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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

En Tiempos de ninguna edad subimos a Naves silenciosas.

La imagen poderosa de Freeman Lowell (Bruce Dern), una especie de eremita jardinero y astronauta, en unas naves que salvaguardan la vida vegetal y algunas especies animales en mitad de la inmensidad espacial, con la esperanza de que algún día la tierra pueda volver a convertirse en un paraíso, asalta mi mente. Este jardinero espacial, desterrado del planeta, tiene una obsesión: cuidar y proteger los gigantescos invernaderos espaciales para asegurar un futuro próximo. Y por salvar la naturaleza será capaz de todo, incluso de la soledad más absoluta, aliviada por la compañía de tres rústicos robots. Freeman Lowell es uno de los protagonistas del último capítulo de Tiempos de ninguna edad. Distopía y cine, de Antonio Santos. Si en el primer ensayo ya analizado (Tierras de ningún lugar) proporcionaba un recorrido especial por la utopía y el cine, esta vez el camino a seguir lleva al lector a las distintas distopías que se han reflejado en la pantalla blanca. La distopía como advertencia o espejo del mundo hacia el que nos dirigimos con la mirada en el presente.

De hecho, Freeman Lowell, que abre el capítulo «La humanidad desterrada», se encuentra lejos de una tierra que ha destruido sus recursos naturales. Lowell, protagonista de la película Naves misteriosas (Silent Running, 1972) de Douglas Trumbull, es un soñador obsesivo: «¿Y no creéis que es hora de que alguien vuelva a soñar? ¿No es el momento de que alguien sueñe con un mundo mejor?». Y el ensayo de Antonio Santos está poblado de soñadores que tratan de rebelarse contra el sistema político y social generado en la distopía que habitan.

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Shangri-La, un espacio utópico de Frank Capra, de su película Horizontes perdidos. El ensayo de Antonio Santos propone un viaje a través de utopía y cine

¿Qué tienen en común películas tan dispares como El show de Truman, Horizontes perdidos, Brigadoon, La Misión, La taberna del irlandés, Almas de metal o Un lugar en el mundo? Todas tienen su lugar en este interesante ensayo de Antonio Santos, porque con cada una de ellas puede analizarse y tocarse un matiz de un término infinito en sus posibilidades: la utopía.

Hay una cita que siempre me ha perseguido y que recoge también esta obra. Su autor es el uruguayo Eduardo Galeano y dejó las siguientes palabras: “¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar”. Y ahí está el quid de la cuestión, la humanidad siempre ha tratado de idear un “mundo feliz”. Y en ese espacio solucionar todos los males que nos aquejan. Esos mundos felices se han escrito e imaginado, y algunos incluso se han intentado formalizar, convertirlos en reales. En estos “experimentos utópicos” se ha visto la fina línea entre el “mundo feliz” y el paso a la distopía (fruto también de un ensayo del mismo autor, al que dedicaré, una vez finalizada su lectura, también unas líneas). El secreto de la validez de la utopía es la capacidad del ser humano para soñar y para querer mejorar, avanzar hacia un mejor mundo posible. La utopía permite al hombre pensar y buscar soluciones para una sociedad armónica, capaz de solucionar y lidiar problemas y conflictos, así como de crear espacios adecuados para la felicidad de todos los seres vivos. Un lugar donde exista la armonía entre el ser humano y la Naturaleza… entre las personas y el mundo que les rodea.

Los espacios utópicos, sean fruto de la imaginación o sean reales (esos intentos de formalizarlos), son lugares aislados y únicos. Y finalmente reflejan la sombra o parte oscura de ese mundo perfecto y feliz, el sacrificio para mantener la armonía es no poder dar una nota discordante. La uniformidad puede ser la nueva cárcel.

Antonio Santos (doctor en Historia del Arte, y también especialista en cine) realiza un itinerario apasionante por esas tierras de ningún lugar, dibujando un mapa imposible con paradas soñadas a lugares imaginarios, experiencias prometedoras y fallidas y al entendimiento de diferentes conceptos utópicos, que también han trazado una original manera de analizar la Historia. Utopía y cine, dos conceptos que se dan la mano.

