Nuevo libro: Cuando la devastación nos alcanza. Un recorrido por el cine de catástrofes (Applehead Team, 2026)

Huracán, un melodrama maravilloso de John M Stahl con catástrofe de fondo, ha sido uno de los más bellos descubrimientos que he tenido para la elaboración del capítulo que me correspondía.

Muy feliz de anunciaros un libro colectivo donde servidora escribe un capítulo. Esta nueva publicación es un recorrido breve, pero de lo más intenso, a un género que ha dejado una filmografía de lo más extensa, sobre todo en Hollywood. Y que a su manera cuenta también una historia muy especial del cine y es un reflejo también de la época en que se rodaron.

El libro en tapa dura tiene una sencilla estructura: entre el prólogo y el epílogo de Santiago Alonso (coordinador y editor del libro), donde explica los códigos del género, cuatro capítulos de distintos autores con un bagaje cinematográfico variado: Raúl Álvarez, Yago Paris, Álvaro Peña y la que escribe estas líneas.

En ese recorrido que anuncia el subtítulo, cada capítulo se centra en una época determinada. No hay más que leer los títulos para saber lo que se encuentra en el interior de cada uno. El primero, Desastre y caos, más allá del espectáculo. Antecedentes del género de catástrofes en Hollywood. El segundo, Hollywood ha muerto, ¡viva el cine de catástrofes! La edad de oro. El tercero, La década bisagra. El cine de catástrofes estadounidense de los años noventa. Y, por último, el cuarto, Temblores digitales en la zona cero. El cine de catástrofes después del 11-S.

Como bien se explica en la contraportada del libro, «la sala de cine siempre ha sido un espacio seguro donde podemos enfrentarnos a nuestros miedos, porque nos sabemos a salvo, e incluso nos permitimos disfrutar de ellos. Pocas categorías de películas se ajustan tanto a este hecho como las que cuentan grandes desastres sin escatimar en esplendorosos detalles y medios para plasmarlos, elevando el catastrofismo a la categoría de bella arte.

Cuando la devastación nos alcanza repasa cómo se ha conjugado destrozo, miedo y supervivencia desde los inicios del cine hasta la actualidad, principalmente en Hollywood, ya que ha sido la industria con más capacidad para crear asombrosas imágenes de volcanes en erupción, terremotos que derrumban edificios, aviones de pasajeros en peligro, océanos que arrasan ciudades y demás tragedias colectivas provocadas por el planeta Tierra, la acción del hombre o una combinación letal de ambos».

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Sesiones de verano (y III). Mi propio festival de cine de verano

Durante este mes de agosto, he tenido mi propio festival de cine de verano con varios visionados que tenía pendientes y descubrimientos de clásicos que todavía no había visto. Desde hace años, no me muevo en agosto. Mi ciudad es agradable durante este mes de parón. No solo pude vivir el eclipse en un parque (y me hizo más ilusión de lo que pensaba), hice alguna que otra escapadita gastronómica, alguna que otra celebración, completé lecturas que tenía pendientes y elaboré varios trabajos, sino que no me faltó el cine. No pude acercarme a la sala de cine, y eso que agosto es un mes muy rico en oportunidades cinéfilas, pero sí he tenido la oportunidad de disfrutar de muchas buenas películas en casa.

Mucho cine estadounidense de los setenta

Daisy Miller, una película del Nuevo Hollywood.

Me gusta mucho todo lo relacionado con el Nuevo Hollywood y los setenta, aunque los ecos de cambio ya sonaban a mediados de los sesenta, así que siempre he tratado de ver todo lo que cae en mis manos de esta etapa, pero todavía me quedan bastantes títulos por ver. Y este verano me he empapado de varios de esas películas pendientes.

Me encantó descubrir la ópera prima de Alan J. Pakula, El cuco estéril, una crónica de un amor universitario en absoluto tópico y con una protagonista femenina demoledora en su complejidad (Liza Minnelli).

Luego una de mis grandes pendientes de Peter Bogdanovich, del que prácticamente he visto toda su filmografía, era Daisy Miller, su adaptación de la novela corta de Henry James. ¡Cómo he disfrutado de esta película, más de lo que esperaba! Bogdanovich sorprende con su ligereza en el retrato de Daisy para presentar finalmente un relato cinematográfico melancólico que te golpea fuerte.

