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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Las melopeas es, en tono coloquial, como se nombran las borracheras o los estados de embriaguez… En el cine se han representado desde sus inicios las distintas borracheras de sus protagonistas. Y estas tienen una doble mirada: o desencadenan la tragedia o la comedia.

El millonario de borrachera con Charlot en Luces de la ciudad.

Melopeas de comedia. Charlot sabía muy bien hacer de borracho; de hecho uno de sus cortos, Charlot a la una de la madrugada, es una pantomima pura y dura sobre un hombre en plena melopea. El personaje de Chaplin regresa a casa después de una juerga nocturna con una borrachera considerable encima, y, claro, todos los objetos de la casa se le vuelven en contra. Pero en Luces de la ciudad parte de sus gags cómicos vienen de un personaje que no es Charlot, un millonario borracho (Harry Myers). Cuando está bebido, siente amor y amistad por el pequeño vagabundo, pero cuando está sereno no recuerda absolutamente nada y se convierte en un hombre de lo más estirado.

Muchas comedias basan algunos de sus gags en las melopeas de sus personajes principales. Por ejemplo, no hay borrachera más glamurosa y romántica que la que protagonizan James Stewart y Katharine Hepburn, dos personas no muy acostumbradas al alcohol, en Historias de Filadelfia. O Preston Sturges, que parte de una borrachera de su personaje principal para desarrollar la loca trama de El milagro de Morgan Creek, una comedia divertidísima. En ella una joven de un pueblo, después de una noche de juerga con varios soldados que se hospedan en la aldea, amanece sola sin acordarse de nada, con un anillo de casada, y poco después, embarazada.

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Las gafas de Extraños en un tren.

Hace muchos años realicé la primera parte. Ahí hablaba de las gafas de Harold Lloyd (¿sería el mismo sin ellas?), de las de Clark Kent antes de convertirse en Superman o las de Lolita en forma de corazón. Y es que hay gafas icónicas. ¿Identificaríamos a Harry Potter sin ellas? Sin duda, son un objeto totalmente cinematográfico.

Cuando da clases como un tímido y apocado profesor de universidad, Indiana Jones se pone unas gafas redondas. O el álter ego de Woody Allen al igual que él las lleva en todas sus películas, faltaría algo si no las tuviese.

Alfred Hitchcock rueda uno de sus asesinatos más tremendos a través del cristal de unas gafas de la víctima en el suelo en Extraños en un tren. O en Impacto criminal de Richard Fleischer, estas se convierten en todo un símbolo, en un detonante y en una duda durante un juicio.

¿Veríamos a Audrey Hepburn igual sin sus gafas de sol chic en Desayuno con diamantes o en Dos en la carretera?¿Hubiesen sido tan icónicos los protagonistas de Reservoir dogs sin ellas?

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Yo hoy he tenido el privilegio de tener mi Desayuno con diamantes particular y especial en exclusiva. 

Pues, sí, hoy estoy teniendo un peculiar y extraño día de cumpleaños feliz en confinamiento. Pero soy afortunada. Estoy recibiendo llamadas, videollamadas, mensajes de wasaps de gente que quiero mucho. Incluso he recibido una visita sorpresa muy segura desde la calle, y yo he salido al balcón de mi casa como Rapunzel para agitar feliz mi mano (confieso que ganas no me han faltado de bajar corriendo, abrazar y besar…, pero he logrado frenarme). Es más, he tenido el privilegio de que me toquen a mí sola el cumpleaños feliz en violín desde Galicia… No me puedo quejar.

