Sesiones de verano (y 6). Días de canícula y películas

Mi postre favorito, una película iraní que ha servido para una buena sesión de verano en una sala de cine.

Durante este mes de verano, he disfrutado de buen cine. Llevo unos años que no salgo fuera en agosto, sino que me quedo en mi ciudad. Casi todos los días suelo ver una película y como siempre trato de ser lo más ecléctica en mis elecciones. No he dejado de recuperar producciones de los ochenta y noventa de las que tengo un buen recuerdo, pero también intento ver aquellas que se me pasaron en la época. Por supuesto, no faltan los clásicos (he revisitado y he descubierto alguno que nunca había visto). Tampoco he desperdiciado alguna visita a la sala de cine (aunque no han sido todas las que hubiese querido)… Y también procuro visionar aquellos estrenos (que son muchos) que se me escaparon durante este año.

Por otro lado, intento disfrutar con otra de mis pasiones, como leer libros sobre cine. Esta vez con placidez y lentitud estoy leyéndome un libro exquisitamente documentado y que me está proporcionando conocimientos sobre un director inédito para mí: Hiroshi Teshigahara. A raíz de su lectura, he visto la única película a la que de momento he podido acceder, La mujer de arena. De su autor, Antonio Santos, ya había leído dos ensayos que me emocionaron sobre la utopía y distopía en el cine.

El libro en cuestión es Jardines de piedra. Hiroshi Teshigahara. Cine, roca y bambú, que muy pronto visitará de nuevo este lugar. Estoy ya a punto de adquirir dos libros de amigos blogueros y empaparme de ellos. No he tenido tiempo hasta ahora, pero me hace muchísima ilusión: desde Tren de sombras, un libro sobre Ozu; desde El gabinete del doctor Mabuse, un buen listado con reseñas estoy segura que brillantes de cine mudo.

Abordo ya la última semana de agosto, con este texto que supone el final de estas sesiones de verano con un resumen de casi todo lo vislumbrado desde finales de junio. En cuanto películas, además de las señaladas en las distintas sesiones de verano, la variedad de propuestas es la clave. Desde que empecé con Cónclave, he visto casi cincuenta películas. Ahora como usuaria de Letterboxd (Hildy_Johnson_) y su diario no se me olvida ninguna. Me encanta poder acceder al listado de todo lo visto.

Había varias que las tenía muchas ganas: la misma Cónclave (Edward Berger, 2024), Heretic (Scott Beck, Bryan Woods, 2024), Anora (Sean Baker, 2024), Being Maria (Jessica Palud, 2024), Ghostlight (Alex Thompson, Kelly O’Sullivan, 2024), Sorda (Eva Libertad, 2025), Riefenstahl (Andres Veiel, 2024), Maria (Pablo Larraín, 2024), Materialistas (Celine Song, 2025), Mi postre favorito (Maryam Moghadam, Behtash Sanaeeha, 2024) y Weapons (Zach Gregger, 2025). Procuraré dedicar una frase a cada una (sin incluir las ya reseñadas) que resuma que han supuesto para mí.

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Críticas en unas pocas palabras de películas de estreno

El triunfo (Un triomphe, 2020) de Emmanuel Courcol

El triunfo, cine y teatro en armonía.

Cuando estaba viendo esta película francesa, me vino a la cabeza una británica de Peter Cattaneo, Lucky Break y una italiana de los hermanos Tavianni, César debe morir. En los tres largometrajes, unos presos en una cárcel se interesan por el teatro y sienten la posibilidad de alcanzar la libertad. Y las tres películas muestran una manera muy diferente de contar esta historia.

La francesa se inspira en una historia verídica, y presenta a un profesor de teatro que ama lo que hace, que trata a los presos como actores profesionales y que les propone montar algo muy serio: Esperando a Godot de Samuel Beckett. En El triunfo se respira en cada fotograma un amor inusitado hacia el teatro; el poder que siente uno encima de un escenario; cómo la vida alimenta a la ficción, y viceversa; y, por último, deja sentir una obra de teatro que puede hacer comprender una situación, unas vidas y esa sensación de espera…

La hija oscura (The Lost Daughter, 2021) de Maggie Gyllenhaal

La hija oscura, una reflexión incómoda sobre la maternidad.

La actriz Maggie Gyllenhaal se pone detrás de la cámara para rodar una historia psicológica e incómoda sobre la maternidad, adaptando una novela de Elena Ferrante. Se pone en la piel de una profesora de literatura, Leda (maravillosa Olivia Colman), que está de vacaciones en un idílico lugar al lado del mar. De pronto, su contacto con una joven madre (enigmática y sensual Dakota Johnson) y su hija pequeña desata una tormenta interior en Leda. Desde ese momento, rememora su propio papel como madre joven (Jessie Buckley) de dos niñas.

