La casa de la colina (The House on Telegraph Hill, 1951) de Robert Wise

La casa de la colina, toda una sorpresa de Robert Wise.

La casa de la colina es toda una sorpresa en la filmografía de Robert Wise, un director que dominaba a la perfección el lenguaje cinematográfico y con varias joyas desconocidas y olvidadas en su obra. Creo firmemente que necesita una revalorización de sus películas.

La casa de la colina tiene un duro prólogo que presenta a la heroína de esta historia, Victoria, una mujer polaca a quien los horrores de la Segunda Guerra Mundial le arrebatan la vida y termina en un campo de concentración. Una fotografía de boda con ella radiante y feliz en llamas le sirve a Wise para resumir la destrucción de su cotidianidad. Ella se vuelca en sobrevivir y en ayudar a Karin, una mujer a la que conoce en esas adversas circunstancias y que, antes del horror, pudo mandar a su hijo pequeño a EEUU con su tía. Karin desea vivir y reunirse de nuevo con su pequeño. Pero le es imposible alcanzar su sueño, muere. Victoria entonces sola y desolada en el mundo, ve una posibilidad de construirse una nueva vida y toma la documentación de la fallecida para suplantar su personalidad.

Todo esto la llevará a la casa de la colina del título en la ciudad de San Francisco. Victoria es una mujer que arrastra heridas y vivencias que no podrá olvidar, pero está dispuesta a sobrevivir. En EEUU, su situación no es fácil y además le pesa construir su nueva vida en torno a una mentira. Sin embargo, suplantará totalmente a Karin e incluso reclamará a su hijo, un niño que tiene ya nueve años. La vieja tía de su amiga, una mujer fuerte y con un importante patrimonio, ha fallecido y el niño tiene un tutor legal, Alan, un familiar lejano (por parte del marido, también fallecido, de la tía).

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10 razones para amar Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock

A Bet, que viva Hitchcock y el amor al cine. Por doce años de diálogo ininterrumpido.

Razón número 1: certeza

Con la muerte en los talones. Una de las puertas de entrada de mi amor al cine.

Una de las películas que sé con certeza que afianzó mi pasión por el cine fue Con la muerte en los talones. El colegio donde yo iba de niña, finales de los años setenta y los ochenta, lo llevaban unas hermanas misioneras (muy unidas a Madagascar) que en el centro escolar experimentaban con las pedagogías más innovadoras y modernas. Sí, era una mezcla curiosa y extraña, pero era así. A su favor he de decir que nunca sentí que me adoctrinasen o dirigiesen en lo religioso más de lo que ya suponía estar en un colegio de monjas y sí, sin embargo, me proporcionaron una atención a todo lo que tenía que ver con las injusticias sociales.

Pues bien, parece ser que la directora del colegio en aquellos años era tan cinéfila, que ver cine era una de las actividades asiduas que se organizaba para las alumnas del centro. Así que siempre venía un proyeccionista y en un salón de actos enorme con una pantallaza enorme, nos pasaban películas. Y una de sus favoritas debía ser Con la muerte en los talones, pues la vi en el colegio más de una vez.

Me recuerdo totalmente atenta, enganchada y maravillada con esta película. Me encantaba antes de saber quién era Alfred Hitchcock. No me importaba que repitiesen la proyección en más de una ocasión. No podía apartar la mirada de la pantalla y siempre me dejaba arrastrar por la historia de ese señor que le confundían con otro y se metía en un gran lío que cada vez se enredaba más, pero sin perder nunca el sentido del humor.

Razón número 2: Cary Grant, el héroe fascinante

Siempre hay una frase que se dice pronunció Alfred Hitchcock refiriéndose a Cary Grant, uno de sus héroes favoritos (el actor trabajó en cuatro de las películas del maestro del suspense: además de la mencionada, Sospecha, Encadenados y Atrapa a un ladrón), y dice algo así como que podía actuar con un huevo podrido en la cara y seguiría pareciendo fascinante. Y esa frase podría aplicarse perfectamente a su personaje de Roger O. Thornhill. Este publicista creativo, elegante, divertido, bastante desastre en su vida sentimental, con una relación de lo más curiosa con su madre, pero que sabe manejarse perfectamente en la jungla de Nueva York por un malentendido se verá inmerso en una historia trepidante.

Thornhill durante todo el metraje mantiene la dignidad intacta con su traje sastre, corbata y camisas blancas. Su pelo negro e impecablemente peinado. Da absolutamente igual que le emborrachen, que traten de asesinarle en un campo desierto con una avioneta fumigadora, que tenga que correr y escapar de todas partes, que se llene de polvo o se caiga, él continúa impecablemente divertido y elegante.

