Nuevo libro: Cuando la devastación nos alcanza. Un recorrido por el cine de catástrofes (Applehead Team, 2026)

Huracán, un melodrama maravilloso de John M Stahl con catástrofe de fondo, ha sido uno de los más bellos descubrimientos que he tenido para la elaboración del capítulo que me correspondía.

Muy feliz de anunciaros un libro colectivo donde servidora escribe un capítulo. Esta nueva publicación es un recorrido breve, pero de lo más intenso, a un género que ha dejado una filmografía de lo más extensa, sobre todo en Hollywood. Y que a su manera cuenta también una historia muy especial del cine y es un reflejo también de la época en que se rodaron.

El libro en tapa dura tiene una sencilla estructura: entre el prólogo y el epílogo de Santiago Alonso (coordinador y editor del libro), donde explica los códigos del género, cuatro capítulos de distintos autores con un bagaje cinematográfico variado: Raúl Álvarez, Yago Paris, Álvaro Peña y la que escribe estas líneas.

En ese recorrido que anuncia el subtítulo, cada capítulo se centra en una época determinada. No hay más que leer los títulos para saber lo que se encuentra en el interior de cada uno. El primero, Desastre y caos, más allá del espectáculo. Antecedentes del género de catástrofes en Hollywood. El segundo, Hollywood ha muerto, ¡viva el cine de catástrofes! La edad de oro. El tercero, La década bisagra. El cine de catástrofes estadounidense de los años noventa. Y, por último, el cuarto, Temblores digitales en la zona cero. El cine de catástrofes después del 11-S.

Como bien se explica en la contraportada del libro, «la sala de cine siempre ha sido un espacio seguro donde podemos enfrentarnos a nuestros miedos, porque nos sabemos a salvo, e incluso nos permitimos disfrutar de ellos. Pocas categorías de películas se ajustan tanto a este hecho como las que cuentan grandes desastres sin escatimar en esplendorosos detalles y medios para plasmarlos, elevando el catastrofismo a la categoría de bella arte.

Cuando la devastación nos alcanza repasa cómo se ha conjugado destrozo, miedo y supervivencia desde los inicios del cine hasta la actualidad, principalmente en Hollywood, ya que ha sido la industria con más capacidad para crear asombrosas imágenes de volcanes en erupción, terremotos que derrumban edificios, aviones de pasajeros en peligro, océanos que arrasan ciudades y demás tragedias colectivas provocadas por el planeta Tierra, la acción del hombre o una combinación letal de ambos».

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Cien años de Marilyn Monroe (y V). La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder / Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston

Para terminar esta serie, nos centraremos en el punto álgido de su éxito como estrella de Hollywood y su vuelo imparable para convertirse en un mito con La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder. La actriz provocaría una verdadera conmoción en las calles de Nueva York durante el rodaje con un vestido blanco de vuelo que se elevaba dejando al descubierto sus piernas. La película recreaba un caluroso verano en la ciudad y su personaje se ponía encima de una rejilla del metro y experimentaba cómo cada vez que pasaba un tren, el viento que se provocaba por la velocidad del transporte, levantaba su falda.

Por otra parte, cerramos el ciclo con su última película, Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston, que mostraba a una actriz en todo su esplendor capaz de construir un personaje dramático lleno de matices y detalles y preludiando un futuro lleno de buenas sorpresas cortado de golpe por el fatal fallecimiento de Marilyn Monroe.

Y en estas dos películas, como siempre, se cruzaban los personajes que la tocaba llevar a cabo con su vida personal, dando una autenticidad brillante y natural a sus interpretaciones.

La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) de Billy Wilder

Un momento mítico que supuso también acelerar su divorcio con Joe DiMaggio.

La tentación vive arriba es interesantísima para analizar lo que supuso Marilyn Monroe en la década de los 50 en Hollywood. Era tal su impacto y su fama, que al final de esta película, Richard Sherman (Tom Ewell), el protagonista, un hombre de mediana edad, que se ha quedado de Rodríguez durante el mes de agosto en Nueva York y que siente un pánico indescriptible a ser infiel y caer en la tentación y perder todo su estatus y zona de confort, pierde los nervios ante la visita de un amigo de la familia, que viene de parte de su esposa, que ha ido a recoger un remo que se ha dejado olvidado su hijo pequeño.

