10 razones para amar Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock

A Bet, que viva Hitchcock y el amor al cine. Por doce años de diálogo ininterrumpido.

Razón número 1: certeza

Con la muerte en los talones. Una de las puertas de entrada de mi amor al cine.

Una de las películas que sé con certeza que afianzó mi pasión por el cine fue Con la muerte en los talones. El colegio donde yo iba de niña, finales de los años setenta y los ochenta, lo llevaban unas hermanas misioneras (muy unidas a Madagascar) que en el centro escolar experimentaban con las pedagogías más innovadoras y modernas. Sí, era una mezcla curiosa y extraña, pero era así. A su favor he de decir que nunca sentí que me adoctrinasen o dirigiesen en lo religioso más de lo que ya suponía estar en un colegio de monjas y sí, sin embargo, me proporcionaron una atención a todo lo que tenía que ver con las injusticias sociales.

Pues bien, parece ser que la directora del colegio en aquellos años era tan cinéfila, que ver cine era una de las actividades asiduas que se organizaba para las alumnas del centro. Así que siempre venía un proyeccionista y en un salón de actos enorme con una pantallaza enorme, nos pasaban películas. Y una de sus favoritas debía ser Con la muerte en los talones, pues la vi en el colegio más de una vez.

Me recuerdo totalmente atenta, enganchada y maravillada con esta película. Me encantaba antes de saber quién era Alfred Hitchcock. No me importaba que repitiesen la proyección en más de una ocasión. No podía apartar la mirada de la pantalla y siempre me dejaba arrastrar por la historia de ese señor que le confundían con otro y se metía en un gran lío que cada vez se enredaba más, pero sin perder nunca el sentido del humor.

Razón número 2: Cary Grant, el héroe fascinante

Siempre hay una frase que se dice pronunció Alfred Hitchcock refiriéndose a Cary Grant, uno de sus héroes favoritos (el actor trabajó en cuatro de las películas del maestro del suspense: además de la mencionada, Sospecha, Encadenados y Atrapa a un ladrón), y dice algo así como que podía actuar con un huevo podrido en la cara y seguiría pareciendo fascinante. Y esa frase podría aplicarse perfectamente a su personaje de Roger O. Thornhill. Este publicista creativo, elegante, divertido, bastante desastre en su vida sentimental, con una relación de lo más curiosa con su madre, pero que sabe manejarse perfectamente en la jungla de Nueva York por un malentendido se verá inmerso en una historia trepidante.

Thornhill durante todo el metraje mantiene la dignidad intacta con su traje sastre, corbata y camisas blancas. Su pelo negro e impecablemente peinado. Da absolutamente igual que le emborrachen, que traten de asesinarle en un campo desierto con una avioneta fumigadora, que tenga que correr y escapar de todas partes, que se llene de polvo o se caiga, él continúa impecablemente divertido y elegante.

Y es que Thornhill, hombre creativo y sagaz, se adapta a su nueva circunstancia de falso culpable, perseguido por malos y policías y solo ante el peligro. Siempre tiene ideas e ingenio para salir adelante y una increíble capacidad para reírse de sí mismo y de todas las desgracias que le acontecen, sin perder su sex appeal e incluso enamorarse. Es como si tuviese la seguridad, a pesar de estar siempre al borde la vulnerabilidad de un hombre caído, de que conseguirá salir adelante. Con 55 años y siempre reinventándose desde que pisó Hollywood, su Thornhill rezuma vitalidad, sensualidad, diversión, glamour y distinción. Cary Grant sabe utilizar su vis cómica, sus cualidades de galán, su impresionante complexión física, así como sacar la seriedad cuando es necesario para dar forma a un gran personaje.

Archibald Alexander Leach se formó en el vodevil puro y duro; después durante sus primeros años en Hollywood, durante los años 30, fue trabajando el convertirse en Cary Grant. De hombre objeto y puro deseo a comediante sofisticado hasta alcanzar la cima y convertirse en uno de los actores más populares con su elegancia por bandera ya fuese en comedia, película de acción o drama.