Por último, me metí en una de las obras de Paul Schrader que todavía no había visto, Hardcore, uno de sus relatos cinematográficos con antihéroe que baja a los infiernos y encuentra un camino de redención inesperado. Esta vez es un padre de familia profundamente religioso e intransigente que busca a su hija desaparecida y entra en el mundo del cine porno con una mirada muy diferente y totalmente opuesta a Boogie Nights.

Sin abandonar los setenta, revisioné uno de esos grandes éxitos del cine de catástrofes, La aventura del Poseidón. Este cine de catástrofes fue una manera de preservar la herencia y los preceptos del cine clásico en Hollywood y el sistema de estudios, con repartos estelares con actores que estaban emergiendo en la década que se mezclaban con otros que habían reinado en el Hollywood clásico. Productos cinematográficos bien hechos, con buenos personajes y una historia coral con catástrofe de fondo que enganchaba desde el primer segundo.

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Sesiones de verano (II). Espejo de sombras de Felicidad Blanc (Cátedra, Letras Hispánicas, 2026)

Felicidad Blanc, la mujer del pelo blanco, entre sus hijos Leopoldo María y Michi.

Felicidad Blanc se convirtió en un símbolo durante la transición, representando a tantas mujeres que vivieron sus matrimonios bajo el yugo del régimen franquista y luego tuvieron una voz propia que escuchar y donde trataban de encontrarse entre las palabras.

El desencanto, el innovador documental en su momento de Jaime Chavarri, dio a conocer a la familia Panero con todas sus oscuridades incluidas. El largometraje se centraba en las conversaciones entre ellos y en las entrevistas individuales con cada miembro de la familia. Todo formaba un mosaico de una familia que se caía a pedazos pero con momentos de lucidez. Bajo la sombra del fallecido poeta Leopoldo Panero, un poeta de la Generación del 1936 e identificado con el régimen franquista, desfilan su viuda Felicidad Blanc y sus tres hijos Juan Luis Panero, Leopoldo María Panero y Michi Panero.

Para muchos este documental fue el descubrimiento de una mujer peculiar, Felicidad Blanc, con una historia a sus espaldas y una personalidad misteriosa y contradictoria. Una extraña y bella mujer de pelo blanco termina centrando todas las miradas y eclipsando la verborrea culta e incansable de sus tres acelerados hijos.

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Sesiones de verano (I). Cómo disfrutar de La huella (Sleuth, 1972) de Joseph L. Mankiewicz en tan solo cinco pasos

La huella. Dos hombres que no pararán de jugar hasta el final.

Paso 1. El día que juntaron a dos actores británicos

Ninguno de los dos fueron las primeras opciones del reparto de La huella, pero lograron uno de los enfrentamientos más exquisitos y perversamente divertidos en una pantalla de cine.

La huella merece la pena, entre otras cosas, por ver en acción a dos actores británicos con sus técnicas interpretativas en acción. Uno, una leyenda de los escenarios teatrales. El otro, todo un vividor que supo ser versátil en su trayectoria cinematográfica.

El actor shakesperiano por excelencia con el actor espontáneo, seductor y natural. Uno con un exquisito inglés, el otro orgulloso del acento cockney y de sus raíces de clase trabajadora.

Laurence Olivier y Michale Caine.

Lo absolutamente maravilloso del asunto es que sus físicos, personalidades y maneras de emplear el idioma definían totalmente a sus personajes: un solitario y elitista escritor de novelas de detectives y un peluquero londinense, hijo de inmigrantes italianos. La lucha de clases entre ambos está servida.

No ocurrió lo mismo entre los actores, que se apoyaron durante el rodaje, además de admirarse mutuamente y respetar sus respectivos trabajos y técnicas. Colaboraron juntos y eso benefició el resultado, su química funciona. Ambos consiguieron ser nominados en la categoría de mejor actor en la ceremonia de los premios Óscar de 1973.

Laurence Olivier es puro teatro, es dueño del espacio y se mueve como quiere. La vida como escenario. Olivier se explaya.

Michael Caine es frescura, naturalidad y verosimilitud. Caine se contiene y cuando es necesario, estalla.

Paso 2. La vida como un juego hasta las últimas consecuencias

Para el aristocrático, elitista y solitario Andrew Wyke la vida es puro juego.