La vecina de arriba, a la que no se le ha puesto nombre propio en todo el metraje, está en la cocina preparando el desayuno. Sherman no puede reprimir toda la verborrea y le dice al amigo alucinado que qué se piensa, que si se cree que tiene en la cocina escondida a la propia Marilyn Monroe… Juega con una fantasía que sería imposible para un americano de clase media de la época, ¡tener a Marilyn en la cocina!, pero, sin embargo, todo el público que está disfrutando de la película sonríe ante la broma, porque el personaje de la vecina de arriba sin nombre propio está siendo interpretado por la mítica actriz.

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Cien años de Marilyn Monroe (I). Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger / El multimillonario (Let’s make love, 1960) de George Cukor

Marilyn Monroe es una vieja amiga de El blog de Hildy Johnson, por eso se merece un buen cumpleaños. La actriz ha aparecido en varias ocasiones por el blog por distintos motivos: un libro, una exposición, un documental o película sobre ella, una reflexión… Y es que servidora siempre ha tenido gran cariño a la actriz desde que de pequeña adquirió en un quiosco una cinta con una recopilación de sus canciones. Con los años el análisis y el estudio de la vida y obra de esta actriz, de la representación de su persona en distintos ámbitos, de cómo ha sido objeto de arte, de literatura, de ensayos, de exposiciones y todo tipo de merchandising han llamado mi atención.

Por eso, antes de empezar esta serie, creo importante explicar qué pretendo con esta pequeña serie de artículos. Lo que deseo es realizar varias sesiones dobles y analizar el legado cinematográfico de Marilyn Monroe como actriz. Muchas veces se ha escrito sobre ella, su figura, su vida, lo que significa, etcétera, pero habitualmente se olvidan sus películas y su trabajo como intérprete. ¿Qué es lo que se ve en sus películas? ¿Aguantan un visionado actualmente? ¿Cómo analizarlas y entender su magnetismo? ¿Dónde radica su magia? Así que será un placer indagar y ver a qué conclusiones llegamos en estas sesiones dobles, donde también veremos algunos aspectos de su vida, siempre que tengan que ver con la película que analicemos.

Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger

Marilyn Monroe y Robert Mitchum se conocieron cuando aún no eran estrellas sino Norma Jean y un Robert rebelde que todavía no sabía que iba a ser actor.

Si hay algo que se ha difundido es que Marilyn no tuvo una carrera versátil y se la encasilló en un único rol, rubia tonta de buen corazón. Incluso en ese rol, en esas rubias de buen corazón, sus personajes mostraban peculiaridades que hacían que ninguna fuese igual. Pero Marilyn mostró en varias ocasiones que podría haber sido una actriz mucho más versátil capaz de llevar a cabo todo tipo de roles. Y precisamente luchaba por ello, por ser considerada una actriz, no solo una estrella con sex appeal, no solo una modelo convertida en actriz, no solo una pin up con la que soñar.

En Río sin retorno, Marilyn es Kay, una cantante de Saloon. Kay es una muchacha fuerte y curtida que solo trata de salir adelante en un mundo hostil y masculino.

Marilyn Monroe con su blusa y vaqueros ceñidos se convierte en aventurera y protagonista de un western de Otto Preminger. Su personaje no es una rubia tonta de buen corazón. Es una mujer fuerte, comprensiva, que trata de sobrevivir y de entender a todos los que la rodean, incluso a esa pareja que tiene, un jugador de poca monta que está desesperado por vivir bien y que claramente la utiliza.

Kay quiere prosperar y tener una vida sin sobresaltos. No la asusta trabajar en lo que sea. Es una chica de Saloon que va con sus zapatos rojos allá donde haya un escenario, un público y una canción que cantar. No tiene suerte en el amor, pero lo intenta.

