Cien años de Marilyn Monroe (y V). La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder / Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston

Para terminar esta serie, nos centraremos en el punto álgido de su éxito como estrella de Hollywood y su vuelo imparable para convertirse en un mito con La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder. La actriz provocaría una verdadera conmoción en las calles de Nueva York durante el rodaje con un vestido blanco de vuelo que se elevaba dejando al descubierto sus piernas. La película recreaba un caluroso verano en la ciudad y su personaje se ponía encima de una rejilla del metro y experimentaba cómo cada vez que pasaba un tren, el viento que se provocaba por la velocidad del transporte, levantaba su falda.

Por otra parte, cerramos el ciclo con su última película, Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston, que mostraba a una actriz en todo su esplendor capaz de construir un personaje dramático lleno de matices y detalles y preludiando un futuro lleno de buenas sorpresas cortado de golpe por el fatal fallecimiento de Marilyn Monroe.

Y en estas dos películas, como siempre, se cruzaban los personajes que la tocaba llevar a cabo con su vida personal, dando una autenticidad brillante y natural a sus interpretaciones.

La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder

Un momento mítico que supuso también acelerar su divorcio con Joe DiMaggio.

La tentación vive arriba es interesantísima para analizar lo que supuso Marilyn Monroe en la década de los 50 en Hollywood. Era tal su impacto y su fama, que al final de esta película, Richard Sherman (Tom Ewell), el protagonista, un hombre de mediana edad, que se ha quedado de Rodríguez durante el mes de agosto en Nueva York y que siente un pánico indescriptible a ser infiel y caer en la tentación y perder todo su estatus y zona de confort, pierde los nervios ante la visita de un amigo de la familia, que viene de parte de su esposa, que ha ido a recoger un remo que se ha dejado olvidado su hijo pequeño.

La vecina de arriba, a la que no se le ha puesto nombre propio en todo el metraje, está en la cocina preparando el desayuno. Sherman no puede reprimir toda la verborrea y le dice al amigo alucinado que qué se piensa, que si se cree que tiene en la cocina escondida a la propia Marilyn Monroe… Juega con una fantasía que sería imposible para un americano de clase media de la época, ¡tener a Marilyn en la cocina!, pero, sin embargo, todo el público que está disfrutando de la película sonríe ante la broma, porque el personaje de la vecina de arriba sin nombre propio está siendo interpretado por la mítica actriz.

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Cien años de Marilyn Monroe (IV). Bus Stop (Bus Stop, 1950) de Joshua Logan / El príncipe y la corista (The Prince a the Showgirl, 1957) de Laurence Olivier

Bus Stop y El príncipe y la corista son dos películas especiales dentro de la trayectoria de la actriz. Marilyn Monroe no quería ser solo una estrella de cine, ni estar atada bajo los mandatos de la 20th Century Fox con esos contratos que encarcelaban sus aspiraciones, sino que deseaba tener voz y voto en su carrera cinematográfica. Además luchaba para que no la encasillasen por su físico o cierto tipo de papeles. Marilyn no paró hasta ser reconocida como actriz y decidir sobre los papeles que llevaría a cabo.

Para sorpresa del estudio, su principal estrella en los cincuenta decidió rebelarse y dejarles plantados. Se tomó año sabático (1955), se fue a Nueva York a vivir y entró en el Actors Studio a formarse en el Método, a canalizar sus emociones para construir personajes… La 20th Century Fox no tuvo más remedio que ceder si quería la vuelta de su estrella, revisó el contrato, permitió que Marilyn tomara las riendas de su carrera a través de la productora que creó y sus dos siguientes proyectos contaron con su aprobación y control.

Como era habitual se preparó concienzudamente los papeles. Durante los rodajes, siempre estaba junto a ella Paula Strasberg con quien trabajaba sus interpretaciones según el Método. Como ya ocurrió con su anterior preparadora, Natasha Lytess, ambas desarrollaron una relación que generó varios conflictos con los distintos directores. Tanto Paula como Natasha se convirtieron también en confidentes, protectoras, y la actriz confiaba plenamente en ellas para su trabajo en el set. Se apoyaba más en estas mujeres que en los directores, esto generaba tensiones. Las dos tenían fuertes personalidades y la literatura alrededor de la actriz habla de relaciones dependientes con sus preparadoras.