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Mi semana con Marilyn tiene un momento que explica quizá la fascinación que sentimos por el cine.

A veces a través de películas trato de encontrar una respuesta a la fascinación que me provoca el cine. Y la pasión que me despierta. He vuelto a ver Mi semana con Marilyn (My week with Marilyn, 2011) de Simon Curtis. Sí, no es una película redonda, pero tiene cierto encanto. Se revisita con gusto. La película se inspira en las vivencias de un joven de buena familia, Colin Clark, que entra a trabajar como ayudante de producción durante el rodaje de El príncipe y la corista (The prince and the showgirl, 1957). Dicha película la dirigió y protagonizó Laurence Olivier, un actor de teatro, que amplió su abanico interpretativo en el mundo del cine. Junto a él actuaba Marilyn Monroe, la mayor estrella del momento. Olivier se desesperó con la forma de trabajar, de actuar y de ser de la Monroe… Pero en la película de Curtis cae finalmente fascinado ante la fuerza que emana la actriz en la pantalla. Ella tiene ese secreto que pocos rostros consiguen. Y reconoce que ella le eclipsa y le roba la película limpiamente.

Al final de Mi semana con Marilyn, hay un momento en que en una sala de cine solitaria coinciden Laurence Olivier (Kenneth Branagh) y Colin Clark (Eddie Redmayne), cuando ya ha finalizado el rodaje, y ambos admiran secuencias con Marilyn actuando. Los dos están fascinados con lo que ven. Con esa sombra en la pantalla que es Marilyn o mejor dicho su personaje, la corista Elsie Marina.

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Según venga el juego, de Joan Didion (Literatura Random House, 2017)

Según venga el juego

Anthony Perkins y Tuesday Weld, como BZ y Maria, también protagonistas del libro.

A Joan Didion la descubrí gracias al teatro (aunque desconocía que en realidad ya sabía de ella como guionista de cine hace muchos años). Hace unos cuatro años, en una de las tardes que me acercaba a un pequeño teatro de mi barrio (que sigue luchando por su supervivencia y por reinventarse), vi un monólogo que conectó totalmente conmigo: El año del pensamiento mágico. Después indagué y supe que todo partía de un libro de Joan Didion, escritora y periodista estadounidense, que recogía cómo cambió su vida a partir de que su marido, John Gregory Dunne, también escritor, muriera de manera fulminante una noche, mientras la hija de ambos estaba en coma en el hospital (moriría dos años después).

Hace poco he retomado otra vez a Didion y no solo he leído El año del pensamiento mágico, sino que me he empapado con dos de sus novelas: Río revuelto (una novela que cuenta la historia de una familia, con los códigos de un melodrama contenido a punto siempre de estallar, durante varias décadas pasando por la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los cincuenta) y la que nos ocupa, Según venga el juego. Y también recuperé la información que tenía sobre su relación con el cine. El matrimonio de escritores vivió durante años en Los Ángeles y los dos trabajaron juntos en varios guiones de cine. Indagando en su filmografía, me di cuenta entonces de que hacía mucho que conocía a Didion. Una de las primeras películas de Al Pacino tiene como guionistas a este matrimonio: Pánico en Needle Park (The Panic in Needle Park, 1971), una dura crónica sobre drogodependencias en Nueva York. Una película muy interesante de los setenta con un jovencísimo Al Pacino mostrando ya todo su potencial. Después también estuvieron detrás de una de las versiones de Ha nacido una estrella, la de Kris Kristofferson y Barbra Streisand en 1976 (y, claro, se les menciona en la última de Bradley Cooper). Con ese mismo modelo de historia, la trasladaron al mundo del periodismo en Íntimo y personal (Up close & personal, 1996), una película que no me canso de ver y que particularmente me gusta bastante (aunque sé que no goza de ninguna consideración). Todas estas películas han formado parte de mi memoria cinéfila, y alguna la he visto varias veces. Pero todavía hay una película más, que no he visto (solo algunos fragmentos), y que el guion fue obra de Didion, y es precisamente la adaptación de su novela Según venga el juego. La película es de Frank Perry (el director de El nadador, con Burt Lancaster) de 1972, y se titula igual que la novela: Play it as it lays. Los protagonistas son Tuesday Weld y Anthony Perkins.