Se cruzan en su camino un padre y un hijo con los que tendrá que emprender toda una odisea. El trayecto no será fácil por muchos motivos: su prometido, el jugador, no se lo pone nada fácil y no hace más que meter la pata; el padre del niño busca venganza por lo que el jugador les hace; tienen que huir de los indios y también de otros vaqueros indeseables; y la relación con el padre del niño no es fácil y viven momentos muy tensos.

La película es una rareza por varios motivos. Ninguno de los implicados estaban muy motivados por esta película meramente de encargo. Para Preminger fue un reto técnico, además es el único western de su filmografía. Era la primera vez que Marilyn protagonizaba una película de dicho género. Y para Robert Mitchum, como muchas veces en su carrera, era un puro trámite para poder vivir bien.

Esta película buscaba rentabilizar el lanzamiento de un progreso técnico, el famoso Cinemascope, un nuevo sistema de filmación y proyección que permitía ampliar la pantalla en grandes dimensiones. La horizontalidad de la imagen lograba sacar partido de los paisajes y en películas de aventuras, como esta, era todo mucho más espectacular. Esto daba más motivos al público para acudir al cine y disfrutar de un formato que la televisión, que ya ocupaba todos los hogares, no ofrecía.

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Un libro soñado. Tiempo de vivir, tiempo de revivir. Conversaciones con Douglas Sirk de Antonio Drove (Athenaica ediciones, 2024)

Douglas Sirk, un hombre sabio y elegante, es el protagonista de este libro. Antonio Drove juega para el título de su libro con el título de una de las películas más bellas del realizador: Tiempo de amar, tiempo de morir.

Si el nombre de Douglas Sirk está en la portada, este libro va llamar mi atención. Ya lo he dicho en otras ocasiones. De pronto, hay libros con los que conecto irremediablemente. Este lo hace de manera inevitable. El cine de Douglas Sirk ha sido importante para mí. Sus películas son una fuente inagotable de maneras de contar. Su dominio del lenguaje cinematográfico es un deleite. Y cómo a través de un género tan denostado como el melodrama hace una interesante lectura de la vida explica su exquisita y elegante personalidad.

En una de esas librerías con encanto, que tanto me gusta visitar por mi ciudad, la persona que me acompaña me dice que me regala un libro. Veo en la estantería un volumen que ya he perseguido varias veces, que ha vuelto a ser reimpreso, Tiempo de vivir, tiempo de revivir. Conversaciones con Douglas Sirk de Antonio Drove (Athenaica ediciones, 2024), y me digo que esa es una buena oportunidad para conseguirlo.

Es una publicación con mucha historia sobre sus hombros. La primera vez que apareció fue en 1995, financiado por la Comunidad Autónoma de Murcia en coedición con la Filmoteca Regional de Murcia y la Editora Regional de Murcia. El director de cine, Antonio Drove (un gran desconocido para mí), lo publica para que no se pierda en el olvido un trabajo que hizo para Televisión Española a principios de los años ochenta. Grabó una extensa entrevista al director Douglas Sirk en Suiza para ilustrar cada una de las películas que se iban a emitir en un ciclo dedicado al realizador. Una entrevista mítica, que por distintos avatares, no volvió a emitirse e incluso el propio Antonio Drove, tras la publicación del libro, no llegó a tener idea alguna de si todavía existía copia en los archivos de Televisión Española.

Años después, en 2019, vuelve a publicarse. El libro ha tenido distintas ediciones y la última reimpresión de 2024 es la que tengo en mis manos. Leo en la última página, en los agradecimientos del editor, que sí han podido constatar que los capítulos de Directed by Douglas Sirk; es decir, los distintos episodios que recogen la entrevista que grabó Drove, no se han perdido. Ahora sí, por líos burocráticos y entre departamentos, permisos audiovisuales y no sé cuántos inconvenientes, no es posible que sea fácil acceder a dicho material. ¿No sería interesante a partir de toda esta historia y todo el material que se pueda recopilar construir y montar un documental? ¿Es misión posible superar todos los obstáculos?