Lo que es cierto es que Bus Stop y El príncipe y la corista lograron su cometido. Y Marilyn empezó a ser considerada además de sex symbol, actriz. La productora como tal solo funcionó con estas dos producciones, luego en 1957 la actriz rompió con su socio y amigo, el fotógrafo Milton Greene (eso es otra historia), pero Marilyn ya había mostrado ante la opinión pública que tenía las riendas de su carrera. Estos años fueron cruciales también porque empezó su relación con el dramaturgo Arthur Miller y terminaron casándose.

Bus Stop (Bus Stop, 1950) de Joshua Logan

Marilyn Monroe mostró a una Cherie sensible, vulnerable y cautivadora.

Bus Stop es la adaptación de una obra de teatro de William Inge que reunía a varios personajes en un bar de carretera, aunque el guion de George Axelrod se centró en Cherie y Bo, una cantante de bar y un joven vaquero con demasiada energía y sin experiencia en la vida (pues no ha salido apenas del rancho donde ha sido criado), además de ampliar las localizaciones y no centrarse en el bar de carretera donde transcurre la historia en los escenarios.

Marilyn Monroe eligió tanto al personaje de Cherie como al director Joshua Logan. La actriz tomó las riendas del proyecto. Monroe no quiso glamour para Cherie, sino prepararla como lo que es, una chica de la América profunda con mala suerte que va de garito en garito tratando de llegar hasta Los Angeles con la ilusión de que Hollywood se fije en ella. En su camino de pesadilla hacia la “gloria” se cruza un joven vaquero que apenas ha vivido, que no ha salido de su rancho, que decide que Cherie es su ángel y la mujer que permanecerá a su lado para siempre.

Marilyn decidió que su Cherie tenía que ponerse una ropa usada y adecuada a su personaje, con rotos en sus medias, y que su actuación en el garito debía ser de lo más cutre, además de mostrar a una joven a la que apenas le da el sol, pues trabaja de noche… También le proporcionó una manera de hablar. Y muchos otros detalles que van construyendo a un personaje entrañable, vulnerable y trágico, pero que se convierte en protagonista de una comedia romántica que nunca se hubiese imaginado vivir. Marilyn se esforzó por construir a su personaje, pero en el rodaje no evitó mostrar sus inseguridades, repeticiones de tomas, impuntualidades, que creaban las habituales tensiones durante las producciones en las que participaba. Bus Stop no fue una excepción.

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Cien años de Marilyn Monroe (III). La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston / Niágara (Niagara, 1953) de Henry Hathaway

En 1950, Marilyn consiguió dos papeles secundarios donde ya logró, con escasos minutos en pantalla, no solo construir un personaje sino llamar la atención de críticos y espectadores: Eva al desnudo (All About Eve, 1950) y La jungla de asfalto, una película de cine negro con el sello de John Huston.

En la primera, era una aspirante a actriz que, de la mano del crítico cínico de turno, trata de abrirse camino (una única secuencia, pero con su personaje ya hay una historia detrás) y en la segunda se convierte, con tan solo dos escenas, en una evocación: la evasión, el sueño y la perdición de uno de los protagonistas que forman la galería de perdedores de esta historia de puro cine negro, el abogado arruinado (un Louis Calhern impresionante).

Y tres años después, como ya dijimos en el post anterior, fue su año de oro con tres protagonistas que la lanzaron al estrellato. Y hemos analizado las dos comedias, pero faltaba una película muy especial por reseñar. Marilyn se convierte en toda una femme fatale en una película a todo color. Henry Hathaway filma una historia muy negra a los pies de las cascadas.

Entre medias de la Angela Phinlay de La jungla de asfalto y la Rose Loomis de Niágara, interpretaría en 1952 a la inestable niñera con serios problemas de salud mental, Nell Forbes, en Niebla en el alma (Don’t Bother to Knock, 1952) de Roy Ward Baker. Ahí había otra trayectoria de la actriz que mostraba cómo en su camino hacia el estrellato también había una línea dramática en el que podía ofrecer también otros papeles con sus matices y toques especiales. Así pasaba de una femme fatale inconsciente y superviviente a una mujer inestable y herida emocionalmente hasta alcanzar a una femme fatale de armas tomar que termina convertida en víctima.

