10 razones para amar El gran carnaval (Ace in the hole, 1951) de Billy Wilder

Chuck Tatum, el periodista sin escrúpulos, protagonista absoluto de El gran carnaval.

Razón número 1: Kirk Douglas como el periodista Chuck Tatum

El gran carnaval tiene un único punto de vista y es el del periodista Chuck Tatum. Este no es un profesional honesto, no es una persona llena de cualidades, no persigue la verdad ni la excelencia en el trabajo. A Chuck Tatum le conocemos buscando un trabajo en un anodino periódico de provincias en Alburqueque.

Le dice a su director que ha sido expulsado de un montón de buenas publicaciones y que se ofrece por nada. Le explica que tiene problemas con el alcohol y también de faldas. Pero que tiene ambición, olfato y que espera conseguir la noticia que le devuelva el prestigio. Al director le desarma su sinceridad, este es un hombre recto y sabe lo que hace, y ve que Tatum puede dar vida a la redacción si le mantiene a raya. Le contrata. No es fácil empatizar con Tatum, solo cuenta con una vitalidad envidiable, mucha ambición y un olfato para buscar la noticia.

Tras un año en la redacción y ya desesperado por el aburrimiento y el estancamiento, en un viaje hacia un aburrido y rutinario reportaje de una competición de serpientes, para en una aislada gasolinera, tienda de souvenirs y motel, al lado de una montaña. Allí inesperadamente encuentra una noticia. En dicha montaña, hay una cueva donde fueron enterrados los indios con sus enseres personales hace mucho tiempo, hay leyendas y maldiciones alrededor del desértico paisaje. El hijo de los dueños, Leo Minosa, un antiguo héroe de guerra, busca de vez en cuando estos enseres para venderlos, pero en la cueva hay un desprendimiento y se queda atrapado.

Enseguida la mente de Tatum se pone en marcha y convierte su rescate en una noticia de “interés humano” alargándolo todo lo que puede y creando alrededor todo un carnaval y espectáculo a costa de la vida de un hombre. Habrá mucha gente que se beneficie y que le secunde en tan dudosa hazaña.

Kirk Douglas se arriesga y se entrega totalmente a una recreación creíble y veraz de Chuck Tatum. Y se arriesga porque no solo es un protagonista con el que es difícil empatizar, sino que el personaje principal de la película es un hombre sin escrúpulos y lleno de defectos que reaccionará demasiado tarde al circo que ha montado para su propio beneficio. Y se entrega totalmente, porque es imposible no sentirse seducido por su personaje a pesar de arrastrar múltiples defectos. Su interpretación está llena de matices y emociones. No queda sentimiento que reflejar en su rostro y ni un segundo del metraje está quieto o en calma.

Razón número 2: binomio cine y periodismo

Si hay un binomio bien avenido es el de cine y periodismo. Es increíble la extensa filmografía que hay donde los periodistas hacen acto de presencia o son parte central de la trama. También las noticias han sido y son fuente de inspiración para guionistas y cineastas. Este es un estudio inabarcable.

La figura de Billy Wilder es muy interesante en este sentido, puesto que durante el periodo de entreguerras, buscó sustento como periodista. Antes de embarcarse en el mundo del cine en EEUU fue reportero y conoció bien la profesión en su lugar de origen. Ejerció la profesión y daba rienda suelta a la pluma para contar historias y entrevistar a personalidades de la vida cultural del momento.

No hace mucho se publicó en español un interesante libro, Billy Wilder, reportero. Reportajes desde el Berlín de Weimar y la Viena de entreguerras en la editorial Laertes, donde se presentaba una selección de sus artículos.

Después cuando ya voló hacia Hollywood, hacia finales de los años treinta, y fue ganándose la vida como guionista y más tarde como director, el periodismo no fue ajeno a su obra cinematográfica como demuestra El gran carnaval o Primera Plana (The Front Page, 1974), nueva adaptación de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur. Pero también los periodistas están presentes como personajes secundarios en sus distintas producciones como, por ejemplo, en el final estremecedor de El crepúsculo de los dioses.