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Frank Capra y Barbara Stanwyck, en busca de la esperanza

En su interesante autobiografía, Frank Capra, el nombre delante del título, el director italoamericano se deleita a la hora de contar el descubrimiento de la Stanwyck para una película de Columbia, Mujeres ligeras (Ladies of Leisure, 1930). Y nos descubre varias cosas de los dos. La incombustible energía de Capra, siempre con esa disposición a que reconocieran su trabajo, y la timidez arisca de la corista que se convertiría en una gran estrella de cine, reina de las primeras tomas.

Mujeres ligeras supuso la revelación de una actriz que fue adorada en Hollywood. En la autobiografía, Capra es muy crítico con las dos películas siguientes que hizo con la Stanwyck: La mujer milagro (The Miracle Woman, 1931) y Amor prohibido (Forbidden, 1932). Una, porque no se atrevió realmente a dar todos los matices a su personaje femenino (y con la Stanwyck al frente habría podido perfectamente) y la otra por ser excesivamente melodramática. Sin embargo, la cuarta la menciona entre las favoritas de su filmografía: La amargura del general Yen (The Bitter Tea of General Yen, 1932).

Después, reconoce que con la última película en la cual trabajo con Stanwyck consiguió su reparto soñado. Se trata de Juan Nadie (Meet John Doe, 1941), primera vez que descubrí a este tándem tan especial. Es muy interesante leer cómo Capra explica que para él tenía un arranque brutal, así como un buen desarrollo, pero que tuvieron muchos problemas para encontrar un final a la altura de la historia… De hecho, se pregunta si realmente había un final aceptable para Juan Nadie.

Durante estas Navidades he podido hacer este pequeño ciclo con las cinco películas de este dúo especial. Y ha sido una gozada por dos motivos: ciertamente se ve el nacimiento de una actriz, pero se muestra la versatilidad de un director, que con el cine precode enseña lo que ya sabíamos al analizar sus películas más conocidas, que el director sabe mirar el mundo con todas sus contradicciones y una expresa melancolía. A Frank Capra se le dibuja como un director optimista y dotado para la comedia, pero su filmografía es mucho más versátil y su visión del mundo más compleja de lo que parece. Barbara Stanwyck forjará esos personajes femeninos de fuerte personalidad que se convierten en verdaderas supervivientes de un mundo hostil al que tratan de manejar con mayor o peor fortuna.

Mujeres ligeras (Ladies of Leisure, 1930)

El descubrimiento de una estrella en Mujeres ligeras, Barbara Stanwyck,  por Frank Capra, un director que mostraba todo su oficio para contar historias.

Me encanta cómo el director describe su asociación con la actriz en su valiosa autobiografía: «Así empezó mi larga asociación personal y profesional con Barbara Stanwyck. Debajo de su hosca timidez hervían los fuegos emocionados de una joven Duse, o de una Bernhardt. Ingenua, no sofisticada, sin importarle el maquillaje, el vestuario o la peluquería, aquella chica del coro podía aferrarte el corazón y hacértelo pedazos. No sabía nada de los trucos de la cámara: cómo “engañar” a sus rizos a fin de que se viera bien su rostro, cómo restringir sus movimientos corporales en los planos cortos. Simplemente actuaba…, y todos los demás en el plató se quedaban embobados». A lo largo del libro, Frank Capra siempre añora la aparición de una actriz de ese calibre, de realizar un descubrimiento similar.

En Mujeres ligeras, se describe el encuentro entre una joven prostituta y un pintor en busca de inspiración e hijo de un rico empresario. Los dos han escapado de diferentes fiestas: él de una que ha organizado su novia y un amigo en su estudio de pintor y ella de un evento privado en un barco. Cuando la joven se queda dormida en el coche (pues el rico pintor se ofrece a llevarla de nuevo a la ciudad), él cree ver algo en su rostro y le pide que sea su modelo.

El artista quiere captar su esencia y eliminar todas las máscaras. Quiere que ella sobrepase el techo y mire las estrellas. Pretende dibujar con su rostro algo tan complejo como la esperanza. Dos seres desencantados en busca de una esperanza. Él siente una vida vacía y una inspiración que siente que no le llega para culminar un proceso creativo. A ella la vida le ha dado muchos palos, aun así trata de levantarse una y otra vez.

