corazón, sus personajes mostraban peculiaridades que hacían que ninguna fuese igual. Pero Marilyn mostró en varias ocasiones que podría haber sido una actriz mucho más versátil capaz de llevar a cabo todo tipo de roles. Y precisamente luchaba por ello, por ser considerada una actriz, no solo una estrella con sex appeal, no solo una modelo convertida en actriz, no solo una pin up con la que soñar.

En Río sin retorno, Marilyn es Kay, una cantante de Saloon. Kay es una muchacha fuerte y curtida que solo trata de salir adelante en un mundo hostil y masculino.

Marilyn Monroe con su blusa y vaqueros ceñidos se convierte en aventurera y protagonista de un western de Otto Preminger. Su personaje no es una rubia tonta de buen corazón. Es una mujer fuerte, comprensiva, que trata de sobrevivir y de entender a todos los que la rodean, incluso a esa pareja que tiene, un jugador de poca monta que está desesperado por vivir bien y que claramente la utiliza.

Kay quiere prosperar y tener una vida sin sobresaltos. No la asusta trabajar en lo que sea. Es una chica de Saloon que va con sus zapatos rojos allá donde haya un escenario, un público y una canción que cantar. No tiene suerte en el amor, pero lo intenta.

Se cruzan en su camino un padre y un hijo con los que tendrá que emprender toda una odisea. El trayecto no será fácil por muchos motivos: su prometido, el jugador, no se lo pone nada fácil y no hace más que meter la pata; el padre del niño busca venganza por lo que el jugador les hace; tienen que huir de los indios y también de otros vaqueros indeseables; y la relación con el padre del niño no es fácil y viven momentos muy tensos.

La película es una rareza por varios motivos. Ninguno de los implicados estaban muy motivados por esta película meramente de encargo. Para Preminger fue un reto técnico, además es el único western de su filmografía. Era la primera vez que Marilyn protagonizaba una película de dicho género. Y para Robert Mitchum, como muchas veces en su carrera, era un puro trámite para poder vivir bien.

Esta película buscaba rentabilizar el lanzamiento de un progreso técnico, el famoso Cinemascope, un nuevo sistema de filmación y proyección que permitía ampliar la pantalla en grandes dimensiones. La horizontalidad de la imagen lograba sacar partido de los paisajes y en películas de aventuras, como esta, era todo mucho más espectacular. Esto daba más motivos al público para acudir al cine y disfrutar de un formato que la televisión, que ya ocupaba todos los hogares, no ofrecía.

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10 razones para amar Magnolias de acero (Steel Magnolias, 1989) de Herbert Ross

Magnolias de acero, todas en la peluquería…

Razón número 1: Recuerdos en una sala de cine

No hace mucho he vuelto a ver Magnolias de acero. Y es una película que, confieso, he visto varias veces durante toda mi vida. Siempre me emociona y me hace reír. Es de esas películas a las que no me importa volver continuamente. Sí, lo sé no es una película que vaya a formar parte de la historia del cine, ni hay nada novedoso o innovador en su manera de narrar y contar. Magnolias de acero, sin embargo, logra tocarte y acariciarte. Es de esos largometrajes en los que apetece perderse. Tiene buenos momentos y personajes bien construidos.

Además recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Sí, fue en una sala de cine que ya no existe (ahora es un supermercado). En Madrid, en el barrio Salamanca, uno de sus muchos cines era el Fantasio, que hacía unas sesiones dobles buenísimas. Y ahora aprecio lo bien que programaban. Era un cine que estaba cerca de donde vivía mi abuela paterna. Así que aquella tarde elegimos ver Magnolias de acero con mi hermano pequeño.

Yo era una adolescente a la que le estaba encantando esa película, pero según iba pasando el metraje, yo me iba poniendo malísima y notaba cómo me estaba dando una bajada de tensión impresionante. Estaba al borde del desmayo, pero ¡yo no quería preocupar a mi abuela ni tampoco perderme nada de lo que estaba ocurriendo! Así que protagonicé uno de esos momentos tragicómicos de la vida. Y es que precisamente Magnolias de acero se mueve como pez en el agua en la tragicomedia, el género de la vida por excelencia.

