Sesiones de verano (y III). Mi propio festival de cine de verano

Durante este mes de agosto, he tenido mi propio festival de cine de verano con varios visionados que tenía pendientes y descubrimientos de clásicos que todavía no había visto. Desde hace años, no me muevo en agosto. Mi ciudad es agradable durante este mes de parón. No solo pude vivir el eclipse en un parque (y me hizo más ilusión de lo que pensaba), hice alguna que otra escapadita gastronómica, alguna que otra celebración, completé lecturas que tenía pendientes y elaboré varios trabajos, sino que no me faltó el cine. No pude acercarme a la sala de cine, y eso que agosto es un mes muy rico en oportunidades cinéfilas, pero sí he tenido la oportunidad de disfrutar de muchas buenas películas en casa.

Mucho cine estadounidense de los setenta

Daisy Miller, una película del Nuevo Hollywood.

Me gusta mucho todo lo relacionado con el Nuevo Hollywood y los setenta, aunque los ecos de cambio ya sonaban a mediados de los sesenta, así que siempre he tratado de ver todo lo que cae en mis manos de esta etapa, pero todavía me quedan bastantes títulos por ver. Y este verano me he empapado de varios de esas películas pendientes.

Me encantó descubrir la ópera prima de Alan J. Pakula, El cuco estéril, una crónica de un amor universitario en absoluto tópico y con una protagonista femenina demoledora en su complejidad (Liza Minnelli).

Luego una de mis grandes pendientes de Peter Bogdanovich, del que prácticamente he visto toda su filmografía, era Daisy Miller, su adaptación de la novela corta de Henry James. ¡Cómo he disfrutado de esta película, más de lo que esperaba! Bogdanovich sorprende con su ligereza en el retrato de Daisy para presentar finalmente un relato cinematográfico melancólico que te golpea fuerte.

Por último, me metí en una de las obras de Paul Schrader que todavía no había visto, Hardcore, uno de sus relatos cinematográficos con antihéroe que baja a los infiernos y encuentra un camino de redención inesperado. Esta vez es un padre de familia profundamente religioso e intransigente que busca a su hija desaparecida y entra en el mundo del cine porno con una mirada muy diferente y totalmente opuesta a Boogie Nights.

Sin abandonar los setenta, revisioné uno de esos grandes éxitos del cine de catástrofes, La aventura del Poseidón. Este cine de catástrofes fue una manera de preservar la herencia y los preceptos del cine clásico en Hollywood y el sistema de estudios, con repartos estelares con actores que estaban emergiendo en la década que se mezclaban con otros que habían reinado en el Hollywood clásico. Productos cinematográficos bien hechos, con buenos personajes y una historia coral con catástrofe de fondo que enganchaba desde el primer segundo.

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10 razones para amar Magnolias de acero (Steel Magnolias, 1989) de Herbert Ross

Magnolias de acero, todas en la peluquería…

Razón número 1: Recuerdos en una sala de cine

No hace mucho he vuelto a ver Magnolias de acero. Y es una película que, confieso, he visto varias veces durante toda mi vida. Siempre me emociona y me hace reír. Es de esas películas a las que no me importa volver continuamente. Sí, lo sé no es una película que vaya a formar parte de la historia del cine, ni hay nada novedoso o innovador en su manera de narrar y contar. Magnolias de acero, sin embargo, logra tocarte y acariciarte. Es de esos largometrajes en los que apetece perderse. Tiene buenos momentos y personajes bien construidos.

Además recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Sí, fue en una sala de cine que ya no existe (ahora es un supermercado). En Madrid, en el barrio Salamanca, uno de sus muchos cines era el Fantasio, que hacía unas sesiones dobles buenísimas. Y ahora aprecio lo bien que programaban. Era un cine que estaba cerca de donde vivía mi abuela paterna. Así que aquella tarde elegimos ver Magnolias de acero con mi hermano pequeño.

Yo era una adolescente a la que le estaba encantando esa película, pero según iba pasando el metraje, yo me iba poniendo malísima y notaba cómo me estaba dando una bajada de tensión impresionante. Estaba al borde del desmayo, pero ¡yo no quería preocupar a mi abuela ni tampoco perderme nada de lo que estaba ocurriendo! Así que protagonicé uno de esos momentos tragicómicos de la vida. Y es que precisamente Magnolias de acero se mueve como pez en el agua en la tragicomedia, el género de la vida por excelencia.

