Sesiones de verano (y III). Mi propio festival de cine de verano

Durante este mes de agosto, he tenido mi propio festival de cine de verano con varios visionados que tenía pendientes y descubrimientos de clásicos que todavía no había visto. Desde hace años, no me muevo en agosto. Mi ciudad es agradable durante este mes de parón. No solo pude vivir el eclipse en un parque (y me hizo más ilusión de lo que pensaba), hice alguna que otra escapadita gastronómica, alguna que otra celebración, completé lecturas que tenía pendientes y elaboré varios trabajos, sino que no me faltó el cine. No pude acercarme a la sala de cine, y eso que agosto es un mes muy rico en oportunidades cinéfilas, pero sí he tenido la oportunidad de disfrutar de muchas buenas películas en casa.

Mucho cine estadounidense de los setenta

Daisy Miller, una película del Nuevo Hollywood.

Me gusta mucho todo lo relacionado con el Nuevo Hollywood y los setenta, aunque los ecos de cambio ya sonaban a mediados de los sesenta, así que siempre he tratado de ver todo lo que cae en mis manos de esta etapa, pero todavía me quedan bastantes títulos por ver. Y este verano me he empapado de varios de esas películas pendientes.

Me encantó descubrir la ópera prima de Alan J. Pakula, El cuco estéril, una crónica de un amor universitario en absoluto tópico y con una protagonista femenina demoledora en su complejidad (Liza Minnelli).

Luego una de mis grandes pendientes de Peter Bogdanovich, del que prácticamente he visto toda su filmografía, era Daisy Miller, su adaptación de la novela corta de Henry James. ¡Cómo he disfrutado de esta película, más de lo que esperaba! Bogdanovich sorprende con su ligereza en el retrato de Daisy para presentar finalmente un relato cinematográfico melancólico que te golpea fuerte.

Por último, me metí en una de las obras de Paul Schrader que todavía no había visto, Hardcore, uno de sus relatos cinematográficos con antihéroe que baja a los infiernos y encuentra un camino de redención inesperado. Esta vez es un padre de familia profundamente religioso e intransigente que busca a su hija desaparecida y entra en el mundo del cine porno con una mirada muy diferente y totalmente opuesta a Boogie Nights.

Sin abandonar los setenta, revisioné uno de esos grandes éxitos del cine de catástrofes, La aventura del Poseidón. Este cine de catástrofes fue una manera de preservar la herencia y los preceptos del cine clásico en Hollywood y el sistema de estudios, con repartos estelares con actores que estaban emergiendo en la década que se mezclaban con otros que habían reinado en el Hollywood clásico. Productos cinematográficos bien hechos, con buenos personajes y una historia coral con catástrofe de fondo que enganchaba desde el primer segundo.

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Reflexiones alrededor del revuelo con la nueva versión de Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 2026) de Emerald Fennell

«Cumbres Borrascosas», con comillas, de Emerald Fennell.

Cierro las páginas de la edición que siempre he leído de Cumbres borrascosas y ha vuelto a engancharme y a meterme en ese universo fantasmal y de amor fou que Emily Brontë vertió en su novela. Otra vez, me he sentido transportada a esas casas de campo de los Earnshaw y la de los Linton en medio de la naturaleza salvaje.

Y me ha estremecido, como siempre, ese personaje oscuro que es Heathcliff, que nunca se supo de dónde vino ni tampoco adónde va ni cómo consigue su fortuna cuando abandona la casa de Cathy. Lo trajo de la calle el padre de Cathy y Hindley y cambió la dinámica familiar para siempre.

Ese hombre que cuando siente que su compañera de juegos y enamorada Cathy puede sucumbir a la vida cómoda de los Linton y alejarse de su lado, huye, para regresar con fortuna y vengarse. No se sabe nunca dónde ni qué hace ni cómo vuelve con dinero.

Y cuando regresa, vive solo para devolver odio a los que le hicieron daño y también a las generaciones futuras. Todo arrastrado por su tormentosa relación con esa niña con la que creció en las landas y con la que se siente irremediablemente unido…

La historia de Cathy y Heathcliff nos es contada por otros que vivieron con ellos. Sobre todo por esa ama de llaves fiel, Nelly. Y esta a veces sabe lo ocurrido por otros que le narran lo acontecido. Todo es a través de sus ojos, ¿es una narradora objetiva y fiable? Ese es otro de los elementos que dan encanto y ambigüedad al relato. ¿Es Cathy egoísta, voluble, rencorosa y demás atributos? ¿Es Heathcliff hombre tan misterioso y oscuro?