Razón número 2: Herbert Ross, un director con notas musicales

Su director es Herbert Ross y cuando repaso su filmografía, compruebo que varias de sus películas formaron parte de mi memoria cinéfila. Es uno de esos realizadores que no es considerado un gran maestro del arte cinematográfico, pero sí ha logrado meterse en la memoria sentimental de muchos cinéfilos con sus largometrajes. Sí supo conectar con el público…, aunque como veremos más adelante no hizo precisamente que el rodaje de Magnolias de acero fuese muy idílico.

¡La de veces que pude ver también de adolescente por televisión Sueños de un seductor (1972)! Cómo me gustaba esta película protagonizada por Diane Keaton y Woody Allen. Me reía tanto con esta nueva lectura de Casablanca y me parecía el colmo del romanticismo. Luego también fue el director de otro clásico de los ochenta con unos créditos maravillosos y que nos dejó muchas ganas de bailar y de ver en otras películas a Kevin Bacon, Footloose (1984).

Y es que Herbert Ross era muy musical, porque trabajó como coreógrafo desde los años cincuenta en el mundo de los escenarios. Luego terminó dedicándose al mundo del cine. A él se debe también la segunda parte de Funny girl, que en esa primera ocasión dirigió William Wyler (y Ross trabajó como coreógrafo). La continuación de Ross se tituló Funny Lady (1975) y esta vez acompañaba a Barbra Streisand… mi adorado James Caan. O también los pinitos como actor por parte del bailarín clásico Mikhail Baryshnikov los dio con Ross en una película interesante sobre ballet clásico, Paso decisivo (1977). No fueron sus únicos musicales.

Razón número 3: Sororidad, cuando todavía no se decía esa palabra

La película cuenta la amistad de seis mujeres durante un periodo de tiempo en una localidad sureña de Luisiana. Y si bien es cierto que nada tengo que ver con ninguna de estas seis mujeres sí que logro conectar con ellas y con la amistad que construyen entre todas, con esa sororidad que se va viendo con el paso del tiempo. Ahí están las seis tanto para los buenos como los malos momentos, estrechan sus lazos y encaran la vida desde la tragicomedia. Y cuando aún no se utilizaba la palabra sororidad ya estaba el espíritu de ese concepto en estas seis amigas de distintas generaciones de esa localidad de Luisiana.

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Retratos de mujer (2). El sospechoso (The Suspect, 1944) de Robert Siodmak / Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) de David Lean

Una mujer que ama con sinceridad. Una, inconscientemente, construye el camino de su pareja hacia un destino cruel. Otra, confiesa su historia apasionada y su renuncia final a lanzarse a la piscina. Dos películas de la misma época, una de EEUU y otra de Gran Bretaña, y en las dos excelentes retratos de mujeres. Además de dos directores que siempre merece la pena rescatar sus filmografías: Robert Siodmak y David Lean.

En la estadounidense, tres mujeres labran el camino hacia la tragedia para su protagonista, un buen hombre que toma medida desesperadas y moralmente reprochables. Ellas son el detonante de la acción, las que tejen la tela de araña en el que queda atrapado el protagonista.

En la película británica, el personaje principal femenino es el dueño absoluto del relato, de todo lo que acontece, así como la mirada hacia otras damas en cuestión. No esconde emociones, sentimientos, ni contradicciones. Es una confesión, un grito. Es el relato subjetivo de una infidelidad, de un enamoramiento espontáneo.

Por otra parte, las actrices que los encarnaron bien merecen un recuerdo. Las protagonistas de una y otra película son Ella Raines y Celia Johnson. Luego, una galería de secundarias que bien merecen un recuerdo. Raines protagonizó varias películas de Robert Siodmak para rescatar y tiene otros títulos interesantes en su efímera carrera como Salve, héroe victorioso o Fuerza bruta. Mientras Celia Johnson estuvo muy presente en las primeras obras de David Lean, aunque su carrera posterior fue breve, pues prefirió dedicarse a su vida familiar.