Y es que Thornhill, hombre creativo y sagaz, se adapta a su nueva circunstancia de falso culpable, perseguido por malos y policías y solo ante el peligro. Siempre tiene ideas e ingenio para salir adelante y una increíble capacidad para reírse de sí mismo y de todas las desgracias que le acontecen, sin perder su sex appeal e incluso enamorarse. Es como si tuviese la seguridad, a pesar de estar siempre al borde la vulnerabilidad de un hombre caído, de que conseguirá salir adelante. Con 55 años y siempre reinventándose desde que pisó Hollywood, su Thornhill rezuma vitalidad, sensualidad, diversión, glamour y distinción. Cary Grant sabe utilizar su vis cómica, sus cualidades de galán, su impresionante complexión física, así como sacar la seriedad cuando es necesario para dar forma a un gran personaje.

Archibald Alexander Leach se formó en el vodevil puro y duro; después durante sus primeros años en Hollywood, durante los años 30, fue trabajando el convertirse en Cary Grant. De hombre objeto y puro deseo a comediante sofisticado hasta alcanzar la cima y convertirse en uno de los actores más populares con su elegancia por bandera ya fuese en comedia, película de acción o drama.

Razón número 3: espías

Con la muerte en los talones. En el cine de Hitchcock no faltaron los espías en numerosas ocasiones.

El cine de espías es un género que ha dejado una ristra de películas inolvidables. El espía puede ser un mero funcionario gris del gobierno para el que trabaja con muchas horas de tiempos muertos, bailando siempre en un difícil equilibrio de conflictos y cuestiones morales, sacrificios personales, y una vida de compromiso (muchas veces por motivos equivocados) nunca recompensada… O también un héroe creado para el puro entretenimiento, hombres o mujeres de acción, sin preguntarse moralmente lo que hacen, sino superando obstáculos, venciendo a los malos, probando todo tipo de artilugios y avances tecnológicos y apelando a la adrenalina y emoción del espectador.

Curiosamente, Alfred Hitchcock tiene en su filmografía varios títulos de espías y representa a los dos perfiles en una misma película. En Con la muerte en los talones, Cary Grant, en plena Guerra Fría, se ve envuelto en una trama de espionaje con dobles agentes que da un vuelco a su vida. Si bien él se ve obligado a mantener un papel inesperado de espía de acción, también vemos el otro tipo de espía gris y que trabaja para el gobierno en el personaje del profesor (Leo G. Carroll), cerebro de la trama para pillar al malo malísimo Phillip Vandamm (James Mason).

Como era habitual en Alfred Hitchcock sabe cómo enganchar al público en sus tramas y hacer trepidantes las películas de espías que durante su filmografía fueron muchas. Recordemos títulos para un buen ciclo hitchcockiano de espías y una manera de redescubrirle: Los 39 escalones, El agente secreto, Sabotaje, Cortina rasgada o Topaz… En algunas de ellas hay ingredientes que se repetirán y estarán presentes en Con la muerte en los talones: un emplazamiento impresionante para la secuencia final, un falso culpable, tretas creativas del protagonista para huir del enemigo, la rubia que se convierte en cómplice para bien o para mal…

Razón número 4: temas hitchcockianos

Si François Truffaut le reivindicó como autor es porque sin duda cuando se analiza la filmografía del maestro del suspense pueden verse un montón de temáticas y formas de contar sus historias con dominio del lenguaje cinematográfico que dejan la huella de la creatividad especial de Hitchcock. Con la muerte en los talones no es la excepción. En una de sus películas más entretenidas y populares (algo que no descuidaba nunca el director), está su huella como autor. Veamos tres firmas de su autoría, sobre todo en el terreno temático.

La presencia de las madres de los protagonistas y esas curiosas relaciones materno-filiales que siempre deja el realizador británico. En Con la muerte en los talones está en clave de comedia. De hecho, todo el embrollo comienza porque el protagonista quiere dar un aviso a su madre y, por eso, los malos le confunden con un espía inexistente, George Kaplan. La señora Thornhill (Jessie Royce Landis) protagoniza uno de los momentos más cómicos y tensos de esta historia.

En un ascensor hasta arriba de gente donde entra con su hijo, este le señala con la mirada que al lado tiene a los dos hombres que han intentado matarle. La madre que no cree ni una palabra de su hijo y piensa que es otra invención de su hijo para excusarse por una borrachera. Así que les pregunta como si nada que si no pensarán asesinar a su hijo. Los asesinos y todos los que están en el ascensor no pueden reprimir una carcajada.