La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston

La femme fatale inconsciente…

En esta oda del cine negro sobre un grupo de perdedores, que cuenta la crónica minuciosa de un robo perpetrado por varios hombres que se juntan para llevarlo a cabo, está Angela Phinlay, una de esas femme fatales inconscientes, que podría perfectamente animado de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?: “Yo no no soy mala… es que me han dibujado así”, el personaje de Marilyn podría decir: “Yo no soy mala… es que me han creado así”. Y es la actriz la que en tan solo dos secuencias, muy bien pensadas y rodadas, construye a un personaje fascinante.

Sobre la fascinación que me provoca esta película ya he escrito largo y tendido aquí. Pero merece la pena hacer una lectura detallada del personaje de Angela. En su primera secuencia, Alonzo, el abogado, se la encuentra profundamente dormida en un sofá, como un preciado trofeo. Angela es mantenida con todo los lujos, como objeto de deseo, por un abogado arruinado, que nada le dice de su situación financiera y que sigue cubriendo todos sus gastos y buena vida.

Esta abre los ojos y se muestra cariñosa y despreocupada con su amante, diría que prefiere vivir cómodamente sin ser consciente de nada. Le llama tío Alonzo, algo que en ese momento no le agrada, y se sienta en su regazo. Ella se acerca y lo besa y este corresponde apasionadamente. El abogado le dice que es tarde y que vaya a dormir. Ella obedece y se dirige al dormitorio por un largo pasillo. Él la mira, como si fuera un sueño que ha estado entre sus brazos, sonríe y proclama, con orgullo, que menuda belleza de mujer le espera en el dormitorio.

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Cien años de Marilyn Monroe (II). Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen prefer blondes, 1953) de Howard Hawks / Cómo casarse con un millonario (How to marry a millionaire, 1953) de Jean Negulesco

Durante el año 1953 explotó el fenómeno Marilyn Monroe al estrenar tres películas de éxito, dos de ellas comedias (y otra muy especial de cine negro, que pronto aparecerá en esta serie). La estrella de melena rubia a todo color conquistó definitivamente las pantallas. Su vis cómica brilló en ambos títulos. Sus dos personajes, Lorelei Lee y Pola Debevoise, en nada se parecen entre sí: una es una vividora que se hace la tonta y la otra es una modelo que cree que su miopía puede no resultar atractiva a los hombres.

Después Marilyn querría huir de los personajes tipo Lorelei y Pola, pues quería mostrar su versatilidad y diferentes registros. No quería ser solo una rubia sexy… Lo cierto es que estos dos personajes no pueden ser más distintos y es la actriz quien logra crearlos (con permiso de su mentora Natasha Lytess).

Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen prefer blondes, 1953) de Howard Hawks

El icono de Marilyn Monroe naciendo con todo su esplendor.

Howard Hawks con su ritmo endiablado pone en pie otra de sus comedias, esta vez a todo color. Se trataba de una versión musical del gran éxito de Anita Loos, una escritora y guionista de vida apasionante, que conoció las mieles de la prosperidad con un personaje de ficción, Lorelei Lee, que nació en las páginas de una revista, luego pasó a ser una novelita corta (Los caballeros las prefieren rubias), tuvo su secuela (Pero se casan con las morenas), después subió a los escenarios como obra de teatro para posteriormente convertirse en un musical… Y durante estos avatares el cine se fijó también en Lorelei.

En los años cincuenta se quiso llevar de nuevo a la pantalla las andanzas de Lorelei, pues parece ser que hubo una versión muda en 1928, pero es una de las muchas películas desaparecidas del cine silente. La elegida fue Marilyn Monroe en el esplendor del Technicolor. La actriz inmortalizó a Lorelei Lee y además le regaló un momento musical icónico que ha sido imitado o ha inspirado a distintas divas, como Madonna o Nicole Kidman en Moulin Rouge.

La canción en cuestión fue Diamond are a girl’s best friend, con una Marilyn esplendorosa vestida de rosa hasta arriba de diamantes, bajando y subiendo unas escaleras, con un grupo de bailarines a sus pies (como curiosidad, y con permiso de Marilyn que es la absoluta protagonista de esta serie de textos, entre los bailarines se puede ver a George Chakiris, quien sería un maravilloso Bernardo en West Side Story, una película que revolucionó el género musical).

