Con su secuencia de apertura ya percibimos el tono de El sol sale mañana. Dos niños pasean, rodeados de naturaleza. Son Selma (Margaret O’Brien) y Arnold (Jackie Butch Jenkins). Ella tiene siete años y él, cinco. Pasan muchas horas juntos porque son primos y vecinos, se enfrentan al mundo que les rodea y tratan de entenderlo, aunque no es fácil. En tan solo unos minutos, en una cálida jornada de verano, juegan, discuten, reflexionan y se enfrentan a dilemas complejos como la muerte, la guerra, la crueldad y la responsabilidad de sus actos. Pero todo fluye de manera sencilla, sin grandes aspavientos. Otra peculiaridad de los críos es que viven en una pequeña localidad rural estadounidense, Fuller Junction, donde forman parte de una comunidad inmigrante noruega.

Selma tiene una relación muy especial con su padre Martinius (Edward G. Robinson), un hombre del campo, trabajador y sabio. Para él, la cría es su “jenta mi”, “mi niña” en noruego. Los dos a su vez se sienten seguros bajo la mirada y los cuidados de Bruna (Agnes Moorehead), la esposa y la madre, una mujer que parece recta y seria, pero que comprende como nadie a las dos personas que más quiere en el mundo. Siempre está presente para acompañarlos en el recorrido de la vida. La película transcurre durante un año, y diversas anécdotas van pasando tranquila y plácidamente como las estaciones del año. De fondo, la sombra de la Segunda Guerra Mundial.

El sol sale mañana hace una bella sesión doble con otra película ya reseñada, Nunca la olvidaré (I remember mama, 1948), de George Stevens, donde una adolescente rememora los avatares de su familia, inmigrantes noruegos, en San Francisco. Si la película de Rowland gira alrededor de la figura del padre, en la de Stevens era la madre la figura central. Ambos largometrajes están narrados con una sensibilidad especial, con calma, como el largo río de la vida. Eso sí, a veces, con turbulencias y oscuridades.

El film de Rowland supuso el último guion firmado de Dalton Trumbo y la última vez que apareció en créditos antes de su incursión en la lista negra durante la caza de brujas…, hasta que recuperó de nuevo su nombre y apellido en unos créditos en los años sesenta. Trumbo adaptóla novela más popular de George Victor Martin, que atrapaba entre sus páginas las vivencias de unos inmigrantes noruegos en una pequeña localidad rural estadounidense. El escritor se había inspirado en una comunidad agrícola real de Wisconsin. El título original de la película y del libro rescataba una frase bíblica del Cantar de los cantares. Trumbo muestra su maestría en mostrar reflexiones complejas y profundas a través de diálogos naturales, sencillos y directos.

Como curiosidad, recabando información, me encuentro con que Lilliam Hellman partió de la misma cita bíblica para una de sus obras de teatro más impactantes y famosas. William Wyler la llevaría a la pantalla de cine, La loba (The Little Foxes, 1941). Una misma cita para dos películas estadounidenses con un tono totalmente distinto y con una representación de la familia absolutamente antagónica.

El sol sale mañana es una obra cinematográfica sensible con momentos cargados de sencillez, naturalidad y emoción. Sus personajes conviven con la naturaleza y viven a su son: el calor, las lluvias, la nieve, el deshielo, el cuidado de la tierra y de los animales… Durante un año, hay tiempo para diversas travesuras, momentos de alegría, celebración, drama, miedos y muerte, para los gestos más nobles y los más mezquinos, para el amor, el dolor, las risas y las lágrimas, para las aventuras, las catástrofes, y, sobre todo, para la solidaridad de toda una comunidad en los momentos difíciles.

Selma no solo comparte las jornadas con su padre y su madre o juega con su travieso primo, sino que también convive con sus vecinos, que arrastran sus propias historias: el editor del periódico de la localidad, la nueva maestra, la joven con problemas de salud mental, y toda una ristra de vecinos que forman parte de su día a día.

La mirada de Selma es la que guía la película, y no deja de ser la mirada limpia y todavía incontaminada de una niña de siete años, que va descubriendo, con su instinto, sensibilidad e inteligencia las dificultades de la vida, aunque también tiene unos buenos guías, incluso cuando se equivocan. Los actores infantiles son bastante creíbles, sobre todo un Jackie Butch Jenkins que se convierte en un robaescenas nato.

Y Margaret O’Brien está brillante en varios momentos de la película, pese a que en otros está a punto de perder el equilibrio y caer en la cursilería. Pero O’Brien tenía unas cualidades especiales como actriz, además de quererla la cámara, y se mantiene en el límite, con los altibajos que tienen todos los niños en su día a día (lo mismo son cariñosos, que se enfadan, que ríen sin parar o lloran, que disfrutan o se aburren…). Por otra parte, es una auténtica gozada disfrutar del matrimonio formado por Edward G. Robinson y Agnes Moorehead, que dotan a sus personajes de humanidad, sencillez y sensibilidad. Los dos demuestran su versatilidad en unos papeles que se alejan de los caracteres que solían representar en pantalla.

La película de Rowland, un realizador irregular, pero con títulos interesantes en su trayectoria como esta o El único testigo (Witness to murder, 1954), no solo filma el curso de la naturaleza y el paso de las distintas estaciones con un cuidado especial, sino que deja una galería de anécdotas entrañables, que se graban en la memoria: la visita nocturna a un elefante de un circo, una ceremonia navideña con el recitado de Selma de un sencillo poema sobre la Natividad, los distintos juegos infantiles y la inconsciencia de los niños, el drama ante el incendio de una granja o la reunión final donde se apela a la solidaridad de una comunidad. Como no podía ser de otra manera, la película termina en primavera, cuando parece que todo vuelve a nacer y a regenerarse, pues no obstante, pase lo que pase, el sol sale mañana.

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