Irakli y Merab, amor y sensualidad en Solo nos queda bailar

Merab (Levan Gelbakhiani) está enamorado de Irakli (Bachi Valishvili), y, en un momento de felicidad, reacciona como un Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, saltando de alegría. Toda la atracción sensual y sexual se nota cuando bailan juntos. El erotismo se percibe, se respira. Y es tan bello. Los dos están dentro de una compañía nacional de danza georgiana donde no hay sitio para la homosexualidad. Como dice un maestro: “La danza georgiana se apoya en lo masculino. Aquí no hay espacio para la debilidad”, y otro, guardián de la tradición, suelta: “La danza georgiana no son solo pasos. Es la expresión de la sangre de nuestra nación”. Merab descubre tanto el amor como su sexualidad, y con su cuerpo se siente libre de amar a Irakli. Tan libre como cuando baila. También posee la capacidad para apasionarse y respetar la danza georgiana y su tradición…, y lucha por conseguir una plaza importante como bailarín.

Solo nos queda bailar da a conocer al director y guionista Levan Akin con su tercer largometraje. Akin es sueco pero sus orígenes están en Georgia, de hecho de pequeño veraneaba allí. La película empezó a gestarse en su cabeza cuando en 2013 vio por televisión cómo unos cincuenta chicos fueron atacados violentamente por un montón de personas, con el apoyo de la Iglesia Ortodoxa y grupos conservadores. El motivo: habían intentado organizar en Tiflis, capital de Georgia, el primer desfile del orgullo gay.

Desde la vergüenza que le produjeron esas imágenes, sintió la necesidad de volver a su tierra y contar una historia. Así nació el germen de Solo nos queda bailar. Allí no pusieron fácil las cosas a su director durante el rodaje, incluso cuando pidió la colaboración a un famoso grupo de ballet tradicional, estos explicaron que no existía la homosexualidad en sus filas, y alertaron a las demás compañías. Tuvieron que rodar con sumo cuidado, y recibieron presiones y amenazas. Solo nos queda bailar se convierte así en una historia de amor y baile, pero que cuenta también una realidad social y política. No se ha recibido con mucha alegría en Georgia el éxito internacional de la propuesta.

El resultado es una película fresca, luminosa y sensual. Y que descubre un mundo desconocido y hermoso, la danza georgiana. Un joven que se enamora loca y apasionadamente de su rival en la compañía de baile, y el espectador es testigo de todo el proceso de enamoramiento, de cómo es correspondido, pero también de la angustia de un amor imposible y de las presiones que les rodean. Además de lidiar con sus sentimientos, tiene que jugar al disimulo, y no ser descubierto por sus seres más queridos: su madre, su abuela, su hermano mayor y su amiga de la infancia, con la que tiene una relación de pareja-tapadera (sin que ella lo sepa). Tampoco puede ser él mismo entre los compañeros del grupo de baile.

La película acierta no solo en la elección de los actores. Levan Gelbakhiani expresa con su rostro y con su cuerpo todas las emociones posibles, y a Bachi Valishvili le rodea un carisma especial y se convierte en el intermediario para que el protagonista no solo descubra el amor y el deseo, sino para que despierte y quiera llevar a la práctica su libertad. Pero Solo nos queda bailar también construye unos personajes secundarios que redondean la historia y la iluminan, como la amiga de la infancia o el rudo hermano mayor (y a ambos les regala secuencias y miradas que enriquecen la trama).

Por otra parte, Levan Akin toma algunas decisiones formales que fomentan contar la historia con una sensibilidad especial, como, por ejemplo, toda la secuencia de la boda del hermano, y el desamparo y tristeza de Merab al ser consciente de que es posible que no alcance nunca la felicidad soñada junto a Irakli. La cámara persigue su andadura y su camino hacia la soledad. El personaje va abandonando el edificio, el lugar de la fiesta, el baile y la tradición en una soledad absoluta. Como si fuera expulsado. Y es a través de una ventana y prácticamente fuera de campo, cuando vemos que Merab no estará solo en su camino hacia esa libertad que ahora sí quiere alcanzar, sin esconderse.

No falta el momento final, vital y bello, que tiene todo musical que se precie a lo Dirty Dancing o Flashdance, donde los bailarines muestran toda su libertad, energía y transformación a través del baile final. Solo que el baile de Merab es combativo, contra la tradición, contra aquellos que no le dejan expresarse y que creen que no es digno representante de esa danza. Y ofrece un baile liberador y hermoso donde con su cuerpo expresa lo que quiere y siente.

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