Razón número 2: Herbert Ross, un director con notas musicales

Su director es Herbert Ross y cuando repaso su filmografía, compruebo que varias de sus películas formaron parte de mi memoria cinéfila. Es uno de esos realizadores que no es considerado un gran maestro del arte cinematográfico, pero sí ha logrado meterse en la memoria sentimental de muchos cinéfilos con sus largometrajes. Sí supo conectar con el público…, aunque como veremos más adelante no hizo precisamente que el rodaje de Magnolias de acero fuese muy idílico.

¡La de veces que pude ver también de adolescente por televisión Sueños de un seductor (1972)! Cómo me gustaba esta película protagonizada por Diane Keaton y Woody Allen. Me reía tanto con esta nueva lectura de Casablanca y me parecía el colmo del romanticismo. Luego también fue el director de otro clásico de los ochenta con unos créditos maravillosos y que nos dejó muchas ganas de bailar y de ver en otras películas a Kevin Bacon, Footloose (1984).

Y es que Herbert Ross era muy musical, porque trabajó como coreógrafo desde los años cincuenta en el mundo de los escenarios. Luego terminó dedicándose al mundo del cine. A él se debe también la segunda parte de Funny girl, que en esa primera ocasión dirigió William Wyler (y Ross trabajó como coreógrafo). La continuación de Ross se tituló Funny Lady (1975) y esta vez acompañaba a Barbra Streisand… mi adorado James Caan. O también los pinitos como actor por parte del bailarín clásico Mikhail Baryshnikov los dio con Ross en una película interesante sobre ballet clásico, Paso decisivo (1977). No fueron sus únicos musicales.

Razón número 3: Sororidad, cuando todavía no se decía esa palabra

La película cuenta la amistad de seis mujeres durante un periodo de tiempo en una localidad sureña de Luisiana. Y si bien es cierto que nada tengo que ver con ninguna de estas seis mujeres sí que logro conectar con ellas y con la amistad que construyen entre todas, con esa sororidad que se va viendo con el paso del tiempo. Ahí están las seis tanto para los buenos como los malos momentos, estrechan sus lazos y encaran la vida desde la tragicomedia. Y cuando aún no se utilizaba la palabra sororidad ya estaba el espíritu de ese concepto en estas seis amigas de distintas generaciones de esa localidad de Luisiana.

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Reflexiones alrededor del documental Grey Gardens (1975) de Albert y David Maysles

Grey Gardens, un documental que me ha impactado su visionado.

Han pasado cincuenta años desde que los hermanos Maysles pusieron su cámara en la decadente mansión de Grey Gardens en East Hampton en el estado de Nueva York. Rodeada de otras mansiones y segundas residencias con vecindario de posición alta, se encontraba esta antigua casa atravesada por un jardín que más bien parecía ya una selva con unas vistas maravillosas al mar. En esa decadente casa vivían desde hacía décadas dos mujeres, madre e hija, que se habían creado un mundo propio entre ruinas.

Estas inquilinas, Big y Little Edie, eran además la tía y la prima de dos famosas estadounidenses que formaban parte de una aristocracia formada a base de papel couché, Jacqueline Kennedy (posteriormente Onassis) y su hermana pequeña Lee Radziwill. Rastreando información por la red de distintos medios y fuentes varias, parece ser que en un principio los documentalistas, que abogaban por poner la cámara e intervenir lo menos posible, observar y conectar con los protagonistas de sus obras, fueron contratados por Lee, la hermana pequeña de Jackie, para documentar su vida desde su infancia.

Ella fue quien les llevó hasta East Hampton y ahí los hermanos tuvieron noticia de las peculiares Bouvier. Los hermanos prefirieron prescindir de su millonaria y privilegiada mecenas y lanzarse a documentar la personalidad de esas dos ovejas negras de la familia. Así nació Grey Gardens (1975).

Un documental que ha tenido vida propia desde entonces y que a partir de él se han derivado diversas obras. Es más, hay un culto alrededor de las Edie, ambas ya desaparecidas, y de esa mansión que ha ido pasando por distintas manos y reformas.

A partir del documental de los Maysles nació, por ejemplo, un musical; una película sobre las Edie encarnadas por Jessica Lange y Drew Barrymore y otros dos documentales, uno centrándose en la figura de un joven manitas, que ayudaba a las mujeres en tareas de mantenimiento, que aparece en distintas ocasiones en Gray Gardens y que Little Eddie llama el fauno de mármol (El fauno de mármol de Gray Gardens de Jason Hay y Steve Pelizza, en 2011) y otro que dirigió en 2006 Albert Maysles con descartes del mítico documental que rodó con su hermano titulado, The Beales of de Grey Gardens.

