Sesiones de verano (y III). Mi propio festival de cine de verano

Durante este mes de agosto, he tenido mi propio festival de cine de verano con varios visionados que tenía pendientes y descubrimientos de clásicos que todavía no había visto. Desde hace años, no me muevo en agosto. Mi ciudad es agradable durante este mes de parón. No solo pude vivir el eclipse en un parque (y me hizo más ilusión de lo que pensaba), hice alguna que otra escapadita gastronómica, alguna que otra celebración, completé lecturas que tenía pendientes y elaboré varios trabajos, sino que no me faltó el cine. No pude acercarme a la sala de cine, y eso que agosto es un mes muy rico en oportunidades cinéfilas, pero sí he tenido la oportunidad de disfrutar de muchas buenas películas en casa.

Mucho cine estadounidense de los setenta

Daisy Miller, una película del Nuevo Hollywood.

Me gusta mucho todo lo relacionado con el Nuevo Hollywood y los setenta, aunque los ecos de cambio ya sonaban a mediados de los sesenta, así que siempre he tratado de ver todo lo que cae en mis manos de esta etapa, pero todavía me quedan bastantes títulos por ver. Y este verano me he empapado de varios de esas películas pendientes.

Me encantó descubrir la ópera prima de Alan J. Pakula, El cuco estéril, una crónica de un amor universitario en absoluto tópico y con una protagonista femenina demoledora en su complejidad (Liza Minnelli).

Luego una de mis grandes pendientes de Peter Bogdanovich, del que prácticamente he visto toda su filmografía, era Daisy Miller, su adaptación de la novela corta de Henry James. ¡Cómo he disfrutado de esta película, más de lo que esperaba! Bogdanovich sorprende con su ligereza en el retrato de Daisy para presentar finalmente un relato cinematográfico melancólico que te golpea fuerte.

Por último, me metí en una de las obras de Paul Schrader que todavía no había visto, Hardcore, uno de sus relatos cinematográficos con antihéroe que baja a los infiernos y encuentra un camino de redención inesperado. Esta vez es un padre de familia profundamente religioso e intransigente que busca a su hija desaparecida y entra en el mundo del cine porno con una mirada muy diferente y totalmente opuesta a Boogie Nights.

Sin abandonar los setenta, revisioné uno de esos grandes éxitos del cine de catástrofes, La aventura del Poseidón. Este cine de catástrofes fue una manera de preservar la herencia y los preceptos del cine clásico en Hollywood y el sistema de estudios, con repartos estelares con actores que estaban emergiendo en la década que se mezclaban con otros que habían reinado en el Hollywood clásico. Productos cinematográficos bien hechos, con buenos personajes y una historia coral con catástrofe de fondo que enganchaba desde el primer segundo.

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Adiós, Adolfo Aristarain

El universo de Adolfo Aristarain con sus personajes Dante, Alicia y Martín padre. Los tres son guías especiales para un joven perdido.

Con tristeza leí el lunes, nada más levantarme, que había fallecido Adolfo Aristarain. Y esta noticia me hizo retroceder a los años noventa. Recuerdo durante esos años que Aristarain era cita obligada en los cines españoles. Todo empezó con Un lugar en el mundo (1992). Esa película se convirtió en la favorita de muchos y es de esas películas a las que apetece volver siempre. Es una historia de idealismos en forma de western con unas gotas de Raíces profundas.

Después, recuerdo con gran cariño, pero no he vuelto a verla, La ley de la frontera (1995), una película puramente de aventuras con pillos, bandoleros y fotógrafa que atrapa instantes. Más tarde, tocó Martín (Hache) (1997). Y la última película que vi del argentino en cines fue Lugares comunes (2002), que la disfruté en el propio festival de San Sebastián, sobre ilusiones perdidas y recuperadas. Se me quedó en el tintero la última película que rodó dos años más tarde, Roma, que sin duda veré algún día.

El martes en la segunda cadena de la televisión pública española emitieron, como despedida, Martín (Hache), y pude volver a verla. Reconozco que regresando a ella en este siglo XXI y cuando ya soy mucho más mayor, la he entendido mucho mejor que en su momento y me ha llegado más. Sí, en ciertas secuencias, me emocioné mucho y en otras me enfadé bastante (todas las relacionadas con el personaje de Alicia, su final y la reacción de los demás personajes, sobre todo de Martín adulto).

