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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Cuando se habla de cine italiano, inevitablemente los directores que vienen a la cabeza son los que hicieron resurgir el cine de las cenizas de la segunda guerra mundial, fomentaron que naciera un movimiento, luego siguieron sus caminos y dejaron sucesores que evolucionaban hacia otros derroteros: Roberto Rossellini, Vittorio de Sica, Federico Fellini, Luchino Visconti, Michelangelo Antonioni y Pier Paolo Pasolini. Pero el cine italiano fue brutalmente creativo y rico, existen más directores con filmografías ricas y películas que ponen de manifiesto una cinematografía arriesgada con unos actores brillantes. Y aquí veremos una pequeña muestra.

Abajo la riqueza (Abbasso la ricchezza!, 1946) Gennaro Righelli

Abajo la riqueza

El cine italiano también tiene, como no, sus pioneros. Y uno de ellos fue Gennaro Righelli que empezó su carrera con el cine mudo, lo continuó con éxito en la década de los 20 en Alemania y regresó a Italia como director con fama de artesano durante la década de los 30. Y en sus últimos años realizó dos tragicomedias populares con Anna Magnani de protagonista. La actriz iba rumbo de convertirse en leyenda y ya era rostro del neorrealismo desgarrador en su aparición en Roma, ciudad abierta. Y Righelli la hizo protagonizar Abbasso la miseria! (1945) y la que nos ocupa, Abajo la riqueza, al año siguiente.

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Despertares

La pantera explica cómo se siente un enfermo en Despertares.

Tiempo de verano, tiempo de casualidades. Una repasa películas al azar en la televisión de la sala de estar. Y estos días decido contemplar películas que en el momento del estreno me fascinaron. Una tarde me pongo Despertares (Awakenings, 1990) de Penny Marshall y descubro que me sigue emocionando. Y que su recuerdo no cayó en olvido en mi memoria. La película es una adaptación de un libro autobiográfico del neurólogo Oliver Sacks.

Y a la tarde siguiente me dispongo a disfrutar de una película de Woody Allen que vi en su momento, recordé que me gustó mucho, pero no la había vuelto a ver desde su estreno: Otra mujer (Another Woman, 1988). Y me doy cuenta de muchos más matices y más significados de esta película, y es debido a que me voy acercando a las edades y sentimientos de los personajes principales.

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Luz de gas

Pistoletazo de salida al suspense decimonónico.

Una película británica de 1940 iba a dar el pistoletazo de salida para varias películas ambientadas durante el siglo XIX, más concretamente durante el periodo victoriano, o principios del siglo XX donde se manejaban historias de suspense, con gotas de puro cine noir y también códigos del cine de terror. Esa serie de películas han recibido nombres como suspense deminónico o noir victoriano y no hay duda de que el recorrido está repleto de joyas y sorpresas. La película en cuestión sería Luz de gas (Gaslight, 1940) de Thorold Dickinson con un marido enloqueciendo poco a poco a su mujer, y ridiculizándola en cada momento, sobrepasando la crueldad enfermiza. No falta nada: miedo, locura, asesinato, venganza… Los protagonistas serían Anton Walbrook que construiría a un personaje francamente desagradable y una delicada Diana Wynyard. Pero sería su remake americano, cuatro años después, quien pondría de moda este tipo de películas, Luz que agoniza (Gaslight, 1944) de George Cukor. Con un atormentado y malvado Charles Boyer que hace la vida imposible a una enamorada y sufrida Ingrid Bergman. Ambas obras cinematográficas adaptaban la obra teatral de Patrick Hamilton.

No obstante ya había antecedentes interesantes entre estos cuatro años. Y esta vez de la mano de Charles Vidor con El misterio de Fiske Manor (Ladies in Retirement, 1941), una película fascinante, y como escribí en su momento “con la presencia de un poderoso reparto femenino y de un seductor pero oscuro Louis Hayward (esposo en aquellos años de Ida Lupino), se construye una historia enfermiza con unos personajes con unas psicologías muy especiales y unas relaciones complejas. Pero además les rodea la niebla, el paraje solitario, los rayos y truenos de las noches de tormenta, la débil luz y las sombras de los quinqués, los sótanos, las velas, las escaleras y las imágenes religiosas… con momentos poderosísimos como el efecto que puede causar la melodía de un piano o el terror que puede provocar una persona bajando por unas escaleras… o lo que significan unas perlas rodando por el suelo… Y ya se va preparando al espectador para la atmósfera siniestra de la historia desde unos títulos de crédito con niebla y lápidas…”. Y es que algo que cuidan esta serie de películas son la ambientación (la presencia de los quinqués, las tormentas, la niebla y las escaleras o sótanos se comparte en varias de ellas), pero también la compleja psicología y las relaciones entre los personajes, que los acercan al cine negro y a esa fatalidad que sobrevuela sobre ellos.