Pero lo más emocionante ha sido el vídeo que se ha currado mi familia. He reído y llorado a la vez. Una película para mí sola donde cada uno de los miembros de mi familia ha recreado una secuencia cinematográfica desde sus hogares. Los créditos ya de antología… con un reparto de lo más especial y unos bailes de pies con calcetines de colores sin igual a lo Footloose. He visto la película más bonita del mundo. Ahí estaba Escarlata O’Hara jurando que jamás volverá a pasar hambre, con el puño en alto y el viento a su alrededor. También el mismísimo Roy Batty me ha recitado un monólogo muy especial (he llorado de la risa), y es que Blade runner no podía faltar. He vuelto a revivir, desde México lindo, la secuencia de la ducha de Psicosis, con un Norman Bates y una Marion Crane muy especiales. Pero esta vez no podía reprimir las carcajadas. ¡Hasta Sister act… me ha enseñado de nuevo a cantar en el coro! Un bellísimo hombre con la camiseta mojada ha gritado, cual Stanley Kowalski: Stellllaaaaa. La misma Novia con su chándal amarillo y su espada amenazadora me ha señalado en un primer plano que ni el mismo Tarantino hubiese imaginado. Y la mascota de una de las casas, un lindo canario, ha protagonizado una aterradora escena de Los pájaros, con música de Bernard Herrmann de fondo acentuando el momento de miedo. Por último, aparición estelar de Holly Golightly en miniatura con rigurosas gafas de sol, con cruasán y taza de leche…, frente a Tiffany-ventana… Demasiado glamour. ¿No es la película más alucinante del mundo? Tenía que compartirla con vosotros en mi blog-hogar. Sigo celebrando… Champán y celuloide para todos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Los pájaros

La cabina telefónica como refugio.

Quién me diría que la cabina telefónica terminaría siendo un elemento urbano del pasado. Y de pronto me entra la nostalgia. ¡Cuántas veces utilicé las cabinas en la calle! ¡Cuántos nervios porque no funcionaba o porque te quedabas sin monedas y veías que se iba a cortar la llamada! ¡Alguna vez llegué a dictar una noticia por una de ellas! Por supuesto el cine tiene cabinas, cabinas míticas.

Siempre que se nombran aquí particularmente nos viene a la cabeza un mediometraje de Antonio Mercero angustioso, La cabina (1972).

Pero tampoco se nos olvida una Tippi Hedren horrorizada, que ve desde una cabina los ataques de los pájaros y que observa cómo intentan también traspasar el habitáculo donde está protegida. Hedren atrapada en Los pájaros (1963)

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Con la muerte en los talones

¿Te vienes a casa?

Hay casas o mansiones en la pantalla de cine, que no olvidas. En unas te quedarías a vivir siempre. En otras preferirías no haber entrado. Son casas con personalidad propia, con vida. Por supuesto, están las clásicas e inolvidables. Hay habitaciones que no se te olvidan nunca.

Hitchcock nos regala varias: la casa de Norman Bates, Manderley, la casa de Atormentada o la maravillosa casa donde vive el villano de Con la muerte en los talones, diseñada por Frank Lloyd Wright.

Si seguimos con el cine clásico, Frank Capra nos ofrece en sus películas casas apetecibles, como esa que se cae a pedazos, pero siempre tiene aires de hogar en Qué bello es vivir o esa donde vive una familia caótica y que se resiste a abandonarla en Vive como quieras.

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Esplendor en la hierba

… un amor adolescente que no pudo ser…

Hace poco he vuelto de nuevo a Esplendor en la hierba. Y me sigue entusiasmando como la primera vez que la vi. “Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”. Quizá sea por eso. El director contó la historia desde la nostalgia, desde la memoria triste de un amor que no pudo ser. Elia Kazan reflejó el primer amor de dos adolescentes de distintas clases sociales en Kansas. La película está ambientada un poco antes de la Depresión y cuando esta estalla… Deanie y Bud no pueden culminar su historia por una cascada de circunstancias sociales que enredan todo. Después de sufrir ambos una crisis existencial, cada uno continua su vida. ¿Hubiesen sido felices? Como no se sabe, la duda siempre persiste en ambos… El guion fue obra del dramaturgo William Inge.

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El regreso de Mary Poppins

Mary Poppins regresa con la familia Banks.

¿Es posible? Pronto será realidad El regreso de Mary Poppins… De la mano de Rob Marshall, que está convirtiendo el cine musical en su género de referencia. Y me muero de ganas por volver a reencontrarme con Mary, esta vez con el rostro de Emily Blunt. De nuevo regresa al hogar de los Banks. Son otros tiempos y otras las circunstancias, pero ahí está. Mary Poppins, amiga de deshollinadores y de faroleros, profesiones hoy obsoletas, vuelve a nuestras vidas. Y los guiños a la versión de 1964, la de Julie Andrews… dirigida por Robert Stevenson, ya se intuyen en detalles con mirar los fotogramas o los tráileres. Una vieja cometa; un espejo; un bolso maravilloso; un paraguas; mezclar indistintamente un mundo real y otro animado, como si fuera algo natural; fenómenos extraños como no poder parar de reír, un mundo al revés u ordenar mágicamente un hogar…, incluso la presencia de un actor (¿cómo olvidar a Dick van Dyke?).