Razón número 3: espías

Con la muerte en los talones. En el cine de Hitchcock no faltaron los espías en numerosas ocasiones.

El cine de espías es un género que ha dejado una ristra de películas inolvidables. El espía puede ser un mero funcionario gris del gobierno para el que trabaja con muchas horas de tiempos muertos, bailando siempre en un difícil equilibrio de conflictos y cuestiones morales, sacrificios personales, y una vida de compromiso (muchas veces por motivos equivocados) nunca recompensada… O también un héroe creado para el puro entretenimiento, hombres o mujeres de acción, sin preguntarse moralmente lo que hacen, sino superando obstáculos, venciendo a los malos, probando todo tipo de artilugios y avances tecnológicos y apelando a la adrenalina y emoción del espectador.

Curiosamente, Alfred Hitchcock tiene en su filmografía varios títulos de espías y representa a los dos perfiles en una misma película. En Con la muerte en los talones, Cary Grant, en plena Guerra Fría, se ve envuelto en una trama de espionaje con dobles agentes que da un vuelco a su vida. Si bien él se ve obligado a mantener un papel inesperado de espía de acción, también vemos el otro tipo de espía gris y que trabaja para el gobierno en el personaje del profesor (Leo G. Carroll), cerebro de la trama para pillar al malo malísimo Phillip Vandamm (James Mason).

Como era habitual en Alfred Hitchcock sabe cómo enganchar al público en sus tramas y hacer trepidantes las películas de espías que durante su filmografía fueron muchas. Recordemos títulos para un buen ciclo hitchcockiano de espías y una manera de redescubrirle: Los 39 escalones, El agente secreto, Sabotaje, Cortina rasgada o Topaz… En algunas de ellas hay ingredientes que se repetirán y estarán presentes en Con la muerte en los talones: un emplazamiento impresionante para la secuencia final, un falso culpable, tretas creativas del protagonista para huir del enemigo, la rubia que se convierte en cómplice para bien o para mal…

Razón número 4: temas hitchcockianos

Si François Truffaut le reivindicó como autor es porque sin duda cuando se analiza la filmografía del maestro del suspense pueden verse un montón de temáticas y formas de contar sus historias con dominio del lenguaje cinematográfico que dejan la huella de la creatividad especial de Hitchcock. Con la muerte en los talones no es la excepción. En una de sus películas más entretenidas y populares (algo que no descuidaba nunca el director), está su huella como autor. Veamos tres firmas de su autoría, sobre todo en el terreno temático.

La presencia de las madres de los protagonistas y esas curiosas relaciones materno-filiales que siempre deja el realizador británico. En Con la muerte en los talones está en clave de comedia. De hecho, todo el embrollo comienza porque el protagonista quiere dar un aviso a su madre y, por eso, los malos le confunden con un espía inexistente, George Kaplan. La señora Thornhill (Jessie Royce Landis) protagoniza uno de los momentos más cómicos y tensos de esta historia.

En un ascensor hasta arriba de gente donde entra con su hijo, este le señala con la mirada que al lado tiene a los dos hombres que han intentado matarle. La madre que no cree ni una palabra de su hijo y piensa que es otra invención de su hijo para excusarse por una borrachera. Así que les pregunta como si nada que si no pensarán asesinar a su hijo. Los asesinos y todos los que están en el ascensor no pueden reprimir una carcajada.

El falso culpable es el protagonista de muchas de sus películas y la premisa con la que arranca una historia trepidante. Un publicista se ve envuelto en una trama de espionaje y cada vez se va complicando más la historia, metiéndose en un laberinto del que parece imposible salir. En este caso el maestro juega con un sentido lúdico con ese falso culpable sin dejar de lado el humor que suaviza la vulnerabilidad de su situación, algo que no pasaba en esa joya oculta que es Falso culpable (The Wrog Man, 1956), que muestra la crudeza y el drama de un hombre acusado falsamente de un hecho que no ha cometido y que destroza su vida y la de los seres que lo aman.

