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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Lubitsch es necesario ahora. No ha sido un fin de semana fácil. Así que este tiempo que dedico a la comedia me permite un respiro, un recargo de batería y energía, una hora y media de dar valor a la carcajada, un rato para relajarme y para retomar después con fuerza la jornada, la incertidumbre y las noticias que tengan que venir. Sí, no es mucho, pero a mí me está sirviendo, y espero que a más gente también.

Y Ernst Lubitsch es uno de los maestros fundamentales de la comedia sofisticada y elegante con su famoso toque. O lo que es lo mismo con su dominio absoluto del lenguaje cinematográfico y del gag visual: el empleo del sonido, de las puertas, las ventanas y los balcones, de los objetos, el uso inteligente de la elipsis…, sugerir, antes que mostrar. Lubitsch ya llevaba a las espaldas una filmografía importante, pero en 1932, en pleno periodo pre code, comenzó la etapa de sus comedias maestras. Y una de sus musas fue Miriam Hopkins. Así la heroína lubitschiana protagoniza dos películas frescas, libres y modernas, que rompen con gracia las convenciones sociales y las relaciones amorosas.

Un ladrón en la alcoba (Trouble in Paradise, 1932) de Ernst Lubitsch

Lubitsch en uno de sus momentos mágicos y visuales, haciendo alarde de su toque.

Ya desde los créditos Lubitsch nos está contando sonora y visualmente la historia. La canción alegre nos anuncia problemas en el paraíso. La primera visión es una Venecia nocturna, y un gondolero que está recogiendo las basuras, aquello que la sociedad no quiere ver. Justamente se está produciendo un robo en un hotel, y un hombre elegante queda tendido en el suelo. Con un travelling exterior, salimos de la habitación del robo y danzamos por distintas ventanas hasta llegar a un balcón, al que está asomado un hombre sofisticado que da instrucciones a un camarero para una velada romántica. Es alguien de la alta sociedad, un barón. Y este pide al camarero que quiere la luna en una copa de champán, y este, diligente, toma nota. Tras el guion de Un ladrón en la alcoba está uno de los colaboradores de Lubitsch (repetiría varias veces junto a él), el guionista Samson Raphaelson.

El barón espera a una dama glamurosa que llega en góndola. Cuando entra en la habitación como aire fresco, preocupada le dice que ha sido vista por un marqués, y que ya será la comidilla de toda la alta sociedad. Le explica que ya está cansada de los de su clase. Él le ríe todo y la mira extasiado. Los dos “representan” un papel como de opereta (como las películas anteriores del realizador) y se divierten. Juegan y entran en el juego del otro. Se cortejan y seducen. Cuando llega, de pronto, un momento mágico y natural, la revelación. Después de que un camarero les informe de un robo en unas habitaciones del hotel, los dos se desenmascaran como si nada, sin inmutarse, cenando. Se confiesan que son ladrones y también su atracción pasional el uno por el otro. Él es Gaston Monescu (Herbert Marshall), el ejecutor del robo en el hotel; y ella es una carterista, Lily (Miriam Hopkins). Y dan rienda suelta, sin perder la compostura, a uno de los gags visuales más divertidos de la película: los dos se demuestran sus habilidades y se roban continuamente el uno al otro. Su relación ha quedado consolidada. La secuencia termina con un cartel en la puerta de que no se moleste a los inquilinos…

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¿Qué es lo que une a Más extraño que la ficción, El cielo… próximamente y Un espíritu burlón? Son tres comedias que indagan en el sentido de la vida y en el más allá. Durante épocas de crisis o de guerra, el cine indaga sobre la vida y la muerte, y nacen películas de corte fantástico como El fantasma y la señora Muir, Su milagro de amor, Jennie, El difunto protesta, La muerte de vacaciones, Liliom…, algunas de ellas en clave de comedia. Los que paseáis por este blog sabéis la predilección de Hildy por este tipo de películas. Por eso en esta serie de Tiempo de comedia, dejo tres más.

Más extraño que la ficción (Stranger than fiction, 2006) de Marc Forster

Más extraño que la ficción, una comedia con mucha poesía sobre la vida.

Cada vez que veo más veces Más extraño que la ficción, más me gusta. Sí, es una comedia melancólica y triste con un personaje gris…, brillante y poético, Harold Crick (Will Ferell). Y nunca mejor dicho, un personaje. Pues Marc Forster cuenta la historia de un inspector de Hacienda solitario que un día oye una voz que está contando su propia vida y que anuncia su muerte inminente e inesperada. Crick lucha desesperadamente por averiguar quién es la narradora y detener su destino. Y para ello busca la ayuda de un profesor de literatura (Dustin Hoffman).