Él mueve los hilos de sus creaciones literarias, él piensa todo tipo de estrategias para el asesinato perfecto, los policías no son muy hábiles en la resolución del delito, pero sus aristocráticos e inteligentes investigadores llegan hasta el final. El asesinato como obra de arte literaria.

Vive en una mansión aislada rodeado de muñecos autómatas, todo tipo de juegos de mesa y disfraces varios.

Todo vale en los juegos.

Solo hay que conocer unas reglas básicas.

Luego están los trofeos, como su propia mujer o su amante.

A Wyke le gusta ganar, mostrar su astucia y si es necesario humillar al adversario.

Todo es representación en Wyke.

En ese mundo se mueve mejor que nadie, solo que a veces le cuesta encontrar rival.

Alguien que le saque de su propio laberinto y le haga vibrar.

Y eso es lo que ocurre con Milo Tindle, un peluquero metido a empresario y todo un superviviente. Capaz de todo por prosperar, por no acabar en el hoyo y alcanzar la dignidad.

Wyke mete a la fuerza a Tindle en el terreno de juego y hace lo que más le fascina: humillar al adversario. Ese peluquero venido a menos con aires de caballero de pacotilla empieza la partida sin saber que está jugando.

El caballero inglés no puede permitir que un hijo de inmigrantes le arrebate una de sus muñecas, su mujer. Así que se propone aplastar a base de intelecto y mala baba a su contrincante.

Solo que Tindle se convierte en un jugador aventajado. La humillación le hace resurgir de las cenizas y reivindicar que va a ganar la partida a ese petulante intelectual que le hizo caer al abismo y desnudar su propia naturaleza.

No parará hasta vencer, hasta sacar de las casillas al aristócrata y hacer que la venda caiga de sus ojos.

Tindle lo tiene claro, apuesta todo a una carta y se arriesgará a muerte por mostrar con orgullo que el hijo del inmigrante puede desarmar intelectualmente al aristócrata rancio.

No, la vida no es solo representación, también es realidad.

Y ahí Wyke está perdido.

Todo es juego en La huella.

Sí, todo es juego incluso sus títulos de crédito, que juegan también al engaño.

Todo es representación.

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Películas de la semana, sorpresas cinéfilas. La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan/ From Darkness to Light (2024) de Eric Friedler, Michael Lurie / El equívoco (The Hireling, 1973) de Alan Bridges / Recién nacidas (Jeunes Mères, 2025) de los hermanos Dardenne

Ha sido esta una semana de bienvenidas sorpresas cinéfilas. Primero, una de esas películas que no pude ir a ver a una sala de cine y que me quedé en su momento con muchas ganas. Y una vez vista, confirmo que es de esas obras que me tocan y me dejan huella. Luego disfruté de uno de esos documentales reveladores sobre cine que habla sobre una película maldita en la carrera del cómico Jerry Lewis. Con la cabeza en la entrada anterior del diccionario cinematográfico, llevaba tiempo detrás de una película protagonizada por un chófer y esta me ha sorprendido gratamente. Y, por último, he podido meterme de lleno en el último largometraje de los hermanos Dardenne con uno de los finales más bellos que he visto últimamente. Películas y más películas que cada día calman mi hambre de cine.

La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan

Hay una serie de películas que con un punto fantástico y jugando con el concepto del tiempo son verdaderos tratados de filosofía sobre el sentido de nuestra existencia. Y siempre me han tocado la fibra y me han hecho pensar.

En ese conjunto de películas entra de lleno La vida de Chuck, desconozco el relato de Stephen King del que parte, pero la película me ha parecido un ejercicio de sensibilidad que casa muy bien con la incertidumbre de un mundo que se sustenta en lo digital. Sin embargo, los humanos seguimos con nuestra única certeza: todos moriremos. Y con esa certeza tratamos de ir viviendo lo mejor posible con o sin internet ni todas sus parafernalias, que ya descubrimos en el gran apagón de 2025 la debilidad y fragilidad del mundo virtual.

Esta película me hizo pensar en otros largometrajes que en la misma dirección que La vida de Chuck me han marcado de una manera u otra, pues me han hecho pensar en el sentido de nuestra existencia, en nuestro papel, qué hacemos aquí, hacia dónde vamos, qué significamos… Y surgen títulos como Atrapado en el tiempo, Más extraño que la ficción o la más reciente Here>, que adaptaba un magnífico cómic. Son películas para filosofar, pero que además se arriesgan en su manera de ser contadas.

