Sesiones de verano (I). Cómo disfrutar de La huella (Sleuth, 1972) de Joseph L. Mankiewicz en tan solo cinco pasos

La huella. Dos hombres que no pararán de jugar hasta el final.

Paso 1. El día que juntaron a dos actores británicos

Ninguno de los dos fueron las primeras opciones del reparto de La huella, pero lograron uno de los enfrentamientos más exquisitos y perversamente divertidos en una pantalla de cine.

La huella merece la pena, entre otras cosas, por ver en acción a dos actores británicos con sus técnicas interpretativas en acción. Uno, una leyenda de los escenarios teatrales. El otro, todo un vividor que supo ser versátil en su trayectoria cinematográfica.

El actor shakesperiano por excelencia con el actor espontáneo, seductor y natural. Uno con un exquisito inglés, el otro orgulloso del acento cockney y de sus raíces de clase trabajadora.

Laurence Olivier y Michale Caine.

Lo absolutamente maravilloso del asunto es que sus físicos, personalidades y maneras de emplear el idioma definían totalmente a sus personajes: un solitario y elitista escritor de novelas de detectives y un peluquero londinense, hijo de inmigrantes italianos. La lucha de clases entre ambos está servida.

No ocurrió lo mismo entre los actores, que se apoyaron durante el rodaje, además de admirarse mutuamente y respetar sus respectivos trabajos y técnicas. Colaboraron juntos y eso benefició el resultado, su química funciona. Ambos consiguieron ser nominados en la categoría de mejor actor en la ceremonia de los premios Óscar de 1973.

Laurence Olivier es puro teatro, es dueño del espacio y se mueve como quiere. La vida como escenario. Olivier se explaya.

Michael Caine es frescura, naturalidad y verosimilitud. Caine se contiene y cuando es necesario, estalla.

Paso 2. La vida como un juego hasta las últimas consecuencias

Para el aristocrático, elitista y solitario Andrew Wyke la vida es puro juego.

Él mueve los hilos de sus creaciones literarias, él piensa todo tipo de estrategias para el asesinato perfecto, los policías no son muy hábiles en la resolución del delito, pero sus aristocráticos e inteligentes investigadores llegan hasta el final. El asesinato como obra de arte literaria.

Vive en una mansión aislada rodeado de muñecos autómatas, todo tipo de juegos de mesa y disfraces varios.

Todo vale en los juegos.

Solo hay que conocer unas reglas básicas.

Luego están los trofeos, como su propia mujer o su amante.

A Wyke le gusta ganar, mostrar su astucia y si es necesario humillar al adversario.

Todo es representación en Wyke.

En ese mundo se mueve mejor que nadie, solo que a veces le cuesta encontrar rival.

Alguien que le saque de su propio laberinto y le haga vibrar.

Y eso es lo que ocurre con Milo Tindle, un peluquero metido a empresario y todo un superviviente. Capaz de todo por prosperar, por no acabar en el hoyo y alcanzar la dignidad.

Wyke mete a la fuerza a Tindle en el terreno de juego y hace lo que más le fascina: humillar al adversario. Ese peluquero venido a menos con aires de caballero de pacotilla empieza la partida sin saber que está jugando.

El caballero inglés no puede permitir que un hijo de inmigrantes le arrebate una de sus muñecas, su mujer. Así que se propone aplastar a base de intelecto y mala baba a su contrincante.

Solo que Tindle se convierte en un jugador aventajado. La humillación le hace resurgir de las cenizas y reivindicar que va a ganar la partida a ese petulante intelectual que le hizo caer al abismo y desnudar su propia naturaleza.

No parará hasta vencer, hasta sacar de las casillas al aristócrata y hacer que la venda caiga de sus ojos.

Tindle lo tiene claro, apuesta todo a una carta y se arriesgará a muerte por mostrar con orgullo que el hijo del inmigrante puede desarmar intelectualmente al aristócrata rancio.

No, la vida no es solo representación, también es realidad.

Y ahí Wyke está perdido.

Todo es juego en La huella.

Sí, todo es juego incluso sus títulos de crédito, que juegan también al engaño.

Todo es representación.