Ella Raines como Mary Gray cambiará el destino del protagonista.

El sospechoso (The Suspect, 1944) de Robert Siodmak

Esta maravillosa película me gusta cada vez más. Ya ha estado presente en el blog. Philip Marshall (Charles Laughton), su protagonista, es un buen hombre que no ha tenido muy buena suerte en la vida hasta que se cruza en su destino una joven que busca trabajo, Mary Gray (Ella Raines), y todo cobra sentido alrededor de él. Ella es la detonante de un cambio, pero no es la única mujer presente en el camino de este buen señor, ni la única que influirá en el futuro escrito para Marshall. Todo ocurre a principios del siglo XX en un Londres todavía victoriano.

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Diccionario cinematográfico (239). Madres

Madres e hijos en el centro de 20.000 especies de abejas.

Madres idílicas, madres coraje, madres tóxicas, madres terroríficas, madres divertidas, madres valientes, madres emprendedoras, madres malas… Las madres en el cine siempre han sido un buen tema. La galería es interminable, pero merece la pena el recorrido. ¡Todos hemos tenido una madre…, y, efectivamente, madre solo hay una… y este post va por ellas! La figura de la madre ha dejado unos cuantos buenos personajes cinematográficos.

Últimamente, en la sala de cine, he visto a tres madres en el centro de tres películas que por muy distintos motivos son interesantes. Dos son el debut en el largometraje de ficción de dos directores españoles y la tercera es de una directora francesa con una filmografía que merece mucho la pena.

Por una parte, 20.000 especies de abejas de Estibaliz Urresola Solaguren, donde Ane (Patricia López Arnaiz) es madre de tres hijos y no está precisamente en su mejor momento ni profesional ni emocional. Es verano y se va con ellos a la casa materna, entre otras cosas para intentar superar la crisis existencial en la que se haya hundida. Allí se reencontrará con su madre y su tía, una criadora de abejas. Las tres son figuras maternales y con caracteres fuertes y definidos que se enfrentan a la vida y a los problemas de distinto modo. Ane está especialmente preocupada y presta atención al sufrimiento y la sensibilidad que detecta en su hijo de ocho años, que está intentando exteriorizar y que todo el mundo se dé cuenta de su identidad sexual.

También he disfrutado de la última película de Mia Hansen-Løve, Una bonita mañana. Su protagonista, Sandra (Léa Seydoux), es madre de una niña de ocho años y se enfrenta al deterioro mental y físico de su padre, un profesor de filosofía. En este duro proceso se encontrará a un amigo al que hacía tiempo que no veía, Clément (Melvil Poupaud). En la película está muy presente también la madre de Sandra, Françoise (Nicole García), con una personalidad arrolladora, que en su momento dejó a la familia que había formado para perseguir una vida que la satisfaciera.

Y, por último, Matria de Álvaro Gago Díaz, protagonizada por una mujer gallega, Ramona (María Vázquez), que ve que su precario equilibrio de madre y mujer trabajadora se resquebraja, pero trata de no romperse del todo y hacer lo que ha hecho toda la vida, salir adelante. Por una parte, pierde el trabajo que más estabilidad le aportaba y, por otra, ve cómo su joven hija no solo se está independizando, sino eligiendo una vida que no es la que ella deseaba.

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Unas cuantas cuestiones sobre Blonde (Blonde, 2022) de Andrew Dominik

 

Blonde. La batalla dolorosa entre Norma Jean Baker y Marilyn Monroe.

El mismo día del estreno, pude ver Blonde de Andrew Dominik. Durante las casi tres horas que dura la película no retiré la mirada de la pantalla. Me atrapó. Llevaba muchos años esperándola; de hecho cuando escribí en el blog sobre la novela de Joyce Carol Oates en 2014 ya contaba que Andrew Dominik quería llevar a cabo esta película y que se había implicado en un principio en el proyecto Naomi Watts y después Jessica Chastain.