La película tiene todos los elementos de una película precode. Primero, la profesión de la joven protagonista y su compañera de piso (una maravillosa Marie Prevost, actriz con un final trágico) y las conversaciones que tienen ambas sobres sus servicios en cuestión. Después, siempre hay una oportunidad para que estén ligeras de ropa o tengan que bañarse. En un momento dado no se oculta la desesperación de Barbara por las circunstancias que la van rodeando y que tan solo vea como única salida el suicidio. También, se refleja a la perfección la tensión sexual no resuelta entre la prostituta y el pintor cuando ambos tienen que pasar una noche juntos en el estudio.

Frank Capra consigue momentos brillantes, como todas las relacionadas con Barbara en el estudio, en esa terraza, mirando las estrellas o la noche en cuestión de la tensión sexual. También el director cuida a cada uno de sus personajes secundarios, algo que siempre haría a lo largo de su trayectoria, no solo dando importancia a cada uno de los actores que los representaban, sino dándoles su momento. Así aquí pasa con el amigo alcoholizado que va de fiesta en fiesta y apenas duerme, con la madre del pintor o con la amiga de la prostituta. En esta película se produjo otro encuentro fructífero, el del guionista Jo Swerling con Capra y Stanwyck.

El guionista trabajaría varios libretos con la pareja y buscaría siempre unos puntos políticamente incorrectos en estas películas precode que las rodean de un encanto especial. Mujeres ligeras es deliciosa, curiosamente Barbara Stanwyck mantiene a la perfección el carisma de su personaje, aportándole todos los matices necesarios y una transformación preciosa. Sin embargo, su compañero Ralph Graves, actor que trabajó numerosas veces con Capra, no nos deja un galán atractivo ni se nos hace simpático, aunque en determinados momentos sí consigue esa tensión sexual no resuelta.

Mujeres ligeras tiene el leit motiv de la carrera de Frank Capra, esa complicada búsqueda de la esperanza en un mundo hostil.

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Historias veraniegas (2). Camelot, un musical extremadamente romántico

Lancelot, Arturo y Ginebra, los tres protagonistas de Camelot. Los reyes de la utopía y el germen de la destrucción…

Sí, Camelot es un musical extremadamente romántico y también amado, porque cada vez que lo revisito me envuelve primero una alegría sin igual para hundirme después en una tristeza trágica. Así he vuelto hacerlo en una calurosa tarde de verano. Y su visionado me hizo llorar. Camelot es una celebración que después se convierte en una sinfonía de traición, muerte y desolación. Solo queda una especie de esperanza final, porque sobrevive la leyenda. La idea de la utopía.

Lo dirigió Joshua Logan en 1967, un director que siempre ha dejado huella de un romanticismo extremo en las pocas películas que dirigió. Imposible no dejarse llevar por el trotamundos y la joven pueblerina en Picnic, por la cabaretera de poca monta y el vaquero paleto en Bus Stop, por el militar estadounidense que se enamora hasta las trancas de una bailarina japonesa en plena guerra de Corea en Sayonara, por la joven del puerto y el marinero que la abandona en Fanny o ese trío especial que logran cierta convivencia pacífica en el lejano oeste en La leyenda de la ciudad sin nombre.

Camelot, el musical, fue todo un éxito en los escenarios de Broadway. Un libreto de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, que arrasó con sus tres protagonistas: la voz maravillosa de Richard Burton, una jovencísima Julie Andrews y el bello Robert Goulet. Ahí estaban el rey Arturo, Ginebra y Lancelot consiguiendo que el público se empapara con cada una de sus canciones y se sumergieran en ese mundo de leyenda que suponía Camelot.

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Historias veraniegas (1). Rock Hudson, que me llamas cada día

Rock Hudson, bello y viril, me está intentando transmitir que quiere que le escriba un texto…

Si mayo, como os conté, fue un no parar, lo mismo ha ocurrido en junio y julio. Pero ya tenía ganas de empezar mis historias veraniegas y comienzo con mis vicisitudes, porque durante estos meses me ha perseguido Rock Hudson. Creo que quería un texto. Bien se merece la primera historia veraniega. Para que no digáis que os miento y seáis testigos de que estaba pidiendo a gritos esta historia, os contaré que antes de ayer después de muchos días sin poder ver nada (o no quedarme dormida en el intento), me apeteció descubrir Los pequeños amores de Celia Rico Clavellino.