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La rebelde

Daisy Clover se desploma, se rompe, en la cabina de sonido…

Una escena concentra todo el drama de La rebelde. Transcurre casi al final de la película. Una pantalla gigante proyecta la imagen en blanco de la actriz adolescente Daisy Clover (Natalie Wood) moviendo los labios en su nueva película mientras canta “The circus is a wacky world”. Ella, de carne y hueso, se encierra en la cabina de sonido para grabar con calidad la canción en la banda sonora de la película. Y en lo alto, en otra cabina, están los técnicos de sonido y el todopoderoso productor que trata de controlar su imagen y su vida, Raymond Swan (Christopher Plummer). Se disponen a grabar y la canción no sale bien. El productor pide a Daisy que repita una y otra vez la toma. Cuando la cámara se desliza fuera de la cabina de la actriz no hay sonido, solo vemos el rostro de Daisy que trata de atinar y cantar correctamente. Y cuando vuelve dentro de la cabina, oímos insistente el sonido de los números que indican que entra de nuevo la escena que se repite y a la joven intentando cantar bien. Hay un momento que la secuencia es muda y solo oímos el sonido insistente de los números que pasan; 1, 2, 3, 4… y el rostro cada vez más roto de la actriz en la cabina. Contrasta la felicidad que desprende el personaje que representa en la pantalla, así como la letra de la canción sobre lo loco que es el mundo del circo (que puede cambiarse por el mundo del cine), con la angustia, la inquietud y el ataque de nervios que se va viendo que sufre en el interior de la cabina la actriz… hasta que tiene un colapso en el que grita desesperada que paren esa secuencia. El productor sale de su cabina, y se oyen ya sus gritos, va corriendo donde está la actriz y trata de calmarla. Es una secuencia terrorífica e inquietante.

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La jungla de asfalto

… planeando el atraco perfecto en las cloacas de la jungla de asfalto

John Huston cierra La jungla de asfalto con un final lírico y tremendamente trágico y culmina así la historia de uno de sus perdedores, personajes que pasean por la mayoría de sus películas. Dix Handley (Sterling Hayden), un pistolero del montón, que persigue su sueño de infancia de regresar a la granja paterna de caballos lucha hasta el final por alcanzarlo. Pero el pistolero no es el único que pierde, sino que poco a poco van cayendo cada uno de los implicados en un atraco, en un principio, perfecto. Y es que la película es cine negro puro: el destino trágico sobrevuela todos los fotogramas, la ambigüedad campa a sus anchas y el fatalismo se pinta de blanco y negro. Todos los personajes se mueven en una jungla de asfalto, en una ciudad que los hace devorarse unos a otros, y algunos de ellos buscan la felicidad fuera de las calles amenazantes y los garitos de mala muerte. Los sueños pueden ser una granja en el campo, una playa lejana, algún país europeo o México como meta. Pero el destino todo lo tuerce.

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Hay directores a los que merece la pena rescatar del olvido una y otra vez, y que según se va completando su cuantiosa filmografía, el número de sorpresas no deja de ascender. William Dieterle es uno de tantos directores pioneros europeos que terminaron, por distintas circunstancias, en EEUU. Su condición de judío y la oportunidad de rodar versiones alemanas de las películas de Hollywood a principios de los años 30 (que produjo un éxodo de profesionales europeos a los estudios norteamericanos), durante el famoso periodo de transición del mudo al sonoro…, hizo que ya no abandonara la fábrica de sueños.

Durante su carrera como director, trabajó varias veces con el actor Joseph Cotten. Este había fundado junto a Orson Welles en 1937 el Mercury Theatre y su primer papel importante en el cine fue de la mano de su gran amigo en Ciudadano Kane (antes habían experimentado juntos con Too Much Johnson) en 1941. Pero Cotten ya no dejó de hacer cine. Y Dieterle le rodeó de un halo de personaje romántico, que durante mucho tiempo no le abandonó, y una muestra de ello son Te volveré a ver y Jennie.

El tratamiento del amor de William Dieterle en ambas películas es diferente. En la primera es una historia realista sobre segundas oportunidades, donde el amor contribuye a mejorar la vida de dos personas que han vivido momentos muy malos. Y la segunda es una película extraña y mágica donde se relata una historia de amor fou, más allá del tiempo, el espacio y la muerte. Lo que une a las dos, además del actor principal y el tema, es su extrema sensibilidad.