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Dos artistas que dan personalidad a una época. Eloy de la Iglesia. Adicto al cine (2025) de Gaizka Urresti / Flores para Antonio (2025) de Elena Molina e Isaki Lacuesta

El cine documental puede, entre otras cosas, descubrirnos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Puede ser la lectura o la mirada de un periodo de la historia de un país. Esa mirada o recuperación de un pasado a través de las imágenes revela algunas claves para entender aquello que vivimos. Son puntos de vista, reflexiones y caminos para entender un momento. Yo pertenezco a esa generación que vivió su infancia a finales de los setenta y los ochenta y la adolescencia y parte de su juventud en los noventa. Aquellos años, ahora que avanza y avanza el siglo XXI, se están empezando desde la distancia a leer, analizar y reflexionar en imágenes.

Esas lecturas a un periodo pueden ser a través de sus artistas o de un espacio en concreto. Se acaban de estrenar tres documentales que reflejan aquellos años, precisamente, a través de un cineasta, un compositor y cantante y una sala de conciertos.

Eloy de la Iglesia fue un director de cine que a través de su vida y sus películas, adoradas por el público, puso en evidencia cómo el cine también podía reflejar el espíritu de una época convulsa. No solo eso, sino que también reflejaba la vinculación tan fuerte que existía entre la obra del artista y su propia vida. De la Iglesia fue uno de los artífices de un género muy especial y popular en su momento, el cine quinqui.

El otro protagonista es Antonio Flores, alma de un documental que es una carta de amor de su hija Alba a su padre. Alba se quedó huérfana con ocho años y ahora que ha superado la edad en la que murió su padre realiza un precioso ejercicio de tratar de comprender a su progenitor, cómo vivió y por qué falleció, así como valorar su trayectoria artística.

Por último, una sala de música y conciertos en Madrid, templo de la música heavy, se alza como una especie de Edén para una generación que encontró un espacio efímero donde aunar la pasión por la música y un lugar donde sentirse especiales, encontrar amistades y sentirse como en casa: la sala Canciller de Madrid, en la calle Alcalá.

Eloy de la Iglesia. Adicto al cine (2025) de Gaizka Urresti

Uno de los hitos del cine quinqui de Eloy de la Iglesia, Colegas, con Antonio Flores y José Luis Manzano (el primero de la imagen a la izquierda). Dos documentales que dialogan entre sí.

El director vasco Eloy de la Iglesia fue capaz de dirigir un cine tremendamente popular que hacía que el público acudiese a las salas de cine, pero también mostró el espíritu de una época. Ese periodo de transición hacia una democracia donde toda una generación que había vivido bajo la represión en todas las áreas posibles e imaginables, de pronto, sintió la libertad en toda su plenitud. Sin embargo, este camino también tenía sus senderos amargos, que una vez tomados no tenían vuelta atrás e hizo que muchos cometiesen no pocos errores. Y eso es lo que De la Iglesia expresó al final de su vida, que había intentado ser un hombre libre, pese a que no fue precisamente un camino de rosas.

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Ristra de curiosidades. De exposiciones, series, fallecimientos y películas controvertidas

Expresionismo. Un arte de cine (Fundación Canal)

Qué bueno cuando las exposiciones de cine te descubren películas.

El domingo tuve la suerte de escaparme y visitar la exposición Expresionismo. Un arte de cine, una magnífica puerta de entrada para descubrir este movimiento cultural, centrándose sobre todo en su aportación al séptimo arte, el cine. Un cuidado recorrido con un discurso expositivo bien planteado entre cuadros, fotogramas y fragmentos de película, con cartelas con la información necesaria y paneles de texto con llaves y claves para tirar de los hilos necesarios.

La iluminación y el espacio era como viajar a un espacio onírico, tenebroso y expresionista, como escaparse por los miedos de la mente humana. Disfrute de muchas de las secuencias cinematográficas. Qué ganas me entraron de ver de nuevo El último de F. W. Murnau. Pero sobre todo quise descubrir Nervios (Nerven, 1919) de Robert Reinert. Me quedé varias veces parada en sus fragmentos y fotogramas. No hace mucho he vuelto a disfrutar de Nosferatu y El gabinete del doctor Caligari. Son películas tan gozosas… Siempre que leo o veo algo como esta exposición me entran unas ganas irrefrenables de hacerme un enorme maratón de películas de expresionismo alemán.