Así en 1953 surgió con fuerza esta rubia sexy de la Twenty Century Fox con una vis cómica natural y una facilidad para brillar en los números musicales que le pusiesen por delante con su susurrante voz (en el estudio había debate entre doblarla o no, pero casi siempre logró ser ella la que cantase las canciones con su voz característica. Ese «casi siempre» es porque en ocasiones en ciertos tonos más agudos sí que contrataron a la soprano Marni Nixon).

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Cien años de Marilyn Monroe (I). Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger / El multimillonario (Let’s make love, 1960) de George Cukor

Marilyn Monroe es una vieja amiga de El blog de Hildy Johnson, por eso se merece un buen cumpleaños. La actriz ha aparecido en varias ocasiones por el blog por distintos motivos: un libro, una exposición, un documental o película sobre ella, una reflexión… Y es que servidora siempre ha tenido gran cariño a la actriz desde que de pequeña adquirió en un quiosco una cinta con una recopilación de sus canciones. Con los años el análisis y el estudio de la vida y obra de esta actriz, de la representación de su persona en distintos ámbitos, de cómo ha sido objeto de arte, de literatura, de ensayos, de exposiciones y todo tipo de merchandising han llamado mi atención.

Por eso, antes de empezar esta serie, creo importante explicar qué pretendo con esta pequeña serie de artículos. Lo que deseo es realizar varias sesiones dobles y analizar el legado cinematográfico de Marilyn Monroe como actriz. Muchas veces se ha escrito sobre ella, su figura, su vida, lo que significa, etcétera, pero habitualmente se olvidan sus películas y su trabajo como intérprete. ¿Qué es lo que se ve en sus películas? ¿Aguantan un visionado actualmente? ¿Cómo analizarlas y entender su magnetismo? ¿Dónde radica su magia? Así que será un placer indagar y ver a qué conclusiones llegamos en estas sesiones dobles, donde también veremos algunos aspectos de su vida, siempre que tengan que ver con la película que analicemos.

Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger

Marilyn Monroe y Robert Mitchum se conocieron cuando aún no eran estrellas sino Norma Jean y un Robert rebelde que todavía no sabía que iba a ser actor.

Si hay algo que se ha difundido es que Marilyn no tuvo una carrera versátil y se la encasilló en un único rol, rubia tonta de buen corazón. Incluso en ese rol, en esas rubias de buen corazón, sus personajes mostraban peculiaridades que hacían que ninguna fuese igual. Pero Marilyn mostró en varias ocasiones que podría haber sido una actriz mucho más versátil capaz de llevar a cabo todo tipo de roles. Y precisamente luchaba por ello, por ser considerada una actriz, no solo una estrella con sex appeal, no solo una modelo convertida en actriz, no solo una pin up con la que soñar.

En Río sin retorno, Marilyn es Kay, una cantante de Saloon. Kay es una muchacha fuerte y curtida que solo trata de salir adelante en un mundo hostil y masculino.

Marilyn Monroe con su blusa y vaqueros ceñidos se convierte en aventurera y protagonista de un western de Otto Preminger. Su personaje no es una rubia tonta de buen corazón. Es una mujer fuerte, comprensiva, que trata de sobrevivir y de entender a todos los que la rodean, incluso a esa pareja que tiene, un jugador de poca monta que está desesperado por vivir bien y que claramente la utiliza.

Kay quiere prosperar y tener una vida sin sobresaltos. No la asusta trabajar en lo que sea. Es una chica de Saloon que va con sus zapatos rojos allá donde haya un escenario, un público y una canción que cantar. No tiene suerte en el amor, pero lo intenta.

Se cruzan en su camino un padre y un hijo con los que tendrá que emprender toda una odisea. El trayecto no será fácil por muchos motivos: su prometido, el jugador, no se lo pone nada fácil y no hace más que meter la pata; el padre del niño busca venganza por lo que el jugador les hace; tienen que huir de los indios y también de otros vaqueros indeseables; y la relación con el padre del niño no es fácil y viven momentos muy tensos.

La película es una rareza por varios motivos. Ninguno de los implicados estaban muy motivados por esta película meramente de encargo. Para Preminger fue un reto técnico, además es el único western de su filmografía. Era la primera vez que Marilyn protagonizaba una película de dicho género. Y para Robert Mitchum, como muchas veces en su carrera, era un puro trámite para poder vivir bien.