Ante la incertidumbre de esa muerte cercana, Harold Crick empieza a meter el “desorden” en su ordenada y monótona existencia. Se atreve a disfrutar de los pequeños gestos, como comprarse una guitarra, cantar una canción o cuidar más su relación con un compañero de su oficina (algo cercano a la amistad). Y sobre todo se atreve a construir una hermosa historia de amor con una pastelera, Ana Pascal (Maggie Gyllenhaal), a la que le está realizando una inspección de su declaración. Ella es una insumisa de Hacienda. No paga todos los impuestos porque, aunque está de acuerdo y ve que son necesarios los gastos sociales, no apoya contribuir con su dinero a, por ejemplo, la compra de armas. Así que en un principio Crick tiene todas las de perder, la relación empieza desde la confrontación.

Y es conmovedor ver cómo Harold, que ha hecho una de las tareas que le ha puesto el profesor para ver qué tipo de narradora cuenta su vida (dicha tarea es dilucidar si esta es una comedia o una tragedia), corre a comunicarle que su trayectoria es una comedia porque la chica que tanto lo odiaba, ahora lo ama. Pues esa es una de las claves de toda buena screwball comedy.

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Loretta Young y Ray Milland, pareja sorpresa para un buen screwball comedy, El doctor se casa.

Los años treinta y cuarenta fueron las décadas doradas de la screwball comedy o comedia alocada. Y precisamente el año 1940 cosechó grandes películas de este género. Por ejemplo, Luna nueva, Historias de Filadelfia, Mi mujer favorita o El bazar de las sorpresas. Las screwball se convirtieron en un buen antídoto contra la Depresión. Y además de provocar la risa, hacían pensar. Normalmente, siempre solía haber un personaje que ponía patas arriba el mundo ordenado o en un mundo loco entraba alguien cuerdo. El choque y el roce eran siempre motivo de malentendidos, risas y amor, mucho amor. En las mejores screwball había una lectura de clases sociales y una crítica al sistema. También solían ser protagonizadas por fuertes e independientes personajes femeninos, y a menudo estas eran también la “pieza” del desorden. La guerra entre sexos siempre estaba servida. Entre tanta joya alguna ha quedado sepultada, y su descubrimiento es todo un deleite.

Así ocurre con El doctor se casa, también de 1940, una deliciosa y divertida screwball comedy muy olvidada. Su director es Alexander Hall, y no hace mucho dediqué una entrada a una de sus películas más recordadas: El difunto protesta (Here comes, mr. Jordan, 1941). La pareja protagonista son Loretta Young y Ray Milland (él ya había protagonizado una comedia alocada inolvidable: Una chica afortunada, de Mitchell Leisen), seguidos por unos secundarios de oro, algunos asiduos a este tipo de comedias: Reginald Gardiner, Gail Patrick y Edmund Gwenn, entre otros. Young y Milland están deliciosamente divertidos y con una química muy especial. Ella es June Cameron, una escritora feminista de éxito. Él es el doctor Timothy Sterling, que ambiciona una cátedra en la Universidad que le permita seguir investigando sobre las migrañas, además de tener en su cabeza ideas retrógradas sobre las mujeres. Uno de los guionistas es George Seaton, que también dirigiría películas posteriormente. Es más, es recordado sobre todo por una película navideña de culto: De ilusión también se vive. Pero en su filmografía puede encontrarse una interesante película de espías (Espía por mandato) u otra que inauguró el cine de catástrofes (Aeropuerto).

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El profesor Keating dejando su semilla del saber en El club de los poetas muertos.

Razón número 1: Carpe Diem. Por qué me marcó la primera vez que la vi

Me recuerdo en un cine al aire libre, adolescente total, hace muchos años… Un cine de verano en un destino de playa. Y yo totalmente hipnotizada frente a El club de los poetas muertos. En mi oído retumbando una expresión latina: Carpe Diem. Así como su significado: “Aprovecha el momento”. Y repensarla posteriormente una y otra vez hasta ir reconvirtiéndose a lo largo del camino en “vive cada momento con pasión, como si fuera el último”.