El falso culpable es el protagonista de muchas de sus películas y la premisa con la que arranca una historia trepidante. Un publicista se ve envuelto en una trama de espionaje y cada vez se va complicando más la historia, metiéndose en un laberinto del que parece imposible salir. En este caso el maestro juega con un sentido lúdico con ese falso culpable sin dejar de lado el humor que suaviza la vulnerabilidad de su situación, algo que no pasaba en esa joya oculta que es Falso culpable (The Wrog Man, 1956), que muestra la crudeza y el drama de un hombre acusado falsamente de un hecho que no ha cometido y que destroza su vida y la de los seres que lo aman.

La complejidad del amor y la sensualidad de sus historias. Hitchcock tenía una capacidad brillante para filmar unos besos maravillosos y reflejar la atracción de sus personajes, así como mostrar los recovecos oscuros de la pasión. Con la muerte en los talones no es una excepción. Así construye un interesante triángulo, con elementos similares a esa otra joya que es Encadenados. Somos testigos de un enamoramiento inolvidable y apasionado de los protagonistas en un tren donde surge la atracción de ambos, el juego y la sensualidad.

Luego, se cocina a fuego lento la traición y los celos. A la protagonista se la pone en máximo peligro, pues trabaja con los “buenos” en cuestión (aunque estos no dudan fríamente en sacrificar al pobre falso culpable si es necesario para que su plan siga adelante y proteger a su doble agente), y es el cebo que enamora al malvado. Y, por último, los amantes en máximo peligro tratarán de salir juntos del embrollo en el que se han metido.

Razón número 5: historia de amor en un tren

Y encadenando con el último tema esbozado en el apartado anterior, es una gozada ese encuentro “por azar” entre la rubia de la película y el atribulado falso culpable, con esas inocentes gafas de sol tras las que se oculta. ¿Dónde es el lugar más romántico donde puede gestarse una historia de amor? En un tren. No hay duda.

Lo maravilloso de Con la muerte en los talones es que es la rubia la que seduce al falso culpable, la que lo protege, la que lo oculta y lo mete en su camerino y la que no pone reparo alguno a la seducción que culmina con uno de esos besos inolvidables del cineasta en un diminuto camarote. Los dos protagonistas juegan a la sensualidad, al juego de ocultación, a mostrarse cómplices el uno con el otro…

… Hasta que descubrimos que el pobre diablo está siendo engañado por una rubia femme fatale. Y ese juego sensual se transforma en peligroso. Nos inquieta ver cómo él confía en la rubia y a nuestros ojos se convierte en vulnerable, pues no es consciente del engaño.

Luego vuelven a encontrarse en un hotel y él ya es un hombre despechado, pues la rubia le ha enviado a una muerte segura y sabe además que es la novia del hombre que está tratando de eliminarle a toda costa. Lo que pasa que los espectadores nos vemos sorprendidos al notar verdadera preocupación en el rostro de la chica, parece que realmente está enamorada.

Pues pronto llega un revelador giro de trama, en su comportamiento de hombre despechado, nuestro falso culpable ha puesto en verdadero peligro a una agente doble, como le comunica ese curioso personaje al que llaman el profesor y cerebro de la trama para atrapar al malvado Vandamm. Y entonces cual galán enamorado, decide contribuir a la causa y ayudar a la dama a huir de las manos del peligroso y elegante malvado.

Así Hitchcock crea una historia de amor que es la que hace avanzar a la trama y con ella consigue los giros de trama más emocionantes, además de acrecentar la tensión y el suspense. La complicidad sexual de ambos personajes marca cada fotograma, porque esa tensión sensual no resuelta por los problemas y obstáculos de ambos llega a su culminación final, como no podía ser de otra manera, de nuevo en el tren en una ingeniosa elipsis: del máximo peligro en el monte Rushmore al apacible momento en que sabemos que culminarán su relación con una esperada relación sexual, pues ya pasaron todas sus dificultades.

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Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

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Sesión doble de Bryan Forbes. Plan siniestro (Séance on a Wet Afternoon, 1964) / Las esposas de Stepford (The Stepford Wives, 1975)

El universo de Bryan Forbes como director y guionista indaga en las zonas oscuras y ambigüedades de sus personajes con una visión pesimista del ser humano, pero siempre dejando ver su capacidad de supervivencia. Forbes no se pasea por la zona de confort y sus películas se mecen en la incomodidad.

Plan siniestro (Séance on a Wet Afternoon, 1964)

Bryan Forbes y su universo oscuro e incómodo en Plan siniestro.

Plan siniestro abre y cierra con dos sesiones de espiritismo, donde la figura central es Myra (Kim Stanley), la médium. Myra es un personaje femenino complejo, pues nunca sabemos si es una fría farsante, si es una persona con graves problemas de salud mental y aires de grandeza, si es alguien marcada por un fuerte trauma, si realmente tiene ese don de comunicarse con el más allá o si se enfrenta día a día con los fantasmas y uno muy cercano domina su vida. De una sesión a otra, hay una historia, pero Myra continuará siendo un enigma.