Esta película buscaba rentabilizar el lanzamiento de un progreso técnico, el famoso Cinemascope, un nuevo sistema de filmación y proyección que permitía ampliar la pantalla en grandes dimensiones. La horizontalidad de la imagen lograba sacar partido de los paisajes y en películas de aventuras, como esta, era todo mucho más espectacular. Esto daba más motivos al público para acudir al cine y disfrutar de un formato que la televisión, que ya ocupaba todos los hogares, no ofrecía.

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Descubrimientos veraniegos (2). Garcine. 40 años del primer óscar a una película en lengua española

Aquellos maravillosos fotogramas, en este caso uno de Volver a empezar, donde uno se ponía frente la marquesina de un cine y comprobaba  las  ganas o no que tenía de ver determinada película.

«Amigo, somos las películas que hemos visto». Este año ha sido una época de homenaje para José Luis Garci. Su óscar en 1983 por Volver a empezar ha servido de excusa. En la exposición Garcine el discurso expositivo oscila entre la nostalgia, el recuerdo, la emoción, la pasión por el cine de Garci y un retrato íntimo del director, donde la importancia de la familia y la amistad en su vida se pone siempre de relieve. La ejecución de la exposición es sencilla, grandes paneles explicativos en las paredes, con una recopilación de fotografías personales, fotogramas y carteles de sus películas. Una especie de álbum gigante, con todo el material gráfico repartido por temas para ir enfocando la vida y obra del cineasta. Así como varias vitrinas-mesa para mostrar diversos objetos que conforman el universo del autor: guiones originales, premios, máquinas de escribir, tebeos, cromos, publicaciones, cartas…, etcétera.

La carencia de materia audiovisual como entrevistas, making off, determinados momentos de su vida filmados o grabados o intervenciones de televisión y radio se suple con una recopilación muy amplia de frases de Garci que dibujan un retrato interesante. Si ponemos como centro a un hombre que sobre todo ha sabido transmitir su pasión por el cine a través de la palabra, no es mala idea construir ese discurso expositivo a través de ella. José Luis Garci ha escrito y sigue escribiendo libros donde muere por el cine. También ha tenido diversas colaboraciones escritas en diferentes medios. Su labor divulgadora como experto en cine clásico ha estado presente en la radio, ese medio que tanto ama, y también en la televisión. Nunca hay que olvidar además que Garci empezó siendo guionista antes que director.

Al final del recorrido, casi en una especie de capilla cinéfila, el visitante pasa por unas cortinas rojas y, en unas butacas de viejos cines, puede disfrutar de varias secuencias de las películas de José Luis Garci. No hay montaje ni ensayo cinematográfico, ni siquiera están todas sus películas, pero sí una serie de secuencias que dan una idea de la manera de mirar del realizador. De ese mundo clásico, analógico, de otra época, donde sus personajes se van moviendo entre el amor, la nostalgia y el recuerdo. Donde el tiempo pasa con mesura.

Unas películas que reflejan el espíritu de una época concreta bajo su mirada: la transición. O que atrapan también un país lejano encerrado en obras de teatro o novelas de autores variados como Benito Pérez Galdós, ese tándem que formaron María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra, Josep Maria de Sagarra, Miguel Mihura, Ramón Pérez de Ayala… No queda duda de que Garci tiene una visión determinada del mundo.

Este año José Luis Garci no solo ha contado con la exposición en el Conde Duque, que podrá disfrutarse hasta el 15 de octubre, sino que también se han celebrado coloquios, como el que se organizó en Espacio Fundación Telefónica el pasado 11 de abril, rodeado de un montón de amigos. O la Filmoteca Española ha programado sus películas, igual que el Conde Duque (que volverá a proyectarlas en septiembre). Y no solo eso desde la Filmoteca han creado un ciclo donde han dado carta blanca a José Luis Garci para pasar películas de cine clásico imprescindibles para el cineasta.

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Unas cuantas cuestiones sobre Blonde (Blonde, 2022) de Andrew Dominik

 

Blonde. La batalla dolorosa entre Norma Jean Baker y Marilyn Monroe.