De momento advertir que en la página web de la Fundación Canal para todo aquel que no pueda acercarse o no tenga tiempo hay una estupenda oportunidad de hacer una visita virtual a la exposición con los textos y las cartelas, que merece la pena, pudiéndose acercar con el zoom a cada uno de los fotogramas, cuadros, ilustraciones y demás, así como disfrutar de las secuencias de las películas.

Muerte de Lee Tamahori

Guerreros de antaño, una de esas películas que me marcaron en los 90.

Me compro la revista de Fotogramas y como siempre doy un repaso a su sección de The End, me sorprendo al comprobar que el 7 de noviembre falleció el cineasta Lee Tamahori. Y es cierto que ha tenido una filmografía bastante irregular, pero para mí es imposible olvidar el impacto que me causó en los noventa su debut cinematográfico, Guerreros de antaño (Once Were Warriors, 1994). Tanto es así que la fui adquiriendo en todos sus formatos. Todas las veces que la he visto me he quedado enganchada a ella y a ese retrato de una familia de maoríes de finales del siglo xx en Nueva Zelanda.

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Los destellos (2024) de Pilar Palomero

Destellos de vida. Isabel y Ramón dan un paseo por el campo.

No sabes muy bien qué ocurre, estás mirando la pantalla y te pones a llorar sin parar. Sí, me ocurrió con Los destellos. Sin duda me tocó el tema de la película y cómo está contado con una sensibilidad que me rozó la piel e hizo que me emocionase. Un equipo de cuidados paliativos va a ver a Ramón (Antonio de la Torre), un enfermo terminal, y en un trámite que es entre cercano y frío, una frase del doctor me desarma: «La presencia de la muerte hace la vida mucho más interesante». Y toda la verdad que encierra.

La película cuenta esos últimos destellos que se van quedando grabados en aquellas personas que te quieren, aunque haya heridas de por medio. La historia tiene un ritmo lento, pues se detiene en esos momentos que ya se van acabando. Parece ser que Pilar Palomero adapta un cuento de Eider Rodríguez que aún no he leído, Un corazón demasiado grande, pero atrapa los destellos de la vida y eso creo que no es fácil. Aquí es donde Palomero me ha hecho latir por primera vez. Ni con Las niñas o La maternal, me he emocionado tanto como con su tercer trabajo y eso que tienen detalles y matices que merecen mucho la pena. Quizá es que pronto es el Día de Muertos, porque yo lo celebro a la mexicana. Y son días de pensar en ausencias, tal vez por ello me ha tocado tanto.

La mirada es la de Isabel (Patricia López Arnaiz), la ex de Ramón. Los dos tienen una hija universitaria en común, Madelén (Marina Guerola). En un principio, Isabel quiere vivir la muerte desde la distancia, pero por facilitarle la cosas a su hija se va acercando e implicando en el proceso. Se convierte en cuidadora, porque como le dice también el doctor: «Tú eres una parte importante en la historia». Raúl (Julián López), su pareja en esos momentos, respeta los tiempos y trata de mantenerse ahí cerca, cuidando de la cuidadora.

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Sesiones de verano (y 6). Días de canícula y películas

Mi postre favorito, una película iraní que ha servido para una buena sesión de verano en una sala de cine.

Durante este mes de verano, he disfrutado de buen cine. Llevo unos años que no salgo fuera en agosto, sino que me quedo en mi ciudad. Casi todos los días suelo ver una película y como siempre trato de ser lo más ecléctica en mis elecciones. No he dejado de recuperar producciones de los ochenta y noventa de las que tengo un buen recuerdo, pero también intento ver aquellas que se me pasaron en la época. Por supuesto, no faltan los clásicos (he revisitado y he descubierto alguno que nunca había visto). Tampoco he desperdiciado alguna visita a la sala de cine (aunque no han sido todas las que hubiese querido)… Y también procuro visionar aquellos estrenos (que son muchos) que se me escaparon durante este año.

Por otro lado, intento disfrutar con otra de mis pasiones, como leer libros sobre cine. Esta vez con placidez y lentitud estoy leyéndome un libro exquisitamente documentado y que me está proporcionando conocimientos sobre un director inédito para mí: Hiroshi Teshigahara. A raíz de su lectura, he visto la única película a la que de momento he podido acceder, La mujer de arena. De su autor, Antonio Santos, ya había leído dos ensayos que me emocionaron sobre la utopía y distopía en el cine.