Es de esas películas que para mí todos los implicados se tiran a la piscina (especialmente Dominik y su actriz principal, Ana de Armas), arriesgan al máximo y queda así un largometraje quizá imperfecto, pero con muchos momentos magistrales… y un retrato concreto de Marilyn Monroe. Merece absolutamente la pena, incluso solo por analizarla o por entender por qué es un largometraje que no ha pasado desapercibido y rodeado de controversia. Es una película que me encantaría ver en pantalla grande, porque visualmente es una auténtica pasada.

1. Joyce Carol Oates

Blonde (Blonde, 2022) de Andrew Dominik es una adaptación de la novela del mismo título de Joyce Carol Oates, una autora que me gusta muchísimo. En concreto Blonde, de unas novecientas páginas, me la he leído ya dos veces. Oates convierte a Marilyn Monroe en un personaje de ficción y construye una personalidad compleja y atormentada. A través de sus páginas se mete en la mente de una mujer emocionalmente vulnerable, atrapada en un mundo de lobos y en una industria feroz. Poco a poco, su carácter se va minando cada vez más por la lucha entre Marilyn Monroe, su alter ego de un Hollywood dorado, y Norma Jean Baker, una mujer rota y herida desde su infancia.

Lo interesante de la construcción de la novela es que sí ficcionaliza varios momentos y situaciones de la vida de Marilyn Monroe, pero se acerca, creo, a la esencia de la actriz. En este ejercicio literario se nota que la autora conoce profundamente la vida y obra de la venus rubia, así como el proceso de “mitificación” que ha sufrido la artista hasta nuestros días. Se ha escrito mucho sobre Marilyn, se ha opinado mucho sobre su vida, sobre su muerte, sobre su calidad como actriz, se la ha convertido en personaje literario, sus fotografías han circulado sin parar, se la ha despojado de todo significado para convertirla en icono cultural y comercial (yo misma llevo tiempo queriendo encontrar una camiseta con su rostro)…

Por otra parte en un mundo en que todavía no había redes sociales, Marilyn Monroe fue una actriz muy fotografíada. Hay multitud de series de fotografías de Monroe, que podrían ser hoy galerías de Instagram. Desde joven, Marilyn se expuso al objetivo de la cámara. Su imagen fue y es cotizada. Todo el mundo quería verla en sus momentos felices de glamour absoluto, pero también en los más duros. En un periodo, en el que la cultura de la imagen invade la tecnología no es de extrañar un nuevo análisis de la figura de Marilyn Monroe como total precursora.

No es la primera vez que se convierte en personaje literario, es más incluso su tercer marido, el dramaturgo Arthur Miller la convirtió en Maggie en la obra Después de la caída. Maggie es un personaje trágico que en un momento dice: “¡Soy un chiste que produce dinero!”. Incluso Miller escribió un guion maravilloso, Vidas rebeldes, y creó a Roslyn, deparándole un final que él nunca pudo proporcionar a Marilyn. Hay mucho de Marilyn en Roslyn. Y ella interpretó este personaje con raudales de verdad y dolor. No se deja de escribir sobre Marilyn como personaje literario. Ahora mismo en las librerías está una novedad con la actriz como protagonista de la que nada sé todavía: Los caballeros las prefieren muertas de Carmen Moreno.

Y lo que Joyce Carol Oates hace en esta mastodóntica novela es crear a una mujer concreta, con una vida llena de obstáculos hasta llegar a la muerte de una artista totalmente sola y devastada en la cumbre de su éxito. La voz principal de la historia es la de Marilyn. Y creo que el director y guionista Andrew Dominik capta la esencia del libro. Logra meterse en la cabeza de esa Marilyn Monroe creada, en su inestabilidad emocional, y escenifica su vida como una auténtica pesadilla. Pero la paradoja del asunto es que esa Marilyn de ficción consigue atrapar o acercarse a una posible Norma Jean Baker real. ¿O tal vez no?