Me viene a la mente cómo de toda esa pandilla de adolescentes, me quedé con el más tímido, aquel que no puede expresarse, pero que desea gritar. Y a partir de esta película no he dejado de seguirlo: Ethan Hawke. Me visualizo deseando que se cruzara en mi camino un profesor como Keating (Robin Williams) con conocimientos apetecibles (adoraba la asignatura de literatura) y que me transmitiese tanta pasión por la vida y el saber (y he de decir que unos pocos buenos profesores y profesoras se cruzaron por mi camino de enseñanza —antes y después de la película—, también variso bastante malos). Digamos que El club de los poetas muertos fue de esas películas que en un momento de tu vida ves y no olvidas.

Pero la rememoro también visualmente, sus imágenes se quedaron en mi retina. A Peter Weir ya le puse a partir de aquel momento nombre y apellido. De hecho ya me había fascinado con Único testigo. Luego vinieron La Costa de los Mosquitos (otra película que me dejó huella), Matrimonio de conveniencia (que aumentó mi lista de comedias románticas imprescindibles) o El show de Truman. Poco después descubrí sus primeras películas australianas (alguna me queda todavía por visionar), la primera Gallipoli y luego vendría Picnic en Hanging Rock.

Pero sobre todo El club de los poetas muertos ha quedado vinculada para siempre a dos palabras: Carpe Diem, y a lo que me hicieron pensar en ese momento y ahora.

Razón número 2: Me sigue gustando en todos los visionados que hago

Hay películas que no vuelves a ver porque no surge la oportunidad (o porque es difícil volver a acceder a ellas) y otras que repites en distintas pantallas, dispositivos, formatos… Este último caso es el de El club de los poetas muertos, pues la he visto varias veces (la última antes de realizar este texto). Curiosamente es una película que va cosechando una legión de detractores, y alrededor de ella se han escrito críticas y análisis negativos que también tienen interés y ofrecen otras miradas de dicha obra cinematográfica. Por no seguir hablando de las parodias alrededor de ciertas secuencias como la última (todos subidos a las mesas) o la repetida coletilla: “¡Oh capitán, mi capitán!”. Se ataca su “sensiblería”, el “reflejo falso” de lo que tiene que ser un buen profesor, la “superficialidad” de la propuesta, el “guion flojo y previsible”, que qué tipo de “rebeldía” es la que desarrolla, que es una historia de “niños elitistas y pudientes” en un instituto privado, etcétera, etcétera. Y leyendo los argumentos que se exponen no puedo decir que algunos de ellos no sean ciertos, pero para mí continúa siendo una película que me aporta. No solo me parece que esté bien rodada por Peter Weir o bien interpretada, sino que me cala más profundamente. Hay algo en el interior de El club de los poetas muertos que me llega. Es una película con un corazón que late.

Quizá el secreto esté en cómo refleja ese aplastamiento de los anhelos y sueños a través del poder y la sumisión, instrumentos de un sistema que quiere a todo el mundo de color gris, sin colores. Todo esto plasmado en una América conservadora de los años 50 y en una institución de enseñanza de élite (recinto cerrado) donde sus trasnochados principios: tradición, honor, disciplina y excelencia, son transmitidos a sus alumnos, que serán los que ocupen futuros puestos de poder para continuar perpetuando un mundo no solo gris, sino sin posibilidad de cambio. Tipos que a su vez aplastarán los sueños, anhelos y ganas de cambio y mejora de otros ciudadanos. Y en esa América por supuesto todo lo que huela a sensibilidad, empatía, poesía, rebeldía, cultura, arte, teatro, libros…, todo aquello que haga volar la imaginación del hombre… es sospechoso. Pero ¿solo ocurre en ese instituto de élite y en esa América de los 50?

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Uno de los motivos para amar Missing: Jack Lemmon y Sissy Spacek.

Razón número 1: Basada en hechos reales

Missing empieza y termina con una voz en off objetiva y distante. Primero informa de que es una película basada en hechos reales recientes, explica que hay algunos nombres cambiados y no se especifica cuál es el país donde transcurren los hechos, aunque sí se nombra posteriormente Santiago y Viña del Mar, por tanto no es difícil situarla en Chile, durante el golpe de Estado y los días posteriores. Es decir la odisea de los protagonistas arranca el 11 de septiembre de 1973.

