Con la muerte en los talones

¿Te vienes a casa?

Hay casas o mansiones en la pantalla de cine, que no olvidas. En unas te quedarías a vivir siempre. En otras preferirías no haber entrado. Son casas con personalidad propia, con vida. Por supuesto, están las clásicas e inolvidables. Hay habitaciones que no se te olvidan nunca.

Hitchcock nos regala varias: la casa de Norman Bates, Manderley, la casa de Atormentada o la maravillosa casa donde vive el villano de Con la muerte en los talones, diseñada por Frank Lloyd Wright.

Si seguimos con el cine clásico, Frank Capra nos ofrece en sus películas casas apetecibles, como esa que se cae a pedazos, pero siempre tiene aires de hogar en Qué bello es vivir o esa donde vive una familia caótica y que se resiste a abandonarla en Vive como quieras.

¿Alguien puede olvidarse de Tara de lo que El viento se llevó? Pero me vienen entonces mansiones y casas de melodramas o películas de época. Por ejemplo, las casas son protagonistas en las películas de Wyler: cómo olvidar donde se encierra para siempre La heredera o esa casa colonial en la que un hombre muere de unos disparos y cae por la escalera que da al patio en La carta o esa casa donde La loba traza sus planes para conseguir más y más dinero, arrasando con todo y donde la espera la soledad más absoluta… Otro director de melodramas que filma casas con personalidad propia es ni más ni menos que Douglas Sirk. Así uno pasea por las habitaciones de los distintos hogares de los protagonistas de Imitación a la vida, Escrito sobre el viento o Solo Dios lo sabe. Sigue la estela de esas casas, carne de melodrama, Almódovar, ¿alguien ha olvidado el apartamento de Pepa en Mujeres al borde de un ataque de nervios? ¿Y esa casa cueva de recuerdos de la infancia en Dolor y gloria?

¿Y esas casas que todavía están sin construir, pero son metáfora de historias de amor imposible? Hay dos imprescindibles: una en Un extraño en mi vida, de Richard Quine, y otra en El último magnate con Elia Kazan.

Hay que casas que no me importaría visitar como esa donde se celebra el día de la Epifanía en Los muertos de John Huston o la casa familiar de Loretta en Hechizo de Luna. También me daría una vuelta por el piso de Carlo en La familia de Ettore Scola. Por cierto, no me importaría pasar un día en la casa imposible de Mi tío, de Jacques Tati.

Y qué me dicen de las casas encantadas o habitadas por fantasmas. Hay algunas deliciosas como la de El fantasma y la señora Muir o esa casa donde el tiempo se para y lo feo se transforma en bello en Su milagro de amor, de John Cromwell. Y otras en las que mejor no haber entrado, pues el mal rollo nos acompaña en cada estancia, desde el hogar de esa extraña familia en Los otros, de Alejandro Amenabar, a esa que parece que tiene una vida propia, pero muy oscura, en Pesadilla diabólica, de Dan Curtis. Y, vamos, no me quedo ni loca, y menos subir al desván, en la casa de John, el famoso compositor con el corazón roto, de Al final de la escalera.

Dios mío, este post puede ser interminable, ¿qué casa me proponen?¿O qué tour de casas recorremos juntos?

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.