Películas de la semana, sorpresas cinéfilas. La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan/ From Darkness to Light (2024) de Eric Friedler, Michael Lurie / El equívoco (The Hireling, 1973) de Alan Bridges / Recién nacidas (Jeunes Mères, 2025) de los hermanos Dardenne

Ha sido esta una semana de bienvenidas sorpresas cinéfilas. Primero, una de esas películas que no pude ir a ver a una sala de cine y que me quedé en su momento con muchas ganas. Y una vez vista, confirmo que es de esas obras que me tocan y me dejan huella. Luego disfruté de uno de esos documentales reveladores sobre cine que habla sobre una película maldita en la carrera del cómico Jerry Lewis. Con la cabeza en la entrada anterior del diccionario cinematográfico, llevaba tiempo detrás de una película protagonizada por un chófer y esta me ha sorprendido gratamente. Y, por último, he podido meterme de lleno en el último largometraje de los hermanos Dardenne con uno de los finales más bellos que he visto últimamente. Películas y más películas que cada día calman mi hambre de cine.

La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan

Hay una serie de películas que con un punto fantástico y jugando con el concepto del tiempo son verdaderos tratados de filosofía sobre el sentido de nuestra existencia. Y siempre me han tocado la fibra y me han hecho pensar.

En ese conjunto de películas entra de lleno La vida de Chuck, desconozco el relato de Stephen King del que parte, pero la película me ha parecido un ejercicio de sensibilidad que casa muy bien con la incertidumbre de un mundo que se sustenta en lo digital. Sin embargo, los humanos seguimos con nuestra única certeza: todos moriremos. Y con esa certeza tratamos de ir viviendo lo mejor posible con o sin internet ni todas sus parafernalias, que ya descubrimos en el gran apagón de 2025 la debilidad y fragilidad del mundo virtual.

Esta película me hizo pensar en otros largometrajes que en la misma dirección que La vida de Chuck me han marcado de una manera u otra, pues me han hecho pensar en el sentido de nuestra existencia, en nuestro papel, qué hacemos aquí, hacia dónde vamos, qué significamos… Y surgen títulos como Atrapado en el tiempo, Más extraño que la ficción o la más reciente Here>, que adaptaba un magnífico cómic. Son películas para filosofar, pero que además se arriesgan en su manera de ser contadas.

La vida de Chuck cuenta la vida de un hombre, un contable, en tres actos en orden inverso y de una manera muy especial. En esa manera de contar se contiene un mundo apocalíptico, un puro musical y una película de adolescente con casa encantada. Y esos tres actos funcionan maravillosamente para captar el sentido de una vida, para atrapar el momento mágico, para explicar la muerte y la herencia que arrastramos.

La película se sustenta en un verso de Walt Whitman, «Soy inmenso, contengo multitudes» y que aparece desde el primer momento y va adquiriendo más y más significado. Así se habla de los mundos especiales que contenemos cada uno en nuestro interior y que nos definen, que cada ser humano nunca mejor dicho es un universo… Que somos nuestras vivencias, recuerdos, aromas, pasiones, relaciones, risas, heridas, aromas… Nuestra única certeza, una revelación que todos vivimos en algún momento, es la muerte, así que si el mundo nos deja (que mira que lo tenemos difícil), tratemos de vivir lo mejor posible con una idea: «Soy maravilloso, me merezco ser maravillos y contengo multitudes».

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Sesiones de verano (5). Sorda (2025) de Eva Libertad / Muy lejos (Molt Lluny, 2025) de Gerard Oms

Me había quedado con muchas ganas de ver dos películas españolas en el cine: Sorda y Muy lejos. Las dos merecen la pena. Son de dos realizadores, que después de varios cortometrajes y otros menesteres en el mundo audiovisual, debutan con un largometraje de ficción en las pantallas. Los dos muestran temas concretos con delicadeza y matices interesantes. Ambos parten de experiencias personales que conocen bien. Cuentan con historias potentes con una sensibilidad especial, y consiguen tocar, remover. Y para ello emplean la mirada del personaje protagonista. Hay un recorrido emocional en ambos protagonistas.

Sorda (2025) de Eva Libertad

Sorda y los caminos y dificultades de la comunicación.