El mismo día del estreno, pude ver Blonde de Andrew Dominik. Durante las casi tres horas que dura la película no retiré la mirada de la pantalla. Me atrapó. Llevaba muchos años esperándola; de hecho cuando escribí en el blog sobre la novela de Joyce Carol Oates en 2014 ya contaba que Andrew Dominik quería llevar a cabo esta película y que se había implicado en un principio en el proyecto Naomi Watts y después Jessica Chastain.

Es de esas películas que para mí todos los implicados se tiran a la piscina (especialmente Dominik y su actriz principal, Ana de Armas), arriesgan al máximo y queda así un largometraje quizá imperfecto, pero con muchos momentos magistrales… y un retrato concreto de Marilyn Monroe. Merece absolutamente la pena, incluso solo por analizarla o por entender por qué es un largometraje que no ha pasado desapercibido y rodeado de controversia. Es una película que me encantaría ver en pantalla grande, porque visualmente es una auténtica pasada.

1. Joyce Carol Oates

Blonde (Blonde, 2022) de Andrew Dominik es una adaptación de la novela del mismo título de Joyce Carol Oates, una autora que me gusta muchísimo. En concreto Blonde, de unas novecientas páginas, me la he leído ya dos veces. Oates convierte a Marilyn Monroe en un personaje de ficción y construye una personalidad compleja y atormentada. A través de sus páginas se mete en la mente de una mujer emocionalmente vulnerable, atrapada en un mundo de lobos y en una industria feroz. Poco a poco, su carácter se va minando cada vez más por la lucha entre Marilyn Monroe, su alter ego de un Hollywood dorado, y Norma Jean Baker, una mujer rota y herida desde su infancia.

Lo interesante de la construcción de la novela es que sí ficcionaliza varios momentos y situaciones de la vida de Marilyn Monroe, pero se acerca, creo, a la esencia de la actriz. En este ejercicio literario se nota que la autora conoce profundamente la vida y obra de la venus rubia, así como el proceso de “mitificación” que ha sufrido la artista hasta nuestros días. Se ha escrito mucho sobre Marilyn, se ha opinado mucho sobre su vida, sobre su muerte, sobre su calidad como actriz, se la ha convertido en personaje literario, sus fotografías han circulado sin parar, se la ha despojado de todo significado para convertirla en icono cultural y comercial (yo misma llevo tiempo queriendo encontrar una camiseta con su rostro)…

Por otra parte en un mundo en que todavía no había redes sociales, Marilyn Monroe fue una actriz muy fotografíada. Hay multitud de series de fotografías de Monroe, que podrían ser hoy galerías de Instagram. Desde joven, Marilyn se expuso al objetivo de la cámara. Su imagen fue y es cotizada. Todo el mundo quería verla en sus momentos felices de glamour absoluto, pero también en los más duros. En un periodo, en el que la cultura de la imagen invade la tecnología no es de extrañar un nuevo análisis de la figura de Marilyn Monroe como total precursora.

No es la primera vez que se convierte en personaje literario, es más incluso su tercer marido, el dramaturgo Arthur Miller la convirtió en Maggie en la obra Después de la caída. Maggie es un personaje trágico que en un momento dice: “¡Soy un chiste que produce dinero!”. Incluso Miller escribió un guion maravilloso, Vidas rebeldes, y creó a Roslyn, deparándole un final que él nunca pudo proporcionar a Marilyn. Hay mucho de Marilyn en Roslyn. Y ella interpretó este personaje con raudales de verdad y dolor. No se deja de escribir sobre Marilyn como personaje literario. Ahora mismo en las librerías está una novedad con la actriz como protagonista de la que nada sé todavía: Los caballeros las prefieren muertas de Carmen Moreno.

Y lo que Joyce Carol Oates hace en esta mastodóntica novela es crear a una mujer concreta, con una vida llena de obstáculos hasta llegar a la muerte de una artista totalmente sola y devastada en la cumbre de su éxito. La voz principal de la historia es la de Marilyn. Y creo que el director y guionista Andrew Dominik capta la esencia del libro. Logra meterse en la cabeza de esa Marilyn Monroe creada, en su inestabilidad emocional, y escenifica su vida como una auténtica pesadilla. Pero la paradoja del asunto es que esa Marilyn de ficción consigue atrapar o acercarse a una posible Norma Jean Baker real. ¿O tal vez no?

