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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Docs Barcelona. Winter Journey (2019) de Anders Østergaard

Y con esta segunda tanda de documentales en Docs Barcelona seguí, durante los días de mayo que duró el evento, abriendo puertas a la realidad y a sus distintas formas de contarla. Rescato una frase de un director del documentales al que admiro, el chileno Patricio Guzmán: “Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos” porque me permite una reflexión. Y es que es cierto, este tipo de cine documenta la realidad y, a veces, su buena labor es escarbar historias que nunca verían la luz, silenciadas. Rescatar historias, recuperar el alma o espíritu de un lugar o país, poner nombre a seres anónimos y por lo que pasaron… y pasar una y otra vez las páginas de un álbum para comprender el mundo en el que vivimos. Pero además los documentales son ricos en su forma de narrar, pues como dice el documentalista Albert Solé: “El documental tiene un lenguaje extremadamente ágil y rico, con muchas posibilidades”, como se muestra en las ocho siguientes obras.

El gran viaje al país pequeño (2019) de Mariana Viñoles

La uruguaya Mariana Viñoles persigue con su cámara y mucha sensibilidad a dos familias sirias que entran dentro de un programa de acogida de refugiados sirios a Uruguay que impulsó José Mújica en 2014. Todo empieza con la entrevista de una de las familias protagonistas en la embajada uruguaya en el Líbano, pues ellos están allí en un campo de refugiados. La cámara de Viñoles capta todo el proceso a lo largo de los años hasta la actualidad. Y el camino no es fácil. Las familias viven todo un proceso: la ilusión de irse de las zonas de conflicto para llegar a un nuevo país del que no conocen ni el idioma, pero también la decepción de sentirse perdidos, solos y alejados de su cultura. No sienten las promesas cumplidas y no perciben Uruguay como el paraíso soñado. Tanto es así que durante sus primeros meses de estancia, ante la desesperación de no encontrar trabajo, se manifiestan para regresar de nuevo a Siria. Se filma todo el proceso de adaptación en su nuevo país en el que poco a poco van encontrando su sitio, aunque la nostalgia hacia lo que han dejado siempre les acompaña, sufren alejados de su familias y al ver lo que ocurre en su Siria van siendo conscientes de que quizá no regresen nunca y que continuarán perdiendo a los suyos.

Mariana Viñoles deja el protagonismo absoluto a sus protagonistas y sus reacciones ante lo que van viviendo. La cámara se convierte en cómplice, en un confesionario íntimo donde se sinceran y hablan libremente de sus decepciones, sueños, logros y nostalgias.

Il varco (2019) de Michele Manzolini y Federico Ferrone

Una de las apuestas más innovadoras y hermosas de Docs Barcelona fue la de los italianos Michele Manzolini y Federico Ferrone. Los directores unen un valioso material audiovisual de diferentes archivos, la poderosa voz en off del escritor y músico Emidio Clementi y una banda sonora que todo lo envuelve para construir una historia con garra y mucha realidad a cuestas. Con una labor de documentación de varios diarios de soldados italianos que se dirigieron hacia Rusia durante la Segunda Guerra Mundial funden todas las voces en una para hacer nacer a un único soldado que va narrando la historia de un viaje en tren que le arrastra directamente al infierno.

Ese soldado, con el recuerdo siempre de lo que deja y menos perdido que los demás por su conocimiento del ruso, va descubriendo otra realidad de la guerra y va mirando de otra manera a los alemanes. De pronto en ese recorrido en tren que le lleva al frente de Ucrania escucha historias de soldados italianos que se unen a los partisanos rusos u otros que desertan, y una idea de huida y regreso se va construyendo en su cabeza. En el documental se va armando otra memoria, no solo de nostalgia hacia un país al que no saben si volverán sino también de memoria desgarrada de otras guerras, como la de Etiopía, en las que participaron los soldados italianos y les dejaron una herida profunda. Entre las imágenes de archivo también se cuela el color para traer el presente, pues esa Ucrania sigue siendo hoy un territorio de conflictos.

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En Tiempos de ninguna edad subimos a Naves silenciosas.