Esta historia es brutal e inquietante (que se disfruta más si no se sabe nada de la trama), porque Myra además vive una relación de absoluta dependencia emocional con su esposo Billy (Richard Attenborough), un hombre apocado y enfermizo (con un asma que le impide trabajar), que termina siempre arrastrado por todas las decisiones de su mujer, tampoco sabemos si llevado por la debilidad o por un amor desesperado y mal entendido.

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Stanley Kubrick, relatos soñados (y II). Diez claves para disfrutar la sala Picasso

Ahora toca el turno de centrarnos en la sala Picasso. De hacer hincapié en todos esos detalles y cuidados que permiten que una exposición transmita la emoción ante el proceso creativo de un director de cine como Stanley Kubrick… Esa era la intención, y ganas no han faltado.

1.Cuestión de espacios. En la Picasso, Víctor y Andrés, los arquitectos, tuvieron claro que había que jugar con los espacios en la exposición para recrear cada uno de los ambientes de las películas más míticas de Kubrick. La idea era sentirse en el universo del director a partir de 2001: una odisea del espacio hasta Eyes Wide Shut. Por eso, no seguimos el orden cronológico. Cada película conformaría una atmósfera diferente, y en cada espacio se captaría el espíritu correspondiente, de tal modo que el visitante supiera entre qué fotogramas se encontraba.

Así en 2001, sentiríamos que estábamos en el interior del Discovery; mientras que en El resplandor recorreríamos uno de los pasillos del hotel Overlook. Después, en La naranja mecánica, visitaríamos el Korova o nos rodearíamos de todas las cosas que le interesan a Alex DeLarge. Pasearíamos por el siglo XVIII bajo la luz de las velas en Barry Lyndon. Nos sumergiríamos en un duro entrenamiento donde varios jóvenes se convierten en máquinas de matar o estaríamos en plena guerra de Vietnam en La chaqueta metálica para terminar participando en una orgía extraña en Eyes Wide Shut.

2. Proceso creativo (1). Por otra parte, era importante plasmar instantes clave de los procesos creativos de cada uno de estos largometrajes. Por ejemplo, en 2001, se puede ver cómo construyó la gran sala centrífuga, decorado principal del Discovery, para provocar la sensación de gravedad. O también descubrir cómo Kubrick documentó el futuro, pues quería una película que no quedase obsoleta, que revolucionase el género de la ciencia ficción. Lo maravilloso de esta película es que trata temas filosóficos como el progreso, quiénes somos o de dónde venimos, asuntos que interesan siempre. Por eso, sigue creando generaciones de espectadores fascinados. Pero además Stanley Kubrick la realizó con efectos especiales analógicos, y, sin embargo, continúa siendo la película de cabecera de muchos realizadores que han bebido de ella para dirigir Gravity (Alfonso Cuarón) o Interstellar (Christopher Nolan‎).

En La chaqueta metálica nos centramos, por ejemplo, en cómo recreó Vietnam a tan solo unos kilómetros de Londres, pues encontró una fábrica de gas abandonada donde tenía posibilidades de emular a la ciudad de Hue. Una de las características de Stanley Kubrick es que desde que conoció Londres en 1962, durante el rodaje de Lolita, ya no quiso moverse de allí. De tal manera, que sus dos casas familiares se convirtieron en centros neurálgicos de su proceso de creación, y las localizaciones para sus películas cuanto más cerca de su hogar estuviesen, mejor.

En Barry Lyndon, analizamos cómo consiguió documentar el siglo XVIII hasta el punto de conseguir iluminar las estancias con la luz de las velas y captarlo con un objetivo muy especial de la NASA o cómo realizó un exhaustivo trabajo de documentación para recrear vestuarios, maquillajes y peinados. Ahí, en estos fotogramas quedaba reflejado el siglo de la razón, del nacimiento de los estados modernos y sus conflictos, pero también el siglo de la representación, de las pelucas, del juego…

3. Proceso creativo (2). En El resplandor tratamos de deleitarnos en cómo creó un espacio tan reconocible como el hotel Overlook; es decir, descubrir los secretos de su fachada y de sus laberínticos interiores. Por otra parte, entendimos esa forma de rodar una película de terror con mucha luz, donde un niño recorre un pasillo en triciclo para provocar la sensación de que algo horrible puede suceder en cualquier momento. Una de las técnicas innovadoras que aplicó en la película y que contribuyó a la sensación de extrañeza y miedo fue el uso del steadicam.

