Shangri-La, un espacio utópico de Frank Capra, de su película Horizontes perdidos. El ensayo de Antonio Santos propone un viaje a través de utopía y cine

¿Qué tienen en común películas tan dispares como El show de Truman, Horizontes perdidos, Brigadoon, La Misión, La taberna del irlandés, Almas de metal o Un lugar en el mundo? Todas tienen su lugar en este interesante ensayo de Antonio Santos, porque con cada una de ellas puede analizarse y tocarse un matiz de un término infinito en sus posibilidades: la utopía.

Hay una cita que siempre me ha perseguido y que recoge también esta obra. Su autor es el uruguayo Eduardo Galeano y dejó las siguientes palabras: “¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar”. Y ahí está el quid de la cuestión, la humanidad siempre ha tratado de idear un “mundo feliz”. Y en ese espacio solucionar todos los males que nos aquejan. Esos mundos felices se han escrito e imaginado, y algunos incluso se han intentado formalizar, convertirlos en reales. En estos “experimentos utópicos” se ha visto la fina línea entre el “mundo feliz” y el paso a la distopía (fruto también de un ensayo del mismo autor, al que dedicaré, una vez finalizada su lectura, también unas líneas). El secreto de la validez de la utopía es la capacidad del ser humano para soñar y para querer mejorar, avanzar hacia un mejor mundo posible. La utopía permite al hombre pensar y buscar soluciones para una sociedad armónica, capaz de solucionar y lidiar problemas y conflictos, así como de crear espacios adecuados para la felicidad de todos los seres vivos. Un lugar donde exista la armonía entre el ser humano y la Naturaleza… entre las personas y el mundo que les rodea.

Los espacios utópicos, sean fruto de la imaginación o sean reales (esos intentos de formalizarlos), son lugares aislados y únicos. Y finalmente reflejan la sombra o parte oscura de ese mundo perfecto y feliz, el sacrificio para mantener la armonía es no poder dar una nota discordante. La uniformidad puede ser la nueva cárcel.

Antonio Santos (doctor en Historia del Arte, y también especialista en cine) realiza un itinerario apasionante por esas tierras de ningún lugar, dibujando un mapa imposible con paradas soñadas a lugares imaginarios, experiencias prometedoras y fallidas y al entendimiento de diferentes conceptos utópicos, que también han trazado una original manera de analizar la Historia. Utopía y cine, dos conceptos que se dan la mano.

En Tierras de ningún lugar. Utopía y cine el viaje a través de la utopía nos lleva a conocer los textos de Platón, Tomas Moro o Tommaso Campanella, constructores de utopías en sus obras escritas. Por eso una de las películas analizadas gira alrededor de Moro, Un hombre para la eternidad (A man for all seasons, 1966) de Fred Zinnemann. En la época de los descubrimientos, Colón llegaba a nuevos mundos incontaminados, desde donde empezar desde cero. Mitos como Jauja o El Dorado cobraron toda su fuerza. Y es más, algunas comunidades religiosas, como las reducciones jesuíticas, trataron de encontrar una armonía posible entre el viejo y nuevo mundo, como se visualiza en La Misión (The Mission, 1986), de Roland Joffé. Después están aquellos visionarios que trataron de diseñar la urbe perfecta o mejor dicho el espacio perfecto donde se desarrollara una sociedad feliz. Luego en la utopía, y en sus distintos tipos, son importantes los conceptos del espacio y el tiempo (puede estar en el pasado, en el presente, en el futuro o suspendida —en ella rigen otras leyes diferentes de tiempo e incluso espacio—; puede ser un mito, una ensoñación o el empeño de un visionario o de una comunidad de personas…). Así hay cineastas que han recreado esos lugares más allá del espacio y del tiempo como Frank Capra y su Horizontes perdidos (Lost Horizon, 1937).

Otra parada en el viaje es el concepto de isla, como lugar extraño, aislado, perdido y utópico. Un punto de encuentro entrañable en el ensayo es visitar los paraísos creados por John Ford en su cine. Así se analiza a Ford como cineasta utópico, capaz de reflejar una utopía realista en Las uvas de la ira, de enseñar un pasado idílico en Qué verde era mi valle o crear mundos felices en Innisfree en El hombre tranquilo o en una isla de los Mares del Sur en La taberna del irlandés. De pronto, el lector llega a todas aquellas tierras utópicas nombradas más allá de la vida y la muerte: el Edén, el Paraíso, la Arcadia… A veces son inalcanzables, soñadas, y otras los propios humanos tratan de crear, infructuosamente, su Paraíso. Así nos encontramos con películas tan dispares como La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, 1986), de Peter Weir, o Brigadoon (Brigadoon, 1954), de Vincente Minnelli. Hay una deliciosa parada a Los viajes de Gulliver, que escribió Jonathan Swift, y que ha tenido varias versiones cinematográficas, pero también ha inspirado otras historias. Y centrándose sobre todo en dos de sus destinos: un lugar donde existe la armonía y la felicidad: Houyhnhnms, y sus andanzas en una isla flotante, Laputa, cercana a una distopía. Una de las películas que dejan ver la influencia de Swift es El castillo en el cielo (Tenku no shiro rapyuta, 1986), de Hayao Miyazaki.

Portada del ensayo sobre utopía y cine de Antonio Santos

El libro dedica varios capítulos a aquellos momentos históricos que lucharon por la consecución de la utopía con distintos resultados. Desde ese Mayo del 68, que fijaba en sus paredes premisas ya existentes como: “Sed realistas, pedir lo imposible”, estudiando sociedades como la de los diggers, la Comuna francesa o La Cecilia o realizando una parada en las experiencias de los socialistas utópicos hasta desembocar en la utopía marxista. Las películas analizadas hacen hincapié en cada una de estas paradas o en su influencia en distintos cineastas como La Comuna (París 1871) (La Commune, 2000), de Peter Watkins o El pan nuestro de cada día (Our daily bread, 1934), de King Vidor. Luego hay una parada muy interesante e instructiva a lo que el autor llama comunidades de destino, aquellas “detenidas en el tiempo, inmunes o reacias al flujo de la historia”, con ejemplos cinematográficos tan especiales y representativos como Big Fish (2003) de Tim Burton o El bosque (Te Village, 2004) de M. Night Shyamalan.

Para terminar con las ludopatías, un destino especial con análisis complejo y certero. Aquellos lugares donde se ha creado un espacio para soñar, pero con fines lúdicos y comerciales. Así el lector se adentra en el mundo Disney, y en sus parques temáticos, y se centra en una de sus películas, Pinocho, y el episodio que transcurre en la Isla de los juegos. Pero también viaja a los parques temáticos propuestos por Almas de metal (Westworld, 1973), de Michael Crichton o en los parques jurásicos de Spielberg.

La última parada propuesta en este viaje es en las utopías educativas y aquellos intentos para construir sociedades donde la educación sea su centro. Así terminamos el recorrido en propuestas visuales y utópicas como las que proponen Un lugar en el mundo de Adolfo Aristarain o El milagro de Candeal de Fernando Trueba.

Este jugoso ensayo de Antonio Santos termina con un párrafo que manifiesta la necesidad de la utopía, y del cine para reflejarlas: “Más allá de la tormenta, remontando las sombras y las amenazas que se ciernen sobre nosotros, se pueden esconder paisajes inéditos para nuestra especie. Son horizontes utópicos, pero no inalcanzables: utopías de lo posible; tierras de algún lugar. ¿Por qué no contemplar nuestro mañana con esperanza?”.

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