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Con la última frase del libro, “En medio de la fresca transparencia de su inolvidable película [los autores se refieren a Los espigadores y la espigadora], Varda descodifica el universo de la representación habiendo aprendido la lección de nuestro guionista invisible: sabemos que el mundo es un escenario, pero no nos resignamos a ser solo sus espectadores”, termino la lectura del ensayo cinematográfico que más me ha gustado en lo que va de año, y que no tengo duda será una de mis lecturas predilectas de 2019.

Sabía que El mundo, un escenario. Shakespeare: el guionista invisible iba a interesarme por dos motivos, pero las expectativas han sido superadas. El primero es que había leído otro ensayo de los dos autores que ya me había enganchado a su manera de mirar y entender el cine: La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine. Y el segundo es que de niña descubrí El sueño de una noche de verano en un cómic y me convertí en una enamorada de Shakespeare. En una devoradora lectora de sus obras de teatro y en una espectadora fiel siempre que he podido admirar algún montaje en el escenario.

Pero por supuesto tampoco he dejado escapar toda película que caía en mis manos que tuviese que ver con el universo shakesperiano. Así devoraba todos aquellos directores que se han sentido influenciados por él y han llevado a la pantalla sus obras como Keneth Branagh, Orson Welles, Akira Kurosawa, Franco Zeffirelli o Laurence Olivier. O también aquellos que se han interesado por alguna de sus obras y las han trasladado a la pantalla como Joseph Leo Mankiewicz, Baz Luhrmann o los actores Al Pacino y Ralph Fiennes. O aquellos realizadores que se dejaban inspirar por sus historias y “argumentos universales”, creando un universo propio o especial, ofreciendo así nuevas lecturas, como Robert Wise, Gus Van Sant o los hermanos Taviani.

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Semana de cine chileno

Semana chilena

Una oportunidad para ver buen cine.

Una de las cinematografías más emergentes de los últimos años está siendo la chilena. Chile está ofreciendo un cine innovador, inquietante, interesante y con una mirada distinta, renovadora. Así que Cinemachile, el organismo que está promocionando alrededor del mundo el cine patrio, lanza una iniciativa para celebrar su décimo aniversario: la proyección de las diez mejores películas chilenas de esta década según la selección de diez programadores de distintas partes del mundo. Este evento se celebrará en Madrid, París, Berlín y Los Ángeles. Y las salas Golem serán las que acojan esta iniciativa en Madrid. Diez películas que se concentran entre los días 30 de mayo hasta el 2 de junio y que proporcionan la oportunidad de volver a ver algunas obras potentes de directores como Pablo Larraín (No y El club) o Sebastian Lelio (Una mujer fantástica y Gloria) o películas que sorprendieron en la cartelera como La nana o Violeta se fue a los cielos. También recupera algunas películas que se pudieron escapar entre los estrenos como Jesús, Lucía o Matar a un hombre. Y, por último, incluso se proyecta una película no estrenada todavía en España, Tarde para morir joven, de Dominga Sotomayor. También como aliciente, algunas proyecciones contarán al final con coloquios donde estarán presentes los protagonistas, actores chilenos que ya son rostros referentes, como Paulina García, Daniela Vega, Antonia Zegers y Alfredo Castro.

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La Venganza

Detrás de La Venganza se construye una historia de amistad y amor.

