A veces llega el momento de ver una película que hace tiempo que tienes pendiente. De pronto, surge la oportunidad, te pones a ello, y ante lo que ves te estalla la cabeza, porque has contemplado algo realmente brillante y que no era lo esperado. Eso mismo me ha ocurrido con el musical Dinero caído del cielo.
Su primera secuencia me muestra al protagonista de la función, Arthur (Steve Martin), un personaje absolutamente turbio que desde que aparece me cae mal y no es en absoluto complaciente, empezando un nuevo día. Es muy desagradable con su esposa (Jessica Harper) en todas las facetas tanto sexual como en la manera de hablarle, pero ella es otro personaje con el que tampoco se puede empatizar por su personalidad amargada, reprimida y gris.
Así me instalo en la incomodidad, el distanciamiento y la extrañeza desde el primer momento. No sé todavía qué estoy viendo cuando, de pronto, arranca un número musical. El personaje de Steve Martin canta con una voz femenina que no es la suya y fuera del tono con el que ha comenzado el largometraje. La sensación es brutal.
A partir de este momento entro de lleno en la propuesta de cine musical de Herbert Ross, que ofrece todo un delicatessen del género, pero con una innovación, transgresión y modernidad que empapan cada fotograma. Claro, que la clave y el origen de esto tiene un nombre clave: el guionista británico Dennis Potter, que realizó una serie con el mismo título en la BBC en 1978, protagonizada por el intérprete Bob Hoskins (que no he visto, pero descubro con deleite que está en una plataforma y puedo acceder a ella). Él fue un creador revolucionario con el género musical y las series de televisión. Así que la propuesta era trasladar su espíritu a este largometraje en el corazón de Hollywood.
Dinero caído del cielo es un homenaje durísimo, pero a la vez lleno de conocimiento y amor al género del cine musical en plena Depresión americana. Después del crac del 29, surge con fuerza un cine escapista y evasivo que muestra a un público golpeado por la crisis una realidad inexistente. Son todas esas películas maravillosas de Fred Astaire y Ginger Rogers o las que muestran las coreografías geométricas de Burby Burkeley las que daban un respiro o permitían una evasión de un futuro negro. Joyas del cine musical de la Depresión como Vampiresas 1933 de Mervyn LeRoy o La calle 42 de Lloyd Bacon o títulos más tardíos como Sigamos la flota con canciones como «Let’s Face the Music and Dance», que protagoniza uno de los momentos estelares del largometraje de Herbert Ross, inspiran el mundo de ensoñación que refleja esta peculiar obra.
Dinero caído del cielo golpea con una historia dura, oscura, de podredumbre física y moral de una sociedad que se desmorona ante una situación de crisis económica y social después del crac del 29. No hay esperanza, todo está viciado y los buenos sentimientos o la inocencia no tienen ningún hueco. En ese mundo se mueve el protagonista, Arthur, un vendedor de partituras y canciones. Todo lo que le rodea y lo que toca se vuelve siniestro y oscuro, además se va hundiendo en una espiral retorcida llevándose por delante a una maestra rural que no conocía nada más allá de su escuela y hogar. Pero a la vez Arthur es un perdedor nato al que el destino le tiene preparada una jugada fatal.
Paralelamente a esa realidad que hunde a sus personajes se desarrolla la ensoñación y el universo de las canciones y los musicales que todos conocen por el cine y la radio. Y el contraste entre la realidad y ese mundo soñado es brutal, una bofetada en toda la cara. Nunca fue más triste irse al otro lado del arcoíris.
Ya lo dice el protagonista a una Eileen, que siempre termina apareciendo en su vida, en un momento en que toman una decisión para escapar de sus problemas: «Quiero vivir en un mundo donde las canciones sean realidad. Debe haber un lugar donde las canciones sean de verdad».
En la vida de Arthur no solo se cruza esa posibilidad falsa de huir de su matrimonio, que vive como un lugar que le vacía y le corta las alas, en la figura de la maestra Eileen (Bernadette Peters), sino que también se topa con un acordeonista callejero (Vernel Bagneris) que no sabe hasta que punto cambiará su vida y destino.
Todo lo que ocurre en la realidad es incómodo: la manera que tiene Arthur de tratar no solo a su esposa sino también a Eileen. O cómo Arthur humilla y ejerce una caridad impostada hacia el acordeonista, pero a su vez este último no es tampoco un personaje inocente, sino que la mala vida y las circunstancias le han destruido en todos los sentidos.
Pero a la vez está tan bien reflejado el espíritu de la Depresión, y la destrucción física y moral, que todos son personajes profundamente humanos con sus imperfecciones al descubierto ante un sistema y una sociedad cruel. Y ante el distanciamiento y rechazo con los que los recibes en un primer momento (o al menos a mí me ocurrió como espectadora), vas acercándote y entendiendo sobre todo el mundo oscuro en el que viven.