La complejidad del amor y la sensualidad de sus historias. Hitchcock tenía una capacidad brillante para filmar unos besos maravillosos y reflejar la atracción de sus personajes, así como mostrar los recovecos oscuros de la pasión. Con la muerte en los talones no es una excepción. Así construye un interesante triángulo, con elementos similares a esa otra joya que es Encadenados. Somos testigos de un enamoramiento inolvidable y apasionado de los protagonistas en un tren donde surge la atracción de ambos, el juego y la sensualidad.

Luego, se cocina a fuego lento la traición y los celos. A la protagonista se la pone en máximo peligro, pues trabaja con los “buenos” en cuestión (aunque estos no dudan fríamente en sacrificar al pobre falso culpable si es necesario para que su plan siga adelante y proteger a su doble agente), y es el cebo que enamora al malvado. Y, por último, los amantes en máximo peligro tratarán de salir juntos del embrollo en el que se han metido.

Razón número 5: historia de amor en un tren

Y encadenando con el último tema esbozado en el apartado anterior, es una gozada ese encuentro “por azar” entre la rubia de la película y el atribulado falso culpable, con esas inocentes gafas de sol tras las que se oculta. ¿Dónde es el lugar más romántico donde puede gestarse una historia de amor? En un tren. No hay duda.

Lo maravilloso de Con la muerte en los talones es que es la rubia la que seduce al falso culpable, la que lo protege, la que lo oculta y lo mete en su camerino y la que no pone reparo alguno a la seducción que culmina con uno de esos besos inolvidables del cineasta en un diminuto camarote. Los dos protagonistas juegan a la sensualidad, al juego de ocultación, a mostrarse cómplices el uno con el otro…

… Hasta que descubrimos que el pobre diablo está siendo engañado por una rubia femme fatale. Y ese juego sensual se transforma en peligroso. Nos inquieta ver cómo él confía en la rubia y a nuestros ojos se convierte en vulnerable, pues no es consciente del engaño.

Luego vuelven a encontrarse en un hotel y él ya es un hombre despechado, pues la rubia le ha enviado a una muerte segura y sabe además que es la novia del hombre que está tratando de eliminarle a toda costa. Lo que pasa que los espectadores nos vemos sorprendidos al notar verdadera preocupación en el rostro de la chica, parece que realmente está enamorada.

Pues pronto llega un revelador giro de trama, en su comportamiento de hombre despechado, nuestro falso culpable ha puesto en verdadero peligro a una agente doble, como le comunica ese curioso personaje al que llaman el profesor y cerebro de la trama para atrapar al malvado Vandamm. Y entonces cual galán enamorado, decide contribuir a la causa y ayudar a la dama a huir de las manos del peligroso y elegante malvado.

Así Hitchcock crea una historia de amor que es la que hace avanzar a la trama y con ella consigue los giros de trama más emocionantes, además de acrecentar la tensión y el suspense. La complicidad sexual de ambos personajes marca cada fotograma, porque esa tensión sensual no resuelta por los problemas y obstáculos de ambos llega a su culminación final, como no podía ser de otra manera, de nuevo en el tren en una ingeniosa elipsis: del máximo peligro en el monte Rushmore al apacible momento en que sabemos que culminarán su relación con una esperada relación sexual, pues ya pasaron todas sus dificultades.

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El ángel vestido de rojo (The Angel Wore Red, 1960) de Nunnally Johnson

El ángel vestido de rojo o el amor imposible entre un cura y una prostituta en la Guerra Civil española.