Hay regalos que se disfrutan. Uno vino del otro lado del océano, de México. Los segadores, el guion original de Juan Antonio Bardem que escribió durante los primeros meses de 1957 y que luego rodó durante el verano del mismo año. Vamos, un pequeño tesoro. En un breve prólogo de esta edición el director explicaba que la película tuvo por una parte la Censura de la Dirección General de Cinematografía, que afectó a varios aspectos de contenido, y, por otra, por su excesiva duración, sufrió cortes por parte de la distribuidora, Metro Goldwyn Mayer, y las dos horas y 45 minutos del montaje original quedaron reducidas a dos horas.

La Censura no vio con buenos ojos el título ni la época en la que transcurría la acción. “La posición de la Censura fue intransigente”. El argumento trataba sobre las aventuras y desventuras de una cuadrilla de segadores que recorrían Castilla durante el año 1957, con una tragedia de fondo de odio, venganza y perdón. Como escribía Bardem en el texto: “rechazaban el título por su identidad con Els segadors, canción catalana que nace durante la guerra de Sucesión (1705-1713) y utilizada desde entonces como himno por los nacionalistas catalanes. Se recomendó la sustitución del título por otro que ciñéndose exclusivamente a la anécdota del film, prescindiera de toda referencia a la circunstancia de este. Entre muchos —y muy malos— que se me ocurrieron, elegí el de La Venganza. Con respecto a la época de la acción, la Censura recomendó, también, la traslación del momento actual (entonces, 1957) a uno anterior: 1935 o 1931”. Pero también señalaron asuntos relacionados con acciones sociales mostradas en la película: cómo resolver la secuencia de la huelga de los trabajadores del campo en uno de los momentos clave de la película o cómo reflejar la historia de amor entre Luis El Torcido (Raf Vallone) y Andrea (Carmen Sevilla). Así la película se estrenó en el año 1958 como La Venganza y se presentó en Cannes, donde ganó el premio de la Crítica Internacional. Además también fue la primera película española nominada al Oscar en la categoría de Mejor película de habla no inglesa, no se alzó con la preciada estatuilla, que fue a parar a Mi tío de Jacques Tati.

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Hermosas mentiras

Alfredo Moreno abre su ensayo con una cita reveladora de Luis Buñuel, pues define perfectamente cuál es la mirada del autor hacia el séptimo arte. En dicha cita el director aragonés dice: “El misterio, elemento esencial de toda obra de arte, falta en general en las películas. Autores, realizadores y productores tienen mucho cuidado de no perturbar nuestra tranquilidad, cerrando la ventana de la pantalla al mundo de la poesía. Prefieren proponer argumentos que son una continuación de nuestra vida cotidiana, repetir mil veces el mismo drama, hacernos olvidar las penosas horas del diario trabajo. Todo esto sazonado por la moral habitual, por la censura gubernamental, la religión, el buen gusto, el humor blanco y otros prosaicos imperativos de la realidad. Al cine le falta misterio”. De esta manera Alfredo Moreno convierte Hermosas mentiras en un libro honesto, idealista y transparente. Honesto, porque deja al descubierto su forma de ver el cine y lo argumenta en cada línea. Idealista, porque para él el cine sobre todo es un arte, y tendría que abrir puertas, por eso sufre cuando cae una y otra vez en la otra vertiente, en la industria, que manipula y redirige. Transparente, porque aquellos que llevamos años siguiendo a Alfredo Moreno a través de su blog 39 escalones ya conocemos esa mirada, esa forma de expresarla, y su rigurosidad a la hora de argumentar. Y también cómo pese a su mirada pesimista sobre los derroteros y caminos que están tomando las películas, no puede esconder su pasión, y deslumbrarse ante los autores o creadores que sí se expresan a través del séptimo arte y no dejan de crear obras para gozarlas, mirarlas y que sirvan de aprendizaje sobre el mundo que nos rodea.