En esta película, una madre y una hija pasan un verano juntas en una casa de campo, precisamente por un accidente que tiene la progenitora, que la deja postrada en la cama. Y, bueno, estaba disfrutando a tope de esta preciosa y complicada relación materno-filial, cuando, de repente, una escena me dejó alucinada. La hija, después de una fiesta nocturna, pasa por el pueblo y se topa con un cine de verano con una pantalla gigante. ¿Quién está ahí? Rock Hudson bailando como si se le fuese la vida, como si no hubiese un mañana, junto a Gina Lollobrigida en Cuando llegue septiembre (1961) de Robert Mulligan. Es más, de pronto, cae una tormenta… y toda la gente del pueblo sale por patas. Y ahí se queda Rock, bailando, en la soledad de la pantalla, bajo la lluvia.

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Don Siegel (Cátedra, 2023) de Joaquín Vallet

El seductor, la obra cumbre de Don Siegel.

«Cuando Don Siegel ponía a rodar las cámaras y gritaba “¡Acción!” siempre cruzaba los dedos. Una costumbre que mantendría a lo largo de su vida profesional y que, en mayor o menor grado, representaba una excepcional inclinación hacia lo fortuito en una persona tan sumamente racional como el cineasta». Me gusta mucho este párrafo, porque define perfectamente la personalidad de Don Siegel. Sí, un tío racional que trabajó toda su vida en un mundo caótico y fortuito como es la realización de películas en los estudios de Hollywood. Nunca se sabía, durante todo el rico proceso creativo de un largometraje, lo que iba a resultar al final ni los obstáculos que encontraría entre medias hasta que el espectáculo pudiese continuar.

La colección de libros de Cátedra, Signo e Imagen/Cineastas (a la que tengo gran cariño), no deja de sacar nuevos volúmenes con interesantes análisis de las filmografías de diversos directores de cine. Distintos autores cinematográficos se ponen frente a un cineasta y sus distintas películas para explicar aquellas características que caracterizan el universo cinematográfico del cineasta. La colección de Cátedra por tanto tiene sentido dentro de la famosa teoría de autor, aquella que pusieron en boga en los cincuenta los críticos de Cahiers du Cinéma, convencidos de que había directores que tenían no solo una manera de rodar, sino que también su obra cinematográfica tenía una coherencia temática, un sentido.

Normalmente, los que he podido leer no solo me han provocado placer, sino que también me han descubierto cosas del realizador en cuestión. No hace mucho salió a la venta el dedicado a Don Siegel y no he podido disfrutarlo más. Su autor, Joaquín Vallet, pasea por la filmografía de Siegel y va buscando con cada largometraje esa coherencia temática. En cada película describe el proceso creativo: por qué Siegel acababa rodándola, el proceso hasta conseguir la versión de guion adecuada, anécdotas del rodaje (muy valiosas para conocer al cineasta), qué aporta esa película al conjunto de la obra del cineasta y características del fondo y la forma que ayudan a entender el valor de dicho largometraje en su filmografía.

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Paul Newman y Joanne Woodward al desnudo. The Last Movie Stars (2022) de Ethan Hawke

Paul Newman y Joanne Woodward en Esperando a Mr Bridge de James Ivory.

The Last Movie Stars es una serie documental de seis capítulos que parte exactamente del mismo material que el libro La extraordinaria vida de un hombre corriente. Una autobiografía (Libros Cúpula, 2022) del que ya escribí en su día. El resultado no puede ser más diferente. Mientras tenía mis «peros» con la publicación, aunque me parecía reveladora en varios aspectos su lectura, la serie ha logrado atraparme totalmente.