Llevaba tiempo detrás del documental original y, por fin, he podido verlo. Mentiría si no dijese que me ha impactado su visionado y que reconociendo mi incomodidad ante lo que estaba viendo no pude apartar la mirada de Grey Gardens. La incomodidad (y soy consciente de que soy contradictoria, pues nada más fácil que ante lo incómodo que dejar de verlo) venía provocada por ese asalto a una intimidad de dos mujeres con una realidad tan frágil, oscura, compleja y decadente.

Aunque curiosamente, las Edies no solo consienten y parecen encantadas de que se las filme, se las escuche y puedan expresarse ante las cámaras, sino que además transmiten un peculiar mundo que ellas mismas han creado a través de sus ropas, sus rituales, su manera de hablar y contar historias pasadas, sus canciones y bailes, sus discusiones, su alimentación, relación con los animales o con las pocas personas con las que se relacionan.

Los hermanos Maysles no contextualizan, ni dirigen una entrevista a ambas damas, sino que ruedan y escuchan. Tan solo nos sirven de guía unos cuantos recortes de periódicos donde se nos dice de quién son familia y que se ha intervenido no hace mucho en esa casa en ruinas para no expulsarlas del vecindario por las condiciones insalubres en las que viven.

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10 razones para amar Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock

A Bet, que viva Hitchcock y el amor al cine. Por doce años de diálogo ininterrumpido.

Razón número 1: certeza

Con la muerte en los talones. Una de las puertas de entrada de mi amor al cine.

Una de las películas que sé con certeza que afianzó mi pasión por el cine fue Con la muerte en los talones. El colegio donde yo iba de niña, finales de los años setenta y los ochenta, lo llevaban unas hermanas misioneras (muy unidas a Madagascar) que en el centro escolar experimentaban con las pedagogías más innovadoras y modernas. Sí, era una mezcla curiosa y extraña, pero era así. A su favor he de decir que nunca sentí que me adoctrinasen o dirigiesen en lo religioso más de lo que ya suponía estar en un colegio de monjas y sí, sin embargo, me proporcionaron una atención a todo lo que tenía que ver con las injusticias sociales.

Pues bien, parece ser que la directora del colegio en aquellos años era tan cinéfila, que ver cine era una de las actividades asiduas que se organizaba para las alumnas del centro. Así que siempre venía un proyeccionista y en un salón de actos enorme con una pantallaza enorme, nos pasaban películas. Y una de sus favoritas debía ser Con la muerte en los talones, pues la vi en el colegio más de una vez.

Me recuerdo totalmente atenta, enganchada y maravillada con esta película. Me encantaba antes de saber quién era Alfred Hitchcock. No me importaba que repitiesen la proyección en más de una ocasión. No podía apartar la mirada de la pantalla y siempre me dejaba arrastrar por la historia de ese señor que le confundían con otro y se metía en un gran lío que cada vez se enredaba más, pero sin perder nunca el sentido del humor.

Razón número 2: Cary Grant, el héroe fascinante

Siempre hay una frase que se dice pronunció Alfred Hitchcock refiriéndose a Cary Grant, uno de sus héroes favoritos (el actor trabajó en cuatro de las películas del maestro del suspense: además de la mencionada, Sospecha, Encadenados y Atrapa a un ladrón), y dice algo así como que podía actuar con un huevo podrido en la cara y seguiría pareciendo fascinante. Y esa frase podría aplicarse perfectamente a su personaje de Roger O. Thornhill. Este publicista creativo, elegante, divertido, bastante desastre en su vida sentimental, con una relación de lo más curiosa con su madre, pero que sabe manejarse perfectamente en la jungla de Nueva York por un malentendido se verá inmerso en una historia trepidante.

Thornhill durante todo el metraje mantiene la dignidad intacta con su traje sastre, corbata y camisas blancas. Su pelo negro e impecablemente peinado. Da absolutamente igual que le emborrachen, que traten de asesinarle en un campo desierto con una avioneta fumigadora, que tenga que correr y escapar de todas partes, que se llene de polvo o se caiga, él continúa impecablemente divertido y elegante.