El ángel vestido de rojo supuso un rodaje tan sumamente conflictivo que supuso la última película como director del también guionista y productor Nunnally Johnson. Es uno de esos largometrajes que he perseguido por múltiples motivos durante años, y, por fin, ha caído en mis manos. Tengo tres motivos principales por los que quería localizar esta cinta, pero el análisis de esta película irregular es gozoso por muchas otras vertientes que iré desglosando en el texto. Es una de las más desconocidas de la filmografía de Ava Gardner, poco se escribe de ella y normalmente de pasada o proporcionando información que conduce al equívoco. Forma parte de esa colección de producciones del Hollywood clásico que trató el tema de la Guerra Civil Española desde diferentes miradas. Y tiene uno de esos rodajes infernales con un anecdotario amplio alrededor de él.

Como explicaba Javier Coma, en su libro La brigada de Hollywood. Guerra española y cine americano (Flor del Viento, 2002), no era la primera vez que en una película de Ava Gardner salía la Guerra Civil: no hay más que visitar Las nieves del Kilimanjaro (The Snows of Kilimanjaro, 1952) de Henry King o La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954) de Joseph L. Mankiewicz. Para Coma la película que nos ocupa «quedó muy lejos de la valía creativa de las dos anteriores y es recordada preferentemente porque toda la acción se desarrolló en España desde los mismos comienzos de las hostilidades».

Los despropósitos vividos durante el rodaje; la poca confianza de la MGM en el proyecto y sus continuas intervenciones; la compleja coproducción con Italia; la desilusión que fue arrastrando Nunnally Johnson, al verse totalmente ninguneado y no contar nada con él durante el proceso de montaje y posproducción, que terminó contagiando también a los actores principales: Ava Gardner y Dick Bogarde… perjudicó no solo el resultado final, sino que ni siquiera se hizo el más mínimo esfuerzo en la distribución.

El ángel vestido de rojo es un largometraje que también hay que contextualizarlo en la guerra fría en Hollywood, donde coleaban todavía las listas negras y la caza de brujas, y donde muchas películas explicitaban su anticomunismo. No obstante, en un principio para Nunnally Johnson fue un proyecto ilusionante, al igual que para sus intérpretes, pues pensaba acercarse a la historia bajo los postulados neorrealistas.

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Sesiones dobles para tardes de verano (2). La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel / La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978), de Philip Kaufman

Que en estos tiempos salga una nueva revista de cine y en papel es una temeridad maravillosa. Así ha ocurrido con Solaris. Textos de cine. Una revista que lleva ya cinco números (tres al año). Cada publicación se centra en una película determinada o en un tema muy concreto, que es abordado por profesionales especializados en distintas áreas. El último ejemplar que ha salido a la venta analiza desde diversas miradas La invasión de los ultracuerpos, de Philip Kaufman.

Una vez devorados los distintos artículos, me apeteció visitar dos de las versiones cinematográficas: obviamente, la de Kaufman y la de Don Siegel, en los cincuenta. De hecho, esta última es de esas películas que ves de niña y te marcan. Nunca he podido olvidar la película de las vainas… Son películas que no pierden su vigencia. De hecho, uno de los aspectos que llama la atención en el análisis de Solaris es como estas películas han recobrado toda su actualidad en el contexto COVID.

Así que pensé que no podía haber mejor sesión doble para tarde de verano que esta. Y si de paso apetece ahondar más, no viene mal conocer la revista Solaris, pues el periodo estival no es mala época para descubrir nuevas lecturas. La revista se ha centrado en sus anteriores números en temas y películas tan interesantes como De Arrebato a Zulueta, Trilogía del apartamento de Roman Polanski, Eyes wide shut y Cine que hoy no se podría rodar.

Por otra parte, hay otra sesión doble con este mismo tema que puede complementar a esta que propongo aquí. La novela de corta de Jack Finney, que publicó en el año 1955, tiene otras dos versiones cinematográficas a tener en cuenta, como bien se deja ver a lo largo de varios de los análisis de la revista: Secuestradores de cuerpos (1993), de Abel Ferrara e Invasión (2007), de Oliver Hirschbiegel.

La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel

La invasión de los ladrones de cuerpos. Pánico y paranoia en los cincuenta.