En La naranja mecánica enseñamos cómo se inspiró en el arte pop para la decoración de la habitación de Alex o el bar Korova, así como la importancia de la banda sonora en las películas de Stanley Kubrick, tanto para describir personajes, como para crear ambientes o provocar catarsis y reacciones demoledoras. De hecho consiguió convertir a Beethoven en un disco de oro, con los sintetizadores de Wendy Carlos.

O, finalmente, en Eyes Wide Shut nos dimos cuenta de cómo cambió la Viena de carnavales de la Belle Époque de la novela de Arthur Schnitzler por un Nueva York navideño (recreado en Londres) a punto de inaugurar el siglo XXI sin traicionar su esencia. Este largometraje es su especial oda a la intimidad matrimonial.

4. Stanley Kubrick, director de orquesta. Stanley Kubrick era como un exigente director de una orquesta de música clásica: por eso, en cada una de sus películas, a su alrededor orbitaban grandes profesionales, que bajo su batuta, hacían realidad el mundo que quería reflejar. Tenía claro que debía rodearse de los mejores profesionales para alcanzar la perfección en su obra final. Así la exposición también es un homenaje a todos esos trabajadores que bajo la mirada kubrickiana hicieron posible sus relatos soñados.

Desde su primer productor y socio, James B. Harris; hasta los diseñadores de producción, Ken Adam o John Barry; o actores como Peter Sellers, Sue Lyon, Keir Dullea, Malcolm McDowell o Jack Nicholson; el director de fotografía John Alcott; los creadores de carteles, storyboards y créditos como Saul Bass y Philip Castle; las diseñadoras de vestuario como Milena Canonero o escultoras como Liz Moore, y un largo etcétera. O cómo trataba de establecer una relación especial con los guionistas (aunque a veces era también tormentosa y tortuosa): Jim Thompson, Nabokov, Arthur C. Clarke, Anthony Burgess, Diane Johnson, Michael Herr…

5. El hombre detrás del artista. La exposición tampoco quería desperdiciar al hombre detrás del artista. Así se puede ver a través de fotografías y breves informaciones la relación estrecha con su familia: con sus padres (esa claqueta maravillosa de La naranja mecánica dedicada a ellos), la colaboración con sus dos primeras esposas durante el proceso creativo de sus películas, también con su compañera definitiva Christiane Kubrick y sus hijas o con su cuñado Jan Harlan, productor ejecutivo de muchos de sus largometrajes…

Nos parecía interesante que quedasen claras sus pasiones: la lectura, la música, el ajedrez, la fotografía, el propio cine (era un cinéfilo)…, porque todas ellas están presentes en cada una de sus obras, contribuyeron a dar una cierta personalidad a cada una de sus películas. Esta mirada culmina en el Epílogo de la exposición con una magnífica instalación audiovisual biográfica de Manuel Huerga, producción propia del CCCB, donde se aprecia un retrato completo de Stanley Kubrick. Huerga permite acercarse al cineasta a través de diversas imágenes, como un collage gigante, y de declaraciones públicas realizadas a lo largo de su vida.

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Stanley Kubrick, relatos soñados (I). Diez claves para disfrutar la sala Goya

Quiero contaros en dos artículos la exposición de Stanley Kubrick con la que he podido aprender mucho. Creo que refleja pasión por el cine, además de plasmar el proceso creativo de un cineasta clave. Es también un canto al cine analógico cuando las películas solo se proyectaban en sala de cine y en una pantalla grande. Ha sido una bonita aventura, así que me hacía ilusión enseñaros la muestra a través de mis palabras. En esta primera entrega me centraré en lo que se puede ver en la sala Goya y trataré de explicar cuál era nuestra intención a la hora de mostrar cada una de las piezas.

1. Dos salas. El primer reto al que nos enfrentamos a la hora de pensar en la muestra era que contábamos con dos espacios en dos pisos diferentes del emblemático edificio del Círculo de Bellas Artes: la sala Goya y la sala Picasso. ¿Cómo darle sentido a esta división? ¿Cómo aprovecharlo para un discurso expositivo? Pronto nos dimos cuenta de que lejos de ser una desventaja era una oportunidad. Entre otras cosas, Stanley Kubrick siempre jugó con los conceptos de doble, dualidad o duplicidad en su filmografía. Tanto en los personajes de sus películas como en la estructura de sus historias.