Y es que Thornhill, hombre creativo y sagaz, se adapta a su nueva circunstancia de falso culpable, perseguido por malos y policías y solo ante el peligro. Siempre tiene ideas e ingenio para salir adelante y una increíble capacidad para reírse de sí mismo y de todas las desgracias que le acontecen, sin perder su sex appeal e incluso enamorarse. Es como si tuviese la seguridad, a pesar de estar siempre al borde la vulnerabilidad de un hombre caído, de que conseguirá salir adelante. Con 55 años y siempre reinventándose desde que pisó Hollywood, su Thornhill rezuma vitalidad, sensualidad, diversión, glamour y distinción. Cary Grant sabe utilizar su vis cómica, sus cualidades de galán, su impresionante complexión física, así como sacar la seriedad cuando es necesario para dar forma a un gran personaje.

Archibald Alexander Leach se formó en el vodevil puro y duro; después durante sus primeros años en Hollywood, durante los años 30, fue trabajando el convertirse en Cary Grant. De hombre objeto y puro deseo a comediante sofisticado hasta alcanzar la cima y convertirse en uno de los actores más populares con su elegancia por bandera ya fuese en comedia, película de acción o drama.

Razón número 3: espías

Con la muerte en los talones. En el cine de Hitchcock no faltaron los espías en numerosas ocasiones.

El cine de espías es un género que ha dejado una ristra de películas inolvidables. El espía puede ser un mero funcionario gris del gobierno para el que trabaja con muchas horas de tiempos muertos, bailando siempre en un difícil equilibrio de conflictos y cuestiones morales, sacrificios personales, y una vida de compromiso (muchas veces por motivos equivocados) nunca recompensada… O también un héroe creado para el puro entretenimiento, hombres o mujeres de acción, sin preguntarse moralmente lo que hacen, sino superando obstáculos, venciendo a los malos, probando todo tipo de artilugios y avances tecnológicos y apelando a la adrenalina y emoción del espectador.

Curiosamente, Alfred Hitchcock tiene en su filmografía varios títulos de espías y representa a los dos perfiles en una misma película. En Con la muerte en los talones, Cary Grant, en plena Guerra Fría, se ve envuelto en una trama de espionaje con dobles agentes que da un vuelco a su vida. Si bien él se ve obligado a mantener un papel inesperado de espía de acción, también vemos el otro tipo de espía gris y que trabaja para el gobierno en el personaje del profesor (Leo G. Carroll), cerebro de la trama para pillar al malo malísimo Phillip Vandamm (James Mason).

Como era habitual en Alfred Hitchcock sabe cómo enganchar al público en sus tramas y hacer trepidantes las películas de espías que durante su filmografía fueron muchas. Recordemos títulos para un buen ciclo hitchcockiano de espías y una manera de redescubrirle: Los 39 escalones, El agente secreto, Sabotaje, Cortina rasgada o Topaz… En algunas de ellas hay ingredientes que se repetirán y estarán presentes en Con la muerte en los talones: un emplazamiento impresionante para la secuencia final, un falso culpable, tretas creativas del protagonista para huir del enemigo, la rubia que se convierte en cómplice para bien o para mal…

Razón número 4: temas hitchcockianos

Si François Truffaut le reivindicó como autor es porque sin duda cuando se analiza la filmografía del maestro del suspense pueden verse un montón de temáticas y formas de contar sus historias con dominio del lenguaje cinematográfico que dejan la huella de la creatividad especial de Hitchcock. Con la muerte en los talones no es la excepción. En una de sus películas más entretenidas y populares (algo que no descuidaba nunca el director), está su huella como autor. Veamos tres firmas de su autoría, sobre todo en el terreno temático.

La presencia de las madres de los protagonistas y esas curiosas relaciones materno-filiales que siempre deja el realizador británico. En Con la muerte en los talones está en clave de comedia. De hecho, todo el embrollo comienza porque el protagonista quiere dar un aviso a su madre y, por eso, los malos le confunden con un espía inexistente, George Kaplan. La señora Thornhill (Jessie Royce Landis) protagoniza uno de los momentos más cómicos y tensos de esta historia.

En un ascensor hasta arriba de gente donde entra con su hijo, este le señala con la mirada que al lado tiene a los dos hombres que han intentado matarle. La madre que no cree ni una palabra de su hijo y piensa que es otra invención de su hijo para excusarse por una borrachera. Así que les pregunta como si nada que si no pensarán asesinar a su hijo. Los asesinos y todos los que están en el ascensor no pueden reprimir una carcajada.