Desde el principio todo lo vemos desde la mirada de Leda que cada vez está más incómoda y todo lo que la rodea va adquiriendo una tonalidad siniestra, desagradable y amenazante. A la vez que también va tomando decisiones y llevando a cabo acciones cada vez más incomprensibles: como esa muñeca que acaba en su poder y que desata una tormenta interior. En realidad, Leda trata de reconciliarse con una decisión que tomó en el pasado y con las sensaciones encontradas que tiene con lo que sintió: la felicidad sin las ataduras de la maternidad.

Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 2022) de Kenneth Branagh

Muerte en el Nilo, cuando el cine es puro entretenimiento.

Kenneth Branagh apuesta por el cine puro y duro de entretenimiento, llevándonos a lugares exóticos, dejándonos arrastrar por el glamour, por las pasiones desatadas, por varios asesinatos y un peculiar detective belga para resolverlos. Si al principio de su carrera, Branagh abrazó a William Shakespeare, ahora se siente cómodo en el universo de Agatha Christie.

Una cosa está clara en sus dos películas sobre el universo de la dama del misterio: se siente cómodo como Hércules Poirot, y no solo eso…, sino que se lo pasa bien en su piel. Es más, en esta glamurosa Muerte en el Nilo, le regala un pasado en que se nos revela la razón de su famoso bigote, y le regala la posibilidad de enamorarse.

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Ciclo de cine y debate Todas las caras del perdón

Hace mucho que te quiero

Todas las caras del perdón

Como todos los años en La Casa Encendida durante el mes de julio, Hildy Johnson anda metida en un ciclo de cine temático. Este año toca el tema del perdón. Y es que no es una palabra fácil y a la vez es tremendamente cinematográfica: ¿en cuántas películas hay una secuencia sobre el perdón? Tanto el perdón como el acto de perdonar tienen muchas connotaciones (psicológicas, políticas, ideológicas o religiosas) y pueden mirarse desde muchos prismas diferentes. Este martes se enciende la luz del proyector para empezar a contar historias de perdón. Nos esperan siete tardes de cine y tertulia…

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Bajo el influjo de Willy Loman. El viajante (Forushande, 2016) de Asghar Farhadi/Fences (Fences, 2016) de Denzel Washington

Tanto en El viajante, película iraní, como en Fences, película norteamericana, vuela el espíritu de Willy Loman, el personaje protagonista de Muerte de un viajante (1949) de Arthur Miller. El análisis de ambas (que coinciden ahora mismo en cartelera) es interesante porque muestra cómo el universo de la obra de Miller sigue vivo y puede abordarse desde puntos de vista inesperados.

Muerte de un viajante se mete en el interior de un vendedor que no asume sus sueños rotos ni el fracaso que es su vida. Y cómo su doble vida de hombre soñador y triunfador choca con su vida de hombre normal y se puede decir que fracasado (por los baremos que había establecido él mismo). Acompañamos a Willy Loman, ya agotado de sus viajes, en las últimas horas de su existencia en Nueva York donde se enfrenta no solo a los fantasmas del pasado, sino también a su presente. Así Arthur Miller desarrolla con minuciosidad las complejas relaciones que Loman ha establecido con su familia (su mujer y sus dos hijos), sus amistades y también con el entorno laboral. El escenario central de Muerte de un viajante es el hogar por el que ha luchado toda su vida, junto a su esposa, Linda, y también con juegos de luces y atrezos los “viajes” al interior de la mente de Loman, que están poblados de recuerdos y apariciones (su hermano Ben). De esta manera el dramaturgo entre otras cosas hablaba también del derrumbe del sueño americano y la dificultad para alcanzarlo para la clase media y de una ciudad en permanente cambio y evolución donde unos se suben al carro y otros se quedan en la cuneta.

De pronto el realizador iraní Asghar Farhadi enfrenta a un matrimonio de actores, que precisamente están realizando un montaje de Muerte de un viajante, en Teherán, a un vendedor en el Irán del siglo XXI con muchos puntos de unión al Willy Loman que representan en el escenario. Y les hará protagonistas de un relato moral y de intriga de una dureza emocional brutal.