Como fotógrafo adolescente en Look, realizó un reportaje sobre el boxeador Walter Cartier (Prizefighter, 1949). Walter tenía un agente: su hermano gemelo, Vincent. Este trabajo sería el germen de su primer cortometraje documental (Day of the Fight, 1951). Y, tal vez, aquí comenzó a perfilarse la obsesión de Kubrick por la duplicidad. No es raro en sus largometrajes encontrar dobles de ciertos personajes o la presencia de gemelos. Por ejemplo, en su primera película Miedo y deseo: una patrulla deambula en territorio hostil y cuando se encuentran con el enemigo, estos tienen los mismos rostros que ellos. O siempre son recordadas las gemelas Grady en El resplandor.

Pero es que muchas de las estructuras narrativas de sus películas son como si el personaje se mirase en un espejo y su mundo se pusiese patas arriba. No hay más que recordar los recorridos de sus personajes más emblemáticos que van del ascenso en su primera parte al descenso y la pesadilla en la segunda: Alex DeLarge (La naranja mecánica) protagoniza sus tropelías y, después, su particular infierno con el libre albedrío anulado. O Barry Lyndon, primero vemos su ascenso social y más tarde su caída en picado en la desgracia.

Así cobraba todo el sentido una doble mirada en la muestra expositiva. Además, también quedaba constancia de un aspecto fundamental a la hora de estudiar su filmografía: hay un antes y un después de 1968. Primero, la obra del cineasta sirve para estudiar la evolución del cine en Hollywood, pues se ve claramente el paso del cine clásico al cine moderno a través de sus películas. Segundo, a partir de 1968 alcanza uno de sus sueños: el absoluto control de su obra cinematográfica, tanto creativa como económicamente.

2. Los secretos de la sala Goya. Siempre que la veo, confieso que de las dos salas es mi consentida, la que más me gusta. Para la sala Goya imaginamos que el visitante se metía en la mente de un genio y que a partir de ahí lograba entender ciertas claves de su obra cinematográfica. Nos pareció buena idea plasmar aspectos formales y temáticos a través de sus inicios y sus primeros trabajos cinematográficos. A la vez también quisimos dejar constancia de otra manera apasionante de conocer a un artista: mostrando los proyectos que nunca realizó. Por otra parte, deja constancia de algo vital para entender a Stanley Kubrick: todas sus pasiones tempranas se vuelcan en su obra cinematográfica y contribuyen a ese cuidado del proceso creativo, a ese perfeccionismo que siempre le acompañó. Y esas pasiones son: la fotografía, el ajedrez, la lectura, la música… y el cine.

La apariencia física que tiene ahora mismo la sala ya muestra varias cosas del maestro: su interés por la simetría y las formas geométricas, una manera concreta de rodar (la perspectiva frontal con un punto de fuga) y la importancia que tuvo el ajedrez en su vida. Stanley Kubrick fue un perfeccionista en la puesta en escena. Apostaba en sus encuadres por la simetría y la presencia de formas geométricas perfectas. Además uno de sus sellos de autoría son sus planos secuencia, su manera de filmar largos pasillos o la forma de mover la cámara por las estancias. Ahí puede experimentarse su famosa perspectiva frontal con un punto de fuga. Desde el acceso a la sala, con su nombre y apellido en los laterales y en el fondo el audiovisual de introducción, estamos escenificando esa perspectiva. Pero también en la gran vitrina central que recorre y divide toda la sala.

Los colores con los que jugamos son el blanco y el negro, como las casillas de un tablero de ajedrez…, tanto en las paredes como en las cartelas. Algunas veces en la gráfica se escapa otro color: el rojo, característico de varias películas de Kubrick. El color de las emociones y el desequilibrio.

El ajedrez, una de sus pasiones tempranas (en su juventud incluso llegó a ganarse la vida como jugador), le permitió una visión total de cada una de sus películas, una capacidad de concentración y control en los rodajes y crear con estrategia y táctica. Como se puede apreciar en la exposición, en muchas de sus películas el ajedrez está presente, incluso la metáfora de la vida como batalla.

3. La mirada. Uno de los aspectos más importantes de sus largometrajes es la peculiaridad de su mirada y la perfección técnica que logró en cada una de sus películas para mostrar exactamente lo que él quería. Así que ese tenía que ser el primer aspecto formal reflejado. De hecho, hay numerosos testimonios sobre los ojos y la mirada de Stanley Kubrick. Era algo que llamaba la atención de todos aquellos que lo conocían. En un momento dado Kirk Douglas dijo: «Se limitaba a mirarte con sus grandes ojos».

Kubrick fue un autodidacta en la dirección y antes de dirigir, trabajó en la revista Look. La fotografía le hizo entender el cine como una experiencia visual, y nunca tuvo miedo de probar todo tipo de cámaras y objetivos así como buscar las tecnologías necesarias para plasmar lo que realmente deseaba. Así que era importante reflejar su mirada como fotógrafo de Look, y dejar ver cómo ya desde la fotografía apuntaba maneras.

