Fascinación

Aviso: si no la has visto, y no quieres saber nada, sino mantener el suspense, advierto que cuento prácticamente toda la trama

Michael Courtland (Cliff Robertson), entre alucinado y fascinado (nunca mejor dicho), escucha a Sandra Portinari (Geneviève Bujold), una ayudante de restauración, que le explica cómo debajo de un fresco de la Virgen de Agnolo Gaddi había otra pintura más antigua, una especie de borrador, y que tuvieron que decidir entre restaurar el original, pero sin saber nunca qué había debajo, o ver lo que había oculto. Pregunta entonces a Michael que él qué hubiese hecho. Este contesta que conservar la pintura de Gaddi, y añade “debemos proteger la belleza”. Bien, algo así ocurre con este artilugio maravilloso que es Fascinación de Brian de Palma, donde está esta secuencia. Es mejor dejarse llevar por esta bella y retorcida historia de amor más allá de la muerte y por todo un metraje de ensoñación y nebulosa, que rascar y encontrar lo inverosímil que se esconde tras las imágenes. Algo semejante ocurría con su fuente de inspiración, algo que nunca ocultó Brian de Palma, Vértigo (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock.

Hay películas donde es absurdo emplear la lógica, sino que lo mejor es dejarse fascinar obsesivamente y arrastrarse por sus imágenes escuchando una banda sonora brillante que hace que el espectador se deslice con emoción por cada una de las secuencias. Y es que es Bernard Herrmann, uno de los compositores de cabecera del maestro de suspense, quien creo la partitura para otra historia de amor obsesivo y oscuro. Si además se emplea como plató cinematográfico dos ciudades como Florencia y Nueva Orleans y la luz suave, como de sueño continuo, del director de fotografía Vilmos Zsigmond, se logra alcanzar un estado de hipnosis. Pero es que también, para escapar de toda lógica, la película cuenta con el espíritu atormentado de Paul Schrader en el guion. Schrader se dedica a bajar a los infiernos, para qué diablos quiere ser verosímil.

Y Fascinación es una película donde el espectador sigue durante todo el metraje la mirada alucinada y en continuo estado de shock de un Michael Courtland que es sobre todo un hombre obsesivamente enamorado y con un sentido de la culpabilidad que mella su día a día. De Palma empieza a contar su historia desde los títulos de crédito donde aparecen una serie de fotografías, que reconstruyen una historia de amor en una Florencia después de la Segunda Guerra Mundial, y ya se ve uno de los escenarios emblemáticos de la película, la basílica de San Miniato al Monte. Al final de los créditos de inicio una de las fotografías tiene escritos el lugar y el año: Florencia, 1948.

A continuación en un travelling fascinante la cámara se acerca a la puerta de una casa antigua en Nueva Orleans y un rótulo advierte que es el año 1959. Es la casa de los Courtland y hay una fiesta. Y es de esas casas con personalidad y vida propia, como Manderley en Rebeca. Nada más pasear la cámara por los salones, va siguiendo a un camarero que en un momento dado levanta los brazos y se descubre que lleva una pistola: el suspense está servido. Ahí se advierte el enamoramiento de Michael hacia Elizabeth, su esposa (es la pareja de las fotografías de los créditos). Y también cómo su hija Amy de 9 años siente adoración por su padre y le pide bailar con él. Michael es un hombre de negocios de éxito, tanto en el trabajo como en la vida familiar, y su socio y amigo Robert Lasalle (John Lithgow) se lo canta a todo el que quiere oírlo.

Al terminar la fiesta, la pesadilla comienza: madre e hija son secuestradas. Michael decide contactar con la policía y el plan de rescate termina con trágicas consecuencias. El coche donde van su esposa y su hija estalla y se precipita al río. El empresario levanta una tumba, que recuerda a la basílica florentina, para su mujer y su hija en uno de los terrenos donde iban a construir una urbanización de lujo. Y la cámara vuelve a moverse por el paraje para regresar de nuevo a la tumba y a Michael, al mismo tiempo que avisa un rótulo que es el año 1975.

En un viaje de negocios con su socio, Michael regresa a la basílica, y como si fuese una aparición, mientras avanza por el pasillo, ve, de pronto, a una joven idéntica a Elizabeth trabajando en la iglesia. Y obviamente se obsesiona con ella. Ella es Sandra, la ayudante de restauración de la basílica. Los momentos en la basílica, un lugar sagrado, de ensueño y aparición, casi como si Michael viese un fantasma o una resurrección, bajo una luz tenue con velas de fondo, son de una belleza misteriosa. A partir de ese momento se va construyendo una relación donde Sandra es idealizada y sublimada por Michael. Ella en una de sus salidas de enamorados le cuenta uno de los encuentros de Beatriz y Dante… y el padre de esta. Es bonito constatar que Sandra se apellida Portinari, y es que la posible Beatriz, símbolo literario y de la mujer idealizada, tiene una base real en Bice Portinari. Además en la relación que ambos construyen no hay sexo, pues ella le dice desde el primer momento que es católica practicante y que sigue los dictados del papa. Los dos se hacen confesiones de sus vidas pasadas y Sandra le pide a Michael que le hable de Elizabeth, y este habla de su manera de andar, deslizándose; de cómo era su cabello y su peinado, e incluso trata de hacer fotografías con Sandra similares a las que hizo a su esposa en las escaleras de la basílica. Después de una serie de circunstancias, Michael y Sandra van a Nueva Orleans para celebrar su boda.

A partir de este momento descubrimos a una Sandra fascinada por la casa y por todo lo relacionado con Elizabeth. Mira un retrato de Elizabeth y Amy, va a su tumba, abre la puerta del dormitorio (que Michael tenía cerrado) del matrimonio, lee el diario de la difunta, los recortes de prensa… Todo lo vive con una intensidad extrema. Michael mientras tanto está dispuesto a todo por recuperar una segunda oportunidad, por tener de nuevo a Elizabeth a su lado a través de su amor por Sandra. Pero su socio y una secretaria invitan a su despacho al psiquiatra que le trató para que Michael recapacite, sin embargo, ¿quién quiere volver a la lógica y a la razón? El psiquiatra es un personaje desagradable al que Michael rechaza. Pero es un revulsivo para él, para abandonar la empresa, para encerrarse con Sandra en su mansión, para adelantar la boda… El día antes de la boda tiene un sueño, Elizabeth ha vuelto y le dice que le da una segunda oportunidad de demostrar que la ama. Despierta sobrecogido para descubrir que han secuestrado a Sandra, y que le dan las mismas instrucciones que en su día le dieron con Elizabeth.

Y Brian de Palma construye un final a lo grande. Primero, se desvela el McGuffin de la película. El socio amigo no es tal y siempre ha ido contra Michael (¿a quién le importa a estas alturas la cantidad de flecos e incoherencias que tiene esta trama?). Le ha traicionado una y otra vez. Y después Sandra tiene una regresión sorprendente al día del secuestro, pues ella es en realidad Amy, la hija de Michael, que ha vivido siempre obsesionada por vengar la muerte de su madre… hasta que se encuentra a su padre frente a frente. Ahí está Paul Schrader que ha construido una inquietante relación edípica entre padre e hija, que tiene su culminación visual magistral en la última secuencia en el pasillo del aeropuerto. Ahí está Brian de Palma para utilizar la cámara lenta de manera excepcional, como siempre ha hecho en muchas de sus películas, y cómo recrea el travelling circular de Vértigo en el encuentro entre padre e hija, un momento bellísimo, que termina con el reconocimiento y despertar de Michael en una sonrisa.

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