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Cien años de Marilyn Monroe (IV). Bus Stop (Bus Stop, 1950) de Joshua Logan / El príncipe y la corista (The Prince a the Showgirl, 1957) de Laurence Olivier

Bus Stop y El príncipe y la corista son dos películas especiales dentro de la trayectoria de la actriz. Marilyn Monroe no quería ser solo una estrella de cine, ni estar atada bajo los mandatos de la 20th Century Fox con esos contratos que encarcelaban sus aspiraciones, sino que deseaba tener voz y voto en su carrera cinematográfica. Además luchaba para que no la encasillasen por su físico o cierto tipo de papeles. Marilyn no paró hasta ser reconocida como actriz y decidir sobre los papeles que llevaría a cabo.

Para sorpresa del estudio, su principal estrella en los cincuenta decidió rebelarse y dejarles plantados. Se tomó año sabático (1955), se fue a Nueva York a vivir y entró en el Actors Studio a formarse en el Método, a canalizar sus emociones para construir personajes… La 20th Century Fox no tuvo más remedio que ceder si quería la vuelta de su estrella, revisó el contrato, permitió que Marilyn tomara las riendas de su carrera a través de la productora que creó y sus dos siguientes proyectos contaron con su aprobación y control.

Como era habitual se preparó concienzudamente los papeles. Durante los rodajes, siempre estaba junto a ella Paula Strasberg con quien trabajaba sus interpretaciones según el Método. Como ya ocurrió con su anterior preparadora, Natasha Lytess, ambas desarrollaron una relación que generó varios conflictos con los distintos directores. Tanto Paula como Natasha se convirtieron también en confidentes, protectoras, y la actriz confiaba plenamente en ellas para su trabajo en el set. Se apoyaba más en estas mujeres que en los directores, esto generaba tensiones. Las dos tenían fuertes personalidades y la literatura alrededor de la actriz habla de relaciones dependientes con sus preparadoras.

Lo que es cierto es que Bus Stop y El príncipe y la corista lograron su cometido. Y Marilyn empezó a ser considerada además de sex symbol, actriz. La productora como tal solo funcionó con estas dos producciones, luego en 1957 la actriz rompió con su socio y amigo, el fotógrafo Milton Greene (eso es otra historia), pero Marilyn ya había mostrado ante la opinión pública que tenía las riendas de su carrera. Estos años fueron cruciales también porque empezó su relación con el dramaturgo Arthur Miller y terminaron casándose.

Bus Stop (Bus Stop, 1950) de Joshua Logan

Marilyn Monroe mostró a una Cherie sensible, vulnerable y cautivadora.

Bus Stop es la adaptación de una obra de teatro de William Inge que reunía a varios personajes en un bar de carretera, aunque el guion de George Axelrod se centró en Cherie y Bo, una cantante de bar y un joven vaquero con demasiada energía y sin experiencia en la vida (pues no ha salido apenas del rancho donde ha sido criado), además de ampliar las localizaciones y no centrarse en el bar de carretera donde transcurre la historia en los escenarios.

Marilyn Monroe eligió tanto al personaje de Cherie como al director Joshua Logan. La actriz tomó las riendas del proyecto. Monroe no quiso glamour para Cherie, sino prepararla como lo que es, una chica de la América profunda con mala suerte que va de garito en garito tratando de llegar hasta Los Angeles con la ilusión de que Hollywood se fije en ella. En su camino de pesadilla hacia la “gloria” se cruza un joven vaquero que apenas ha vivido, que no ha salido de su rancho, que decide que Cherie es su ángel y la mujer que permanecerá a su lado para siempre.

Marilyn decidió que su Cherie tenía que ponerse una ropa usada y adecuada a su personaje, con rotos en sus medias, y que su actuación en el garito debía ser de lo más cutre, además de mostrar a una joven a la que apenas le da el sol, pues trabaja de noche… También le proporcionó una manera de hablar. Y muchos otros detalles que van construyendo a un personaje entrañable, vulnerable y trágico, pero que se convierte en protagonista de una comedia romántica que nunca se hubiese imaginado vivir. Marilyn se esforzó por construir a su personaje, pero en el rodaje no evitó mostrar sus inseguridades, repeticiones de tomas, impuntualidades, que creaban las habituales tensiones durante las producciones en las que participaba. Bus Stop no fue una excepción.

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Marilyn, la estrella trágica

Marilyn nunca sepultó a Norma Jean. Y nunca fue tan evidente como en Encuentro en la noche.