El falso culpable es el protagonista de muchas de sus películas y la premisa con la que arranca una historia trepidante. Un publicista se ve envuelto en una trama de espionaje y cada vez se va complicando más la historia, metiéndose en un laberinto del que parece imposible salir. En este caso el maestro juega con un sentido lúdico con ese falso culpable sin dejar de lado el humor que suaviza la vulnerabilidad de su situación, algo que no pasaba en esa joya oculta que es Falso culpable (The Wrog Man, 1956), que muestra la crudeza y el drama de un hombre acusado falsamente de un hecho que no ha cometido y que destroza su vida y la de los seres que lo aman.

La complejidad del amor y la sensualidad de sus historias. Hitchcock tenía una capacidad brillante para filmar unos besos maravillosos y reflejar la atracción de sus personajes, así como mostrar los recovecos oscuros de la pasión. Con la muerte en los talones no es una excepción. Así construye un interesante triángulo, con elementos similares a esa otra joya que es Encadenados. Somos testigos de un enamoramiento inolvidable y apasionado de los protagonistas en un tren donde surge la atracción de ambos, el juego y la sensualidad.

Luego, se cocina a fuego lento la traición y los celos. A la protagonista se la pone en máximo peligro, pues trabaja con los “buenos” en cuestión (aunque estos no dudan fríamente en sacrificar al pobre falso culpable si es necesario para que su plan siga adelante y proteger a su doble agente), y es el cebo que enamora al malvado. Y, por último, los amantes en máximo peligro tratarán de salir juntos del embrollo en el que se han metido.

Razón número 5: historia de amor en un tren

Y encadenando con el último tema esbozado en el apartado anterior, es una gozada ese encuentro “por azar” entre la rubia de la película y el atribulado falso culpable, con esas inocentes gafas de sol tras las que se oculta. ¿Dónde es el lugar más romántico donde puede gestarse una historia de amor? En un tren. No hay duda.

Lo maravilloso de Con la muerte en los talones es que es la rubia la que seduce al falso culpable, la que lo protege, la que lo oculta y lo mete en su camerino y la que no pone reparo alguno a la seducción que culmina con uno de esos besos inolvidables del cineasta en un diminuto camarote. Los dos protagonistas juegan a la sensualidad, al juego de ocultación, a mostrarse cómplices el uno con el otro…

… Hasta que descubrimos que el pobre diablo está siendo engañado por una rubia femme fatale. Y ese juego sensual se transforma en peligroso. Nos inquieta ver cómo él confía en la rubia y a nuestros ojos se convierte en vulnerable, pues no es consciente del engaño.

Luego vuelven a encontrarse en un hotel y él ya es un hombre despechado, pues la rubia le ha enviado a una muerte segura y sabe además que es la novia del hombre que está tratando de eliminarle a toda costa. Lo que pasa que los espectadores nos vemos sorprendidos al notar verdadera preocupación en el rostro de la chica, parece que realmente está enamorada.

Pues pronto llega un revelador giro de trama, en su comportamiento de hombre despechado, nuestro falso culpable ha puesto en verdadero peligro a una agente doble, como le comunica ese curioso personaje al que llaman el profesor y cerebro de la trama para atrapar al malvado Vandamm. Y entonces cual galán enamorado, decide contribuir a la causa y ayudar a la dama a huir de las manos del peligroso y elegante malvado.

Así Hitchcock crea una historia de amor que es la que hace avanzar a la trama y con ella consigue los giros de trama más emocionantes, además de acrecentar la tensión y el suspense. La complicidad sexual de ambos personajes marca cada fotograma, porque esa tensión sensual no resuelta por los problemas y obstáculos de ambos llega a su culminación final, como no podía ser de otra manera, de nuevo en el tren en una ingeniosa elipsis: del máximo peligro en el monte Rushmore al apacible momento en que sabemos que culminarán su relación con una esperada relación sexual, pues ya pasaron todas sus dificultades.