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Ingrid Bergman: retrato de familia (Jag är Ingrid, 2015) de Stig Björkman

Ingrid Bergman, con su cámara. Inseparables.

Ingrid Bergman: retrato de familia (Jag är Ingrid, 2015) de Stig Björkman es un documental absolutamente revelador sobre la figura de esta actriz nacida en Suecia, pero además es un largometraje muy bello. El director realiza una radiografía vital de la actriz, indagando en su parte más íntima. Los documentales sobre actores suelen ser a veces rutinarios: una recopilación de secuencias de sus películas más conocidas, algunas fotografías de archivo con una voz en off explicando cronológicamente los momentos más importantes de su vida y varios bustos parlantes hablando sobre el artista en cuestión. Pero luego hay otros que son auténticos ensayos cinematográficos, y que tienen valor como documento y como obra artística. El documental de Stig Björkman, además crítico de cine, pertenece al segundo grupo.

Ingrid Bergman heredó de su padre una pasión: filmar su propia vida. Así la actriz no se desprendía de su cámara y filmaba continuamente imágenes en movimiento de su vida privada. Con la implicación al cien por cien de Isabella Rossellini, hija de la actriz (que además siguió sus pasos), Stig Björkman ha podido contar con los diarios, la correspondencia privada y metros y metros de las películas caseras que rodaba la intérprete. Además, Björkman aporta, para ir construyendo el relato íntimo sobre la actriz, apariciones televisivas o en reportajes, como determinadas secuencias de películas para documentar su carrera. Por otra parte, tan solo hay entrevistas a sus cuatro hijos (Pia, Roberto, Ingrid y Isabella), así como a una familiar y amiga muy cercana a ella del entorno de Roberto Rossellini, Fiorella Mariani, pero engarzándolas con cuidado en el inteligente montaje de la propuesta.

A través de las palabras de Ingrid (de su diario y sus cartas), con la voz prestada de Alicia Vikander, se va contando toda su historia, incluso a veces dando oportunos saltos en el tiempo. Las palabras de la actriz acompañan las imágenes caseras que filmó a lo largo de su vida. La conocemos a través de sus reflexiones, de sus sueños, de sus dudas, de sus alegrías e insatisfacciones. Y también a través de las palabras de sus cuatro hijos: de cómo veían a su madre, de cómo la sentían.

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El deseo femenino en el cine español (1939-1975) (Cátedra, 2022) de Nuria Bou y Xavier Pérez

Sara Montiel, reflejo del deseo femenino en el cine español durante el franquismo.

Hay libros que te seducen desde el primer momento. Con El deseo femenino en el cine español (1939-1975), fueron muchos los alicientes que me llamaron la atención para hacerme con él. No solo el título y el tema me sedujeron, sino también la confianza de que de uno de los editores, Xavier Pérez, había leído ya dos libros de cine que me entusiasman (La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine y El mundo, un escenario. Shakespeare, el guionista invisible, ambos de Anagrama). Además indagué un poco más y con Nuria Bou, con quien edita este libro colectivo, también había realizado otra publicación en Cátedra trabajando el erotismo bajo un prisma concreto: El cuerpo erótico de la actriz bajo los fascismos: España, Italia, Alemania (1939-1945). Así queda un díptico temático de lo más recomendable.

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Marilyn, la estrella trágica

Marilyn nunca sepultó a Norma Jean. Y nunca fue tan evidente como en Encuentro en la noche.