Cuando el filósofo y sociólogo Edgar Morin escribió en 1957 su ensayo Las estrellas del cine, Marilyn Monroe era una estrella rutilante y entraba perfectamente en su análisis. De hecho, la nombra varias veces. Sin duda, ella hubiese sido uno de los capítulos centrales si lo hubiese armado después de su muerte. Al igual que James Dean, que había fallecido en 1955, tenía capítulo propio; ella hubiese tenido el suyo. No obstante, ya dejaba reflexiones de interés para entender el fenómeno Monroe. Su presencia continúa hoy, actual, tanto que es posible que pronto se estrene una película de la que ya se ha hablado bastante sin todavía haberse visto una sola secuencia, tan solo los fotogramas del making off (hubo ya noticias del proyecto en el año 2010): Blonde, de Andrew Dominik. Una adaptación de la novela de Joyce Carol Oates alrededor de Marilyn Monroe.

Morin explicaba que “la estrella es una mercancía total: no hay un centímetro de su cuerpo ni una fibra de su alma ni un recuerdo de su vida que no pueda arrojarse al mercado”. Y añadía: “la estrella es también como esos productos manufacturados a los cuales el capitalismo, ya industrial, asegura su multiplicación en gran escala. Después de las materias primas y las mercancías de consumo material, las técnicas industriales debían apoderarse de los sueños y el corazón humano: la gran prensa, la radio, el cine nos revelan desde entonces la prodigiosa rentabilidad del sueño, materia prima libre y plástica como el viento, a la que basta formar y estandarizar para que responda a los arquetipos fundamentales de lo imaginario. El standard tenía que encontrarse un día con el arquetipo. Los dioses tenían que ser fabricados un día. Los mitos tenían que convertirse en mercancía. El espíritu humano tenía que entrar en el circuito de la producción industrial, no ya solo como ingeniero, sino como consumidor y como consumido”.

La tragedia de Marilyn es que hubo un momento que quiso salir de la rueda del star system que la había lanzado, porque deseaba dejar de ser estrella y convertirse en una actriz. Sin embargo, no pudo huir de la maquinaria industrial ni después de su muerte. De hecho, Marilyn Monroe continua siendo estrella rentable.

Y uno de los fenómenos más curiosos es que tampoco se ha dejado de escribir sobre ella o de analizar cada segundo de su vida. Siempre surgen nuevos seguidores. Sí, se ha convertido en icono cultural, y se vierten a su alrededor un montón de reflexiones, análisis, opiniones y críticas que o sirven para entender mejor diferentes aspectos de la historia del cine o que inventan más chismes o hacen más daño alrededor del mito. Al final unos tratan de responder o encontrar la esencia de Monroe o de hallar a esa Norma Jean vulnerable que se rompió u otros aprovechan el filón de la gallina de los huevos de oro. Es como si Marilyn pusiese su rostro y su cuerpo, sin nada dentro, y todos los bolígrafos y teclados produjeran diferentes almas.

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Una reflexión sobre el cine a través de una secuencia de Mi semana con Marilyn

Mi semana con Marilyn tiene un momento que explica quizá la fascinación que sentimos por el cine.

A veces a través de películas trato de encontrar una respuesta a la fascinación que me provoca el cine. Y la pasión que me despierta. He vuelto a ver Mi semana con Marilyn (My week with Marilyn, 2011) de Simon Curtis. Sí, no es una película redonda, pero tiene cierto encanto. Se revisita con gusto. La película se inspira en las vivencias de un joven de buena familia, Colin Clark, que entra a trabajar como ayudante de producción durante el rodaje de El príncipe y la corista (The prince and the showgirl, 1957). Dicha película la dirigió y protagonizó Laurence Olivier, un actor de teatro, que amplió su abanico interpretativo en el mundo del cine. Junto a él actuaba Marilyn Monroe, la mayor estrella del momento. Olivier se desesperó con la forma de trabajar, de actuar y de ser de la Monroe… Pero en la película de Curtis cae finalmente fascinado ante la fuerza que emana la actriz en la pantalla. Ella tiene ese secreto que pocos rostros consiguen. Y reconoce que ella le eclipsa y le roba la película limpiamente.

Al final de Mi semana con Marilyn, hay un momento en que en una sala de cine solitaria coinciden Laurence Olivier (Kenneth Branagh) y Colin Clark (Eddie Redmayne), cuando ya ha finalizado el rodaje, y ambos admiran secuencias con Marilyn actuando. Los dos están fascinados con lo que ven. Con esa sombra en la pantalla que es Marilyn o mejor dicho su personaje, la corista Elsie Marina.

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