La imagen poderosa de Freeman Lowell (Bruce Dern), una especie de eremita jardinero y astronauta, en unas naves que salvaguardan la vida vegetal y algunas especies animales en mitad de la inmensidad espacial, con la esperanza de que algún día la tierra pueda volver a convertirse en un paraíso, asalta mi mente. Este jardinero espacial, desterrado del planeta, tiene una obsesión: cuidar y proteger los gigantescos invernaderos espaciales para asegurar un futuro próximo. Y por salvar la naturaleza será capaz de todo, incluso de la soledad más absoluta, aliviada por la compañía de tres rústicos robots. Freeman Lowell es uno de los protagonistas del último capítulo de Tiempos de ninguna edad. Distopía y cine, de Antonio Santos. Si en el primer ensayo ya analizado (Tierras de ningún lugar) proporcionaba un recorrido especial por la utopía y el cine, esta vez el camino a seguir lleva al lector a las distintas distopías que se han reflejado en la pantalla blanca. La distopía como advertencia o espejo del mundo hacia el que nos dirigimos con la mirada en el presente.

De hecho, Freeman Lowell, que abre el capítulo «La humanidad desterrada», se encuentra lejos de una tierra que ha destruido sus recursos naturales. Lowell, protagonista de la película Naves misteriosas (Silent Running, 1972) de Douglas Trumbull, es un soñador obsesivo: «¿Y no creéis que es hora de que alguien vuelva a soñar? ¿No es el momento de que alguien sueñe con un mundo mejor?». Y el ensayo de Antonio Santos está poblado de soñadores que tratan de rebelarse contra el sistema político y social generado en la distopía que habitan.

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La legión negra, una película social con un Humphrey Bogart sorprendente.

No es de extrañar que el estudio que durante los años 30 produjo las más importantes películas de gángsteres, también se decantara por otras que tocaban distintos temas sociales. La legión negra es un ejemplo. La Warner Brothers estaba un poco más cerca de la realidad que otros estudios. Durante esa década, marcada fuertemente por la Depresión, surgió también con virulencia el fascismo en EEUU, de modo que, entre otras cosas, nacieron organizaciones violentas que, similares al KKK, repartían el terror con sus actos vandálicos y asesinatos contra colectivos que ellos consideraban que no eran americanos. La consigna bajo la que funcionaban sigue en activo hoy, por desgracia, en muchas partes del mundo: “América para los americanos”. La legión negra habla de una de esas organizaciones, y su protagonista es un joven Humphrey Bogart muy alejado del héroe duro, cínico y romántico que le convertiría en mito.

No era la única película que en aquellos momentos estaba advirtiendo sobre este fenómeno. Desde otro punto de vista, ahí estaba también la más conocida Furia (Fury, 1936) de Fritz Lang (y en un estudio bastante alejado de estos temas: Metro Goldwyn Mayer). Ni tampoco sería la única película que tocaría la existencia de este tipo de grupos. Un año antes Columbia realizó Legion of terror una desconocida película (que no he podido ver) sobre una organización similar a la de La legión negra, ambas inspiradas en una real que operaba en algunos estados de EEUU. Es más, estas películas, como haría más explícitamente Frank Capra con Juan Nadie, denunciaban cómo movían los hilos grupos de hombres influyentes y poderosos tanto en lo económico, como en lo político y en los medios de comunicación, que dejaban el “trabajo sucio” a hombres-títeres como Taylor, el protagonista de la película.

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Uno de los motivos para amar Missing: Jack Lemmon y Sissy Spacek.

Razón número 1: Basada en hechos reales

Missing empieza y termina con una voz en off objetiva y distante. Primero informa de que es una película basada en hechos reales recientes, explica que hay algunos nombres cambiados y no se especifica cuál es el país donde transcurren los hechos, aunque sí se nombra posteriormente Santiago y Viña del Mar, por tanto no es difícil situarla en Chile, durante el golpe de Estado y los días posteriores. Es decir la odisea de los protagonistas arranca el 11 de septiembre de 1973.

Al final de la película esa voz surge de nuevo ante una imagen impactante de un ataúd deslizándose por la rampa de un avión, y da un carácter más sombrío a la historia. Más cuando la última frase que se ha escuchado del personaje de Jack Lemmon va dirigida al enlace de la embajada americana en Chile y le suelta que se alegra de vivir en un país donde se juzga a tipos como ellos. La voz en off informa de que esto no será así y que no se esclarecerán los hechos ni se juzgará tan pronto a nadie.

Si uno lee atentamente los créditos finales también se fija que la película adapta un libro del periodista Thomas Hauser, que entró en el panorama editorial en 1978 con The Execution of Charles Horman. An American Sacrifice. Luego el realizador franco-griego Costa-Gavras para su debut americano moldea un material sensible que en su momento y en la actualidad todavía remueve (el último juicio referente a los hechos relatados en la película se celebró en 2012). No pasó ni pasa desapercibida, y menos en los nuevos tiempos oscuros que corren.