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El cine como espejo. Mi vida en rojo Kubrick de Simon Roy (Alpha Decay. Colección Héroes Modernos, 2017)

Mi vida en rojo Kubrick

Una película como tabla de salvación o que sirve para leerse uno mismo…

“Ver, analizar, ver de nuevo y sobreanalizar El resplandor, el exhaustivo examen de esta obra magistral equivale a dejar detrás de mí un hilo de Ariadna que me permite encontrar sano y salvo el camino para salir del asfixiante laberinto del hotel Overlook, huir de la bestia encolerizada que nos persigue a mi madre y a mí desde 1942”. Y en esta frase está la clave para entender el apasionante laberinto que se despliega entre las páginas de Mi vida en rojo Kubrick. Simon Roy es un profesor de literatura que cuenta cómo se le grabó en la mente cuando tenía 10 u 11 años la primera vez que vio El resplandor en televisión y sobre todo cuando escuchó unas palabras: “¿Te apetece un helado, Doc?” así como todas las sensaciones que le provocó esa secuencia en concreto. A partir de ese día, muchas veces se ha enfrentado al visionado de la película (y también a la lectura de la novela de King), e incluso ha formado parte como herramienta pedagógica en sus clases, y su poder de fascinación ha sido además una llave para explorar la sombra más oscura de su alma, un trauma familiar que marca su vida y la de los seres más queridos, en concreto su madre.

¿Qué es Mi vida en rojo Kubrick? ¿Un original ensayo cinematográfico sobre la película de Kubrick?¿Un relato de terror con toques de realidad?¿Un ensayo sobre la psicología humana y el trauma? ¿Un libro sobre los poderes ocultos del cine y el arte, sobre cómo una obra puede ser una tabla de salvamento o una llave para leer los enigmas oscuros de nuestro interior? Mi vida en rojo Kubrick es un laberinto revelador sobre el poder de una película para “leer” la vida de un hombre y poder entender el mundo en el que vive y el trauma familiar que condiciona su existencia.

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Gremlins 2

Gremlins 2, puro cine años 80

El pasado sábado fui a la Filmoteca Española con mis sobrinas a ver Gremlins 2. La nueva generación (Gremlins 2: The New Batch, 1990) de Joe Dante. Y aunque la película está ya en el inicio de la siguiente década marca, sin embargo, todo lo que supone el cine de los 80 en EEUU. Un cine para la nostalgia; un cine que predica sin tapujos un amor desmesurado por el propio cine (referencial); un cine con un abanico de rostros, cuerpos, vestuarios, peinados sin tapujos ni complejos; un cine que tiene muy en cuenta que está contando una historia para entretener y pasarlo bien: empieza el espectáculo; un cine que no es políticamente correcto, sin prejuicios; un cine que muestra la radiografía de la sociedad de aquellos años (política, ideológica y sociológicamente); un cine que no tiene miedo a ser desmesurado en la risa, en la lágrima, en lo sensible, pero también en lo violento, en lo explícito; un cine ecléctico, sin miedo a sesiones dobles impensables hoy en día… Y un cine que no está envejeciendo en muchos casos mal, sino que muestra que se corrían muchos más riesgos y había mucha más imaginación en aquel momento. Aun así los 80 ha sido también una década denostada y negada por muchos cinéfilos, pues supuso el final total y definitivo no solo de los estudios tradicionales, sino el nacimiento de otras fórmulas empresariales menos preocupadas por el cine y más por otros asuntos, y también porque con La puerta del cielo supuso el fin de la etapa dorada del nuevo cine americano, de películas y realizadores que mostraban el dominio del cine como arte, que cuidaban fondo y forma, la elección de las historias, su tratamiento y sus puntos de vista. También porque es el cine de la era Reagan, un presidente que tuvo muy en cuenta la política audiovisual y el poder, entre otras cosas, del cine. Así hay muchas películas se pueden analizar desde un punto de vista ideológico, donde surgen cuestiones sobre la economía, el trabajo, las relaciones sociales, la guerra… afines al pensamiento conservador del Gobierno durante aquellos años. Lo que queda claro es que es una década llena de contrastes y con un análisis apasionante.

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