En El gran carnaval la visión del periodismo y la forma de trabajar y crear noticia de Chuck Tatum desgraciadamente sigue siendo totalmente actual. Es una película que continúa muy vigente y es totalmente demoledora. Cómo actúa Chuck Tatum a lo largo de todo el rescate, la figura del joven fotografo que en un principio no ve con buenos ojos la manera de actuar de su compañero, pero que luego se siente seducido por el éxito y la adrenalina hasta ser testigo de su caída o cómo se comportan los otros periodistas que van llegando al escenario de los hechos dibujan una visión crítica, poco poética e idealizada de la profesión.

No obstante, esta visión contrasta con el maravilloso personaje del director del periódico de provincias (Porter Hall) que cree en que la labor de los periodistas es contar la verdad y muestra también ser un perro viejo honrado que sabe dar oportunidades y creer en sus profesionales. Parece que no todo está perdido y que se puede actuar de otra manera.

Razón número 3: Billy Wilder sin Charles Brackett

El gran carnaval es una película clave en la filmografía de Billy Wilder como director. Durante años había colaborado y trabajado mano a mano con el guionista Charles Brackett. Los dos formaban un matrimonio de éxito. Fruto de su colaboración nacieron películas inolvidables como Días sin huella, Berlín Occidente o El crepúsculo de los dioses (su último largometraje juntos). Pero su matrimonio fue tormentoso y llegó un momento en que ambos decidieron separar sus caminos.

La primera película de Wilder sin Brackett fue El gran carnaval y se jugaba mucho. Para esta película colaboró en el guion con Lesser Samuels y Walter Newman. Y crearon una historia potente, que pasan los años y no pierde ni actualidad ni fuerza.

Sin embargo, fue su primer batacazo comercial, pero Wilder no se amilanó y siguió con buen pulso detrás de las cámaras, contando las historias que quería y trabajando con otros guionistas en cada una de sus películas hasta que en 1957 encontró de nuevo a un profesional con el que crear un prolífico dúo creativo: I.A.L. Diamond… y ya saben, esa ya fue otra historia…

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Sobre Nora Ephron: de libros, anécdotas, películas y otras recetas

Nora Ephron deja su huella en una de las musas de la comedia romántica, Meg Ryan, y que fue la protagonista de varios de sus guiones.

Estas Navidades decidí hacerme a mí misma un regalo de Reyes. En uno de esos días en que me hago una ruta de pequeñas librerías que me fascinan, en una de ellas un libro me llamó, ya lo había hecho en otras ocasiones, pero me había resistido. Un libro de tapa dura, perfectamente editado e ilustrado con cuidado y cariño. Dicho volumen recogía dos de los últimos libros de Nora Ephron, periodista, guionista, novelista, dramaturga y directora de cine. Estos libros son No me gusta mi cuello y No me acuerdo de nada (Libros del Asteroide, 2024). Los dos recopilan una serie de textos con reflexiones, anécdotas, opiniones, recetas, listados…, que dejan al descubierto el personal universo de Ephron, su filosofía de vida. No me pude hacer mejor regalo. Los devoré y de alguna manera noté una fuerte conexión con esas palabras.

También curiosamente durante esas fechas vi la última película de Meg Ryan, también dirigida por ella, que ha pasado sin pena ni gloria y como todo comedia romántica que se precie, mirada por encima del hombro. Yo no solo la disfruté, sino que al final me fijé que Ryan se la dedicaba, y no podía ser de otra manera, a Nora. La película en cuestión se titula Lo que sucede después (What Happens Later, 2023).

Así que como no hace mucho he terminado el libro en cuestión, me he visto pensando en Ephron y en por qué me ha gustado su lectura. Y también he reflexionado sobre su herencia cinematográfica y por qué me gustó Lo que sucede después. Nora Ephron practicaba en su vida algo que creo que es muy sano: reírse de sí misma; convertir en humor las desgracias de la vida. Su propia experiencia vital se convierte en material literario. En ambos libros recoge anécdotas de su trayectoria laboral, de la familia, de sus amores, de sus amistades, de sus gustos culinarios… y por muy dramáticos que sean algunos de estos pedazos cotidianos al final es capaz de que el lector puede dejar asomar una sonrisa e incluso una risa. Siempre se dice que en la mejor comedia hay dolor.