Así Missing trata sobre las vicisitudes que pasaron Ed Horman y su nuera Joyce para localizar a su hijo y marido, Charles Horman, uno de los desaparecidos en la dictadura chilena. El motivo: Horman era un joven periodista norteamericano que colaboraba en medios progresistas y alternativos y tanto la película como la investigación en la que se apoya apuntan que fue asesinado para ocultar la participación estadounidense en el golpe de Estado. Charles Horman tenía esa información, pues contactó casualmente con militares americanos en Viña del Mar justo en el momento del golpe, y estos compartieron alegremente información con Horman por el mero hecho de que era americano… Y no fue el único americano desaparecido o asesinado, junto a miles y miles de chilenos, la obra de Costa-Gavras refleja también el paradero de otro compañero de Horman, Frank Teruggi.

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Shangri-La, un espacio utópico de Frank Capra, de su película Horizontes perdidos. El ensayo de Antonio Santos propone un viaje a través de utopía y cine

¿Qué tienen en común películas tan dispares como El show de Truman, Horizontes perdidos, Brigadoon, La Misión, La taberna del irlandés, Almas de metal o Un lugar en el mundo? Todas tienen su lugar en este interesante ensayo de Antonio Santos, porque con cada una de ellas puede analizarse y tocarse un matiz de un término infinito en sus posibilidades: la utopía.

Hay una cita que siempre me ha perseguido y que recoge también esta obra. Su autor es el uruguayo Eduardo Galeano y dejó las siguientes palabras: “¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar”. Y ahí está el quid de la cuestión, la humanidad siempre ha tratado de idear un “mundo feliz”. Y en ese espacio solucionar todos los males que nos aquejan. Esos mundos felices se han escrito e imaginado, y algunos incluso se han intentado formalizar, convertirlos en reales. En estos “experimentos utópicos” se ha visto la fina línea entre el “mundo feliz” y el paso a la distopía (fruto también de un ensayo del mismo autor, al que dedicaré, una vez finalizada su lectura, también unas líneas). El secreto de la validez de la utopía es la capacidad del ser humano para soñar y para querer mejorar, avanzar hacia un mejor mundo posible. La utopía permite al hombre pensar y buscar soluciones para una sociedad armónica, capaz de solucionar y lidiar problemas y conflictos, así como de crear espacios adecuados para la felicidad de todos los seres vivos. Un lugar donde exista la armonía entre el ser humano y la Naturaleza… entre las personas y el mundo que les rodea.

Los espacios utópicos, sean fruto de la imaginación o sean reales (esos intentos de formalizarlos), son lugares aislados y únicos. Y finalmente reflejan la sombra o parte oscura de ese mundo perfecto y feliz, el sacrificio para mantener la armonía es no poder dar una nota discordante. La uniformidad puede ser la nueva cárcel.

Antonio Santos (doctor en Historia del Arte, y también especialista en cine) realiza un itinerario apasionante por esas tierras de ningún lugar, dibujando un mapa imposible con paradas soñadas a lugares imaginarios, experiencias prometedoras y fallidas y al entendimiento de diferentes conceptos utópicos, que también han trazado una original manera de analizar la Historia. Utopía y cine, dos conceptos que se dan la mano.

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Araña

Andrés Wood en Araña convierte en protagonistas a miembros de Patria y Libertad.

Araña sigue la estela de un cine chileno que describe una atmósfera cerrada, enquistada, que advierte que las fuerzas que engendraron el golpe de estado siguen no solo con el poder y formando parte de las clases más acomodadas, sino que su ideario sigue vivo y vigente. La brecha social cada vez más enorme y, por tanto, las injusticias, sangrantes. Y el polvorín a punto de estallar. No, ya ha estallado. Así el panorama social y político de los años previos a 1973 no dista tanto del panorama social y político de 2019. Mientras en los periódicos informan sobre que en las calles chilenas se vuelve a cantar “El derecho a vivir en paz” de Víctor Jara, emergen también, sin embargo, aquellos que nunca se fueron, que alimentaron la dictadura. Y Andrés Wood estrena una película que transita entre el pasado y el presente. Sus protagonistas son tres miembros de Patria y Libertad, movimiento paramilitar chileno de ideología fascista, que nació para enfrentarse contra el gobierno de Salvador Allende. El movimiento se disolvió tras el golpe de estado de Pinochet.