La vida de Chuck cuenta la vida de un hombre, un contable, en tres actos en orden inverso y de una manera muy especial. En esa manera de contar se contiene un mundo apocalíptico, un puro musical y una película de adolescente con casa encantada. Y esos tres actos funcionan maravillosamente para captar el sentido de una vida, para atrapar el momento mágico, para explicar la muerte y la herencia que arrastramos.

La película se sustenta en un verso de Walt Whitman, «Soy inmenso, contengo multitudes» y que aparece desde el primer momento y va adquiriendo más y más significado. Así se habla de los mundos especiales que contenemos cada uno en nuestro interior y que nos definen, que cada ser humano nunca mejor dicho es un universo… Que somos nuestras vivencias, recuerdos, aromas, pasiones, relaciones, risas, heridas, aromas… Nuestra única certeza, una revelación que todos vivimos en algún momento, es la muerte, así que si el mundo nos deja (que mira que lo tenemos difícil), tratemos de vivir lo mejor posible con una idea: «Soy maravilloso, me merezco ser maravillos y contengo multitudes».

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Reflexiones alrededor del documental Grey Gardens (1975) de Albert y David Maysles

Grey Gardens, un documental que me ha impactado su visionado.

Han pasado cincuenta años desde que los hermanos Maysles pusieron su cámara en la decadente mansión de Grey Gardens en East Hampton en el estado de Nueva York. Rodeada de otras mansiones y segundas residencias con vecindario de posición alta, se encontraba esta antigua casa atravesada por un jardín que más bien parecía ya una selva con unas vistas maravillosas al mar. En esa decadente casa vivían desde hacía décadas dos mujeres, madre e hija, que se habían creado un mundo propio entre ruinas.

Estas inquilinas, Big y Little Edie, eran además la tía y la prima de dos famosas estadounidenses que formaban parte de una aristocracia formada a base de papel couché, Jacqueline Kennedy (posteriormente Onassis) y su hermana pequeña Lee Radziwill. Rastreando información por la red de distintos medios y fuentes varias, parece ser que en un principio los documentalistas, que abogaban por poner la cámara e intervenir lo menos posible, observar y conectar con los protagonistas de sus obras, fueron contratados por Lee, la hermana pequeña de Jackie, para documentar su vida desde su infancia.

Ella fue quien les llevó hasta East Hampton y ahí los hermanos tuvieron noticia de las peculiares Bouvier. Los hermanos prefirieron prescindir de su millonaria y privilegiada mecenas y lanzarse a documentar la personalidad de esas dos ovejas negras de la familia. Así nació Grey Gardens (1975).

Un documental que ha tenido vida propia desde entonces y que a partir de él se han derivado diversas obras. Es más, hay un culto alrededor de las Edie, ambas ya desaparecidas, y de esa mansión que ha ido pasando por distintas manos y reformas.

A partir del documental de los Maysles nació, por ejemplo, un musical; una película sobre las Edie encarnadas por Jessica Lange y Drew Barrymore y otros dos documentales, uno centrándose en la figura de un joven manitas, que ayudaba a las mujeres en tareas de mantenimiento, que aparece en distintas ocasiones en Gray Gardens y que Little Eddie llama el fauno de mármol (El fauno de mármol de Gray Gardens de Jason Hay y Steve Pelizza, en 2011) y otro que dirigió en 2006 Albert Maysles con descartes del mítico documental que rodó con su hermano titulado, The Beales of de Grey Gardens.

Llevaba tiempo detrás del documental original y, por fin, he podido verlo. Mentiría si no dijese que me ha impactado su visionado y que reconociendo mi incomodidad ante lo que estaba viendo no pude apartar la mirada de Grey Gardens. La incomodidad (y soy consciente de que soy contradictoria, pues nada más fácil que ante lo incómodo que dejar de verlo) venía provocada por ese asalto a una intimidad de dos mujeres con una realidad tan frágil, oscura, compleja y decadente.

Aunque curiosamente, las Edies no solo consienten y parecen encantadas de que se las filme, se las escuche y puedan expresarse ante las cámaras, sino que además transmiten un peculiar mundo que ellas mismas han creado a través de sus ropas, sus rituales, su manera de hablar y contar historias pasadas, sus canciones y bailes, sus discusiones, su alimentación, relación con los animales o con las pocas personas con las que se relacionan.