Te volveré a ver (I’ll be seeing you, 1944)

Te volveré a ver

Un hombre y una mujer… y una segunda oportunidad de ser felices

Y no son pocas las películas de este periodo bélico que hablan de encuentro, melancolía, desencanto y tristeza entre hombres y mujeres en un mundo en guerra. Y de la posibilidad del amor. A veces casi puro milagro. Habla de hombres rotos por la guerra y de mujeres que sobreviven. Películas que muestran a soldados de permiso o heridos que descubren que ya nada es igual y a mujeres que llevan sobre sus hombros una dura carga. A Su milagro de amor de John Cromwell o El reloj de Vicente Minnelli ambas de 1945, se les une un bello precedente: Te volveré a ver.

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El trío protagonista de Unión Pacífico, aventura y emoción continua.

Que Cecil B. DeMille sabía perfectamente lo que era el sentido del espectáculo es un tópico que se repite mucho al referirse a su persona…, pero es una afirmación real. A sus epopeyas bíblicas e históricas, se unía su afán por reflejar una imagen de América con altas dosis de épica y conservadurismo…, pero con películas no solo amenas sino muy bien construidas. Por eso en la filmografía de DeMille no podía faltar un western épico, donde hay buenos y luchadores que construyen un país prospero, unos malos malísimos que tratan de impedir todas las buenas cualidades de una nación… y unos indios salvajes, que son amenaza y obstáculo para el progreso, y que no se pierde ocasión para presentarlos fieros, pero también ridículos e ignorantes. Aun así, Unión Pacífico no solo es una película espectacular y entretenida, sino también intensamente emocionante, con un buen empleo del lenguaje cinematográfico, unos efectos especiales espectaculares y una galería de actores principales y secundarios que contribuyen a implicar al espectador en la trama.

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Agáchate, maldito

La complicidad de Juan y John en ¡Agáchate, maldito!

Juan (Rod Steiger) le dice indignado a John (James Coburn): “La revolución, la revolución… Hazme el favor de no hablarme nunca más de revoluciones. Yo sé muy bien cómo es eso y cómo empieza. Llega un tío que sabe leer libros y va donde están los que no saben leer libros, que son los pobres, y les dice: Ha llegado el momento de cambiar todo. Sé muy bien lo que digo, que me he criado en medio de revoluciones. Los que leen libros dicen a los que no saben leer libros, que son los pobres: Aquí hay que hacer un cambio. Y los pobres diablos van y hacen el cambio. Luego los que leen libros se sientan alrededor de una mesa y hablan, hablan y hablan y comen, hablan y comen… y mientras ¿qué fue de los pobres diablos? Todos muertos. Esa es tu revolución. Por favor, no me hables más de revoluciones. ¡Puerca mentira! ¿Sabes qué pasa luego? Nada”. John le ha escuchado atentamente, se queda mirando el libro que está leyendo y lo tira al suelo: El patriotismo de Mijail Bakunin. Esta es una secuencia de ¡Agáchate, maldito! (película que sufrió varios cambios de títulos durante su distribución: Giù la testa, Erase una vez… la revolución, Duck, you sucker, A fistful of dynamite…) que casa perfectamente con la cita de Mao Tse Tung que abre la película: “La revolución no es una cena social, un evento literario, un dibujo o un bordado. No puede hacerse con elegancia y cortesía. La revolución es un acto de violencia” y con la mirada de Sergio Leone, que cuenta para ello con los ojos de sus dos protagonistas. Los dos personajes principales se conocen en plena revolución mexicana y el director se apropia de sus miradas. Juan y John no son héroes, son dos personajes que arrastran sus propias historias personales y se ven envueltos en la revolución. No hay idealización… No son dos héroes, sino más bien antihéroes con sus contradicciones y defectos a cuestas. Sí se muestra la crudeza, la dureza, la violencia, la traición, el sentimiento de culpa, la venganza… Pero también la amistad, el perdón, el compromiso…

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La casa 322

Dos amantes atrapados en la casa número 322.

Estoy asombrada… Cómo las películas dialogan entre sí o esconden hilos invisibles que van viendo la luz. El otro día me escribía con Bet, del blog La chica del parasol blanco, y le contaba que había visto una nueva película de Barbara Stanwyck y George Sanders que me había gustado mucho, El único testigo (Witness to Murder) de Roy Rowland. Y ella me preguntaba, al enterarse del argumento (una mujer es testigo de un asesinato a través de su ventana), que si haría una buena sesión doble con La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock… y le contesté que sí. Lo que no me esperaba es que al visionar hace poco una película que iba persiguiendo desde hace años: La casa número 322… me iba a dar cuenta de que había descubierto una ¡sesión triple espectacular! ¿Por qué hubo tantas ventanas indiscretas en 1954…, año que además comparten las tres?