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Frank Capra y Barbara Stanwyck, en busca de la esperanza

En su interesante autobiografía, Frank Capra, el nombre delante del título, el director italoamericano se deleita a la hora de contar el descubrimiento de la Stanwyck para una película de Columbia, Mujeres ligeras (Ladies of Leisure, 1930). Y nos descubre varias cosas de los dos. La incombustible energía de Capra, siempre con esa disposición a que reconocieran su trabajo, y la timidez arisca de la corista que se convertiría en una gran estrella de cine, reina de las primeras tomas.

Mujeres ligeras supuso la revelación de una actriz que fue adorada en Hollywood. En la autobiografía, Capra es muy crítico con las dos películas siguientes que hizo con la Stanwyck: La mujer milagro (The Miracle Woman, 1931) y Amor prohibido (Forbidden, 1932). Una, porque no se atrevió realmente a dar todos los matices a su personaje femenino (y con la Stanwyck al frente habría podido perfectamente) y la otra por ser excesivamente melodramática. Sin embargo, la cuarta la menciona entre las favoritas de su filmografía: La amargura del general Yen (The Bitter Tea of General Yen, 1932).

Después, reconoce que con la última película en la cual trabajo con Stanwyck consiguió su reparto soñado. Se trata de Juan Nadie (Meet John Doe, 1941), primera vez que descubrí a este tándem tan especial. Es muy interesante leer cómo Capra explica que para él tenía un arranque brutal, así como un buen desarrollo, pero que tuvieron muchos problemas para encontrar un final a la altura de la historia… De hecho, se pregunta si realmente había un final aceptable para Juan Nadie.

Durante estas Navidades he podido hacer este pequeño ciclo con las cinco películas de este dúo especial. Y ha sido una gozada por dos motivos: ciertamente se ve el nacimiento de una actriz, pero se muestra la versatilidad de un director, que con el cine precode enseña lo que ya sabíamos al analizar sus películas más conocidas, que el director sabe mirar el mundo con todas sus contradicciones y una expresa melancolía. A Frank Capra se le dibuja como un director optimista y dotado para la comedia, pero su filmografía es mucho más versátil y su visión del mundo más compleja de lo que parece. Barbara Stanwyck forjará esos personajes femeninos de fuerte personalidad que se convierten en verdaderas supervivientes de un mundo hostil al que tratan de manejar con mayor o peor fortuna.

Mujeres ligeras (Ladies of Leisure, 1930)

El descubrimiento de una estrella en Mujeres ligeras, Barbara Stanwyck,  por Frank Capra, un director que mostraba todo su oficio para contar historias.

Me encanta cómo el director describe su asociación con la actriz en su valiosa autobiografía: «Así empezó mi larga asociación personal y profesional con Barbara Stanwyck. Debajo de su hosca timidez hervían los fuegos emocionados de una joven Duse, o de una Bernhardt. Ingenua, no sofisticada, sin importarle el maquillaje, el vestuario o la peluquería, aquella chica del coro podía aferrarte el corazón y hacértelo pedazos. No sabía nada de los trucos de la cámara: cómo “engañar” a sus rizos a fin de que se viera bien su rostro, cómo restringir sus movimientos corporales en los planos cortos. Simplemente actuaba…, y todos los demás en el plató se quedaban embobados». A lo largo del libro, Frank Capra siempre añora la aparición de una actriz de ese calibre, de realizar un descubrimiento similar.

En Mujeres ligeras, se describe el encuentro entre una joven prostituta y un pintor en busca de inspiración e hijo de un rico empresario. Los dos han escapado de diferentes fiestas: él de una que ha organizado su novia y un amigo en su estudio de pintor y ella de un evento privado en un barco. Cuando la joven se queda dormida en el coche (pues el rico pintor se ofrece a llevarla de nuevo a la ciudad), él cree ver algo en su rostro y le pide que sea su modelo.