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Retratos de mujer (1). El parador del camino (Road House, 1948) de Jean Negulesco / Los cuatro hijos de Katie Elder (The Sons of Katie Elder, 1965) de Henry Hathaway

Hay personajes femeninos que dicen cosas interesantes o que llaman la atención por cómo están construidos y lo que transmiten. A veces, la actriz que los representa también aporta mucho a esa mujer de ficción o en otras ocasiones lo que merece la pena es cómo se muestra secuencia tras secuencia la personalidad y el carácter de la dama. Las dos películas que vamos a analizar quizá no son clásicos tan recordados como algún otro, me atrevería a decir que pocas veces son nombradas en alguna conversación cinéfila, ni son la obra más importante en las filmografías de sus directores, pero en ellas hay un personaje femenino en el que pararse. Sí, son dos películas que se ven con gusto y esta es solo una manera de escribir sobre ellas.

El parador del camino (Road House, 1948) de Jean Negulesco

Con aires de mujer fatal, Ida Lupino construye un poderoso personaje femenino.

Lily Stevens (Ida Lupino) la conocemos desde la primera secuencia como una mujer solitaria, independiente y que sabe muy bien desenvolverse por la vida, aunque esta nunca se lo haya puesto fácil. Está fumando. En prácticamente toda la película fuma sin parar. En el triángulo que protagonizará, los dos hombres que se cruzan en su camino nunca saben muy bien qué hacer con las colillas que va dejando en un sitio u otro. Más de una vez la llaman la atención por lo que fuma…

Lily Stevens canta en garitos y Jefty (Richard Widmark) en una noche de borrachera se la ha traído desde Chicago y la ha contratado para que cante en su local. Jefty parece un tío majo, un hombre que lo ha tenido siempre todo, y que lleva el local como le apetece, aunque deja todo en manos de sus empleados y, sobre todo, de su mejor amigo, Pete Morgan (Cornel Wilde). Se conocen desde niños y lucharon en la guerra. Jefty pone la pasta, Pete le saca de todos los marrones, incluso de las cantantes que va contratando para meterlas en su cama y después despacharlas. Pero Lily será distinta. Y los dos serán conscientes de ello muy pronto.

De momento, Lily deslumbra a todo el personal con su voz cazallera y su manera despreocupada de tocar al piano, interpretando o más bien susurrando canciones de amor. Por supuesto, las colillas van dejando señales al piano impoluto, como ella también deja huella en los hombres que la van conociendo. Es tal la sensualidad que desprende, que uno del pueblo, bastante alcoholizado, se abalanza sobre Lily cuando esta termina de cantar, armándose una batalla campal.

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Sesiones de verano (4). Cenizas de amor (H.M. Pulham, Esq., 1941) de King Vidor

Cenizas de amor, una película sobre lo efímero de la felicidad.

«Harry, ¿eres feliz?», y solo esta frase desata un torbellino de recuerdos y reflexiones en el protagonista de Cenizas de amor. H.M. Pulham (Robert Young), el hombre del título original, se encuentra en la mitad de su vida. Lleva una existencia rutinaria, conformista, ¿feliz? Pertenece a una aristocrática familia de Boston y está casado con Kay (Ruth Hussey), a la que conoce desde la infancia y de la misma posición social. Tiene dos hijos, un perro, una buena casa, un buen empleo y cada día transcurre sin alteraciones.

King Vidor que es un maestro contando historias con su cámara de cine. Nos presenta al personaje principal de una manera magistral. Observamos su ritual diario, la tranquilidad de su vida inalterable. Esa bajada por las escaleras, el desayuno con su esposa, ese huevo pasado por agua, la lectura de la prensa, las regañinas a su perro, los tres cacahuetes que le proporciona su sirvienta antes de salir, cacahuetes que son para alimentar a unas ardillas de ese parque que cruza siempre, la compra del puro antes de entrar al trabajo, el saludo a los trabajadores de la oficina, la contestación de la correspondencia…

Pero un día cualquiera, dos acontecimientos alteran su rutina. Y no solo eso, sino que le hacen plantearse toda una vida. Por una parte, la llamada de un antiguo compañero de la universidad para una comida. Harry decide acudir y se encuentra metido en la organización de un 25 aniversario con antiguos compañeros. Le piden que haga la biografía de los antiguos compañeros y él empieza con la suya. Esto sirve para echar la vista atrás… Y, por otra parte, la llamada de Marvyn Miles (Hedy Lamarr), una mujer de la que se enamoró cuando decidió salirse durante una sola vez en su vida del plan trazado por su padre.

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Lo que quisimos ser (2024) de Alejandro Agresti

Esta película es imposible que no tuviera su crítica en este blog

Lo que quisimos ser, el valor revolucionario de las historias sencillas.