Yo sueño ya con mi reencuentro con un personaje literario que vivió (y vive) entre un montón de páginas que surgieron de la mente de una mujer triste y atormentada, Pamela Lyndon Travers. También el cine recreó su complicada relación con Disney, que tampoco tenía una personalidad fácil…, pero que tuvieron una conexión a través del personaje de ficción, Mary Poppins. Quizá porque esta les hacía huir de infancias complejas que crearon traumas. La película en cuestión es Al encuentro de Mr. Banks, de John Lee Hancock.

Así que miro el cielo nublado… y entre las nubes una mujer elegante, seria, sin perder la dignidad ni la compostura baja con un paraguas abierto… con ella parece más fácil solucionar los problemas del día a día. No es tarde para esperar a Mary Poppins…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Carmen y Lola

… bailando en la piscina vacía…

El otro día me metí en el cine para ver Carmen y Lola de Arantxa Echevarria. Y es una película muy interesante para debatir sobre la mirada hacia al otro en el cine y cómo la mirada hace que uno se posicione, tanto el que mira por el objetivo como el que mira la pantalla. Por eso provoca controversia y distintas reacciones. De la película, me quedo con las escenas intimistas entre las protagonistas y con que narra con delicadeza lo que supone un primer amor. Una de esas secuencias transcurre cuando Carmen y Lola van a una piscina vacía y juegan a que nadan, a que flotan, a que pueden estar juntas sin problemas, apoyándose… Y bailan, bailan sin parar.

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Una cara con ángel

… Una librería como escenario…

Si Holly Golightly pensaba que nada malo le podía pasar en Tiffany, y se tranquilizaba frente a su escaparate o dentro de la tienda sus días rojos se alejaban… yo tengo dos sitios sagrados donde me siento tranquila y me aíslo: uno es la sala de cine y el otro es una librería. Cuando una librería cierra o una sala de cine baja el telón para siempre para mí desaparecen refugios. Sin embargo, cuando se habla de su apertura, respiro tranquila, feliz. Y de nuevo el cine deja varias librerías para el recuerdo, secuencias difíciles de olvidar.

Y volvemos otra vez con Audrey Hepburn y un momento delicioso en Una cara con ángel de Stanley Donen. Justamente el primer encuentro entre el fotógrafo (un Fred Astaire que vuela) y una librera que tiene una cara con ángel. Y es que buscando un lugar adecuado para una producción de moda en la revista que trabaja el reportero…, el equipo repara en una vieja librería… Y no solo no se equivocan de escenario, sino que además esconde un descubrimiento entre las estanterías y los libros: una cara amada por la cámara.

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Kedi

Un gato en Estambul

Llevo ya catorce años con mi gata Sally… y me sigue absolutamente a todas partes. Si yo no duermo, ella no duerme…, con eso os digo todo. Hace poco tuve que teclear toda la noche frente al ordenador por trabajo… y se quedó en mis rodillas. No se movió de mi lado. No es de extraña que me llame la atención la presencia de los gatos en la pantalla grande. Y voy a hablar de tres apariciones estelares de gatos.

En la serie documental sobre cine del crítico Mark Cousins se nos cuenta que el invento del primer plano (una de las herramientas fundamentales del lenguaje cinematográfico) fue cosa de un británico: George Albert Smith, todo un pionero del cine. En un cortometraje titulado Sick kitten (1903), se filma el rincón de un cuarto donde dos niños cuidan de un gato, mientras otro merodea alrededor, y de pronto ocurre algo: la cámara se centra y se fija en el gatito que está en los brazos de la niña y que come, ávido, de una cucharita. Su rostro ocupa gran parte de la pantalla. Un increíble y bonito primer plano que hace que el espectador centre su atención en él. El primer plano (o uno de los primeros) en el cine fue de un gato.

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