El artista quiere captar su esencia y eliminar todas las máscaras. Quiere que ella sobrepase el techo y mire las estrellas. Pretende dibujar con su rostro algo tan complejo como la esperanza. Dos seres desencantados en busca de una esperanza. Él siente una vida vacía y una inspiración que siente que no le llega para culminar un proceso creativo. A ella la vida le ha dado muchos palos, aun así trata de levantarse una y otra vez.

La película tiene todos los elementos de una película precode. Primero, la profesión de la joven protagonista y su compañera de piso (una maravillosa Marie Prevost, actriz con un final trágico) y las conversaciones que tienen ambas sobres sus servicios en cuestión. Después, siempre hay una oportunidad para que estén ligeras de ropa o tengan que bañarse. En un momento dado no se oculta la desesperación de Barbara por las circunstancias que la van rodeando y que tan solo vea como única salida el suicidio. También, se refleja a la perfección la tensión sexual no resuelta entre la prostituta y el pintor cuando ambos tienen que pasar una noche juntos en el estudio.

Frank Capra consigue momentos brillantes, como todas las relacionadas con Barbara en el estudio, en esa terraza, mirando las estrellas o la noche en cuestión de la tensión sexual. También el director cuida a cada uno de sus personajes secundarios, algo que siempre haría a lo largo de su trayectoria, no solo dando importancia a cada uno de los actores que los representaban, sino dándoles su momento. Así aquí pasa con el amigo alcoholizado que va de fiesta en fiesta y apenas duerme, con la madre del pintor o con la amiga de la prostituta. En esta película se produjo otro encuentro fructífero, el del guionista Jo Swerling con Capra y Stanwyck.

El guionista trabajaría varios libretos con la pareja y buscaría siempre unos puntos políticamente incorrectos en estas películas precode que las rodean de un encanto especial. Mujeres ligeras es deliciosa, curiosamente Barbara Stanwyck mantiene a la perfección el carisma de su personaje, aportándole todos los matices necesarios y una transformación preciosa. Sin embargo, su compañero Ralph Graves, actor que trabajó numerosas veces con Capra, no nos deja un galán atractivo ni se nos hace simpático, aunque en determinados momentos sí consigue esa tensión sexual no resuelta.

Mujeres ligeras tiene el leit motiv de la carrera de Frank Capra, esa complicada búsqueda de la esperanza en un mundo hostil.

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Tres dramas de Katharine Hepburn y Spencer Tracy

Siempre que se habla de amores de cine, se recuerda la historia entre Katharine Hepburn y Spencer Tracy. Da la casualidad también de que ambos protagonizaron juntos la friolera de nueve largometrajes. De esas nueve son más recordadas las comedias, sobre todo: La mujer del año, La costilla de Adán y Adivina quién viene esta noche.

Pero estos actores, estrellas del sistema de estudios y muy carismáticos ambos, protagonizaron también tres dramas con grandes directores, que el público del momento respaldó por varios motivos: por la química que desprendían y porque además era un secreto a voces su historia de amor, pese a que Tracy no se divorció nunca de su primera esposa y madre de su hijos, Louise Treadwell. Pero también porque dos de ellas estaban muy cercanas a las circunstancias históricas y políticas que se estaban viviendo y la tercera en cuestión dejaba ver cierta apertura a la hora de reflejar ciertos temas señalados por la censura (el famoso código Hays).

Sin embargo, hoy en día estos tres dramas no son las películas más recordadas de ambos actores, pero tampoco de sus directores. Dos de ellas hay que contextualizarlas bajo la amenaza de la Segunda Guerra Mundial y otra en plena posguerra y la tercera es un melodrama familiar en el lejano Oeste, mostrando claramente un triángulo amoroso. Por orden cronológico, los tres dramas son La llama secreta (Keeper of the Flame, 1942) de George Cukor, Mar de hierba (The Sea of Grass, 1947) de Elia Kazan y El estado de la unión (State of the Union, 1948) de Frank Capra. Vistas hoy en día sí que es cierto que las tres no son películas redondas ni perfectas, pero no obstante merece mucho la pena su análisis, pues tienen muchas cosas que rescatar.