Y esa realidad incómoda se transforma en un segundo en una explosión de alegría, inocencia, colores y ganas de vivir en esos números musicales también distorsionados por un efecto sonoro acertado: los actores cantan con las voces originales de los artistas de los años treinta. El extrañamiento que se provoca te ata más a la historia.
Ese contraste, clave de Dinero caído del cielo, es también conseguido por el trabajo impecable del director de fotografía Gordon Willis, que en las partes realistas capta el espíritu opresivo por una iluminación oscura e inspirándose en trabajos fotográficos de la época de la Depresión o el siempre comentado homenaje al pintor Edward Hopper en una secuencia en que Arthur está con Eileen en un cafetería, que expresa soledad ante la adversidad. Y en las ensoñaciones musicales muestra una explosión de luz y color donde atrapa también el espíritu de ese cine de los 30.
La culminación es ese momento en que Arthur y Eileen están en el cine viendo una de esas películas de Ginger y Fred y, de pronto, a los protagonistas, después de imitarles subiéndose al escenario donde está la pantalla, los vemos danzando y cantando en su propio musical.
Pero no solo destacaría ese número sino también el protagonizado por Vernel Bagneris con la propia canción del título de la película, donde el bailarín se mueve de una manera peculiar que hipnotiza y conduce a una felicidad contradictoria, o la secuencia del burdel donde un siniestro y elegantísimo Christopher Walken se marca un baile del que no puedes retirar la mirada.
Dinero caído del cielo me ha hecho estallar la cabeza por más asuntos. Como el riesgo que asumió Steve Martin de alejarse de su zona de confort en un tipo determinado de comedias y lanzarse al vacío con un rol tan alejado a los habituales. Martin no es santo de mi devoción, pero esta película me ha hecho mirarle con otros ojos. Las dos actrices protagonistas, Jessica Harper y Bernardette Peters, están fantásticas en sus roles, arriesgando como los demás. Así como las apariciones esporádicas pero contundentes de Bagneris y Walken les convierten en maestros de la función por unos minutos.
Sin embargo, el largometraje fue un fracaso estrepitoso en taquilla. El público no entendió o no quiso entender la propuesta de una película, por otro lado, tan deprimente. Como película musical era demasiado experimental, arriesgada y moderna. Y el público no conectó con ella, al igual que le pasaría a otro musical del momento, igual de innovador y atrevido, pero por otras vías, como Corazonada de Francis Ford Coppola.
Estos fracasos fueron también un reflejo de que el Nuevo Hollywood estaba en las últimas y estaba siendo sustituido por otro cine más taquillero, más complaciente y menos de autor. Curiosamente estas dos muestras de cine musical se han convertido en películas de culto y nuevos clásicos que el tiempo solo hace que sean más valoradas.
Qué gozada cuando me ocurre algo como me ha pasado viendo Dinero caído del cielo… Después del desconcierto, no puedes apartar la mirada y luego la cabeza no solo te estalla sino que no puedes parar de pensar en ella…
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Dinero caído del cielo la vi hace muchos años, diría que veinte o así. Recuerdo esa mezcla de ensoñación y cruda realidad y también que me gustó por lo original de la propuesta. Coincidimos en que Steve Martin no sea santo de nuestra devoción, pero es verdad que en esta película parece otro actor diferente, tan acostumbrados estamos a esas comedias con humor tan costumbrista que tanto les gusta a los estadounidenses. En cualquier caso, muchas gracias, Hildy, por recordarla, a lo mejor la reviso pronto.
Abrazos!
Queridísimo Ethan, yo no lo había visto nunca y la he disfrutado muchísimo. Efectivamente esa mezcla que comentas entre realidad y ensoñación es clave. Una propuesta realmente experimental e innovadora.
Pobre Steve, pero nunca le he tenido mucho cariño. Sin embargo, esta película me ha mostrado a un actor con capacidad de arriesgarse y mucho.
¡¡¡Ya me dirás qué te parece de nuevo si decides revisarla pronto!!!
Beso enorme
Hildy
Hola Hildy
Voy a comentar desde el joven que la vio entonces… y sus muy escasas referencias:
Bernadette me conectaba directamente con Bette «La Rosa» Midler. (tal vez mas en lo físico que en el papel ¿puede ser?)
La confusión ensueño/dura realidad era -un poco peor llevada- la de «All That Jazz».
Claras referencias a «Cabaret»
Tal vez era un poco la coctelera del cine musical de los setenta (sin tocar «Jesus Christ Superstar» ni «Saturday Night Fever»).
Por lo general me gusta mucho el cine de Ross pero, saliendo del cine, ninguno habíamos conectado con la peli.
Un saludo, Manuel.