El cine chileno no tiene reparo en mostrar sus sombras y manchas. Historias cerradas, agobiantes, sin salida… de personajes oscuros. Así lo ha hecho ya Marcela Said en Los perros (2017) o Pablo Larraín en El Club. Andrés Wood convierte en protagonistas a tres personajes desagradables y cuenta sus gestas, sus pasiones y traiciones. Porque son personajes que existen, reales y vivos. Que están ahí. Las andanzas de Inés, Justo y Gerardo, ayer y hoy. La mente manipuladora de Inés (María Valverde/Mercedes Morán), como una lady Macbeth que nunca temió las manos manchadas de sangre, envuelve el relato. Ella nunca cae. Abre la narración amonestando orgullosa a un entrenador porque su nieto no juega en el campo y hace que los niños salgan al terreno de juego porque ella lo decide. Y cierra el relato con toda su familia reunida exhibiendo su poder ante los medios. Inés siempre ha tejido con cuidado una fuerte telaraña y nunca ha abandonado sus “ideales” ni se ha bajado del escalafón del poder social y político.

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Todos lo saben (2018) de Asghar Farhadi

Todos los saben

Todos lo saben, un mapa emocional con caminos intrincados…

El universo de Asghar Farhadi está presente en Todos lo saben, pero además el director iraní es camaleónico. Me explico. Sus películas iraníes son cien por cien de su país de origen, obviamente. Pero cuando rodó en Francia El pasado, sin perder su identidad como cineasta, la película era francesa cien por cien. Y ahora le ocurre lo mismo en Todos lo saben, ahí está su universo y puntos comunes con otras películas de su filmografía, pero es todo un melodrama castellano, seco. Es decir, Farhadi se empapa del país que mira a través de su cámara. Capta su esencia y lo atrapa con sus ojos, con su mirada especial.

Todos los saben se mete en el corazón de un pueblo castellano. Y como en todo el universo Farhadi se van desenredando unas relaciones cada más complejas, que trazan un mapa emocional donde sus personajes se embarcan para un recorrido que los transformará de principio a fin y dejará ver esa parte oscura que siempre tratamos de ocultar. En ese pueblo castellano se celebrará una boda y llegará desde Argentina, Laura, con sus dos hijos, una adolescente y un niño. Su marido Alejandro no la acompaña. Así Laura se encuentra con su pueblo, con sus calles y con su familia. Y también con aquel que fue su amor de juventud, Paco, que vive con su actual pareja, una maestra.

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La primera vez que vi a Margaret Sullavan en pantalla fue con El bazar de las sorpresas, una de mis películas favoritas de Ernst Lubitsch. Poco a poco he ido viendo parte de su filmografía… y con la expresividad de sus ojos y su voz cascada y entrecortada enriquece a unos personajes que son todo emoción y delicadeza, con detalles y matices. Se convirtió en musa de Frank Borzage y con él realizó una serie de películas que devuelven a una actriz para rescatar del olvido. Así Borzage la convirtió en heroína trágica, pero capaz de un amor trascendental, poderoso y fuerte. En cada una de sus películas con el director, construye personajes femeninos complejos que viven, ríen, sufren y aman. Las películas que realizaron juntos fueron: Y ¿ahora qué? (1934), La hora radiante (1938), Tres camaradas (1938) y Tormenta mortal (1940). Cuatro películas que muestran a Frank Borzage no solo como un director sensible, sino con un dominio elegante del lenguaje cinematográfico y la puesta en escena.

Margaret Sullavan se subió a los escenarios teatrales muy pronto y cuando pasó a la pantalla de cine, lo hizo ya con un rol protagonista con el rey del melodrama durante los años 30, John M. Stahl. Durante sus años de juventud en el teatro, coincidió en la compañía University Players con dos hombres con los que conservaría su amistad durante años: Henry Fonda y James Stewart. Con el primero, vivió una apasionada historia y estuvieron casados durante unos meses. Siempre siguieron siendo amigos. Con el segundo trabajó en varias películas (entre ellas Tormenta mortal y El bazar de las sorpresas), fueron amigos… y se dice que vivieron una historia de amor que nunca pudo ser, que nunca estalló. Sullavan era una actriz exigente y entregada, con mucha personalidad y carácter. Emocionalmente inestable dejó huella imborrable en sus dos primeros maridos: Henry Fonda y el director William Wyler con los que vivió historias apasionadas y matrimonio breve. Sullavan se retiró pronto del cine, durante los años 40, aunque no abandonó los escenarios. Dejó una filmografía breve, pero intensa. Murió a los 50 años de sobredosis de barbitúricos.