La llama secreta (Keeper of the Flame, 1942) de George Cukor

George Cukor, Katharine Hepburn y Spencer Tracy contra el fascismo en La llama sagrada.

No es de extrañar que rápidamente trabajaran juntos de la mano de George Cukor, cómplice y amigo de Katharine Hepburn, una vez se conocieron durante el rodaje de La mujer del año. Ella fue musa de muchas de las películas del realizador a lo largo de toda su filmografía.

Cukor se lanzó en aquel momento a rodar una de sus películas que dejan ver que es tiempo de guerra y además transmite un mensaje muy concreto. Para ello se sirve de dos grandes estrellas, Katharine Hepburn y Spencer Tracy, con una química muy especial. La película debe contextualizarse en un hecho muy concreto: el 7 de diciembre de 1941, EEUU, tras el ataque en Pearl Harbor, entra de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Luego no es de extrañar que la maquinaria de Hollywood se pusiera en marcha y proliferara el binomio cine y propaganda para que los espectadores asumieran, apoyaran y entendieran por qué estaban en guerra.

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Kinuyo Tanaka (I). Pechos eternos (Chibusa yo eien nare, 1955)

Pechos eternos, una buena película para descubrir a Kinuyo Tanaka.

«Vivir no es fácil», le dice el periodista Akira Ôtsuki (Ryôji Hayama) a la poeta Fumiko Shimojô (Yumeji Tsukioka). Y de alguna manera resume la vida de la protagonista de la tercera película de la directora y actriz Kinuyo Tanaka. La realizadora y la guionista Sumie Tanaka se inspiran en la vida de la poeta Fumiko Nakajo (1922-1954) para construir un melodrama elegante e innovador, donde todo fluye. La belleza y sensibilidad de Pechos eternos articulan una obra cinematográfica que narra la historia de una mujer con un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico.

Desde la estructura hasta la construcción de los personajes como la forma de contar la historia revela el oficio de una pionera en la dirección en Japón. La musa de Kenji Mizoguchi una vez que llegó a los cuarenta decidió también ponerse detrás de las cámaras, demostrando un buen manejo del oficio. Sin duda además de construir sus personajes, también se dedicó durante su vida profesional a observar cómo trabajaban los directores que la filmaron desde muy joven: Mizoguchi, Ozu o Naruse y así aprender el oficio.

Pechos eternos es el retrato de una mujer con una vida que no es fácil. Fumiko es presentada como una mujer casada en crisis. En un principio parece protagonista de una vida idílica junto a sus dos hijos pequeños, un niño y una niña. Es joven y bella, además le gusta la poesía y pertenece a un club en Sapporo, donde vive. Su madre y su hermano la quieren y tiene buenos amigos. Es cuando entra en la intimidad del hogar que el espectador descubre el distanciamiento y la crisis matrimonial en la que se haya inmersa. La aparición del marido como nota discordante y fuente de sufrimiento. Poco a poco, Fumiko revela cómo está hundida en un infierno y de qué manera es capaz de plasmarlo en sus versos.

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10 razones para amar El síndrome de China (The China Syndrome, 1979) de James Bridges

El síndrome de China

Razón número 1: Periodismo y cine

El síndrome de China es un ejemplo más de un matrimonio muy bien avenido: periodismo y cine. Desde el cine mudo hasta la actualidad esta pareja continúa dando buenos frutos. Los periodistas siguen siendo personajes llamativos para protagonizar una historia. Esta vez esta película se centra en una reportera de televisión junto a su equipo: un realizador y un técnico de sonido. Los tres están en una central nuclear de California realizando un reportaje rutinario sobre el funcionamiento de la planta cuando son testigos de un accidente nuclear, que parece finalmente controlado. Mientras han sido testigos, en una sala de seguridad, de todo lo que estaba pasando, el cámara, aunque les han dicho expresamente que no podían grabar, deja la cámara funcionando. El conflicto surge, entre otros motivos mucho más graves, porque hay imágenes de un acontecimiento que es silenciado.