Los hermanos Maysles no contextualizan, ni dirigen una entrevista a ambas damas, sino que ruedan y escuchan. Tan solo nos sirven de guía unos cuantos recortes de periódicos donde se nos dice de quién son familia y que se ha intervenido no hace mucho en esa casa en ruinas para no expulsarlas del vecindario por las condiciones insalubres en las que viven.

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Sesiones de verano (y 6). Días de canícula y películas

Mi postre favorito, una película iraní que ha servido para una buena sesión de verano en una sala de cine.

Durante este mes de verano, he disfrutado de buen cine. Llevo unos años que no salgo fuera en agosto, sino que me quedo en mi ciudad. Casi todos los días suelo ver una película y como siempre trato de ser lo más ecléctica en mis elecciones. No he dejado de recuperar producciones de los ochenta y noventa de las que tengo un buen recuerdo, pero también intento ver aquellas que se me pasaron en la época. Por supuesto, no faltan los clásicos (he revisitado y he descubierto alguno que nunca había visto). Tampoco he desperdiciado alguna visita a la sala de cine (aunque no han sido todas las que hubiese querido)… Y también procuro visionar aquellos estrenos (que son muchos) que se me escaparon durante este año.

Por otro lado, intento disfrutar con otra de mis pasiones, como leer libros sobre cine. Esta vez con placidez y lentitud estoy leyéndome un libro exquisitamente documentado y que me está proporcionando conocimientos sobre un director inédito para mí: Hiroshi Teshigahara. A raíz de su lectura, he visto la única película a la que de momento he podido acceder, La mujer de arena. De su autor, Antonio Santos, ya había leído dos ensayos que me emocionaron sobre la utopía y distopía en el cine.

El libro en cuestión es Jardines de piedra. Hiroshi Teshigahara. Cine, roca y bambú, que muy pronto visitará de nuevo este lugar. Estoy ya a punto de adquirir dos libros de amigos blogueros y empaparme de ellos. No he tenido tiempo hasta ahora, pero me hace muchísima ilusión: desde Tren de sombras, un libro sobre Ozu; desde El gabinete del doctor Mabuse, un buen listado con reseñas estoy segura que brillantes de cine mudo.

Abordo ya la última semana de agosto, con este texto que supone el final de estas sesiones de verano con un resumen de casi todo lo vislumbrado desde finales de junio. En cuanto películas, además de las señaladas en las distintas sesiones de verano, la variedad de propuestas es la clave. Desde que empecé con Cónclave, he visto casi cincuenta películas. Ahora como usuaria de Letterboxd (Hildy_Johnson_) y su diario no se me olvida ninguna. Me encanta poder acceder al listado de todo lo visto.

Había varias que las tenía muchas ganas: la misma Cónclave (Edward Berger, 2024), Heretic (Scott Beck, Bryan Woods, 2024), Anora (Sean Baker, 2024), Being Maria (Jessica Palud, 2024), Ghostlight (Alex Thompson, Kelly O’Sullivan, 2024), Sorda (Eva Libertad, 2025), Riefenstahl (Andres Veiel, 2024), Maria (Pablo Larraín, 2024), Materialistas (Celine Song, 2025), Mi postre favorito (Maryam Moghadam, Behtash Sanaeeha, 2024) y Weapons (Zach Gregger, 2025). Procuraré dedicar una frase a cada una (sin incluir las ya reseñadas) que resuma que han supuesto para mí.

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10 razones para amar Luna de papel (Paper Moon, 1973) de Peter Bogdanovich

 

En Luna de papel, los libros siempre presentes.

Razón número 1: Luna de papel con el día del libro

Con Luna de papel, hoy celebraremos uno de los días más bonitos del año. Así que mencionaremos algún que otro libro. Primero, la película de Peter Bogdanovich partía de un libro publicado en 1971, Addie Pray, de Joe David Brown. Este contaba en primera persona a través de la voz de una niña estafadora sus vivencias en la época de la Depresión junto a Moze, un hombre que podría ser su padre.

El guion de Alvin Sargent, más algunas intervenciones de Bogdanovich (y también de Polly Platt, de la que hablaremos más adelante), respetaría a algunos de los personajes, pero con otros no contaría para armar su historia; jugaría también con la edad de la niña (para adaptarse a la de la actriz elegida) y se centraría más en la relación entre sus dos protagonistas, eliminando alguna de las tramas y estafas que aparecían en la novela, así como cambiaría el final. Además de la película, la novela daría para más. Un año después la cadena ABC realizaría una serie donde la niña sería interpretada por Jodie Foster.

