Razón número 1: Recuerdos en una sala de cine
No hace mucho he vuelto a ver Magnolias de acero. Y es una película que, confieso, he visto varias veces durante toda mi vida. Siempre me emociona y me hace reír. Es de esas películas a las que no me importa volver continuamente. Sí, lo sé no es una película que vaya a formar parte de la historia del cine, ni hay nada novedoso o innovador en su manera de narrar y contar. Magnolias de acero, sin embargo, logra tocarte y acariciarte. Es de esos largometrajes en los que apetece perderse. Tiene buenos momentos y personajes bien construidos.
Además recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Sí, fue en una sala de cine que ya no existe (ahora es un supermercado). En Madrid, en el barrio Salamanca, uno de sus muchos cines era el Fantasio, que hacía unas sesiones dobles buenísimas. Y ahora aprecio lo bien que programaban. Era un cine que estaba cerca de donde vivía mi abuela paterna. Así que aquella tarde elegimos ver Magnolias de acero con mi hermano pequeño.
Yo era una adolescente a la que le estaba encantando esa película, pero según iba pasando el metraje, yo me iba poniendo malísima y notaba cómo me estaba dando una bajada de tensión impresionante. Estaba al borde del desmayo, pero ¡yo no quería preocupar a mi abuela ni tampoco perderme nada de lo que estaba ocurriendo! Así que protagonicé uno de esos momentos tragicómicos de la vida. Y es que precisamente Magnolias de acero se mueve como pez en el agua en la tragicomedia, el género de la vida por excelencia.
Razón número 2: Herbert Ross, un director con notas musicales
Su director es Herbert Ross y cuando repaso su filmografía, compruebo que varias de sus películas formaron parte de mi memoria cinéfila. Es uno de esos realizadores que no es considerado un gran maestro del arte cinematográfico, pero sí ha logrado meterse en la memoria sentimental de muchos cinéfilos con sus largometrajes. Sí supo conectar con el público…, aunque como veremos más adelante no hizo precisamente que el rodaje de Magnolias de acero fuese muy idílico.
¡La de veces que pude ver también de adolescente por televisión Sueños de un seductor (1972)! Cómo me gustaba esta película protagonizada por Diane Keaton y Woody Allen. Me reía tanto con esta nueva lectura de Casablanca y me parecía el colmo del romanticismo. Luego también fue el director de otro clásico de los ochenta con unos créditos maravillosos y que nos dejó muchas ganas de bailar y de ver en otras películas a Kevin Bacon, Footloose (1984).
Y es que Herbert Ross era muy musical, porque trabajó como coreógrafo desde los años cincuenta en el mundo de los escenarios. Luego terminó dedicándose al mundo del cine. A él se debe también la segunda parte de Funny girl, que en esa primera ocasión dirigió William Wyler (y Ross trabajó como coreógrafo). La continuación de Ross se tituló Funny Lady (1975) y esta vez acompañaba a Barbra Streisand… mi adorado James Caan. O también los pinitos como actor por parte del bailarín clásico Mikhail Baryshnikov los dio con Ross en una película interesante sobre ballet clásico, Paso decisivo (1977). No fueron sus únicos musicales.
Razón número 3: Sororidad, cuando todavía no se decía esa palabra
La película cuenta la amistad de seis mujeres durante un periodo de tiempo en una localidad sureña de Luisiana. Y si bien es cierto que nada tengo que ver con ninguna de estas seis mujeres sí que logro conectar con ellas y con la amistad que construyen entre todas, con esa sororidad que se va viendo con el paso del tiempo. Ahí están las seis tanto para los buenos como los malos momentos, estrechan sus lazos y encaran la vida desde la tragicomedia. Y cuando aún no se utilizaba la palabra sororidad ya estaba el espíritu de ese concepto en estas seis amigas de distintas generaciones de esa localidad de Luisiana.