Lo que quisimos ser arranca de una manera que anuncia lo que viene a continuación. Una mujer y un hombre son espectadores solitarios en una sala de cine vacía donde proyectan Luna nueva (His Girl Friday, 1940) de Howard Hawks. Esa película clásica se sustenta en los inteligentes diálogos de su pareja protagonista, Hildy Johnson (Rosalind Russell) y Walter Burns (Cary Grant). Por otra parte, según van transcurriendo los hechos, estos dos periodistas que aman su profesión, van revelando que aunque pasan por diversas crisis, precisamente por temas laborales, siguen amándose. Son amigos y amantes. Luna nueva es, en realidad, una historia de amor. Y aunque es una screwball comedy, no deja a un lado la realidad y dureza de la vida.

Lo que quisimos ser tiene los mismos ingredientes: se sustenta en los diálogos de su pareja protagonista, es ante todo una historia de amor y, a pesar, de que despierta la sonrisa, no oculta la dura realidad (ni de sus personajes ni del país en el que viven). Alejandro Agresti, que no había dirigido nada desde el año 2015, se pone detrás de las cámaras otra vez para en tiempos de nuevas tecnologías, redes sociales, efectos especiales, drones y cámaras digitales, ofrecer una película anacrónica y revolucionaria.

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Cuando cae el otoño (Quan vient l’automne, 2024) de François Ozon

François Ozon nos vuelve a regalar una buena historia en Cuando cae el otoño.

François Ozon arranca Cuando cae el otoño de una manera absolutamente certera y que define el tono de la película. En una pequeña iglesia, un cura está explicando el pasaje leído, pero el relato de lo que está contando y la explicación es de lo más sensual. Narra cuando María Magdalena se acerca por primera vez a Jesucristo. Y este último dice que a ella le serán perdonados todos sus pecados, porque sabe y es capaz de amar demasiado. La cámara recorre los bancos hasta que se para en el rostro de una anciana, que escucha atentamente las palabras y luego toma la comunión. Una vez termina la película, el pasaje adquiere todo su significado.

Me gusta mucho la capacidad de contar de François Ozon. Cómo según la historia que le late, elige una manera visual de plasmar la trama o emplea un género o varios que encajen para desarrollar todas las claves. Ozon es elegante narrando sus historias y en su última película acentua esta cualidad, además siempre sabe rodearse de una galería de actores que le permiten el desarrollo perfecto de su historia.

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La buena letra (2025) de Celia Rico Clavellino en cuatro pensamientos

Ana no solo mira sino que también escribe… Y con la mirada y la buena letra construye dos historias que colisionan…

La buena letra. Primer pensamiento. Lo íntimo

Ana, la protagonista de La buena letra, prepara a su hija para la primera comunión y le enseña una fotografía de cuando Tomás, su esposo, y ella se casaron. La foto está como velada, apenas se les distingue. Es una imagen que sacó Antonio, el tío de la niña. La cría le dice a su madre que parecen fantasmas. Y eso es lo que son realmente Ana y Tomás. Solo quedan dos fantasmas, ya no son esos jóvenes de antes de la Guerra Civil. Tras la contienda, en plena posguerra, solo quedan dos almas en pena heridas que van desapareciendo entre heridas y traiciones, en silencio.

Si algo ha demostrado Celia Rico Clavellino en sus dos anteriores largometrajes es su facilidad para reflejar un mundo íntimo. Para meterse en los hogares de sus protagonistas y tejer a fuego lento las rutinas y silencios que van construyendo sus historias. Si tanto en Viaje al cuarto de una madre como en Los pequeños amores desvelaba las emociones más ocultas de sus personajes femeninos, madres e hijas que se empeñaban en entenderse a pesar de las distancias y soledades en las que convivían, en La buena letra no abandona el hogar y la casa, el lugar íntimo, pero amplía las relaciones familiares y desvela también en el silencio la historia de las heridas que desgarran.

Ya no viaja solo por las relaciones materno filiales (que también), sino que la cámara filma, siempre bajo la mirada atenta de Ana, las emociones entre dos hermanos (Tomás y Antonio), entre una nieta y una abuela, entre dos cuñadas (Ana e Isabel), entre los esposos, entre Ana y su cuñado Antonio… Y como principal testigo de sus emociones, la casa y los objetos que les rodean. Ese escritorio con sus cuadernos, la vela, las cartas donde Ana crea a un hombre que no existe: ese Antonio ficticio, hermano, cuñado, tío e hijo, que logra no preocupar a una abuela que lo espera y les facilita a ellos mismos construirse una esperanza. La protagonista, con buena letra, levanta una ficción. La realidad será otra muy distinta, de nada sirve la caligrafía exacta.