Cuando el filósofo y sociólogo Edgar Morin escribió en 1957 su ensayo Las estrellas del cine, Marilyn Monroe era una estrella rutilante y entraba perfectamente en su análisis. De hecho, la nombra varias veces. Sin duda, ella hubiese sido uno de los capítulos centrales si lo hubiese armado después de su muerte. Al igual que James Dean, que había fallecido en 1955, tenía capítulo propio; ella hubiese tenido el suyo. No obstante, ya dejaba reflexiones de interés para entender el fenómeno Monroe. Su presencia continúa hoy, actual, tanto que es posible que pronto se estrene una película de la que ya se ha hablado bastante sin todavía haberse visto una sola secuencia, tan solo los fotogramas del making off (hubo ya noticias del proyecto en el año 2010): Blonde, de Andrew Dominik. Una adaptación de la novela de Joyce Carol Oates alrededor de Marilyn Monroe.

Morin explicaba que “la estrella es una mercancía total: no hay un centímetro de su cuerpo ni una fibra de su alma ni un recuerdo de su vida que no pueda arrojarse al mercado”. Y añadía: “la estrella es también como esos productos manufacturados a los cuales el capitalismo, ya industrial, asegura su multiplicación en gran escala. Después de las materias primas y las mercancías de consumo material, las técnicas industriales debían apoderarse de los sueños y el corazón humano: la gran prensa, la radio, el cine nos revelan desde entonces la prodigiosa rentabilidad del sueño, materia prima libre y plástica como el viento, a la que basta formar y estandarizar para que responda a los arquetipos fundamentales de lo imaginario. El standard tenía que encontrarse un día con el arquetipo. Los dioses tenían que ser fabricados un día. Los mitos tenían que convertirse en mercancía. El espíritu humano tenía que entrar en el circuito de la producción industrial, no ya solo como ingeniero, sino como consumidor y como consumido”.

La tragedia de Marilyn es que hubo un momento que quiso salir de la rueda del star system que la había lanzado, porque deseaba dejar de ser estrella y convertirse en una actriz. Sin embargo, no pudo huir de la maquinaria industrial ni después de su muerte. De hecho, Marilyn Monroe continua siendo estrella rentable.

Y uno de los fenómenos más curiosos es que tampoco se ha dejado de escribir sobre ella o de analizar cada segundo de su vida. Siempre surgen nuevos seguidores. Sí, se ha convertido en icono cultural, y se vierten a su alrededor un montón de reflexiones, análisis, opiniones y críticas que o sirven para entender mejor diferentes aspectos de la historia del cine o que inventan más chismes o hacen más daño alrededor del mito. Al final unos tratan de responder o encontrar la esencia de Monroe o de hallar a esa Norma Jean vulnerable que se rompió u otros aprovechan el filón de la gallina de los huevos de oro. Es como si Marilyn pusiese su rostro y su cuerpo, sin nada dentro, y todos los bolígrafos y teclados produjeran diferentes almas.

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Así ama la mujer (Sadie McKee, 1934) de Clarence Brown

Joan Crawford como Sadie McKee, toda una heroína pre code en una buena película de Clarence Brown.

Hay infinitos caminos para llegar a una película y verla. ¿Cómo he llegado a Así ama la mujer? A través de un título de culto, mítico: ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), de Robert Aldrich. En la primera secuencia, después del prólogo donde se nos presenta a las hermanas Hudson, Blanche (Joan Crawford) mira emocionada en la televisión una reposición de una de sus películas. Justo cuando era una estrella dorada del Hollywood de los años treinta y no estaba postrada en una silla de ruedas. Ahora, durante los sesenta, Blanche vive aislada en una mansión junto a su hermana Jane (Bette Davis), una antigua niña prodigio. Baby Jane, este fue su apodo, posee una frágil salud mental, que además se agrava por el alcohol.

En unos momentos frente al televisor, Blanche vuelve a revivir sus momentos de gloria. Incluso expresa en voz alta algunas cosas que hubiese mejorado de su actuación, pero está satisfecha porque ve una buena película. Pues bien, los fragmentos de ese largometraje corresponden al largometraje pre code de Clarence Brown que hoy reseñamos, protagonizado por una joven y vital Joan Crawford, ya con todos los ingredientes que la harían famosa.