Segundo, la película juega con un gag, una de las estafas que llevan a cabo estos supuestos padre e hija (nunca se llega a aclarar del todo si realmente el vínculo es biológico) tiene que ver con un libro al que nunca le faltarán nuevas ediciones, reimpresiones, estudios, ensayos y demás. Addie descubre como Moze lleva en un baúl un arsenal de biblias. Se dedica a llamar a las puertas de viudas que han perdido a sus maridos recientemente y este les dice que sus hombres le habían encargado una biblia personalizada con su nombre. Su hija, una niña lista, le perfecciona la estafa, pues es una buena observadora y psicóloga sobre los posibles de las víctimas.

Razón número 2: padre e hija, ficción

Uno de los puntos fuertes de la película es la relación entre Moze (Ryan O’Neal) y Addie (Tatum O’Neal). Sobre todo es una relación que se basa en lo gestual y en las miradas, así como en las discusiones que tienen desde que se conocen. Discuten más que conversar… Luna de papel cuenta el nacimiento y la consolidación de un vínculo. Tanto Moze como Addie no solo aprenden a convivir juntos, sino que hacen un buen equipo de supervivientes y se cuidan el uno al otro (la niña saca de más de un embrollo a Moze).

No hay ni una lágrima, ni un beso o abrazo, pero su conexión logra emocionar con pequeños detalles. Es un vínculo que va creciendo hasta que uno y otro se complementan en la carrera por la supervivencia. Moze nunca pierde su aura de perdedor y fracasado, pero siempre logra ponerse en pie. Y Addie deja a la vista su inteligencia, sus heridas y complejos, así como sus dotes para la supervivencia, protegiendo más de una vez a su imperfecto acompañante.

En la relación de Moze y Addie hay ecos del vínculo que conseguían Charlot y su pequeño compañero en El chico o también la del exboxeador y su hijo en El campeón de King Vidor, aunque estas dos sí recurrían magníficamente a lo trágico y era imposible contener las lágrimas. Uno de los aciertos de Luna de papel es que nunca sabemos si realmente Moze es el padre biológico de Addie, aunque posibilidades hay.

El vínculo de padre e hija, uno de los secretos de Luna de papel.

Razón número 3: padre e hija, realidad

En los extras del dvd de Luna de papel hay un bonito making off de la película donde se puede disfrutar de varias tomas falsas y de secuencias de cómo se desarrolló el rodaje. Y se nota una química bonita durante las escenas entre Ryan y Tatum. De hecho, se parten de risa cada vez que la niña se equivoca y hay que repetir la toma.

Pero Tatum no tuvo una infancia fácil ni la relación con Ryan fue idílica. Cuando sus padres se divorciaron, ella tenía cuatro años y la estancia con su madre fue una pesadilla por muchos motivos (malos tratos y abusos). Tatum terminó viviendo con su padre, que tampoco contribuyó a su estabilidad emocional. Además Luna de papel se convirtió en un fenómeno y la niña fue galardonada con un óscar a temprana edad. Todas estas circunstancias no le facilitaron una buena infancia.

Según Tatum, su padre tampoco quiso responsabilidades según fueron pasando los años, pues dio más prioridad a su carrera y a sus relaciones de pareja. Todo se complicó más cuando empezó su historia con Farra Fawcett. Así que Tatum a los 14 años no podía contar con ninguno de sus progenitores. Tampoco mantuvo su carrera cinematográfica. Y sí arrastró varias adicciones. Tatum O’Neal es una de esas niñas prodigio en Hollywood que protagonizó una de esas tantas historias de juguetes rotos. Estuvo largos periodos de tiempo sin relacionarse con su padre, protagonizaron algunos acercamientos, pero nunca lograron perdonarse.

Nadie lo diría viendo la química tan bonita y especial que se siente y se nota en cada uno de los fotogramas de Luna de papel y en esas tomas descartadas en las que se ve a una niña realmente ilusionada y segura de trabajar junto a su padre, así como a un Ryan divertido y paciente con los fallos de su hija.