Al final de la película esa voz surge de nuevo ante una imagen impactante de un ataúd deslizándose por la rampa de un avión, y da un carácter más sombrío a la historia. Más cuando la última frase que se ha escuchado del personaje de Jack Lemmon va dirigida al enlace de la embajada americana en Chile y le suelta que se alegra de vivir en un país donde se juzga a tipos como ellos. La voz en off informa de que esto no será así y que no se esclarecerán los hechos ni se juzgará tan pronto a nadie.

Si uno lee atentamente los créditos finales también se fija que la película adapta un libro del periodista Thomas Hauser, que entró en el panorama editorial en 1978 con The Execution of Charles Horman. An American Sacrifice. Luego el realizador franco-griego Costa-Gavras para su debut americano moldea un material sensible que en su momento y en la actualidad todavía remueve (el último juicio referente a los hechos relatados en la película se celebró en 2012). No pasó ni pasa desapercibida, y menos en los nuevos tiempos oscuros que corren.

Así Missing trata sobre las vicisitudes que pasaron Ed Horman y su nuera Joyce para localizar a su hijo y marido, Charles Horman, uno de los desaparecidos en la dictadura chilena. El motivo: Horman era un joven periodista norteamericano que colaboraba en medios progresistas y alternativos y tanto la película como la investigación en la que se apoya apuntan que fue asesinado para ocultar la participación estadounidense en el golpe de Estado. Charles Horman tenía esa información, pues contactó casualmente con militares americanos en Viña del Mar justo en el momento del golpe, y estos compartieron alegremente información con Horman por el mero hecho de que era americano… Y no fue el único americano desaparecido o asesinado, junto a miles y miles de chilenos, la obra de Costa-Gavras refleja también el paradero de otro compañero de Horman, Frank Teruggi.

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Kirk Douglas, así lo quiero recordar.

No podría decir cuál es mi primer recuerdo de Kirk Douglas. Siempre estuvo ahí. Un extraño en mi vida, pero presente en muchos momentos. De hecho para mí ya era inmortal. Como un semidiós. Sin embargo, sabía que continuaba en este mundo. No hace tanto, contó en un libro, con entusiasmo y energía, el rodaje de Espartaco y su lucha contra las listas negras (Yo soy Espartaco).

No podría decir cuál es mi primer recuerdo de Kirk Douglas. Pero sí que me gustaba su pelo alborotado, rojizo. Su hoyuelo. Y esa sonrisa pícara. Quiero despedirme con una imagen tierna, recuperar a ese marinero aventurero y revoltoso, que toca el banjo con una foca en 20.000 leguas de viaje submarino.

Escribió sus memorias. Le gustaba contar historias. Era el hijo del trapero. Un hombre con mucha fuerza. Luchador y cabezota. Y apegado a sus raíces. Cuando se hizo productor, le puso a su compañía el nombre de su madre, Byrna.

Cuando le recuerdo, me viene a la cabeza otro actor con el que hizo bastantes películas, y además eran buenos amigos, Burt Lancaster. ¡Menudo dúo! Los dos de sonrisa amplia, y siempre a punto con una pirueta en el aire. Es más uno de mis recuerdos de la infancia me sitúa en un cine, ilusionada y pasándomelo de lo lindo con los dos en su última película juntos: Otra ciudad, otra ley (Tough Guys, 1986).

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Los pájaros

La cabina telefónica como refugio.

Quién me diría que la cabina telefónica terminaría siendo un elemento urbano del pasado. Y de pronto me entra la nostalgia. ¡Cuántas veces utilicé las cabinas en la calle! ¡Cuántos nervios porque no funcionaba o porque te quedabas sin monedas y veías que se iba a cortar la llamada! ¡Alguna vez llegué a dictar una noticia por una de ellas! Por supuesto el cine tiene cabinas, cabinas míticas.

Siempre que se nombran aquí particularmente nos viene a la cabeza un mediometraje de Antonio Mercero angustioso, La cabina (1972).

Pero tampoco se nos olvida una Tippi Hedren horrorizada, que ve desde una cabina los ataques de los pájaros y que observa cómo intentan también traspasar el habitáculo donde está protegida. Hedren atrapada en Los pájaros (1963)

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Con la muerte en los talones

¿Te vienes a casa?

Hay casas o mansiones en la pantalla de cine, que no olvidas. En unas te quedarías a vivir siempre. En otras preferirías no haber entrado. Son casas con personalidad propia, con vida. Por supuesto, están las clásicas e inolvidables. Hay habitaciones que no se te olvidan nunca.