El libro en cuestión es Jardines de piedra. Hiroshi Teshigahara. Cine, roca y bambú, que muy pronto visitará de nuevo este lugar. Estoy ya a punto de adquirir dos libros de amigos blogueros y empaparme de ellos. No he tenido tiempo hasta ahora, pero me hace muchísima ilusión: desde Tren de sombras, un libro sobre Ozu; desde El gabinete del doctor Mabuse, un buen listado con reseñas estoy segura que brillantes de cine mudo.

Abordo ya la última semana de agosto, con este texto que supone el final de estas sesiones de verano con un resumen de casi todo lo vislumbrado desde finales de junio. En cuanto películas, además de las señaladas en las distintas sesiones de verano, la variedad de propuestas es la clave. Desde que empecé con Cónclave, he visto casi cincuenta películas. Ahora como usuaria de Letterboxd (Hildy_Johnson_) y su diario no se me olvida ninguna. Me encanta poder acceder al listado de todo lo visto.

Había varias que las tenía muchas ganas: la misma Cónclave (Edward Berger, 2024), Heretic (Scott Beck, Bryan Woods, 2024), Anora (Sean Baker, 2024), Being Maria (Jessica Palud, 2024), Ghostlight (Alex Thompson, Kelly O’Sullivan, 2024), Sorda (Eva Libertad, 2025), Riefenstahl (Andres Veiel, 2024), Maria (Pablo Larraín, 2024), Materialistas (Celine Song, 2025), Mi postre favorito (Maryam Moghadam, Behtash Sanaeeha, 2024) y Weapons (Zach Gregger, 2025). Procuraré dedicar una frase a cada una (sin incluir las ya reseñadas) que resuma que han supuesto para mí.

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Sesiones de verano (5). Sorda (2025) de Eva Libertad / Muy lejos (Molt Lluny, 2025) de Gerard Oms

Me había quedado con muchas ganas de ver dos películas españolas en el cine: Sorda y Muy lejos. Las dos merecen la pena. Son de dos realizadores, que después de varios cortometrajes y otros menesteres en el mundo audiovisual, debutan con un largometraje de ficción en las pantallas. Los dos muestran temas concretos con delicadeza y matices interesantes. Ambos parten de experiencias personales que conocen bien. Cuentan con historias potentes con una sensibilidad especial, y consiguen tocar, remover. Y para ello emplean la mirada del personaje protagonista. Hay un recorrido emocional en ambos protagonistas.

Sorda (2025) de Eva Libertad

Sorda y los caminos y dificultades de la comunicación.

La protagonista de Sorda es, obviamente, Ángela (Miriam Garlo), una mujer sorda. Redundante, pero cierto. Solo que la experiencia cinematográfica es todo un reto, porque Eva Libertad con su manera de rodar, nos mete en el entorno sordo de la protagonista. Si a todo esto unimos que su actriz principal, una Miriam Garlo maravillosa, es su hermana y además es sorda, entonces todo va adquiriendo un sentido.

Directora y actriz saben muy bien lo que están contando y cómo hacerlo. Lo han mamado, lo han vivido. El enfoque que Libertad da a la historia permite reflexiones interesantes sobre la identidad de Ángela, el personaje principal, al cual conocemos en un momento crucial en el que, de pronto, se siente de nuevo perdida y excluida de mundo que la rodea. Y, como hace una y otra vez en su vida, tiene que reencontrarse y reconstruir su identidad como mujer sorda.

Ángela tiene una pareja, Héctor (Álvaro Cervantes), un hombre oyente. Y los dos han conseguido compenetrarse y comunicarse sin problemas. Pero dan un nuevo giro a la relación: han decidido ser padres y esperan un bebé. Y el conflicto se va sirviendo fotograma tras fotograma con una delicadeza que no tapa el dolor que encierra. ¿Qué desata todo?