Si algo ha conseguido Emerald Fennell es que se vuelva a hablar de Cumbres borrascosas y de las hermanas Brontë (sobre todo de Emily), puede que alguien lo vuelva a leer (como me ha pasado a mí) o que otro se adentre en su lectura por primera vez. Los que nunca la hayan leído, asistirán alucinados a una obra desconocida, pues nada tiene que ver la novela con la historia que nos cuenta Fennell.

En numerosas entrevistas la directora y guionista dice que hay que tener en cuenta las comillas del título, pero es que no es una adaptación libre o heterodoxa, que atrapa su espíritu. No, no tiene nada que ver con eso.

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Historias veraniegas (4). Por qué el cine me sigue gustando

 

Por qué me gusta el cine: A Gena Rowlands, igual la admiro en cine independiente puro y duro como Una mujer bajo la influencia que en un cine más comercial como El diario de Noa.

A veces una necesita seguir reforzándose y preguntarse una y otra vez por qué le gusta el cine. Y, bueno, hoy se me ocurren diez puntos.

1. Me entero de la muerte de la actriz Gena Rowlands a sus 94 años. Musa de su esposo y de su hijo. La intérprete fue el rostro del cine independiente puro y duro de la mano de John Cassavetes. Y también fue el rostro de uno de los títulos más taquilleros de su hijo Nick Cassavetes, un drama romántico alejado totalmente del cine que hacía su padre. Pues bien, soy capaz de deleitarme con la Rowlands maravillosa de Una mujer bajo la influencia, una intérprete que arriesga en cada secuencia.

Y derretirme y emocionarme con esa mujer aquejada de alzhéimer (lo que finalmente padeció en la vida real) en El diario de Noa, protagonizando un drama romántico en El diario de Noa. Me gusta el cine que arriesga y el que forma parte de lo que llaman cultura popular, que también hay de la buena. Me gusta acercarme a las películas sin prejuicio alguno y solo a partir de ahí analizarlas.

2. El otro día me apetecía desconectar totalmente del mundo y pude hacerlo a través de dos películas que me hicieron recordar lo que me entusiasma el género de aventuras cuando está bien hecho. Así me ocurrió ante Los tres mosqueteros: D’ Artagnan y Los tres mosqueteros: Milady de Martin Bourboulon. Cómo me gusta el cine de género, cuánto puedo disfrutar de él y qué maravilla cuando se hace bien. Aventuras, buena ambientación, una galería de actores de esas que no dejas de decir: «¡Anda!, pero mira quién está aquí»…

En el momento del estreno, se decía que sí que eran buenas, pero que Bourboulon no aportaba nada al género y, qué queréis que os diga, en este caso no me importó en absoluto la no innovación, solo buscaba pasármelo bien. En este doblete además también uno puede analizar ese complejo mundo que es el de las adaptaciones literarias a la pantalla. ¿El director capta el espíritu del libro? ¿Qué aporta? ¿Y si aporta, merece la pena? De nuevo, como ocurre en otras versiones cinematográficas, el personaje más atractivo y con el que más se atreve a innovar esta adaptación cinematográfica es con Milady… No solo desconecté, sino que no respiré durante horas enganchada a la historia que me estaban contando en la pantalla.

3. Últimamente no estoy pudiendo ir mucho a la sala de cine a ver producciones de estreno. El otro día me acerqué a un cine y decidí apostar por un director al que suelo ser fiel siempre que puedo: Robert Guédiguian. Le prometí fidelidad eterna cuando le descubrí con Marius y Jeanette en 1997. Pues bien ha estrenado Que la fiesta continúe. Es una de las películas que rueda en su adorada ciudad de Marsella sobre la buena gente que sigue creyendo en cambiar el mundo, en vivir en comunidad y en las virtudes de la militancia social.

Durante décadas lleva trabajando con su esposa Ariane Ascaride y sus amigos Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan como intérpretes, así como una troupe de actores que se van incorporando en las distintas producciones. ¿La disfruté? Sí, mucho. Bajo esa columna donde descansa el busto de Homero (el leitmotiv de su nuevo largometraje), Guédiguian es otro poeta épico de los que normalmente no suelen ser portada de los periódicos ni encabezan las noticias a no ser que formen parte de las estadísticas.

