Dinero caído del cielo (Pennies from Heaven, 1981) de Herbert Ross

Dinero caído del cielo, un especial homenaje al cine musical de los años treinta del siglo pasado.

A veces llega el momento de ver una película que hace tiempo que tienes pendiente. De pronto, surge la oportunidad, te pones a ello, y ante lo que ves te estalla la cabeza, porque has contemplado algo realmente brillante y que no era lo esperado. Eso mismo me ha ocurrido con el musical Dinero caído del cielo.

Su primera secuencia me muestra al protagonista de la función, Arthur (Steve Martin), un personaje absolutamente turbio que desde que aparece me cae mal y no es en absoluto complaciente, empezando un nuevo día. Es muy desagradable con su esposa (Jessica Harper) en todas las facetas tanto sexual como en la manera de hablarle, pero ella es otro personaje con el que tampoco se puede empatizar por su personalidad amargada, reprimida y gris.

Así me instalo en la incomodidad, el distanciamiento y la extrañeza desde el primer momento. No sé todavía qué estoy viendo cuando, de pronto, arranca un número musical. El personaje de Steve Martin canta con una voz femenina que no es la suya y fuera del tono con el que ha comenzado el largometraje. La sensación es brutal.

A partir de este momento entro de lleno en la propuesta de cine musical de Herbert Ross, que ofrece todo un delicatessen del género, pero con una innovación, transgresión y modernidad que empapan cada fotograma. Claro, que la clave y el origen de esto tiene un nombre clave: el guionista británico Dennis Potter, que realizó una serie con el mismo título en la BBC en 1978, protagonizada por el intérprete Bob Hoskins (que no he visto, pero descubro con deleite que está en una plataforma y puedo acceder a ella). Él fue un creador revolucionario con el género musical y las series de televisión. Así que la propuesta era trasladar su espíritu a este largometraje en el corazón de Hollywood.

Dinero caído del cielo es un homenaje durísimo, pero a la vez lleno de conocimiento y amor al género del cine musical en plena Depresión americana. Después del crac del 29, surge con fuerza un cine escapista y evasivo que muestra a un público golpeado por la crisis una realidad inexistente. Son todas esas películas maravillosas de Fred Astaire y Ginger Rogers o las que muestran las coreografías geométricas de Burby Burkeley las que daban un respiro o permitían una evasión de un futuro negro. Joyas del cine musical de la Depresión como Vampiresas 1933 de Mervyn LeRoy o La calle 42 de Lloyd Bacon o títulos más tardíos como Sigamos la flota con canciones como «Let’s Face the Music and Dance», que protagoniza uno de los momentos estelares del largometraje de Herbert Ross, inspiran el mundo de ensoñación que refleja esta peculiar obra.

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Un elenco de asesinos de Sidney Kirkpatrick (Seix Barral, 1988)

Los dos protagonistas de Un elenco de asesinos cuando trabajaron juntos durante los años 20: King Vidor y Colleen Moore.

De pronto hay buenos amigos que llevan años recomendándome dicha novela, porque sabían que iba a disfrutarla al máximo, pero no había tenido oportunidad o momento para leerla con calma. Y ahora así ha sido y no solo la he devorado, sino que es de esos libros que me provocan una envidia sana, porque cuentan algo que justo no me hubiera importado poder narrar yo de alguna manera. Su autor ya lo dice en el Prefacio, que King Vidor es el sueño de todo biógrafo, porque lo guardaba absolutamente todo. Y él, Sidney Kirkpatrick, tuvo acceso a ese todo.

Curiosamente lo que al autor le llamó la atención fue un año de ausencia de todo lo recopilado: 1967. Lo que descubrió, una vez investigó un poco, le proporcionó el material para una buena novela de detectives. En Un elenco de asesinos el detective es un director del Hollywood clásico, ya septuagenario, en busca de una buena película cuando la industria ya no es la que él conoció ni muchos consideran su carrera.

La demolición de una mansión es el pistoletazo de salida para una investigación apasionante no resuelta. King Vidor se traslada a tiempos lejanos, a tiempos de gloria: a febrero de 1922. Tan solo hacía unos meses había saltado a la palestra uno de los mayores escándalos de ese Hollywood silente, el fallecimiento de Virginia Rappe, que señaló como máximo culpable a una de las mayores estrellas del cine cómico mudo de aquellos momentos, Fatty Arbuckle, acusándosele de una agresión sexual violenta. Posteriormente, el actor fue absuelto, pero su carrera cayó absolutamente en picado. Pues bien, ese febrero se encuentra el cuerpo del director de cine William Desmond Taylor en su mansión. Su asesinato no solo es un nuevo escándalo, sino que también salta a los medios y se señala durante la larga investigación a todo un elenco de asesinos.

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