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Barbara Loden (I). Vida de Barbara Loden (Sexto piso, 2022) de Nathalie Léger

Quién es Barbara Loden. La autora, Nathalie Léger, recibió un encargo a priori sencillo: una entrada de Barbara Loden para un diccionario cinematográfico. De pronto, la escritora se convierte en una araña que teje un libro bello, sensible e inteligente. Descubre que no puede limitarse a una objetiva y fría entrada, donde tan solo se mencione algunos datos biográficos, su trayectoria como actriz y glosar la única película que dirigió en 1970, Wanda. Entonces, se ve inmersa en un proceso de investigación, donde va tejiendo diferentes hilos. La escritora y también realizadora Marguerite Duras en una conversación con Elia Kazan expresó que «existe una inmediata y decidida coincidencia entre Barbara Loden y Wanda».

Nathalie Léger ofrece un libro de 114 páginas con una prosa rozando lo poético que va guiándote por una telaraña que te deja atrapada entre sus líneas. Lo primero que me llamó la atención fue su portada. Siempre me fijé en Barbara Loden. Una ilustración de la actriz en Wanda de Ruth Gwily se convierte en una llamada. Una vez en mi poder lo leí una vez y me dejó tan fascinada que inmediatamente acometí la segunda lectura para saborearlo despacio. Y no tengo duda, lo voy a leer muchas más veces. Es un libro soñado, en el sentido de que me hubiese gustado escribirlo, lo confieso.

Como amante del cine de Elia Kazan, no olvido un triste personaje en Esplendor en la hierba. Sí, todo el mundo recuerda a Dennie Loomis (Natalie Wood) y Bud Stamper (Warren Beatty), pero también está Ginny Stamper. Personaje trágico con rostro de Barbara Loden. La hermana mayor de Bud, joven rebelde, herida y vulnerable, que nos enteramos al final que ha fallecido en un accidente de coche. Loden da todos los matices al personaje: alocada, divertida, seductora, pero totalmente perdida, herida y dañada. Y los hombres que la rodean van cavando más honda su tumba. Esplendor en la hierba es de 1961, pero, sin embargo, plasma con tremendo realismo una violación grupal a una Ginny absolutamente borracha y desolada.

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Ava Gardner. Con su propia voz (Hojas nuevas. Grijalbo, 1991)

Ha caído en mis manos un libro de hace bastantes años: la autobiografía de Ava Gardner. En una posdata se explica que la actriz, antes de morir en 1990, estuvo durante dos años trabajando en esta publicación, contactando con viejos amigos y seleccionando fotografías. A partir de noventa cintas magnetofónicas se dio forma al libro.

Así durante las 370 páginas tienes la sensación de que es Ava la que está contándote su historia durante una charla, tomando un té en su casa de Londres. Una mujer con mucho ya vivido a cuestas y que te cuenta su vida cómo quiere y solo lo que quiere, sin filtros. Sus últimas palabras son: “Una cosa que siempre he sabido es que el proceso de madurar, de envejecer, y de acercarse a la muerte nunca me ha parecido temible. Y ¿sabes?, si tuviese que volver a vivir mi vida, la viviría exactamente igual. Tal vez un par de cambios aquí y allá, pero nada en especial. Porque, la verdad, encanto, es que he disfrutado de mi vida. Me lo he pasado en grande”.

Pero, sin embargo, en su relato hay momentos intensos, donde efectivamente lo está pasando en grande, y otros muy duros. Así es la vida. Sueños, alegrías, desencantos, frustraciones, amores, complejos, desamores… También entre medias se intercalan testimonios de gente que estuvo a su lado, mostrando diferentes facetas de la actriz: amigos del mundo del cine (Arlene Dahl o Gregory Peck), familia (Myra Gardner) o personas cercanas como su asistente, Mearene Jordan.

Ava Gardner no da importancia a su carrera; es más, es crítica con la mayoría de sus trabajos cinematográficos. Da la sensación de que nunca se sintió realmente una buena actriz. Algunas películas ni las nombra y, de otras, se palpa su desilusión. También hubo largometrajes que recuerda con cariño como Mogambo. No obstante, deja anécdotas a tener en cuenta de cada una de las películas que nombra, como cuando la doblaron para Magnolia, un musical con el que estaba bastante contenta. O sus experiencias con John Huston, por ejemplo, en La noche de la iguana, una de mis películas favoritas de la actriz.