La periodista Kimberly Wells (Jane Fonda), presentadora y reportera, es una cara prometedora para la cadena de televisión en la que trabaja. Lo único que el tipo de reportajes que realiza tienen más que ver con noticias ligeras y de entretenimiento que con el periodismo de investigación. Pero la ambición de Wells es llegar a hacer este tipo de periodismo.

El realizador y el sonidista son independientes, vamos autónomos, y tienen menos presiones con los mandamases de la cadena (lo máximo que les puede pasar es que no les vuelvan a llamar), así que tienen claro llevar a cabo un periodismo comprometido. Richard Adams (Michael Douglas) tiene además un posicionamiento claro en contra de las centrales nucleares.

En El síndrome de China se representa el funcionamiento de un canal de televisión, en concreto de un telediario, a finales de los años setenta, antes del boom digital. Con el estrés, los tiempos justos, las consecuencias de los directos, los cortes de conexión, pero también los intereses de las cadenas, las presiones y muchas cosas más que la verdad poco han cambiado.

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Cuatro películas para noches invernales

1. Wes Anderson, homenaje a la prensa escrita. La crónica francesa (The French Dispatch (of the Liberty Kansas Evening Sun), 2021)

Wes Anderson y su amor al periodismo.

La crónica francesa es un delicatessen de Wes Anderson que apuesta por un amor inusitado hacia la prensa escrita en un mundo analógico. Resulta que el director es un amante de The New Yorker, de sus periodistas históricos y sus portadas increíbles, así que en esta película realiza un homenaje a la publicación a través de una revista imaginaria estadounidense, con sede en Francia: The French Dispatch. Las portadas de esta publicación inexistente son otro deleite (y son obra de un ilustrador español, Javier Aznarez) y la película narra los artículos de tres de sus reporteros, como tres relatos cortos, además de facilitar una introducción y un epílogo especial.

Las historias cuentan la extraña peripecia de un convicto con problemas de salud mental, pero con virtudes artísticas en pintura abstracta, un peculiar mayo del 68 francés y la increíble aventura de un secuestro, así como la intervención crucial de un cocinero de la policía francesa. Pero en realidad todo la película queda envuelta en un aire elegíaco, un obituario por una forma de contar y escribir.

Cada uno de los personajes principales tienen rasgos y características de históricos del The New Yorker: Harold Ross, William Shawn, Josep Mitchell, Mavis Gallant, Lillian Ross, Rosamond Bernier, James Bladwin o A. J. Liebling. Cada uno de ellos tiene una personalidad especial. Pero además en su forma de contar Wes Anderson dibuja una Francia cinematográfica con guiños a la cultura popular europea. Así hay ecos de Jacques Tati, la Nouvelle Vague o Tintín. No falta un sensible sentido del humor.

Como siempre, Wes Anderson cuida el diseño de producción y crea un mundo especial habitado por sus criaturas rodeadas de objetos y colores especiales. Son muchos los personajes que pasean por La crónica francesa con el rostro de sus actores habituales (Bill Murray, Adrien Brody, Jason Schwartzman, Saoirse Ronan, Tilda Swinton, Frances McDormand o Edward Norton) u otros nuevos que entran en su universo (Benicio del Toro, Timothée Chalamet, Léa Seydoux, Mathieu Amalric, Jeffrey Wright, Elisabeth Moss…). Al final, La crónica francesa regala una revista con artículos variados y con un estilo cuidado y reconocible.

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Sesiones dobles para tardes de verano (3). Romy Schneider en 3 días en Quiberón / Testimonio de mujer

Romy Schneider, lo importante es amar…

Esta es una sesión doble especial dedicada a la actriz Romy Schneider. 3 días en Quiberón recrea la última entrevista que ofreció para la revista alemana Stern y donde dijo: “No soy Sissi. Jamás lo he sido. Soy una mujer rota de 42 años y me llamo Romy Schneider”. La concedió en un hotel balneario donde estaba recibiendo una cura de desintoxicación.