Hitchcock nos regala varias: la casa de Norman Bates, Manderley, la casa de Atormentada o la maravillosa casa donde vive el villano de Con la muerte en los talones, diseñada por Frank Lloyd Wright.

Si seguimos con el cine clásico, Frank Capra nos ofrece en sus películas casas apetecibles, como esa que se cae a pedazos, pero siempre tiene aires de hogar en Qué bello es vivir o esa donde vive una familia caótica y que se resiste a abandonarla en Vive como quieras.

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Fascinación

Aviso: si no la has visto, y no quieres saber nada, sino mantener el suspense, advierto que cuento prácticamente toda la trama

Michael Courtland (Cliff Robertson), entre alucinado y fascinado (nunca mejor dicho), escucha a Sandra Portinari (Geneviève Bujold), una ayudante de restauración, que le explica cómo debajo de un fresco de la Virgen de Agnolo Gaddi había otra pintura más antigua, una especie de borrador, y que tuvieron que decidir entre restaurar el original, pero sin saber nunca qué había debajo, o ver lo que había oculto. Pregunta entonces a Michael que él qué hubiese hecho. Este contesta que conservar la pintura de Gaddi, y añade “debemos proteger la belleza”. Bien, algo así ocurre con este artilugio maravilloso que es Fascinación de Brian de Palma, donde está esta secuencia. Es mejor dejarse llevar por esta bella y retorcida historia de amor más allá de la muerte y por todo un metraje de ensoñación y nebulosa, que rascar y encontrar lo inverosímil que se esconde tras las imágenes. Algo semejante ocurría con su fuente de inspiración, algo que nunca ocultó Brian de Palma, Vértigo (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock.

Hay películas donde es absurdo emplear la lógica, sino que lo mejor es dejarse fascinar obsesivamente y arrastrarse por sus imágenes escuchando una banda sonora brillante que hace que el espectador se deslice con emoción por cada una de las secuencias. Y es que es Bernard Herrmann, uno de los compositores de cabecera del maestro de suspense, quien creo la partitura para otra historia de amor obsesivo y oscuro. Si además se emplea como plató cinematográfico dos ciudades como Florencia y Nueva Orleans y la luz suave, como de sueño continuo, del director de fotografía Vilmos Zsigmond, se logra alcanzar un estado de hipnosis. Pero es que también, para escapar de toda lógica, la película cuenta con el espíritu atormentado de Paul Schrader en el guion. Schrader se dedica a bajar a los infiernos, para qué diablos quiere ser verosímil.

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Fanny

Fanny y Marius, un amor de juventud con mucha pasión, pero también imposible.

Indagar en los orígenes de una película puede abrir caminos sorprendentes. El escritor y cineasta Marcel Pagnol escribió durante los años treinta su trilogía marsellesa. Las dos primeras partes Marius y Fanny subieron pronto a los escenarios con éxito y narraba las vicisitudes de distintos personajes en el puerto de Marsella antes de la Segunda Guerra Mundial. Ambas tuvieron su propia versión cinematográfica en Francia. César fue la tercera parte y el cierre de la trilogía y, además, se creo primero como guion de cine. Fue el propio Pagnol quien dirigió la película en 1936. Posteriormente, en Broadway en 1954 se creo un musical que adaptaba la trilogía titulado Fanny con canciones de éxito y que tuvo muchas representaciones y un buen recorrido en el escenario. Y llegó por fin 1961, el año en que el director Joshua Logan llevó a la pantalla de cine Fanny con la melodía del musical de fondo, pero sin las canciones, y siguiendo las huellas de la célebre trilogía de Pagnol (con todos los antecedentes y el material original puso todo en un único manuscrito el guionista Julius J. Epstein). Y la maniobra no le salió mal. Logan, en el reparto elegido, cuenta como protagonistas con dos estrellas del cine musical, pero también buenos actores (de hecho no hay ni un solo baile ni una sola canción en todo el metraje, pero ellos están maravillosos): Leslie Caron y Maurice Chevalier, muy bien acompañados por Charles Boyer y Horst Buchholz. Así Fanny es un melodrama con mucho encanto que, en realidad, es un bonito escaparate con muchas historias de amor entre sus personajes. En realidad, es un canto al amor paterno-filial (la relación de César con su hijo Marius, de Panisse con su hijo adoptivo y de Marius con su hijo…), aunque no deja de ser también una oda a la amistad y a un amor juvenil que se vuelve imposible.

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