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Sesión doble de Bryan Forbes. Plan siniestro (Séance on a Wet Afternoon, 1964) / Las esposas de Stepford (The Stepford Wives, 1975)

El universo de Bryan Forbes como director y guionista indaga en las zonas oscuras y ambigüedades de sus personajes con una visión pesimista del ser humano, pero siempre dejando ver su capacidad de supervivencia. Forbes no se pasea por la zona de confort y sus películas se mecen en la incomodidad.

Plan siniestro (Séance on a Wet Afternoon, 1964)

Bryan Forbes y su universo oscuro e incómodo en Plan siniestro.

Plan siniestro abre y cierra con dos sesiones de espiritismo, donde la figura central es Myra (Kim Stanley), la médium. Myra es un personaje femenino complejo, pues nunca sabemos si es una fría farsante, si es una persona con graves problemas de salud mental y aires de grandeza, si es alguien marcada por un fuerte trauma, si realmente tiene ese don de comunicarse con el más allá o si se enfrenta día a día con los fantasmas y uno muy cercano domina su vida. De una sesión a otra, hay una historia, pero Myra continuará siendo un enigma.

Esta historia es brutal e inquietante (que se disfruta más si no se sabe nada de la trama), porque Myra además vive una relación de absoluta dependencia emocional con su esposo Billy (Richard Attenborough), un hombre apocado y enfermizo (con un asma que le impide trabajar), que termina siempre arrastrado por todas las decisiones de su mujer, tampoco sabemos si llevado por la debilidad o por un amor desesperado y mal entendido.

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Redescubriendo clásicos (2). Un hombre (Hombre, 1967) de Martin Ritt / Un hombre de hoy (WUSA, 1970) de Stuart Rosenberg

Un hombre y Un hombre de hoy, dos de las películas más desconocidas de Paul Newman, las rodaron dos directores que repitieron varias veces con él: Martin Ritt y Stuart Rosenberg, ambos de mentalidades progresistas capaces de realizar películas políticas de fuerte impacto. La de Ritt es redonda, la de Rosenberg tan solo es un boceto de lo que podría haber sido. Ambas son muy ricas en el análisis que se puede ofrecer.

Un hombre (Hombre, 1967) de Martin Ritt

Hombre, el personaje de Paul Newman, se convierte en líder improvisado de un grupo de personas muy variopintas.

Un hombre recuerda a un referente literario que ya pasó en su momento por el western. Me refiero a ese inteligente cuento de Guy de Maupassant, Bola de sebo, que fue también inspiración para John Ford y La diligencia. La película de Ritt también refleja un viaje en diligencia de personas muy diferentes entre sí, entre ellos hay un paria que terminará sacrificándose por todos.

El paria es John Russell (Paul Newman), que fue secuestrado y criado por apaches siendo niño, y cuando fue adoptado por un hombre blanco, este prefirió volver con los indios al no compartir la forma de vida «civilizada» ni la manera que tiene de tratar «su gente» al pueblo que lo ha criado. Vuelve de nuevo a la civilización cuando su padre adoptivo le deja en herencia una casa de huéspedes, que este decide vender para comprar caballos, a pesar de que ya le han avisado de que debido al progreso (trenes y otros medios de transporte), el negocio de los caballos no va a ser muy boyante.

Una vez se formaliza la venta, desea regresar de nuevo para adquirir sus caballos, y decide montar en una diligencia, un servicio a punto de desaparecer, que ha contratado un rico matrimonio. Él (Fredric March) es un agente de la reserva india que se ha aprovechado y ha robado todo lo que ha querido y su esposa (Barbara Rush) conoce perfectamente los tejemanejes de su marido y lo sigue.

Hay otros viajeros que deciden aprovechar el viaje. Está el único amigo de John, el conductor mexicano de la diligencia (Martin Balsam); la mujer que regentaba la casa de huéspedes (Diane Cilento), que tiene que buscarse de nuevo la vida en algún otro lugar; un joven matrimonio que buscan sobrevivir y cambiar de aires en algún sitio (Peter Lazer y Margaret Blye) y un misterioso hombre con pinta de matón (un magnífico Richard Boone). Este hombre nada más llegar a la posta, crea además una situación incómoda, pues trata de arrebatar el billete a John, que ni si inmuta, pero sale en su defensa un soldado, que no solo se queda sin billete, sino que nadie levanta un dedo por él. Ni siquiera John, que prefiere no comprometerse con nadie.

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