4. El espacio y el tiempo. Tampoco podíamos dejar de lado el tratamiento del tiempo (una de las cosas más difíciles de plasmar en una pantalla de cine) y la importancia del espacio en cada una de sus producciones, centrándonos sobre todo en el género que le sirvió de aprendizaje: el cine negro. En este tipo de películas la ambientación era fundamental, pero también el paso del tiempo, la tensión y el ritmo que se requerían a la hora de ejecutar un atraco o planear una huida, así lo consigue en El beso del asesino y Atraco perfecto.

Pero además en sus películas de cine negro moldearía ya alguna de las características de los héroes kubrickianos: sus protagonistas tienen un objetivo concreto o un plan perfecto, pero las emociones lo hacen saltar todo por los aires; la ambigüedad moral de sus personajes; y ofrecer una mirada hacia el mundo pesimista, además de proporcionar un destino trágico para sus héroes.

5. El humor. Otra cosa interesante que no podía faltar y que había que destacar porque no se suele tener en cuenta a la hora de analizar su obra es la presencia del humor. Un humor negro y oscuro que siempre se puede identificar en cada una de sus películas. Centrándonos en Teléfono rojo: volamos hacia Moscú se percibe cómo lo usa a lo largo de su filmografía. A través de actores con una vis cómica evidente, como Peter Sellers; con gags visuales, como ese molesto brazo en alto del doctor protagonista, que no puede controlar; la exageración en los gestos o en el lenguaje empleado, como muestran la mayoría de los personajes de la película; o el contraste y el choque para provocar la risa incómoda, como un cowboy encima de una bomba.

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El ombligo de Guie’dani (Xquipi’ Guie’dani, 2018) de Xavi Sala

La adolescente Guie’dani le confiesa a su amiga Claudia que su ombligo está enterrado en su pueblo, Xadani, en Oaxaca. Es un ritual simbólico que refleja que siempre puede regresar a su tierra, pues ahí se esconde su esencia. Guie’dani no renuncia ni un momento a sus raíces, a su identidad, a su cultura, a la mirada que posee del mundo… Su vida da un vuelco cuando tiene que abandonar la aldea e irse con su madre a Ciudad de México, donde su progenitora ha encontrado un trabajo como empleada doméstica interna con una familia de clase media acomodada.

Cuando llega a su nuevo hogar, no solo no lo vive como tal, sino que se siente un pez fuera del agua, que mira con ojos vigilantes un mundo al que no pertenece ni quiere pertenecer si tiene que renunciar a ser ella misma. Una de las funciones de cuidado que tienen que asumir su madre y ella es alimentar a unos delicados peces en un enorme acuario. Guie’dani se siente pez extraviado, fuera de su hábitat natural, y se rebela contra un mundo que no la deja ser ella misma.

La actitud de Guie’dani incomoda a la nueva familia, y el director Xavi Sala logra trasladar esa inquietud que provoca al espectador. Pues la niña no es sumisa, la niña no renuncia a su identidad, la niña es diferente y no quiere ser de otra manera para ser aceptada, la niña no asume las reglas de convivencia que establece la familia empleadora, que perpetua un modelo social injusto… Ella no les habla, los mira fijamente, no empatiza, no sonríe… Siempre está al acecho ese momento que se espera catártico donde Guie’dani estalle con toda su rebeldía y transgresión, donde el enfrentamiento cristalice. Pues la adolescente no siente que se tenga que mostrar agradecida ante una familia, que sutilmente, rechaza su identidad. De nuevo, cuando Claudia, su amiga, le pregunte que qué quiere ser de mayor. Ella lo tiene claro, será lo que tenga que ser, menos una sirvienta.

Porque el primer largometraje de Xavi Sala, director nacionalizado mexicano, pero que nació en Alicante, remueve y toca muchos matices a analizar. No solo evidencia una realidad mexicana, sino que universaliza un sentir. Es decir, no solo trata el conflicto racial tan arraigado en México contra la comunidad indígena, que incluso se perpetúa en ciudadanos con ideales progresistas, como la familia de la película, sino que deja al descubierto la enorme brecha social existente, cada vez mayor, donde arraigan nuevas relaciones de esclavitud.

Y esa brecha cada vez es más profunda y es universal, creando unos mecanismos de intransigencia y odio, donde asoma siempre una violencia silenciosa, en la que unos prefieren ignorar y perpetuar su poder bajo sonrisas amables y otros quieren sacudirse el yugo, frustrándose ante las continuas humillaciones, sin abandonar un enfrentamiento continuo. Ese enfrentamiento quiere revelar que no solo abrazan su diferencia, sino que se niegan al destino social que tienen asignado. Guie’dani echa de menos su aldea, sus orígenes, su raíces, su ombligo… No quiere renunciar a él. De hecho, se lleva como codiciada posesión una bolsa de tierra de su aldea.