Un año más tarde estrenaría Testimonio de mujer, su última película. Fue deseo de la actriz que cuando en los créditos apareciera su nombre, la película estuviese dedicada a su exmarido Harry y su hijo David. Harry fue el padre de su hijo David. En 1975 Harry se suicidó y en 1981 su hijo David, con 14 años, tuvo un accidente y falleció. Al año siguiente Romy murió en su apartamento de París. Solo tenía 43 años.

En un artículo de mi colega Irene Bullock en el blog Insertos de cine sobre la película Lo importante es amar, de Andrzej Zulawski, cuenta brevemente su vida con varias claves para entender a Romy: “Hija de dos actores que vivieron sus años de gloria durante la Alemania nazi, Magda Schneider y Wolf Albach-Retty, no tuvo una infancia estable tras el divorcio de sus padres. La joven empezó a triunfar bajo la dirección de su madre y alcanzó la fama mundial con las películas austriacas sobre la emperatriz Sissi, dirigidas por Ernst Marischka durante la década de los cincuenta. Sin embargo, Romy deseaba alejarse de la imagen edulcorada del personaje que le dio la fama y también del dominio de su madre. Así se volvió la hija rebelde que tomó las riendas de su vida sentimental y de su carrera cinematográfica.

París fue su paraíso. Allí conoció a un hermoso joven de mala vida, Alain Delon, para horror de Magda Schneider. No solo vivió libremente una tormentosa historia de amor, sino que dirigió también su carrera y se convirtió en una actriz de fama internacional que trabajó con directores europeos (Luchino Visconti, Dino Risi, René Clement, Jules Dassin, Jacques Deray, Claude Sauset…) y estadounidenses (Orson Welles, Joseph Losey y Otto Preminger). Siempre quiso desmarcarse de Sissi (Visconti le iba a permitir interpretar una Isabel de Baviera muy distinta a la que le dio fama). Por cierto,tampoco llevó bien el pasado de sus padres como actores cercanos al régimen nazi, y por eso, trató de resarcirse en el cine de dicho pasado en películas como El cardenal, El tren o Testimonio de mujer.

Su fama como actriz crecía y crecía, pero su vida sentimental siempre fue a la deriva. Delon la dejó con una carta y unas flores (aunque mantuvieron siempre una fuerte amistad), y después Romy nunca encontró estabilidad en el amor. Durante los últimos años de su vida no solo se le acumularon las desgracias, sino que entró en una espiral autodestructiva que fue minando su salud. Los estragos de los barbitúricos, el tabaco y el alcohol hicieron pronto mella en su rostro. Y a los cuarenta y tres su corazón dejó de latir”.

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Homenaje a Rhonda Fleming. Mientras Nueva York duerme (While the city sleeps, 1956) de Fritz Lang

Rhonda Fleming, espectacular en Mientras Nueva York duerme, junto a Vincent Price.

Un hombre espera que le paguen una entrega a domicilio sin pasar el umbral de la puerta de un apartamento, pero ve en el reflejo de un espejo a una mujer que está colocándose una liga. Su rostro se crispa. Él es un homicida, y los medios ya le han bautizado como el asesino del lápiz de labios (John Drew Barrymore). El espectador tiene claro que esa mujer pelirroja, alta, sensual, bella y con un cuerpo escultural puede ser una de sus víctimas potenciales. El oscuro objeto del deseo del asesino en serie, la que despierta su mente enferma es Dorothy, la esposa del recién magnate de los medios de comunicación, Walter Kyne (Vincent Price). En ese momento, Dorothy está en el apartamento de su amante, Harry (James Craig), un empleado de Kyne, en concreto, el jefe de los servicios gráficos. Y ella es la actriz Rhonda Fleming, una de las tres protagonistas de un reparto coral en Mientras Nueva York duerme.