Y es que un análisis de la carrera cinematográfica de Ava muestra algo que también ocurre en las filmografías de Rita Hayworth o Marilyn Monroe. Ellas son en ocasiones lo único que importa en algunas de sus películas, es su presencia lo que cuenta. Con sus obras cinematográficas y algunas de sus secuencias se puede contar mucho de sus vidas. Sus personajes avivan su leyenda. Para entendernos, con ocasión de la lectura de este libro, decidí volver a ver Fiesta (1957) de Henry King.

Sin Ava, la película quizá hubiese caído más todavía en olvido, pero es que además lady Brett Ashley, su personaje, hace pensar en cómo vivía ella, con intensidad, en nuestro país. El personaje también refleja su relación con los hombres (cómo vivía sus amores y cómo la miraban ellos). No es una película redonda, y como Ava explica tampoco fue del agrado de Hemingway ni de ella misma, pero una se fija en lady Brett y piensa en los paralelismos con su vida. Bueno, un pequeño apunte: para mí esta película es Ava Gardner, pero también Errol Flynn.

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Marilyn, la estrella trágica

Marilyn nunca sepultó a Norma Jean. Y nunca fue tan evidente como en Encuentro en la noche.

Cuando el filósofo y sociólogo Edgar Morin escribió en 1957 su ensayo Las estrellas del cine, Marilyn Monroe era una estrella rutilante y entraba perfectamente en su análisis. De hecho, la nombra varias veces. Sin duda, ella hubiese sido uno de los capítulos centrales si lo hubiese armado después de su muerte. Al igual que James Dean, que había fallecido en 1955, tenía capítulo propio; ella hubiese tenido el suyo. No obstante, ya dejaba reflexiones de interés para entender el fenómeno Monroe. Su presencia continúa hoy, actual, tanto que es posible que pronto se estrene una película de la que ya se ha hablado bastante sin todavía haberse visto una sola secuencia, tan solo los fotogramas del making off (hubo ya noticias del proyecto en el año 2010): Blonde, de Andrew Dominik. Una adaptación de la novela de Joyce Carol Oates alrededor de Marilyn Monroe.

Morin explicaba que “la estrella es una mercancía total: no hay un centímetro de su cuerpo ni una fibra de su alma ni un recuerdo de su vida que no pueda arrojarse al mercado”. Y añadía: “la estrella es también como esos productos manufacturados a los cuales el capitalismo, ya industrial, asegura su multiplicación en gran escala. Después de las materias primas y las mercancías de consumo material, las técnicas industriales debían apoderarse de los sueños y el corazón humano: la gran prensa, la radio, el cine nos revelan desde entonces la prodigiosa rentabilidad del sueño, materia prima libre y plástica como el viento, a la que basta formar y estandarizar para que responda a los arquetipos fundamentales de lo imaginario. El standard tenía que encontrarse un día con el arquetipo. Los dioses tenían que ser fabricados un día. Los mitos tenían que convertirse en mercancía. El espíritu humano tenía que entrar en el circuito de la producción industrial, no ya solo como ingeniero, sino como consumidor y como consumido”.

La tragedia de Marilyn es que hubo un momento que quiso salir de la rueda del star system que la había lanzado, porque deseaba dejar de ser estrella y convertirse en una actriz. Sin embargo, no pudo huir de la maquinaria industrial ni después de su muerte. De hecho, Marilyn Monroe continua siendo estrella rentable.

Y uno de los fenómenos más curiosos es que tampoco se ha dejado de escribir sobre ella o de analizar cada segundo de su vida. Siempre surgen nuevos seguidores. Sí, se ha convertido en icono cultural, y se vierten a su alrededor un montón de reflexiones, análisis, opiniones y críticas que o sirven para entender mejor diferentes aspectos de la historia del cine o que inventan más chismes o hacen más daño alrededor del mito. Al final unos tratan de responder o encontrar la esencia de Monroe o de hallar a esa Norma Jean vulnerable que se rompió u otros aprovechan el filón de la gallina de los huevos de oro. Es como si Marilyn pusiese su rostro y su cuerpo, sin nada dentro, y todos los bolígrafos y teclados produjeran diferentes almas.

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