Lo que me ocurrió con el libro es que sentía que había material suficiente para haber realizado una publicación muy atractiva e innovadora a la hora de abarcar la vida de un actor. Era necesario abordar un trabajo complejo de selección y estructura de las transcripciones de las entrevistas que grabaron Paul Newman y el guionista Stewart Stern para escribir finalmente una buena biografía del actor. Ahí es donde yo sentí que había predominado quizá la prisa por publicar en vez del cuidado. Había que dar forma a una polifonía de voces de personas que habían acompañado durante toda su trayectoria al actor y conseguir así un libro novedoso, pero ese objetivo a mi parecer no se conseguía del todo.

Con ese material se requería tiempo de reflexión sobre cómo manejar el material y hacía falta mucho cariño. De haber sido así, se podría haber construido un texto de una calidad extraordinaria jugando con el ensayo cinematográfico y la autobiografía. No ocurrió así. Sin embargo, en la serie planteada por Ethan Hawke sí se nota no solo la reflexión para presentar dicho material, sino también el cariño hacia el proyecto. Y no solo eso, también puede advertirse la acertada búsqueda de material audiovisual que acompaña todo este empeño.

Así The Last Movie Stars son seis horas gozosas que giran alrededor de un matrimonio de actores de Hollywood y cómo cada uno abordó su vida y carrera de maneras totalmente distintas: Paul Newman y Joan Woodward. Esa es la idea central de la que parte y así encuentra la estructura perfecta de la historia que quiere contarnos.

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Tres dramas de Katharine Hepburn y Spencer Tracy

Siempre que se habla de amores de cine, se recuerda la historia entre Katharine Hepburn y Spencer Tracy. Da la casualidad también de que ambos protagonizaron juntos la friolera de nueve largometrajes. De esas nueve son más recordadas las comedias, sobre todo: La mujer del año, La costilla de Adán y Adivina quién viene esta noche.

Pero estos actores, estrellas del sistema de estudios y muy carismáticos ambos, protagonizaron también tres dramas con grandes directores, que el público del momento respaldó por varios motivos: por la química que desprendían y porque además era un secreto a voces su historia de amor, pese a que Tracy no se divorció nunca de su primera esposa y madre de su hijos, Louise Treadwell. Pero también porque dos de ellas estaban muy cercanas a las circunstancias históricas y políticas que se estaban viviendo y la tercera en cuestión dejaba ver cierta apertura a la hora de reflejar ciertos temas señalados por la censura (el famoso código Hays).

Sin embargo, hoy en día estos tres dramas no son las películas más recordadas de ambos actores, pero tampoco de sus directores. Dos de ellas hay que contextualizarlas bajo la amenaza de la Segunda Guerra Mundial y otra en plena posguerra y la tercera es un melodrama familiar en el lejano Oeste, mostrando claramente un triángulo amoroso. Por orden cronológico, los tres dramas son La llama secreta (Keeper of the Flame, 1942) de George Cukor, Mar de hierba (The Sea of Grass, 1947) de Elia Kazan y El estado de la unión (State of the Union, 1948) de Frank Capra. Vistas hoy en día sí que es cierto que las tres no son películas redondas ni perfectas, pero no obstante merece mucho la pena su análisis, pues tienen muchas cosas que rescatar.

La llama secreta (Keeper of the Flame, 1942) de George Cukor

George Cukor, Katharine Hepburn y Spencer Tracy contra el fascismo en La llama sagrada.

No es de extrañar que rápidamente trabajaran juntos de la mano de George Cukor, cómplice y amigo de Katharine Hepburn, una vez se conocieron durante el rodaje de La mujer del año. Ella fue musa de muchas de las películas del realizador a lo largo de toda su filmografía.

Cukor se lanzó en aquel momento a rodar una de sus películas que dejan ver que es tiempo de guerra y además transmite un mensaje muy concreto. Para ello se sirve de dos grandes estrellas, Katharine Hepburn y Spencer Tracy, con una química muy especial. La película debe contextualizarse en un hecho muy concreto: el 7 de diciembre de 1941, EEUU, tras el ataque en Pearl Harbor, entra de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Luego no es de extrañar que la maquinaria de Hollywood se pusiera en marcha y proliferara el binomio cine y propaganda para que los espectadores asumieran, apoyaran y entendieran por qué estaban en guerra.

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