La protagonista de Sorda es, obviamente, Ángela (Miriam Garlo), una mujer sorda. Redundante, pero cierto. Solo que la experiencia cinematográfica es todo un reto, porque Eva Libertad con su manera de rodar, nos mete en el entorno sordo de la protagonista. Si a todo esto unimos que su actriz principal, una Miriam Garlo maravillosa, es su hermana y además es sorda, entonces todo va adquiriendo un sentido.

Directora y actriz saben muy bien lo que están contando y cómo hacerlo. Lo han mamado, lo han vivido. El enfoque que Libertad da a la historia permite reflexiones interesantes sobre la identidad de Ángela, el personaje principal, al cual conocemos en un momento crucial en el que, de pronto, se siente de nuevo perdida y excluida de mundo que la rodea. Y, como hace una y otra vez en su vida, tiene que reencontrarse y reconstruir su identidad como mujer sorda.

Ángela tiene una pareja, Héctor (Álvaro Cervantes), un hombre oyente. Y los dos han conseguido compenetrarse y comunicarse sin problemas. Pero dan un nuevo giro a la relación: han decidido ser padres y esperan un bebé. Y el conflicto se va sirviendo fotograma tras fotograma con una delicadeza que no tapa el dolor que encierra. ¿Qué desata todo?

En un principio no saben si el bebé va a ser sordo o no. Una vez nace Ona y le hacen las pruebas pertinentes, la niña es oyente. Y para Ángela esto supone enfrentarse a muchos de sus miedos y a caminos que ya había recorrido. La maternidad no es un camino fácil para la protagonista. Entre todos los miedos, hay uno que la va hundiendo cada vez más: el no poder comunicarse con su niña y que su chico y los abuelos, felices por una Ona oyente, sin ser conscientes le arrebaten su lugar en el mundo, ese lugar por el que ha luchado día a día. Ángela se niega a sentirse aislada.

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Alrededor de Por todo lo alto (En fanfare, 2024) de Emmanuel Courcol

Por todo lo alto. Dos hermanos van construyendo un vínculo a través de la música.

Por todo lo alto fui a verla en una sala de cine y me sorprendí cuando llegando a los minutos finales, no pude evitar llorar de emoción. Me pregunté entonces qué había provocado esas lágrimas, qué es lo que me había gustado de esa película.

Por todo lo alto podría hacer una sesión doble con la anterior película de su director Emmanuel Courcol, El triunfo. En esta última contaba la historia de un actor en paro que dirige un taller de teatro en un centro penitenciario y prepara con los internos Esperando a Godot de Samuel Beckett. La película partía de un hecho real. Por todo lo alto cuenta la historia de ficción sobre dos hermanos que no se conocen y se encuentran en unas determinadas circunstancias. Uno de ellos es un famoso director de orquesta y el otro toca el trombón en una banda de música en la localidad obrera donde vive. El director de orquesta ha tenido todas las oportunidades posibles para llegar con esfuerzo a donde está; su hermano, igual de virtuoso para la música, no ha podido desarrollar su talento.

En las dos películas está en la producción un director al que aprecio, Robert Guédiguian, que tiene sobre sus espaldas una filmografía social y política de películas que me han marcado como Marius y Jeannette o Las nieves del Kilimanjaro. Así que estas dos películas de Courcol van un poco más allá de ser tan solo un feel good, ese término que sirve para nombrar producciones de buenos sentimientos que terminan de manera optimista y alegre, como podría ser Intocable (por seguir con el cine francés). Las dos tienen más detalles y matices, además de plantear reflexiones y tesis sobre el mundo en el que vivimos.

Algunas feel good,que no voy a mentir también me enganchan, es cierto que en ocasiones son una especie de «limpiadores de conciencia» para espectadores que no tienen o no viven los problemas reflejados con un trasfondo «de no pienses que el mundo no es bello a pesar de los pesares, todo tiene solución con los buenos sentimientos», sin reflexionar sobre los motivos de las injusticias sociales y cayendo a veces en todos los tópicos.

Las historias de Emmanuel Courcol tratan de plantearse ciertos asuntos, de remover, de crear un cine social con toques de tragicomedia, que llegue a mucha gente (no es de extrañar que en 2024, en el festival de San Sebastián, Por todo lo alto se alzara con el premio del público). Expone, no acaba con una historia de «y comieron perdices», sino con una de «y siguieron luchando»… Además muestra la capacidad de la cultura, tanto la música como el teatro, para remover, transformar, mirar, como punto de encuentro y reunión y para entender la realidad que nos rodea.