En un principio no saben si el bebé va a ser sordo o no. Una vez nace Ona y le hacen las pruebas pertinentes, la niña es oyente. Y para Ángela esto supone enfrentarse a muchos de sus miedos y a caminos que ya había recorrido. La maternidad no es un camino fácil para la protagonista. Entre todos los miedos, hay uno que la va hundiendo cada vez más: el no poder comunicarse con su niña y que su chico y los abuelos, felices por una Ona oyente, sin ser conscientes le arrebaten su lugar en el mundo, ese lugar por el que ha luchado día a día. Ángela se niega a sentirse aislada.

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La buena letra (2025) de Celia Rico Clavellino en cuatro pensamientos

Ana no solo mira sino que también escribe… Y con la mirada y la buena letra construye dos historias que colisionan…

La buena letra. Primer pensamiento. Lo íntimo

Ana, la protagonista de La buena letra, prepara a su hija para la primera comunión y le enseña una fotografía de cuando Tomás, su esposo, y ella se casaron. La foto está como velada, apenas se les distingue. Es una imagen que sacó Antonio, el tío de la niña. La cría le dice a su madre que parecen fantasmas. Y eso es lo que son realmente Ana y Tomás. Solo quedan dos fantasmas, ya no son esos jóvenes de antes de la Guerra Civil. Tras la contienda, en plena posguerra, solo quedan dos almas en pena heridas que van desapareciendo entre heridas y traiciones, en silencio.

Si algo ha demostrado Celia Rico Clavellino en sus dos anteriores largometrajes es su facilidad para reflejar un mundo íntimo. Para meterse en los hogares de sus protagonistas y tejer a fuego lento las rutinas y silencios que van construyendo sus historias. Si tanto en Viaje al cuarto de una madre como en Los pequeños amores desvelaba las emociones más ocultas de sus personajes femeninos, madres e hijas que se empeñaban en entenderse a pesar de las distancias y soledades en las que convivían, en La buena letra no abandona el hogar y la casa, el lugar íntimo, pero amplía las relaciones familiares y desvela también en el silencio la historia de las heridas que desgarran.

Ya no viaja solo por las relaciones materno filiales (que también), sino que la cámara filma, siempre bajo la mirada atenta de Ana, las emociones entre dos hermanos (Tomás y Antonio), entre una nieta y una abuela, entre dos cuñadas (Ana e Isabel), entre los esposos, entre Ana y su cuñado Antonio… Y como principal testigo de sus emociones, la casa y los objetos que les rodean. Ese escritorio con sus cuadernos, la vela, las cartas donde Ana crea a un hombre que no existe: ese Antonio ficticio, hermano, cuñado, tío e hijo, que logra no preocupar a una abuela que lo espera y les facilita a ellos mismos construirse una esperanza. La protagonista, con buena letra, levanta una ficción. La realidad será otra muy distinta, de nada sirve la caligrafía exacta.

También esa cocina donde Ana guisa paciente y saca provecho hasta de las cáscaras de naranja. La fotografía velada, el comedor donde se reúnen para degustar los alimentos (aunque sean escasos), esa radio que traerá la música y el baile, esa butaca al sol, la bicicleta…

Pero, como en sus otros largometrajes, la directora explora el mundo exterior cuando es necesario. Para ir dibujando un poco más a esos personajes y en qué mundo viven cuando salen de las cuatro paredes. En La buena letra, el mar está muy cerca, un horizonte al alcance de la mano, pero que los protagonistas dejarán escapar. Allí, en la playa, vivirán los pocos momentos donde pueden atesorar buenos recuerdos o pensar que podrían ir tras ellos. El baño fraternal de los dos hermanos bajo la atenta mirada de Ana, cuando una vez juntos, piensan que las cosas irán mejor. O esa primera comunión de una niña donde se revelan dolorosamente las ausencias, pero donde el horizonte cura un poco la herida o hace por lo menos pensar que es posible alcanzar un destino.

También se alejan de la opresión en ese cine donde se huye de la realidad con actores que cantan y se enamoran. O esa cafetería en la que entran para tomarse un café mirando por la ventana, por qué no, como hacen ya muchos…

Pero otros lugares terminan siendo otras cárceles que les oprimen o les provocan dolor: esas casas que les dan trabajo, pero les quitan dignidad, porque son inalcanzables, porque les recuerdan que son los oprimidos, porque dibujan la traición de los que deciden vivir como los vencedores sacrifiquen lo que sacrifiquen… O la fábrica, que perpetúa que Tomás y otros trabajadores sigan viviendo en la miseria.

