10 razones para amar Magnolias de acero (Steel Magnolias, 1989) de Herbert Ross

Magnolias de acero, todas en la peluquería…

Razón número 1: Recuerdos en una sala de cine

No hace mucho he vuelto a ver Magnolias de acero. Y es una película que, confieso, he visto varias veces durante toda mi vida. Siempre me emociona y me hace reír. Es de esas películas a las que no me importa volver continuamente. Sí, lo sé no es una película que vaya a formar parte de la historia del cine, ni hay nada novedoso o innovador en su manera de narrar y contar. Magnolias de acero, sin embargo, logra tocarte y acariciarte. Es de esos largometrajes en los que apetece perderse. Tiene buenos momentos y personajes bien construidos.

Además recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Sí, fue en una sala de cine que ya no existe (ahora es un supermercado). En Madrid, en el barrio Salamanca, uno de sus muchos cines era el Fantasio, que hacía unas sesiones dobles buenísimas. Y ahora aprecio lo bien que programaban. Era un cine que estaba cerca de donde vivía mi abuela paterna. Así que aquella tarde elegimos ver Magnolias de acero con mi hermano pequeño.

Yo era una adolescente a la que le estaba encantando esa película, pero según iba pasando el metraje, yo me iba poniendo malísima y notaba cómo me estaba dando una bajada de tensión impresionante. Estaba al borde del desmayo, pero ¡yo no quería preocupar a mi abuela ni tampoco perderme nada de lo que estaba ocurriendo! Así que protagonicé uno de esos momentos tragicómicos de la vida. Y es que precisamente Magnolias de acero se mueve como pez en el agua en la tragicomedia, el género de la vida por excelencia.

Razón número 2: Herbert Ross, un director con notas musicales

Su director es Herbert Ross y cuando repaso su filmografía, compruebo que varias de sus películas formaron parte de mi memoria cinéfila. Es uno de esos realizadores que no es considerado un gran maestro del arte cinematográfico, pero sí ha logrado meterse en la memoria sentimental de muchos cinéfilos con sus largometrajes. Sí supo conectar con el público…, aunque como veremos más adelante no hizo precisamente que el rodaje de Magnolias de acero fuese muy idílico.

¡La de veces que pude ver también de adolescente por televisión Sueños de un seductor (1972)! Cómo me gustaba esta película protagonizada por Diane Keaton y Woody Allen. Me reía tanto con esta nueva lectura de Casablanca y me parecía el colmo del romanticismo. Luego también fue el director de otro clásico de los ochenta con unos créditos maravillosos y que nos dejó muchas ganas de bailar y de ver en otras películas a Kevin Bacon, Footloose (1984).

Y es que Herbert Ross era muy musical, porque trabajó como coreógrafo desde los años cincuenta en el mundo de los escenarios. Luego terminó dedicándose al mundo del cine. A él se debe también la segunda parte de Funny girl, que en esa primera ocasión dirigió William Wyler (y Ross trabajó como coreógrafo). La continuación de Ross se tituló Funny Lady (1975) y esta vez acompañaba a Barbra Streisand… mi adorado James Caan. O también los pinitos como actor por parte del bailarín clásico Mikhail Baryshnikov los dio con Ross en una película interesante sobre ballet clásico, Paso decisivo (1977). No fueron sus únicos musicales.

Razón número 3: Sororidad, cuando todavía no se decía esa palabra

La película cuenta la amistad de seis mujeres durante un periodo de tiempo en una localidad sureña de Luisiana. Y si bien es cierto que nada tengo que ver con ninguna de estas seis mujeres sí que logro conectar con ellas y con la amistad que construyen entre todas, con esa sororidad que se va viendo con el paso del tiempo. Ahí están las seis tanto para los buenos como los malos momentos, estrechan sus lazos y encaran la vida desde la tragicomedia. Y cuando aún no se utilizaba la palabra sororidad ya estaba el espíritu de ese concepto en estas seis amigas de distintas generaciones de esa localidad de Luisiana.

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Diccionario cinematográfico (239). Madres

Madres e hijos en el centro de 20.000 especies de abejas.

Madres idílicas, madres coraje, madres tóxicas, madres terroríficas, madres divertidas, madres valientes, madres emprendedoras, madres malas… Las madres en el cine siempre han sido un buen tema. La galería es interminable, pero merece la pena el recorrido. ¡Todos hemos tenido una madre…, y, efectivamente, madre solo hay una… y este post va por ellas! La figura de la madre ha dejado unos cuantos buenos personajes cinematográficos.

Últimamente, en la sala de cine, he visto a tres madres en el centro de tres películas que por muy distintos motivos son interesantes. Dos son el debut en el largometraje de ficción de dos directores españoles y la tercera es de una directora francesa con una filmografía que merece mucho la pena.

Por una parte, 20.000 especies de abejas de Estibaliz Urresola Solaguren, donde Ane (Patricia López Arnaiz) es madre de tres hijos y no está precisamente en su mejor momento ni profesional ni emocional. Es verano y se va con ellos a la casa materna, entre otras cosas para intentar superar la crisis existencial en la que se haya hundida. Allí se reencontrará con su madre y su tía, una criadora de abejas. Las tres son figuras maternales y con caracteres fuertes y definidos que se enfrentan a la vida y a los problemas de distinto modo. Ane está especialmente preocupada y presta atención al sufrimiento y la sensibilidad que detecta en su hijo de ocho años, que está intentando exteriorizar y que todo el mundo se dé cuenta de su identidad sexual.

También he disfrutado de la última película de Mia Hansen-Løve, Una bonita mañana. Su protagonista, Sandra (Léa Seydoux), es madre de una niña de ocho años y se enfrenta al deterioro mental y físico de su padre, un profesor de filosofía. En este duro proceso se encontrará a un amigo al que hacía tiempo que no veía, Clément (Melvil Poupaud). En la película está muy presente también la madre de Sandra, Françoise (Nicole García), con una personalidad arrolladora, que en su momento dejó a la familia que había formado para perseguir una vida que la satisfaciera.

Y, por último, Matria de Álvaro Gago Díaz, protagonizada por una mujer gallega, Ramona (María Vázquez), que ve que su precario equilibrio de madre y mujer trabajadora se resquebraja, pero trata de no romperse del todo y hacer lo que ha hecho toda la vida, salir adelante. Por una parte, pierde el trabajo que más estabilidad le aportaba y, por otra, ve cómo su joven hija no solo se está independizando, sino eligiendo una vida que no es la que ella deseaba.

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