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Tierras de ningún lugar. Utopía y cine, de Antonio Santos (Cátedra —Signo e imagen—, 2017)

Shangri-La, un espacio utópico de Frank Capra, de su película Horizontes perdidos. El ensayo de Antonio Santos propone un viaje a través de utopía y cine

¿Qué tienen en común películas tan dispares como El show de Truman, Horizontes perdidos, Brigadoon, La Misión, La taberna del irlandés, Almas de metal o Un lugar en el mundo? Todas tienen su lugar en este interesante ensayo de Antonio Santos, porque con cada una de ellas puede analizarse y tocarse un matiz de un término infinito en sus posibilidades: la utopía.

Hay una cita que siempre me ha perseguido y que recoge también esta obra. Su autor es el uruguayo Eduardo Galeano y dejó las siguientes palabras: “¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar”. Y ahí está el quid de la cuestión, la humanidad siempre ha tratado de idear un “mundo feliz”. Y en ese espacio solucionar todos los males que nos aquejan. Esos mundos felices se han escrito e imaginado, y algunos incluso se han intentado formalizar, convertirlos en reales. En estos “experimentos utópicos” se ha visto la fina línea entre el “mundo feliz” y el paso a la distopía (fruto también de un ensayo del mismo autor, al que dedicaré, una vez finalizada su lectura, también unas líneas). El secreto de la validez de la utopía es la capacidad del ser humano para soñar y para querer mejorar, avanzar hacia un mejor mundo posible. La utopía permite al hombre pensar y buscar soluciones para una sociedad armónica, capaz de solucionar y lidiar problemas y conflictos, así como de crear espacios adecuados para la felicidad de todos los seres vivos. Un lugar donde exista la armonía entre el ser humano y la Naturaleza… entre las personas y el mundo que les rodea.

Los espacios utópicos, sean fruto de la imaginación o sean reales (esos intentos de formalizarlos), son lugares aislados y únicos. Y finalmente reflejan la sombra o parte oscura de ese mundo perfecto y feliz, el sacrificio para mantener la armonía es no poder dar una nota discordante. La uniformidad puede ser la nueva cárcel.

Antonio Santos (doctor en Historia del Arte, y también especialista en cine) realiza un itinerario apasionante por esas tierras de ningún lugar, dibujando un mapa imposible con paradas soñadas a lugares imaginarios, experiencias prometedoras y fallidas y al entendimiento de diferentes conceptos utópicos, que también han trazado una original manera de analizar la Historia. Utopía y cine, dos conceptos que se dan la mano.

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Diccionario cinematográfico (230). Casas con personalidad propia

Con la muerte en los talones

¿Te vienes a casa?

Hay casas o mansiones en la pantalla de cine, que no olvidas. En unas te quedarías a vivir siempre. En otras preferirías no haber entrado. Son casas con personalidad propia, con vida. Por supuesto, están las clásicas e inolvidables. Hay habitaciones que no se te olvidan nunca.

Hitchcock nos regala varias: la casa de Norman Bates, Manderley, la casa de Atormentada o la maravillosa casa donde vive el villano de Con la muerte en los talones, diseñada por Frank Lloyd Wright.

Si seguimos con el cine clásico, Frank Capra nos ofrece en sus películas casas apetecibles, como esa que se cae a pedazos, pero siempre tiene aires de hogar en Qué bello es vivir o esa donde vive una familia caótica y que se resiste a abandonarla en Vive como quieras.

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Sobre la maternidad. Hereditary (Hereditary, 2018) de Ari Aster/ Tully (Tully, 2018) de Jason Reitman

Hereditary (Hereditary, 2018) de Ari Aster

Hereditary

El miedo más profundo de una madre: la herencia que transmite a sus hijos

Hereditary ya empieza de manera inquietante. Por una parte, una necrológica que anuncia la muerte de una mujer que es madre y abuela. Y por otra una cámara que se pasea por los espacios de una casa solitaria hasta que se mete en un cuarto donde hay una maqueta, como de una casa de muñecas, donde una figura de un hombre se acerca a una cama donde reposa otro muñeco… y de pronto esa habitación cobra vida y nos cruzamos con dos de los protagonistas de la historia: Steve (Gabriel Byrne) y su hijo, Peter (Alex Wolff). De esta manera la película nos anuncia el fallecimiento del gran personaje clave y ausente de la historia…, pero que nunca desaparecerá ni su presencia ni su influencia. Y también nos despista con el punto de vista que va a tener la historia, permitiendo múltiples lecturas y miradas.

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