De hecho, las películas de Courcol entroncan con el cine social británico que también emplea la tragicomedia para contar sus historias. Curiosamente, El triunfo podría perfectamente proyectarse junto a Lucky Break de Peter Cattaneo. Y Por todo lo alto hace un buen dúo con la maravillosa Tocando el viento de Mark Herman.

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Cadeneta de minicríticas y cada una con una canción. Los hermanos Dardenne, Edgar Wright y Richard Brooks

Una canción imprescindible para el relato cinematográfico es lo que une a estas tres películas. Cada una de ellas tiene su función en la narración.

Tori y Lokita (Tori et Lokita, 2022) de Jean-Pierre y Luc Dardenne

Lokita y Tori, dos niños sin infancia, aunque atesoran una canción italiana que cantan como un mantra que les calma.

Los hermanos Dardenne son directos y sencillos en su forma de narrar Tori y Lokita, logrando una película que refleja con extrema sensibilidad las desventuras de dos niños africanos refugiados en Bélgica. Los fotogramas golpean el pecho con fuerza y tras el fundido a negro una vez acabada la historia, provoca que el corazón prácticamente deje de bombear. Cine social y de denuncia sin moralina, sensiblería o morbo. Seco, duro y brutal.

El hilo conductor de las desventuras de los dos muchachos, que siempre formarán parte de una estadística, una línea en la sección de sucesos de un periódico o simplemente serán ignorados, es una canción italiana infantil, «Alla fiera dell’est», que los dos entonan en un karaoke al principio de la película. Dicha canción aparece en contextos muy diferentes en varias secuencias y deja ver la trayectoria de dos niños a los que se les ha arrebatado la infancia. Duele la indefensión de Lokita y las sencillas palabras finales de Tori exponen con sencillez lo fácil que hubiese sido evitar la desgracia… y, por eso, provocan más vergüenza.

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De película de estreno a película de estreno y tiro porque me toca

Llevo unas semanas recuperando el ritmo de película por semana en sala de cine, pero en el periplo, no he conseguido que ninguna me deslumbre del todo, tan solo destellos. Todas me han aportado algo, pero no he perdido el sentido con ellas. Y es más, todas están bien contadas, incluso con el ritmo adecuado, en ninguna me he aburrido o he tenido ganas de salirme de la sala, pero me han parecido más cerebrales que emocionales. Ni siquiera había un equilibrio entre ambas posiciones, que varias de ellas lo pedían.

Ninguna “sentipensante”, como dice mi hermana. Solo una me hizo desbordarme bastante, pero sufrí un hándicap grave en la sala de cine. Fui a la sesión nocturna, llevaba una semana toledana y hubo momentos en que la vi entre sueños. Lo bonito es que me quedé con unas ganas locas de volver a verla. Lo que vi entre sueños también me hipnotizó. Curiosamente era la que más se dejaba llevar por la fantasía y la que más se arriesgaba cinematográficamente hablando.

Tres de ellas son el reflejo de una época. Y aportan. Es más, diría que son necesarias, pero no son redondas ni perfectas, no llegan del todo al espectador (sea cinéfilo o no), por distintos motivos que iremos desgranando. Cuentan con una mirada sobre un acontecimiento histórico concreto. Emplean distintos géneros para mostrarlos: cine carcelario, cine judicial y cine social. También, por último, escribiré sobre un documental sobre un crítico de cine, que se queda en un reportaje periodístico correcto.

La “sentipensante”. Tres mil años esperándote (Three Thousand Years of Longing, 2022) de George Miller

También os digo que es una película para ver entre sueños, porque de eso trata. De pronto Miller, con sus 77 años y creador de la saga de Mad Max, decide crear una película de fantasía donde se da importancia a la narración, a los cuentos, en una época racional, científica y de nuevas tecnologías.