La buena letra. Segundo pensamiento. Las heridas

Porque todos los personajes de La buena letra arrastran una herencia. Esa herencia que deja un conflicto bélico, una guerra civil, que no solo bombardea y destroza en el campo de batalla, sino que va minando en una posguerra que no cura heridas, que va enraizando el dolor y dejando una huella profunda para las futuras generaciones. Donde hay vencedores y vencidos y se perpetúa además esa diferencia. O se suben al carro o se quedan en la cuneta.

Celia Rico Clavellino va tejiendo esas heridas y ese drama silencioso que estalla. En su forma de contar, no justifica, solo deja supervivientes que toman distintos caminos para seguir adelante. Unos optan por el egoísmo, por alcanzar lo que nunca tendrían, por enterrar el conflicto y vivir como los vencedores. Otros viven en silencio, sin levantar cabeza, sufren y ven cómo se convierten en muertos en vida, en fantasmas que se desvanecen.

Unos prefieren ser egoístas, no pensar en aquellos que les echaron una mano, vivir sin volver el rostro. Tienen claro lo que no quieren volver a sufrir. Y otros arrastran el silencio y la herida, que no les permite avanzar o levantar la cabeza. Y se hunden en el dolor que no les permite vivir, porque además otros a los que quieren e idealizaron se alejan de ellos para poder ir subiendo escalones sin pensar en quién pisan o dejan de pisar. De nuevo, unos ganan y otros pierden. Y estos últimos quizá terminen aceptando una pequeña concesión, un rayo de sol en la cara.

Los personajes de La buena letra son de nuevo vencedores y vencidos.

No he leído todavía La buena letra de Rafael Chirbes, pero la película sí me ha despertado las ganas de hundirme entre sus páginas y entre las letras de esa narradora que es Ana. Recopilando información, he podido ver cómo la sensibilidad de Celia Rico Clavellino ha llevado a los personajes por unos senderos y lecturas determinadas, construyendo una historia triste donde unos y otros actúan como pueden para salir adelante. La directora aporta un poco de luz, sobre todo a través de la niña, la hija de Ana y Tomás, y no duda en dejar una puerta abierta a la protagonista.

Mientras que Chirbes en la novela, por lo indagado, tal vez ahonde más en cómo las heridas marcan a las generaciones futuras de la familia y no precisamente hacia un futuro con más luz en la cara, sino que sus acciones traen consecuencias. Rafael Chirbes, por lo que intuyo, creo que es más duro con sus personajes, sus destinos y que revela más la lectura política del conflicto bélico y sus efectos.

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Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

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Historias veraniegas (y 5). Casa en llamas (Casa en flames, 2024) de Dani de la Orden

En Casa en llamas, una madre de familia reúne a todos y no suspenderá ese fin de semana por nada del mundo.

Me he escapado a la sala de cine dos días en agosto. Una, para ver la última de Robert Guédiguian, Que la fiesta continúe. Y otra, entré a esta película de Dani de la Orden, que me ha sorprendido muy gratamente. Me gustan las películas de reuniones familiares. Sí, sobre todo si son reuniones tragicómicas. En Casa en llamas hay bastante humor del negro con tragedia de fondo… La reunión va siendo cada vez más caótica para al final mostrar a cuatro personas que están muy solas. Secretos, confesiones y otros asuntos muestran la mezquindad de los personajes, pero a la vez los hace más y más humanos. Al final, sí, esa familia ha creado un entorno tóxico, que ataca y pone de los nervios, pero es el único refugio seguro, donde cada cuál conoce al otro tal y como es.

Sí, la casa en llamas, pero al final todos se aguantan juntos. Y es que el título de la película de Dani de la Orden es el nombre de un juego que propone una psicóloga de la Gestalt: les pide a los personajes que imaginen un lugar que les tranquilice, que luego piensen que se quema, que está en llamas, y ellos están atrapados. Entonces alguien surge de entre las llamas para salvarlos. La psicóloga les explica la dinámica: si han imaginado un sitio cerrado, los problemas están en el interior de uno. Si han soñado con un lugar abierto, los problemas vienen de fuera. Y la persona que surge de las llamas es la más importante de sus vidas, la que puede echarles una mano. El juego está servido. Todos han jugado… y se darán cuenta de qué es lo que han imaginado…

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