La casa número 322 de Richard Quine también está envuelta con los ingredientes del cine negro puro. El protagonista es un policía, en un principio honrado y hombre normal y corriente, con cara de Fred MacMurray… y, de nuevo, como en Perdición, se cruzará con una femme fatale que le conducirá a un destino funesto. Lo único que en aquella MacMurray era un agente de una compañía de seguros que se encontraba con una femme fatale de armas tomar y muy activa en el plan (con rostro de Barbara Stanwyck, aquí la tenemos de nuevo)… Los dos caían conscientemente al abismo. Y en la película de Richard Quine, que esconde en muchas de sus películas un romanticismo trágico, es una femme fatale a su pesar, una superviviente en una sociedad de depredadores. Sí, es la que enciende la mecha, pero como sin darse cuenta, y es una víctima de un mundo masculino que la consume y la arrastra a la deriva. El policía cae en sus brazos… y los dos caen al abismo porque van en busca del dinero. Su falta en el pasado, sus vidas desgraciadas y su instinto de supervivencia hace que lo identifiquen como la única salida para la felicidad en común.

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Piel de asno

El cuento de Piel de asno bajo la mirada de Demy

Charles Perrault recopiló varios cuentos populares bajo el título Los cuentos de mamá oca (o también Los cuentos de mamá ganso). Así recogió de la sabiduría popular historias como la de La bella durmiente, El gato con botas, Caperucita Roja, Cenicienta, Barbazul… En posteriores ediciones se añadieron algunos cuentos más con la peculiaridad de que no eran en prosa… sino en verso. Y entre ellos se encontraba Piel de asno. Estos cuentos de hadas presentan siempre elementos mágicos, de fantasía, donde se agazapa el inconsciente… y una mirada al mundo donde no se esconde lo oscuro, lo grotesco, lo terrible… Eran historias de tradición oral y que su público fuera infantil es algo más tardío, de los siglos XIX y XX. Los cuentos son herramientas para entender cómo funciona el mundo o cómo enfrentarse a distintos obstáculos. Y algunos de ellos se quedan grabados en la memoria infantil para siempre. Y a Jacques Demy uno de los cuentos que le marcó fue precisamente Piel de asno. Hoy este cuento no creo que sea muy leído por las nuevas generaciones. Es más no creo que Jacques Demy hubiese podido plantear actualmente la película con esa mirada hacia su universo infantil.

Hoy en día hay una corriente que considera que hay cuentos de hadas, populares, que no se amoldan a la mirada actual, que no son políticamente correctos. Y que por eso, para transmitírselo a los niños de hoy, es mejor modificarlos. No es algo nuevo. Walt Disney transformó los cuentos a su propio universo. Si nos ponemos puristas hasta recopiladores como el propio Perrault o los hermanos Grimm…, los suavizaban. También es cierto que ellos lidiaban con varias versiones orales y creaban una historia escrita. Pero esta corriente actual hace que se pierdan joyas literarias como Barbazul o Piel de asno y que otras se modifiquen absurdamente. Y yo me hago una pregunta: ¿no sería mejor dejar esos cuentos tal y como están, sin modificarlos, que son pequeñas joyas literarias y que poseen un análisis apasionante… y para transmitir esa “nueva mirada” se crearan cuentos nuevos acordes a “nuestros tiempos”? Y es que la literatura infantil está viva y es rica… y me consta (pues me encanta indagar por estos mundos) que se están creando relatos maravillosos… Entonces ¿por qué tocar esos cuentos de hadas? Además hay otra cuestión apasionante, cuando el niño escucha o lee el cuento… su recreación, lo que atrapa es uno de los grandes misterios de la literatura. Y es que esos cuentos tienen revelaciones y cada lector los absorbe, “los mira”, “los siente” de manera diferente. A mí me marcaron mucho en mi infancia Barbazul, El traje nuevo del emperador o La bella durmiente. Y de Barbazul me quedaba con lo siniestro, con el terror y con la heroína que investigaba, que sentía curiosidad, que quería saber… No era un personaje pasivo. Sí, es cierto, los cuentos de hadas presentan un mundo duro, cruel, oscuro, terrible, plantea cuestiones complejas… y a veces no tienen finales felices, pero ¿cómo es la vida? ¿Y cómo es la realidad que vivimos?

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