Adiós, Adolfo Aristarain

El universo de Adolfo Aristarain con sus personajes Dante, Alicia y Martín padre. Los tres son guías especiales para un joven perdido.

Con tristeza leí el lunes, nada más levantarme, que había fallecido Adolfo Aristarain. Y esta noticia me hizo retroceder a los años noventa. Recuerdo durante esos años que Aristarain era cita obligada en los cines españoles. Todo empezó con Un lugar en el mundo (1992). Esa película se convirtió en la favorita de muchos y es de esas películas a las que apetece volver siempre. Es una historia de idealismos en forma de western con unas gotas de Raíces profundas.

Después, recuerdo con gran cariño, pero no he vuelto a verla, La ley de la frontera (1995), una película puramente de aventuras con pillos, bandoleros y fotógrafa que atrapa instantes. Más tarde, tocó Martín (Hache) (1997). Y la última película que vi del argentino en cines fue Lugares comunes (2002), que la disfruté en el propio festival de San Sebastián, sobre ilusiones perdidas y recuperadas. Se me quedó en el tintero la última película que rodó dos años más tarde, Roma, que sin duda veré algún día.

El martes en la segunda cadena de la televisión pública española emitieron, como despedida, Martín (Hache), y pude volver a verla. Reconozco que regresando a ella en este siglo XXI y cuando ya soy mucho más mayor, la he entendido mucho mejor que en su momento y me ha llegado más. Sí, en ciertas secuencias, me emocioné mucho y en otras me enfadé bastante (todas las relacionadas con el personaje de Alicia, su final y la reacción de los demás personajes, sobre todo de Martín adulto).

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De película de estreno a película de estreno y tiro porque me toca

Llevo unas semanas recuperando el ritmo de película por semana en sala de cine, pero en el periplo, no he conseguido que ninguna me deslumbre del todo, tan solo destellos. Todas me han aportado algo, pero no he perdido el sentido con ellas. Y es más, todas están bien contadas, incluso con el ritmo adecuado, en ninguna me he aburrido o he tenido ganas de salirme de la sala, pero me han parecido más cerebrales que emocionales. Ni siquiera había un equilibrio entre ambas posiciones, que varias de ellas lo pedían.

Ninguna “sentipensante”, como dice mi hermana. Solo una me hizo desbordarme bastante, pero sufrí un hándicap grave en la sala de cine. Fui a la sesión nocturna, llevaba una semana toledana y hubo momentos en que la vi entre sueños. Lo bonito es que me quedé con unas ganas locas de volver a verla. Lo que vi entre sueños también me hipnotizó. Curiosamente era la que más se dejaba llevar por la fantasía y la que más se arriesgaba cinematográficamente hablando.

Tres de ellas son el reflejo de una época. Y aportan. Es más, diría que son necesarias, pero no son redondas ni perfectas, no llegan del todo al espectador (sea cinéfilo o no), por distintos motivos que iremos desgranando. Cuentan con una mirada sobre un acontecimiento histórico concreto. Emplean distintos géneros para mostrarlos: cine carcelario, cine judicial y cine social. También, por último, escribiré sobre un documental sobre un crítico de cine, que se queda en un reportaje periodístico correcto.

La “sentipensante”. Tres mil años esperándote (Three Thousand Years of Longing, 2022) de George Miller

También os digo que es una película para ver entre sueños, porque de eso trata. De pronto Miller, con sus 77 años y creador de la saga de Mad Max, decide crear una película de fantasía donde se da importancia a la narración, a los cuentos, en una época racional, científica y de nuevas tecnologías.

Él decide contar la relación especial que se establece entre una especialista en literatura y en las narraciones con cara de Tilda Swinton y un genio que sale de una botella igualito a Idris Elba. Y los dos encerrados en una habitación de hotel en Estambul y luego en una casa solitaria en Londres cuentan una historia dentro de una historia y otra historia…

Algo parecido a esos mundos mágicos de las mil y una noches, el barón Munchausen o el manuscrito encontrado en Zaragoza. Y queda demostrado que incluso en este siglo XXI sigue siendo necesario creer en los cuentos y dejarse llevar. ¿Cómo no te vas a arrastrar hasta una sala de cine con semejante título… Tres mil años esperándote? Por cierto, adapta un relato de una autora a la que no me importaría acercarme, A.S. Byatt.

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