También esa cocina donde Ana guisa paciente y saca provecho hasta de las cáscaras de naranja. La fotografía velada, el comedor donde se reúnen para degustar los alimentos (aunque sean escasos), esa radio que traerá la música y el baile, esa butaca al sol, la bicicleta…

Pero, como en sus otros largometrajes, la directora explora el mundo exterior cuando es necesario. Para ir dibujando un poco más a esos personajes y en qué mundo viven cuando salen de las cuatro paredes. En La buena letra, el mar está muy cerca, un horizonte al alcance de la mano, pero que los protagonistas dejarán escapar. Allí, en la playa, vivirán los pocos momentos donde pueden atesorar buenos recuerdos o pensar que podrían ir tras ellos. El baño fraternal de los dos hermanos bajo la atenta mirada de Ana, cuando una vez juntos, piensan que las cosas irán mejor. O esa primera comunión de una niña donde se revelan dolorosamente las ausencias, pero donde el horizonte cura un poco la herida o hace por lo menos pensar que es posible alcanzar un destino.

También se alejan de la opresión en ese cine donde se huye de la realidad con actores que cantan y se enamoran. O esa cafetería en la que entran para tomarse un café mirando por la ventana, por qué no, como hacen ya muchos…

Pero otros lugares terminan siendo otras cárceles que les oprimen o les provocan dolor: esas casas que les dan trabajo, pero les quitan dignidad, porque son inalcanzables, porque les recuerdan que son los oprimidos, porque dibujan la traición de los que deciden vivir como los vencedores sacrifiquen lo que sacrifiquen… O la fábrica, que perpetúa que Tomás y otros trabajadores sigan viviendo en la miseria.

La buena letra. Segundo pensamiento. Las heridas

Porque todos los personajes de La buena letra arrastran una herencia. Esa herencia que deja un conflicto bélico, una guerra civil, que no solo bombardea y destroza en el campo de batalla, sino que va minando en una posguerra que no cura heridas, que va enraizando el dolor y dejando una huella profunda para las futuras generaciones. Donde hay vencedores y vencidos y se perpetúa además esa diferencia. O se suben al carro o se quedan en la cuneta.

Celia Rico Clavellino va tejiendo esas heridas y ese drama silencioso que estalla. En su forma de contar, no justifica, solo deja supervivientes que toman distintos caminos para seguir adelante. Unos optan por el egoísmo, por alcanzar lo que nunca tendrían, por enterrar el conflicto y vivir como los vencedores. Otros viven en silencio, sin levantar cabeza, sufren y ven cómo se convierten en muertos en vida, en fantasmas que se desvanecen.

Unos prefieren ser egoístas, no pensar en aquellos que les echaron una mano, vivir sin volver el rostro. Tienen claro lo que no quieren volver a sufrir. Y otros arrastran el silencio y la herida, que no les permite avanzar o levantar la cabeza. Y se hunden en el dolor que no les permite vivir, porque además otros a los que quieren e idealizaron se alejan de ellos para poder ir subiendo escalones sin pensar en quién pisan o dejan de pisar. De nuevo, unos ganan y otros pierden. Y estos últimos quizá terminen aceptando una pequeña concesión, un rayo de sol en la cara.

Los personajes de La buena letra son de nuevo vencedores y vencidos.

No he leído todavía La buena letra de Rafael Chirbes, pero la película sí me ha despertado las ganas de hundirme entre sus páginas y entre las letras de esa narradora que es Ana. Recopilando información, he podido ver cómo la sensibilidad de Celia Rico Clavellino ha llevado a los personajes por unos senderos y lecturas determinadas, construyendo una historia triste donde unos y otros actúan como pueden para salir adelante. La directora aporta un poco de luz, sobre todo a través de la niña, la hija de Ana y Tomás, y no duda en dejar una puerta abierta a la protagonista.

Mientras que Chirbes en la novela, por lo indagado, tal vez ahonde más en cómo las heridas marcan a las generaciones futuras de la familia y no precisamente hacia un futuro con más luz en la cara, sino que sus acciones traen consecuencias. Rafael Chirbes, por lo que intuyo, creo que es más duro con sus personajes, sus destinos y que revela más la lectura política del conflicto bélico y sus efectos.

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Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

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