Él decide contar la relación especial que se establece entre una especialista en literatura y en las narraciones con cara de Tilda Swinton y un genio que sale de una botella igualito a Idris Elba. Y los dos encerrados en una habitación de hotel en Estambul y luego en una casa solitaria en Londres cuentan una historia dentro de una historia y otra historia…

Algo parecido a esos mundos mágicos de las mil y una noches, el barón Munchausen o el manuscrito encontrado en Zaragoza. Y queda demostrado que incluso en este siglo XXI sigue siendo necesario creer en los cuentos y dejarse llevar. ¿Cómo no te vas a arrastrar hasta una sala de cine con semejante título… Tres mil años esperándote? Por cierto, adapta un relato de una autora a la que no me importaría acercarme, A.S. Byatt.

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Cortometrajes. 28º Festival Ibérico de Cine. Palmarés

Mejor cortometraje del Festival Ibérico de Cine: Farrucas

Riqueza de historias y matices. De formas de contar una historia. Todo tipo de géneros. El cortometraje es una puerta a la creatividad. Durante el mes de julio, se ha celebrado en Extremadura este festival de referencia en el mundo del cortometraje. Y el palmarés ha dejado entrever la variedad, pero también una lectura diversa del mundo actual.

Si bien es cierto que el cortometraje tiene difícil su distribución y proyección, muestra, sin embargo, un abanico de creatividad y de formas de expresión con fuerza. ¿Por qué no volver a proyectar un cortometraje antes del largometraje en las salas de cine? ¿Por qué no crear una sala de exhibición solo para cortometrajes? En un momento crítico, donde hay que incentivar la sala de cine como lugar idóneo para ver películas, ¿por qué no atraer también con el mundo cortometraje? Iniciativas como el Festival Ibérico de Cine muestra su buena salud. Un paseo por su palmarés deja al descubierto un ramillete de propuestas cinematográficas que tienen siempre algo que merece la pena analizar.

Premio Onofre al mejor cortometraje. Farrucas de Ian de la Rosa

Juego con espejos. Las protagonistas se miran. De frente. Hadoum, Fátima, Sheima y Sokayna son cuatro jóvenes hispano-marroquíes que viven en el barrio de El Puche en Almería. Se reúnen para el cumpleaños de una de ellas. La mayoría de edad, 18 años.

El Puche es un protagonista más. Al igual que la casa donde se reúnen. Lo más interesante no es solo ese espejo donde se miran sin miedo. Ni tampoco el sentimiento de sororidad que hay entre ellas. Lo que más destaca es la mirada de dos ellas. La mirada hacia su futuro, la realidad social. Es mostrar que son conscientes del mundo que las rodea. Y las dos miradas son realistas.

Una aspira a soñar, quiere trabajar en París en lo que ella desea.

La otra cree que es imposible salir del barrio, que su origen las marca.

Las demás son testigos de las miradas contrapuestas.

Lo importante: trenzar las dos miradas. Ser conscientes de los obstáculos, pero estar dispuestas a volar sobre ellos.

Ian de la Rosa ofrece un cortometraje de realismo social que destila no solo naturalidad y frescura, sino un halo poético. Las farrucas avanzan al atardecer.

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Críticas en unas pocas palabras de películas de estreno

El triunfo (Un triomphe, 2020) de Emmanuel Courcol

El triunfo, cine y teatro en armonía.

Cuando estaba viendo esta película francesa, me vino a la cabeza una británica de Peter Cattaneo, Lucky Break y una italiana de los hermanos Tavianni, César debe morir. En los tres largometrajes, unos presos en una cárcel se interesan por el teatro y sienten la posibilidad de alcanzar la libertad. Y las tres películas muestran una manera muy diferente de contar esta historia.

La francesa se inspira en una historia verídica, y presenta a un profesor de teatro que ama lo que hace, que trata a los presos como actores profesionales y que les propone montar algo muy serio: Esperando a Godot de Samuel Beckett. En El triunfo se respira en cada fotograma un amor inusitado hacia el teatro; el poder que siente uno encima de un escenario; cómo la vida alimenta a la ficción, y viceversa; y, por último, deja sentir una obra de teatro que puede hacer comprender una situación, unas vidas y esa sensación de espera…

La hija oscura (The Lost Daughter, 2021) de Maggie Gyllenhaal

La hija oscura, una reflexión incómoda sobre la maternidad.