Y ¿ahora qué? (Little man, what now?, 1934)

Y ¿ahora qué?

Una pareja sobrevive en un mundo que se derrumba…

Frank Borzage se centró en parte de su filmografía en personajes desheredaros, en los márgenes de la sociedad. Y también realizó una trilogía sobre la inestabilidad social y política alemana que culminó con Tormenta mortal. Y ¿ahora qué? supone la primera película de la trilogía y sigue a dos personajes en los márgenes. Por otra parte, sus películas contaban con el amor como instrumento trascendental que sigue a sus personajes más allá del tiempo y el espacio. Un amor fou que no entiende de racionalidad. Un amor que sobrevive a la tragedia. Los protagonistas de Y ¿ahora qué? son dos jóvenes que viven en una Alemania inestable social y políticamente, que no levanta cabeza después de la Primera Guerra Mundial. Ahogados por la situación económica y laboral, tratan de seguir siempre adelante. Emma (Margaret Sullavan) y Hans (Douglass Montgomery) sobreviven como pueden y solo su amor parece que no sucumbe.

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Un ensayo de referencia sobre la contracultura en España

Jordi Costa, crítico de cine y periodista cultural, emplea una metáfora muy potente para exponer la tesis de su nuevo libro Cómo acabar con la contracultura. Se sirve de una película y de una secuencia determinada. Nos hace recordar los últimos momentos de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) de Pedro Almodóvar. La ruptura de Luci con Pepi y Bom y la vuelta de esta al lado del esposo, el policía facha y maltratador. Y el autor da otro sentido, otra explicación posible, a esa secuencia: la contracultura (Pepi y Bom) se cruza con la España reprimida (Luci) y “libera el potencial utópico y libidinal de su deseo”, pero toda esa energía vomitada regresa de nuevo a las instancias de poder (el marido policía), que siempre han estado ahí, y reincorporan esa energía liberada, apropiándose del discurso de una forma pervertida. Y todo este pulso se produjo sobre todo durante los últimos años de la dictadura hasta que se sentaron las bases de la democracia durante los primeros años de la Transición. Para Costa, la historia de la contracultura en España “es el fracaso de una revolución utópica que acabó siendo absorbida por el mismo enemigo que nació para combatir, solo que ese enemigo había cambiado de forma y pasó de la sotana y el atavío militar a la pana (social)demócrata”. No obstante, en esta historia que propone el autor no borra los matices (los acentúa) y bucea en las contradicciones y en las zonas de sombra e indaga entre los hilos de unión entre la cultura oficial y las subculturas que iban emergiendo alrededor, busca sincronías increíbles y huellas impensables… creando un rico arcoíris cultural que dibuja una historia subterránea de España.

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Wonder Wheel (Wonder Wheel, 2017) de Woody Allen

Wonder Wheel

Sueños rotos en Coney Island

En la filmografía de Woody Allen hay varios caminos y sendas. En 2013 abrió una con Blue Jasmine: el director buscó raíces e inspiración para contar historias en los grandes dramaturgos norteamericanos (aunque siempre vuela su amado Chejov e influencias literarias europeas, como August Strindberg, de la mano de su admirado Ingmar Bergman). Así en Blue Jasmine plasmaba las consecuencias de la crisis económica en una mujer y reinterpretaba Un tranvia llamado deseo de Tennessee Williams. Jasmine era Cate Blanchett, una dama del cine. En Wonder Wheel sigue esa senda, pero esta vez se va a los años cincuenta y realiza un ejercicio nostálgico sobre una América que se perdía en sus sueños, como ocurría en muchas piezas dramáticas de Eugene O’Neill, Tennessee Williams o Arthur Miller. Y también Wonder Wheel se empapa del cine de aquellos años, y su protagonista sueña con estrellas de cine y su hijo escapa de la realidad en las salas viendo películas. Ginny, una camarera en Coney Island, casada con el encargado del tiovivo…, pasea su infelicidad y se aferra a soñar, parece sacada de los melodramas de aquellos años con Lana Turner, por ejemplo. Pero también Allen deja gotas de cine de gánsteres y ese cine negro que juega con el destino de los personajes (uno de los grandes temas del cine de Woody Allen). Esta vez Allen también cuenta con el rostro de otra dama del cine: Kate Winslet.

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