En las distintas versiones cinematográficas, una de las cosas evidentes de la “invasión” que se produce es que la historia tiene una doble lectura según la situación social y política de EEUU. De tal manera, que la película de Don Siegel es pura ciencia ficción de los años cincuenta, pero también hay ecos del momento histórico que se está desarrollando en ese momento. El doctor Miles J. Bennell (Kevin McCarthy) y su prometida Becky Driscoll (Dana Wynter) se van dando cuenta en su pequeño pueblo, Santa Mira, de que todos sus habitantes están siendo suplantados por unos dobles, que nacen de unas vainas gigantes, y que crean una sociedad de individuos sin sentimientos ni emociones, que actúan en masa.

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, EEUU vive en una continua tensión política por la Guerra Fría, donde el enemigo a batir son la URSS y los países que orbitan alrededor de esta potencia. Además también se establece un modo de vida, un estado de bienestar, conservador e inmutable, que se vende como el “sueño americano”. Este sueño teme hasta la paranoia todos aquellos que puedan quebrantarlo, entre ellos, como no, los comunistas. Aunque se da una paradoja o una doble interpretación de esta película según los ojos con que se mire: el terror a la posible invasión comunista (uno de los grandes miedos de la Guerra Fría) o el pánico a sucumbir al sueño americano, sin poder disentir y con el miedo a ser denunciado como sospechoso de comunismo (es el periodo álgido de la Caza de Brujas y del senador Joseph McCarthy).

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Labios sellados (Time Limit, 1957) de Karl Malden

“Quien mata a un hombre, mata un mundo entero, ¿cuántos mundos habré matado yo?” es una frase que le escribe el mayor Harry Cargill (Richard Basehart) a su esposa en una carta. Pero no es la única cita que uno retiene cuando ve Labios sellados. Hay una que es clave para entender toda la trama: “Todo hombre tiene un límite, no es un crimen ser humano”. La única película que dirigió el actor Karl Malden, animado por el actor y también coproductor, Richard Widmark, tiene garra, tensión y fuerza. Plantea un dilema moral en tiempos de guerra, y la resolución no es fácil, porque como dice Cargill: “La verdad puede ser destructiva”.

La película cuenta las frenéticas horas y las presiones que vive el coronel William Edwards (Richard Widmark) en unas oficinas del Ejército de los EEUU para lograr averiguar qué ocurrió realmente en un barracón de un campo de concentración de Corea del Norte, pues dependiendo de su investigación se celebrará o no un consejo de guerra. El coronel debe descubrir si realmente el mayor Cargill fue un traidor y se pasó al bando enemigo durante su estancia en el campo.

Hay ciertas cosas que le hacen sospechar que algo ocurrió y que todos los soldados del barracón guardan silencio. La sucesión de los hechos, las declaraciones de los testigos, la muerte de dos compañeros y el poco interés que muestra el mayor en su defensa así como la amargura que arrastra son solo algunos de los motivos por los que cree que le faltan cabos importantes para concluir el informe sobre el caso, antes de que se decida si se celebra el consejo o no.

Pero a la vez recibe presiones para que acabe cuanto antes, pues no es de recibo hacer sufrir más a todos los afectados que ya lo pasaron lo suficientemente mal en el campo de concentración, cuando la mayoría tiene claro que el mayor fue un traidor. Además su superior, el teniente general Connors (Carl Benton Reid) quiere que acabe cuanto antes esta causa y se ocupe de otros asuntos que también son urgentes, que se cumpla estrictamente el código militar, que se guarde la memoria de su hijo, precisamente uno de los fallecidos en el campo, y que se deje en paz a sus compañeros.

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El factor humano (The Human Factor, 1979) de Otto Preminger

La llamada de teléfono más triste en El factor humano.