La actriz Maggie Gyllenhaal se pone detrás de la cámara para rodar una historia psicológica e incómoda sobre la maternidad, adaptando una novela de Elena Ferrante. Se pone en la piel de una profesora de literatura, Leda (maravillosa Olivia Colman), que está de vacaciones en un idílico lugar al lado del mar. De pronto, su contacto con una joven madre (enigmática y sensual Dakota Johnson) y su hija pequeña desata una tormenta interior en Leda. Desde ese momento, rememora su propio papel como madre joven (Jessie Buckley) de dos niñas.

Desde el principio todo lo vemos desde la mirada de Leda que cada vez está más incómoda y todo lo que la rodea va adquiriendo una tonalidad siniestra, desagradable y amenazante. A la vez que también va tomando decisiones y llevando a cabo acciones cada vez más incomprensibles: como esa muñeca que acaba en su poder y que desata una tormenta interior. En realidad, Leda trata de reconciliarse con una decisión que tomó en el pasado y con las sensaciones encontradas que tiene con lo que sintió: la felicidad sin las ataduras de la maternidad.

Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 2022) de Kenneth Branagh

Muerte en el Nilo, cuando el cine es puro entretenimiento.

Kenneth Branagh apuesta por el cine puro y duro de entretenimiento, llevándonos a lugares exóticos, dejándonos arrastrar por el glamour, por las pasiones desatadas, por varios asesinatos y un peculiar detective belga para resolverlos. Si al principio de su carrera, Branagh abrazó a William Shakespeare, ahora se siente cómodo en el universo de Agatha Christie.

Una cosa está clara en sus dos películas sobre el universo de la dama del misterio: se siente cómodo como Hércules Poirot, y no solo eso…, sino que se lo pasa bien en su piel. Es más, en esta glamurosa Muerte en el Nilo, le regala un pasado en que se nos revela la razón de su famoso bigote, y le regala la posibilidad de enamorarse.

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El ombligo de Guie’dani (Xquipi’ Guie’dani, 2018) de Xavi Sala

La adolescente Guie’dani le confiesa a su amiga Claudia que su ombligo está enterrado en su pueblo, Xadani, en Oaxaca. Es un ritual simbólico que refleja que siempre puede regresar a su tierra, pues ahí se esconde su esencia. Guie’dani no renuncia ni un momento a sus raíces, a su identidad, a su cultura, a la mirada que posee del mundo… Su vida da un vuelco cuando tiene que abandonar la aldea e irse con su madre a Ciudad de México, donde su progenitora ha encontrado un trabajo como empleada doméstica interna con una familia de clase media acomodada.

Cuando llega a su nuevo hogar, no solo no lo vive como tal, sino que se siente un pez fuera del agua, que mira con ojos vigilantes un mundo al que no pertenece ni quiere pertenecer si tiene que renunciar a ser ella misma. Una de las funciones de cuidado que tienen que asumir su madre y ella es alimentar a unos delicados peces en un enorme acuario. Guie’dani se siente pez extraviado, fuera de su hábitat natural, y se rebela contra un mundo que no la deja ser ella misma.

La actitud de Guie’dani incomoda a la nueva familia, y el director Xavi Sala logra trasladar esa inquietud que provoca al espectador. Pues la niña no es sumisa, la niña no renuncia a su identidad, la niña es diferente y no quiere ser de otra manera para ser aceptada, la niña no asume las reglas de convivencia que establece la familia empleadora, que perpetua un modelo social injusto… Ella no les habla, los mira fijamente, no empatiza, no sonríe… Siempre está al acecho ese momento que se espera catártico donde Guie’dani estalle con toda su rebeldía y transgresión, donde el enfrentamiento cristalice. Pues la adolescente no siente que se tenga que mostrar agradecida ante una familia, que sutilmente, rechaza su identidad. De nuevo, cuando Claudia, su amiga, le pregunte que qué quiere ser de mayor. Ella lo tiene claro, será lo que tenga que ser, menos una sirvienta.

Porque el primer largometraje de Xavi Sala, director nacionalizado mexicano, pero que nació en Alicante, remueve y toca muchos matices a analizar. No solo evidencia una realidad mexicana, sino que universaliza un sentir. Es decir, no solo trata el conflicto racial tan arraigado en México contra la comunidad indígena, que incluso se perpetúa en ciudadanos con ideales progresistas, como la familia de la película, sino que deja al descubierto la enorme brecha social existente, cada vez mayor, donde arraigan nuevas relaciones de esclavitud.