Por qué me gusta el cine: Dadme una buena película de aventuras (como la última versión de Los tres mosqueteros) que me desconecte del mundo y hacedme feliz.

4. Durante este mes de agosto, estoy escribiendo distintos textos de cine, si no es para el blog para otros proyectos que van surgiendo o para la única red social donde se me puede encontrar. Siempre por placer. Y aunque a veces sufro o me agobio, porque me gustaría que los días tuviesen más horas y los años más meses, cuando estoy en el proceso de escribir un texto de cine es cierto que lo disfruto a tope. Me encanta desde la concepción de la idea hasta su plasmación en papel y el proceso creativo para ir dándole forma.

Y sea cual sea el resultado: unas veces, bueno; otras, regular y otras, malo…, esas horas que estoy concentrada en la creación soy feliz. Y si tiene que ver con el cine y todo lo que le rodea más aún. Sí, el cine me inspira y me hace escribir. Y eso para mí es bueno. Además sé que todavía no he hecho ese texto o ese libro que diga esto es el top, es realmente bueno. Bastante suerte he tenido con haber podido publicar (siempre intentando hacerlo lo mejor que puedo y tomándomelo muy en serio), porque solo escribiendo y escribiendo, se aprende. Estoy orgullosa de muchas cosas de las que he escrito, pero sé que todavía puedo dar mucho más.

5. Sigo la estela del punto anterior. Casi el mismo placer que me provoca escribir sobre cine, me lo provoca leer un buen ensayo, reportaje, entrevista, texto, novela, cuento que trate este tema en cuestión. Hay textos de cine que para mí han supuesto no solo un disfrute, sino pequeñas revelaciones. Sería capaz de realizar una enorme lista con literatura cinéfila u obras cinematográficas que me han hecho pasar buenos momentos. Todo empezó hace muchísimos años cuando disfruté de un coleccionable de Diario 16 sobre la historia del cine o mi madre me conseguía los artículos que escribía cada semana Terence Moix sobre actores y sobre historia del cine. Estos textos fomentaron mi gusto por leer todo lo que cayera en mis manos relacionado con el séptimo arte.

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El sol sale mañana (Our vines have tender grapes, 1945) de Roy Rowland

Con su secuencia de apertura ya percibimos el tono de El sol sale mañana. Dos niños pasean, rodeados de naturaleza. Son Selma (Margaret O’Brien) y Arnold (Jackie Butch Jenkins). Ella tiene siete años y él, cinco. Pasan muchas horas juntos porque son primos y vecinos, se enfrentan al mundo que les rodea y tratan de entenderlo, aunque no es fácil. En tan solo unos minutos, en una cálida jornada de verano, juegan, discuten, reflexionan y se enfrentan a dilemas complejos como la muerte, la guerra, la crueldad y la responsabilidad de sus actos. Pero todo fluye de manera sencilla, sin grandes aspavientos. Otra peculiaridad de los críos es que viven en una pequeña localidad rural estadounidense, Fuller Junction, donde forman parte de una comunidad inmigrante noruega.

Selma tiene una relación muy especial con su padre Martinius (Edward G. Robinson), un hombre del campo, trabajador y sabio. Para él, la cría es su “jenta mi”, “mi niña” en noruego. Los dos a su vez se sienten seguros bajo la mirada y los cuidados de Bruna (Agnes Moorehead), la esposa y la madre, una mujer que parece recta y seria, pero que comprende como nadie a las dos personas que más quiere en el mundo. Siempre está presente para acompañarlos en el recorrido de la vida. La película transcurre durante un año, y diversas anécdotas van pasando tranquila y plácidamente como las estaciones del año. De fondo, la sombra de la Segunda Guerra Mundial.

El sol sale mañana hace una bella sesión doble con otra película ya reseñada, Nunca la olvidaré (I remember mama, 1948), de George Stevens, donde una adolescente rememora los avatares de su familia, inmigrantes noruegos, en San Francisco. Si la película de Rowland gira alrededor de la figura del padre, en la de Stevens era la madre la figura central. Ambos largometrajes están narrados con una sensibilidad especial, con calma, como el largo río de la vida. Eso sí, a veces, con turbulencias y oscuridades.