Y es que uno de los múltiples análisis que permite la película de Fritz Lang es sin duda a través de sus tres personajes femeninos: Dorothy (Rhonda Fleming), Mildred (Ida Lupino) y Nancy (Sally Forrest). Mildred es una ambiciosa reportera y Nancy, la secretaria del director de la agencia de noticias. En un momento crucial de la película las tres coincidirán en el rellano de las escaleras de ese apartamento, y ese encuentro precipitará el final de la película.

Mientras Nueva York duerme cuenta dos historias paralelas: las muertes de un asesino en serie, con desequilibrio mental y una compleja relación con su madre, así como la investigación para atraparlo y la lucha interna que se desata en el interior de un edificio, que alberga un poderoso grupo mediático (un periódico, un canal de televisión, una agencia de noticias…), para lograr un puesto de directivo, tras la muerte del magnate. El hijo del magnate, heredero del emporio, hace competir a sus trabajadores más cualificados para el puesto de director ejecutivo. Aquel que logre la identidad del asesino del lápiz de labios conseguirá subir en su escala laboral. Así se juegan el puesto el mencionado Harry; Jon (Thomas Mitchell), un periodista de la vieja escuela y director del periódico del grupo; y Mark (George Sanders), el director de la agencia de noticias. Todos quieren que les eche una mano el trabajador estrella, el presentador de televisión y escritor Edward (Dana Andrews), que no ambiciona tan alto puesto, pero sí su “situación” privilegiada haciendo lo que le gusta.

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Roxie Hart (Roxie Hart, 1942) de William A. Wellman

Cualquier momento es bueno para que Roxie Hart y compañía se fotografíen para la prensa.

Llevaba detrás de esta película bastante tiempo, pero curiosamente dos acontecimientos han hecho que por fin me decidiera. Por una parte, el blog La chica del parasol blanco, de mi querida Bet, realizó una serie muy interesante sobre películas que recreaban los años 20 y una de sus entradas era Roxie Hart. Por otra, leí hace poco una lista que proporcionó Stanley Kubrick a la revista americana Cinema en 1963 sobre sus diez películas imprescindibles. Y ahí estaba Roxie Hart. Así que me llamó la atención averiguar qué pudo ver Kubrick en ella. Sin embargo, los motivos para verla siempre han sido muchos. Y su visionado me ha hecho ver que no me equivocaba.

Cada vez que me enfrento a una nueva película de William A. Wellman, me doy cuenta de que este director va subiendo puestos en mi lista de favoritos. Y curiosamente navega en el olvido de la memoria cinéfila. Si doy un paseo por el blog, su presencia suele ser siempre gozosa: Gloria y hambre (1933), Barrio Chino (1932), La estrella de variedades (1943), Incidente en Ox Bow (1943) o Ha nacido una estrella (1937). También es el director de una película que todavía no he podido encontrar, pero desde hace años deseo su visionado: Beggars of life (1928), con Louise Brook como una de sus protagonistas. Y por si fuera poco es el director de uno de mis westerns de la infancia: Caravana de mujeres (1951). Aquí en Roxie Hart vuelve a mostrar su dominio del lenguaje cinematográfico y, junto al director de fotografía Leon Shamroy, logra reflejar una historia aparentemente banal y cómica, pero con los ingredientes del buen cine negro. Así nace una película extraña (quizá por ahí va su olvido) en la que todos sus personajes tienen más sombras que luces, pero muy atractiva, que además emplea un tono satírico y crítico hacia los medios de comunicación, el sistema judicial así como hacia la sociedad en sí (y ahí creo que tocó a Kubrick que le quedaba apenas un año para estrenar su sátira política sobre un tema muy serio en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú). ¿Dónde están los ingredientes de cine negro? No solo en la dirección y espléndida fotografía, sino en su estructura. Un personaje que cuenta en off una historia del pasado, los flashback. Su protagonista puede ser una de esas mujeres fatales que puebla el género. Mantiene no solo el suspense, sino también la ambigüedad moral de todos sus personajes. Y un largo etcétera.

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