Y esa brecha cada vez es más profunda y es universal, creando unos mecanismos de intransigencia y odio, donde asoma siempre una violencia silenciosa, en la que unos prefieren ignorar y perpetuar su poder bajo sonrisas amables y otros quieren sacudirse el yugo, frustrándose ante las continuas humillaciones, sin abandonar un enfrentamiento continuo. Ese enfrentamiento quiere revelar que no solo abrazan su diferencia, sino que se niegan al destino social que tienen asignado. Guie’dani echa de menos su aldea, sus orígenes, su raíces, su ombligo… No quiere renunciar a él. De hecho, se lleva como codiciada posesión una bolsa de tierra de su aldea.

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Fuego en las calles (Flame in the Streets, 1961) de Roy Ward Baker

En Gran Bretaña, seis años antes de la película estadounidense Adivina quién viene esta noche (Guess Who’s Coming to Dinner), Fuego en las calles presentaba de una forma más cruda y compleja el mismo conflicto. Roy Ward Baker, que terminaría especializándose en el género de terror, realiza una obra cinematográfica de puro cine social con personajes llenos de matices. Si bien es cierto que el conflicto racial que plantean ambos títulos se desarrolla en dos países diferentes con contextos distintos (de hecho, en uno de los diálogos de este film se hace alusión a esto), los puntos en común entre ambas generan una interesante sesión doble. Es mucho más popular la película de Stanley Kramer y más fácil acceder a ella. Fuego en las calles ha caído totalmente en olvido, pero, sin embargo, creo que aporta mucha miga al asunto. Es una película más incómoda, menos amable, más cruda. Quizá menos exquisita en su realización, pero no carente de interés, y también con unas interpretaciones a tener en cuenta.

En un momento dado, el profesor jamaicano Peter Lincoln (Johnny Sekka) dice al padre de su prometida, Jacko Palmer (John Mills), unas palabras reveladoras para entender el conflicto: “Cuando me enamoré, no pensé en los prejuicios. Esperaba que todo fuera como lo había soñado. Kathie y yo, sin barreras. Señor Palmer, su hija es distinta a usted. Usted piensa lo que debe creer. Y Kathie, en cambio, siente lo que cree”.

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Diario cinéfilo de Hildy Johnson durante la cuarentena (1)

Dos meses de cuarentena son muchas horas para ponerse al día con películas recientes. No solo de clásicos se alimenta Hildy Johnson. También, durante estas extrañas jornadas, han tenido un especial protagonismo los documentales sobre cine que han alimentado mis ganas de saber un poco más. Por eso propongo durante los tres próximos textos un pequeño recorrido por un mapa de películas y documentales que me han despertado sensaciones y reflexiones.

Ficciones con alma

Diario cinéfilo de Hildy Johnson. La luz de mi vida

En tiempos de pandemia, no han faltado películas con dicha temática, y que, premonitorias, se estrenaron muy recientemente. Por una parte, una de animación stop motion de Wes Anderson: Isla de perros (Isle of dogs, 2018). Un cuento sensible con ese universo característico de su director, que crea un peculiar mundo distópico, sobre un niño que busca a su perro en un gigantesco vertedero donde han sido confinados los mejores amigos del hombre por una pandemia. Anderson cuenta sus historias con notas de humor, pero con una melancolía latente y con la reflexión de una sociedad oscura donde hay pocas posibilidades de luces, pero donde alguno de sus personajes lucha por no perder su identidad y no sucumbir en un pozo negro sin salida. Y me ha sorprendido también muy gratamente la última película que dirigió Casey Affleck, La luz de mi vida (Light of my life, 2019). El actor (que escribe, dirige y protagoniza la película) refleja el universo íntimo que construyen un padre y una hija en un mundo hostil arrasado por una pandemia que afecta a las mujeres. Así lo que le interesa a Affleck es mostrar esa relación que se va armando a través de las sesiones nocturnas de cuentos e historias bajo la luz de una linterna. Cuentos que se transforman en un manual de supervivencia para los dos en un mundo de incertidumbres y peligros constantes.

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