“Quien mata a un hombre, mata un mundo entero, ¿cuántos mundos habré matado yo?” es una frase que le escribe el mayor Harry Cargill (Richard Basehart) a su esposa en una carta. Pero no es la única cita que uno retiene cuando ve Labios sellados. Hay una que es clave para entender toda la trama: “Todo hombre tiene un límite, no es un crimen ser humano”. La única película que dirigió el actor Karl Malden, animado por el actor y también coproductor, Richard Widmark, tiene garra, tensión y fuerza. Plantea un dilema moral en tiempos de guerra, y la resolución no es fácil, porque como dice Cargill: “La verdad puede ser destructiva”.

La película cuenta las frenéticas horas y las presiones que vive el coronel William Edwards (Richard Widmark) en unas oficinas del Ejército de los EEUU para lograr averiguar qué ocurrió realmente en un barracón de un campo de concentración de Corea del Norte, pues dependiendo de su investigación se celebrará o no un consejo de guerra. El coronel debe descubrir si realmente el mayor Cargill fue un traidor y se pasó al bando enemigo durante su estancia en el campo.

Hay ciertas cosas que le hacen sospechar que algo ocurrió y que todos los soldados del barracón guardan silencio. La sucesión de los hechos, las declaraciones de los testigos, la muerte de dos compañeros y el poco interés que muestra el mayor en su defensa así como la amargura que arrastra son solo algunos de los motivos por los que cree que le faltan cabos importantes para concluir el informe sobre el caso, antes de que se decida si se celebra el consejo o no.

Pero a la vez recibe presiones para que acabe cuanto antes, pues no es de recibo hacer sufrir más a todos los afectados que ya lo pasaron lo suficientemente mal en el campo de concentración, cuando la mayoría tiene claro que el mayor fue un traidor. Además su superior, el teniente general Connors (Carl Benton Reid) quiere que acabe cuanto antes esta causa y se ocupe de otros asuntos que también son urgentes, que se cumpla estrictamente el código militar, que se guarde la memoria de su hijo, precisamente uno de los fallecidos en el campo, y que se deje en paz a sus compañeros.

La película partía de un texto sólido, pues era la adaptación de una obra teatral de Henry Denker y Ralph Berkey que había funcionado bien en los escenarios, pero además contaba con un reparto potente. Richard Widmark y Richard Basehart están eficazmente arropados por Martin Balsam, Rip Torn y Carl Benton Reid. Karl Malden no solo dirige bien las interpretaciones de sus colegas, sino que además dota a la película de ritmo, sabe crear tensión, aprovecha los espacios cerrados de los despachos dando un ambiente claustrofóbico a la trama y el uso de los flashback en el campo de concentración la dotan de más consistencia, suspense y dolor. Es más, incluso logra dar un sentido y una necesidad a los dos breves personajes femeninos (Dolores Michaels y June Lockhart).

Por otra parte, viendo la naturaleza de los proyectos en los que Karl Malden trabajó como actor, y el tipo de películas en las que actuaba, se entiende que se sintiera atraído por este proyecto y accediera a ponerse tras la cámara, aunque nunca volvería a firmar como director ningún otro largometraje. Malden construyó personajes frente a fuertes dilemas morales (La ley del silencio) o arriesgó con papeles complejos y controvertidos (Baby Doll), además de apostar en varias películas y series de televisión por acercarse al mundo que lo rodeaba.

Lo interesante de Labios sellados es que va más allá de una película estadounidense en el contexto de la guerra fría, que podría haber caído en la pura propaganda. No es tampoco una producción más de la guerra de Corea (1950-1953) y de la intervención de EEUU, sino que el largometraje se convierte en un mecanismo que termina criticando el funcionamiento del estamento militar, los altos cargos, el rígido código militar y los consejos de guerra. Labios sellados habla sobre todos aquellos que van a la guerra y se encuentran en situaciones límites y llegan al límite…

Demuestra que no pueden ser héroes las veinticuatro horas del día, que desfallecen, tienen miedo, cometen errores, se equivocan o toman decisiones horribles en momentos duros. Y deja al descubierto una cuestión: la dificultad de ser un hombre con sensibilidad, humanidad y comprensión, y lo complejo de tomar la decisión más adecuada para todos los compañeros en el momento preciso. Pues como dice, vuelvo a repetir, el mayor Cargill: “La verdad puede ser destructiva”.

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