Un teléfono descolgado es la última imagen de El factor humano. Una imagen tremendamente triste y desesperanzada. Antes el espectador ha sido testigo de un diálogo contenido y trágico entre el espía a su pesar, Maurice Castle (Nicol Williamson), y su esposa Sarah (Iman). No hay un futuro para ellos. Es una llamada teñida de melancolía. Los dos sienten que quizá no vuelvan a encontrarse, que han dinamitado la única posibilidad que tenían de ser felices. Ya se lo dijo Sarah a Maurice un día, el único país al que se debían era el que ellos mismos habían construido con tesón: su pequeño universo íntimo y personal. Y en ese universo solo había sitio para ellos, su hijo Sam y Buller, el perro. Pero todo queda hecho pedazos, pues los avatares políticos de una destructiva, corrosiva y silenciosa Guerra Fría, sobrepasan y aplastan su proyecto común.

La última película de Otto Preminger respira una melancolía difícil de soportar, como la que se respira en las páginas de la novela de Graham Greene. Y como la que quizá arrastraba Preminger durante los últimos años de su carrera, expulsado de un Hollywood donde ya no tenía hueco. El en otros tiempos poderoso director, que rebelde había ejercido también de productor independiente, acostumbrado a lidiar en un Hollywood al que sabía manejar, ahora se veía abocado no solo al olvido, sino con dificultades para poder financiar el que sería su último proyecto cinematográfico. Lejos habían quedado sus grandes superproducciones, sin reparar en gastos.

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Minicríticas. Un paseo por rostros del cine clásico

Sidney Poitier. Los lirios del valle (Lilies of the field, 1963) de Ralph Nelson

Una canción de gospel, Amen; un buscavidas negro y baptista con un coche por vivienda; y cinco monjas que han huido de la Alemania del Este sin un duro y tratando de aprender inglés se encuentran en un desértico paisaje de Arizona, frontera con México. Son los ingredientes de Los lirios del valle, una película sencilla, de miradas y silencios y diálogos certeros. Homer Smith se queda sin agua para su coche y para en una humilde granja; allí la madre María lo ve como un enviado del cielo para construir una capilla. Ralph Nelson rueda una pequeña parábola humanista alrededor de unos versículos de San Mateo: “Y del vestido, ¿por qué os preocupáis? Observad cómo crecen los lirios del campo, no se fatigan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos”. Y Sidney Poitier despliega todo su encanto como un tipo vital que se termina implicando con las hermanas y con las personas de los alrededores para levantar una pequeña capilla, sin contar con apenas medios. En torno a Homer y las hermanas, surgen personajes secundarios que conforman una atractiva galería: el dueño de un bar, el sacerdote irlandés o el constructor (que tiene el rostro del propio director de la película). Poitier con su papel de Homer ganó un Oscar de la academia como protagonista. Un Oscar histórico, pues fue el primero concedido a un actor negro en el rol de protagonista. Un actor que apostó por romper con los estereotipos de representación de los afroamericanos en las pantallas de cine. Habían pasado más de treinta años desde que Hattie McDaniels recibió uno como secundaria por su papel en Lo que el viento se llevó.

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Cold war (Cold war, 2018) de Pawel Pawlikowski

Cold war

La historia de amor imposible entre Zula y Wiktor en Cold war

Las notas de saxo de John Coltrane en una sala de fiestas y un viejo tocadiscos con música de Bach, preludiaba ya en Ida el idilio del director polaco Pawel Pawlikowski con la música. Y de la música se sirve para contar una historia de amor imposible durante varios años, entre finales de los cuarenta y principios de los sesenta. Zula (Joanna Kulig) y Wiktor (Tomasz Kot) se ven por primera vez en la audición de unas pruebas… y sus destinos ya no dejarán de cruzarse y revolverse. Y es que Cold war recorre las variaciones de una misma canción, un amor que cambia y se transforma, pero que nunca deja que sus protagonistas encuentren el sosiego… Sí, ni contigo ni sin ti. Una historia de amor a golpe de elipsis. En una época en que todo era en blanco y negro y donde no había posibilidad de color. Y es que esa guerra fría no es solo el panorama de la política internacional, sino la guerra que se declaran unos protagonistas eternamente insatisfechos, pero sin poder dejar de amarse…

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La forma del agua (The shape of water, 2017) de Guillermo del Toro

La forma del agua

El hombre anfibio y la sirena varada… en la sala de cine.