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Diccionario cinematográfico (230). Casas con personalidad propia

Con la muerte en los talones

¿Te vienes a casa?

Hay casas o mansiones en la pantalla de cine, que no olvidas. En unas te quedarías a vivir siempre. En otras preferirías no haber entrado. Son casas con personalidad propia, con vida. Por supuesto, están las clásicas e inolvidables. Hay habitaciones que no se te olvidan nunca.

Hitchcock nos regala varias: la casa de Norman Bates, Manderley, la casa de Atormentada o la maravillosa casa donde vive el villano de Con la muerte en los talones, diseñada por Frank Lloyd Wright.

Si seguimos con el cine clásico, Frank Capra nos ofrece en sus películas casas apetecibles, como esa que se cae a pedazos, pero siempre tiene aires de hogar en Qué bello es vivir o esa donde vive una familia caótica y que se resiste a abandonarla en Vive como quieras.

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Diccionario cinematográfico (222). Familias

La familia

Familias: palabra inabarcable en el mundo del cine. Las hay de todos tipos, felices e infelices. Locas y cuerdas. Divertidas y tristes… Buenas y terroríficas. De policías y de mafiosos. Ricos y pobres… Algunas veces sabemos la historia de generaciones y otras veces acompañamos a una familia por unos cuantos días, o incluso tan solo unas horas.

De las más actuales tenemos, desde Francia, a La familia Bélier, donde todos los miembros son sordos excepto la hija mayor, que además tiene una bella voz para el canto. También está la familia Weston con los que vivimos unos días calurosos de verano en la América profunda, en concreto del mes de Agosto (antes de verlos en la pantalla, los disfrutamos en los escenarios teatrales). Imposible olvidar el almuerzo después de un entierro, y cómo madre e hija acaban de los pelos y todos intentando separarlas. En el cine patrio no solo está la saga de La gran familia ni tampoco únicamente los Panero (que además poca ficción hay en ellos) y El desencanto… que arrastraban por una España en blanco y negro. No hace mucho apareció por este hogar del ciberespacio la familia Porto Alegre que influenciada por Las furias llega a momento catártico al lado del mar… después de varios ataques de nervios. Y también tan solo hace unos tres años estuvimos de celebración, entre risas y lágrimas, digo, con siete novias para siete hermanos, con la familia Montero, o como gustan llamarse: La gran familia española. Ay, también Almodóvar tiene una colección de familias especiales, siempre con fuerte presencia femenina. Y es que el director en Volver regresa a sus raíces familiares manchegas en compañía de Raimunda y toda su estirpe de mujeres.

Pero hay familias de celuloide míticas. Así, de repente, me vienen a la cabeza una ráfaga. Los Corleone nunca faltan a una cita de familias y nadie olvida un regalo para El padrino. Tampoco podemos olvidarnos de las desgracias de la familia Joad en esa camioneta desvencijada, porque Las uvas de la ira caen por una carretera interminable. Y por estas fechas, Qué bello es vivir, todos recordamos a la familia Bailey, que aunque no lo tiene fácil y a veces las cosas se les ponen muy complejas, como dice el ángel Clarence cuentan con muchos amigos. O alrededor de torres de petróleo, aunque ellos siempre prefirieron el ganado, se encuentran los Benedict, protagonistas de una historia Gigante. Y no podemos dejar de nombrar a los Amberson… El cuarto mandamiento de Orson Welles: dejarás la historia por décadas y décadas de una familia y su decadencia.

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William Somerset Maugham, un escritor de cine

somersetmaugham

Uno de los grandes placeres veraniegos ha sido hundirme en la lectura de novelas y cuentos de William Somerset Maugham, una asignatura que tenía pendiente. Las películas que adaptaban sus obras siempre me habían llamado la atención y llevaba años detrás de leer su legado literario. Así que manos a la obra… y estoy disfrutando de lo lindo. Así he podido ir a las fuentes originales de películas que forman parte de mi memoria cinéfila y sigo buscando los relatos o cuentos que han vomitado películas que me han interesado. Lo que más me ha fascinado de Somerset Maugham como autor es sin duda la psicología de sus personajes. Así sus novelas y relatos trazan un mapa de la naturaleza humana, con sus luces y sus sombras, y la fuerza de sus historias reside en unos personajes perfectamente construidos.

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