Y es que Clarence Brown ya ha visitado más de una vez este blog, pues cuenta con títulos de lo más interesante en su filmografía. Si bien pueden no ser redondos del todo, como este que estamos analizando, presentan motivos argumentales para pararse en ellos despacio. Además cuenta con algunas secuencias que dejan patente el domino de Brown para el lenguaje cinematográfico. Por otro lado mira a sus heroínas de forma especial al representarlas en pantalla, y en este caso es evidente con Joan Crawford. Con unos primeros planos que realzan su rostro especial, y que actúa como una especie de faro luminoso que hace posible la identificación con el personaje además de construir la imagen de una diva del cine dorado.

El título original se refiere al nombre propio y el apellido de mujer en concreto, Sadie McKee, poniendo el énfasis en un carácter concreto. Sadie es la hija de una cocinera de la adinerada familia Alderson. Esta, mientras les sirve durante una comida, se rebela cuando Michael (Franchot Tone), el hijo de los Alderson, que acaba de regresar después de estudiar derecho y que va camino de convertirse en un prestigioso profesional, menosprecia delante de todos a su novio Tommy (Gene Raymond). Sadie escucha cómo dudan de su honradez como trabajador en la empresa familiar, además ha sido recientemente despedido. Antes de este incidente, sin embargo, hemos sido testigos de la complicidad existente desde la infancia entre Michael y Sadie, que vuelve a renacer cuando se reencuentran después de unos años.

No obstante, Sadie dolida por cómo han dudado del hombre que ama, y que en concreto haya sido atacado con frialdad por su amigo de la infancia, toma una decisión: huye con Tommy a Nueva York para buscarse la vida allí y casarse. Pero las cosas no salen como Sadie espera. Su novio la abandona en cuanto le sale la oportunidad de trabajar como cantante con una artista de variedades que conoce en la pensión donde se hospedan la primera noche. Sin embargo, Sadie decide no regresar a casa, y gracias a una nueva amiga, consigue un trabajo como bailarina en un club nocturno. A los pocos días conoce a Brennan (Edward Arnold), un millonario alcohólico, que se queda prendado de ella y que además, casualmente, tiene como abogado a Michael.

Así iremos conociendo las vicisitudes de Sadie con los tres hombres de su vida: Tommy, Brennan y Michael. Y como ella no se amilana para hacer lo que realmente piensa, para ser independiente en sus decisiones y equivocarse o acertar. Al final, lo que tiene claro es que hay que salir adelante en la vida, así como ser absolutamente sincera con sus sentimientos, aunque no sea fácil.

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Adiós, Doris

El trompetista

Adiós, Doris…

Hoy que Hildy Johnson cumple un año más…, y es feliz por poder contar con más tiempo para disfrutar de mis pasiones, se despide de Doris Day con una preciosa coincidencia.

Ayer recibí un wasap donde me avisaban del fallecimiento de la actriz. Justo en esos momentos estaba leyendo (y, confieso, pasándomelo fenomenal) las memorias de Michael Caine, La gran vida. The Elephant to Hollywood, (que pronto tendrán su reseña) y, de pronto, os lo juro, no habían pasado ni unos minutos de la noticia cuando leo esto:

“Cruzando la calle se encontraba la Daisy, la primera discoteca de Beverly Hills. Shirley me llevó una noche, temprano, para tomar una copa antes de cenar, y el local estaba prácticamente vacío. De pronto, se abrió la puerta e irrumpieron unas cuarenta chicas idénticas a Doris Day. No era casualidad: participaban en una competición de dobles de la actriz —se llamaba “Doris for a Day”— y las paseaban por los locales favoritos de los artistas… a una hora a la que difícilmente las estrellas estarían en sus lugares favoritos. Sin embargo, aquella era su noche de suerte. En cuanto vieron a Shirley empezaron a proferir agudos chillidos, dos de las chicas se desmayaron y más de una se echó a llorar. Aprovechamos el caos para escapar. ¡Bienvenido a Hollywood!”.

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