En el cuento de La Sirenita de Hans Christian Andersen, su protagonista quiere alejarse del mar, desprenderse de su cola, conseguir dos piernas para seguir, enamorada, a un joven príncipe al que salva de un naufragio, que además finalmente no la corresponderá. Y consigue lo que quiere a través de la hechicera del mar, pero a cambio de grandes sacrificios. Y uno de ellos es que la deja sin voz. En La forma del agua Elisa Esposito (Sally Hawkins) es una mujer de la limpieza muda, no tiene voz… y tiene piernas, además de unas cicatrices en el cuello. La encontraron al lado del agua. Elisa Esposito se comunica por la lengua de signos… y un día en un laboratorio secreto del Gobierno donde trabaja conocerá a su alma gemela, una criatura del agua, una especie de hombre-anfibio fuera de su hábitat, donde era considerado un dios (porque tiene poderes y cualidades milagrosas, mágicas)… en la selva amazónica. Y Elisa Esposito no solo logra comunicarse con él, sino también enamorarse y ser correspondida. El cuento de La Sirenita al revés…, una sirenita varada que vuelve a su orígenes.

Pero además Guillermo del Toro no solo regala un hermoso cuento, en el que puedes creer en él desde el minuto uno, sino que realiza una hermosa oda de amor al cine. No podía ser de otra manera que una de las secuencias más hermosas sea cuando el hombre-anfibio encuentra su refugio en una hermosa y decadente sala de cine vacía donde se proyecta La historia de Ruth de Henry Koster. Y ahí va a buscarlo Elisa. Porque Elisa y su vecino homosexual, Giles, viven al lado de la sala de cine. De hecho el dueño de la sala es su casero. Una sala de cine que se cae a pedazos, que vivió otros momentos de esplendor, pero que sigue programando y proyectando… Sueños de cine, como los que tienen Giles y Elisa frente al pequeño televisor con Shirley Temple o Alice Faye. Y es que a Elisa le gustan los musicales y siempre se queda con distintos pasos… Porque ella no deja de buscar nunca un camino de baldosas amarillas que la lleve a encontrar aquel ser vivo que la haga sentir. No duda en comprarse unos zapatitos rojos. Ni tampoco en tratar de expresar su amor, como si se encontrara dentro de un musical de Ginger Rogers y Fred Astaire.

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El espía que surgió del frío (The spy who came in from the cold, 1965) de Martin Ritt

El espía que surgió del frío

Durante los años sesenta hubo un cine de espías muy diferente al mundo representado por James Bond. Todo empezó con El espía que surgió del frío. El universo del novelista John Le Carré nada tenía que ver con el que presentaba Ian Fleming. Por tanto los cineastas que adaptaron a Le Carré nada tuvieron que ver con los que adaptaron a Fleming… Ni tampoco los actores que se convirtieron o en espías con glamour o en espías que llevaban el desencanto sobre sus hombros.

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Llamada para un muerto (The deadly affair, 1966) de Sidney Lumet

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… Con El topo de Tomas Alfredson quedó claro que el mundo de la Guerra Fría y los espías no es apasionante sino gélido, desencantado y con toda la gama de grises entre los seres humanos que convierten el mundo en un tablero de ajedrez. Ahí hay dobles agentes, traiciones, funcionarios con cara triste en sus oficinas y otros a pie de calle para los trabajos sucios. Lo malo es que ese mundo helado mueve los hilos… Pero no fueron los espías de El topo los que mostraron ese universo frío, antes lo había hecho ya Sidney Lumet con Llamada para un muerto. Y tanto Alfredson como Lumet habían tomado como fuente la literatura de John Le Carré y la serie del espía George Smiley (aunque en la película de Lumet le cambia de nombre).

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