Y, por otra parte, Denzel Washington se muestra totalmente fiel al texto dramático de August Wilson, un dramaturgo afroamericano contemporáneo a Arthur Miller (ambos fallecieron en el año 2005). Fences (1987) está dentro de la serie de diez obras titulada The Pittsburgh Cycle que refleja la historia de la comunidad afroamericana en el siglo XX. Y curiosamente Fences está ambientada en los años 50, un poco después de la tragedia de Willy Loman. Y también cuenta el mundo interior y las complejas relaciones familiares (también una mujer y dos hijos) de un trabajador afroamericano, Troy Maxson, en Pittsburgh. El escenario central también es el hogar familiar… y como en Muerte de un viajante es importante el patio de la casa y en concreto en Fences, la construcción de una valla de separación.

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El pasado (Le passé, 2013) de Asghar Farhadi

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… la incomunicación y la culpa, el peso del pasado, la complejidad de las relaciones humanas y familiares. El pasado del director iraní Asghar Farhadi muestra otro laberinto difícil y un mapa apasionante de emociones que se van desvelando a lo largo del metraje. Algo que ya hizo en la película que permitió que muchos espectadores empezaran a interesarse por su cine: Nader y Simin, una separación. Un difícil puzle impecablemente construido deja al descubierto un melodrama familiar apasionante y con una cuidada y maravillosa puesta en escena.

Asghar Farhadi rueda su primer trabajo en Europa y sitúa a los personajes en París, pero un París que no visitan los turistas. Desde la primera escena notamos la mano de un artista con una sensibilidad especial para contar sus historias en imágenes. Nada es lo que parece, la primera impresión que nos hacemos de esta historia nada tiene que ver con la concatenación de hechos que se nos van narrando construyendo el mapa sentimental de varios personajes.

La película se construye a base de silencios, malentendidos e incomunicaciones entre personajes que se aman, pero a veces amar duele demasiado y pone a sus personajes en dilemas morales complejos que quiebran sus almas. Y vuelvo a esa primera escena. Aparece una mujer con una venda en la muñeca en un aeropuerto esperando tras un cristal, por fin ve a la persona a la que aguarda: un hombre. Ella trata de que él sea consciente de su presencia, finalmente es una mujer la que avisa al hombre de que una mujer le saluda al otro lado del cristal. Ambos se miran y sonríen. Y empiezan a realizar gestos y hablar con el cristal de por medio. El espectador no escucha nada… Y ya empieza a imaginar: ¿es su pareja, su marido, quién es él, de dónde viene, quién es ella, dónde está, se quieren, no se quieren, por qué se reúnen?

Poco a poco se nos van desvelando la historia de esta pareja y el motivo del viaje. Se va armando un complejo drama sentimental donde las piezas van moviéndose y donde se van desvelando secretos ocultos. Precisamente el personaje que servirá de motor para el paulatino desvelamiento será el viajero: el iraní Ahmad (Ali Mosaffa) que ha ido a encontrarse con su exmujer Marie (Bérénice Bejo) para firmar el divorcio. Marie vive con sus dos hijas (ambas fruto de un primer matrimonio anterior al de Ahmad) y con Fouad, el hijo pequeño de su actual pareja (Tahar Rahim), Samir. Samir vive su propio drama pues su anterior mujer vive en coma en un hospital, esta intentó quitarse la vida…

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Pero lo que atrapa definitivamente de El pasado es la forma que tiene de contar Asghar Farhadi. Cómo utiliza los espacios, los marcos de puertas y ventanas, las miradas, los puntos de vista que ofrece…, todo danza para ir desvelando poco a poco el interior de cada uno de los personajes y las complejas relaciones que les unen. Así como una galería de actores que dan vida a esos personajes con absoluta entrega y forman parte de esa cuidada puesta en escena que practica Farhadi. También muestra la sensibilidad especial que tiene el director de trabajar con niños e integrarles en la trama como piezas fundamentales. La sorpresa en El pasado es doble. Por una parte el rostro y la mirada de la adolescente Lucie (Pauline Burlet) y por otra parte la verdad que rezuma de la interpretación del hijo de Samir (un maravilloso Elyes Aguis). Y los dos son piezas fundamentales para que la trama avance y los dos tienen una relación especial con Ahmad, el recién llegado, que les hace comunicar sus miedos.

Asghar Farhadi muestra la continuidad de una obra cinematográfica que merece la pena ir descubriendo poco a poco y que deja al espectador con ganas de más. El pasado es una radiografía de la complejidad del ser humano y sus relaciones interpersonales. Y un documento sobre el cine como creación artística y forma de expresión. Solamente un ejemplo. Distanciamiento e incomunicación de una pareja: él conduce el coche y tiene la mano derecha en el cambio de marchas, ella tiene su mano sobre la suya. Suavemente cuando él va a cambiar de marcha, retira la mano de la mujer… Y todo esto en primer plano. Ahí tenemos con una economía narrativa increíble, un conflicto sentimental.

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