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… Con El topo de Tomas Alfredson quedó claro que el mundo de la Guerra Fría y los espías no es apasionante sino gélido, desencantado y con toda la gama de grises entre los seres humanos que convierten el mundo en un tablero de ajedrez. Ahí hay dobles agentes, traiciones, funcionarios con cara triste en sus oficinas y otros a pie de calle para los trabajos sucios. Lo malo es que ese mundo helado mueve los hilos… Pero no fueron los espías de El topo los que mostraron ese universo frío, antes lo había hecho ya Sidney Lumet con Llamada para un muerto. Y tanto Alfredson como Lumet habían tomado como fuente la literatura de John Le Carré y la serie del espía George Smiley (aunque en la película de Lumet le cambia de nombre).

Sidney Lumet construye una gran obra de espías a la que imprime un aire de desencanto, tristeza, frustración con tintes de tragedia shakesperiana pasada por un iceberg. Desde la conversación del principio, entre el agente del servicio secreto, Charles Dobbs (James Mason), con un alto funcionario del Estado, se respira la melancolía por los ideales perdidos y el cansancio de sus protagonistas. Poco después Dobbs recibe una llamada en la que es informado de que el alto funcionario se ha suicidado… y él decide investigar primero porque recibe órdenes (sobrevuela además la culpa por haberle puesto nervioso por la entrevista mantenida) y después para que encajen ciertas piezas pues piensa que ha sido un asesinato, algo que no le permiten mostrar.

El desencanto persigue a Charles Dobbs no solo en el aspecto laboral sino también en la intimidad de su hogar. Está cansado…, y cuando no le dejan realizar en condiciones su trabajo, quiere retirarse de los entresijos del Estado pero también de las intimidades de su casa. Pero antes quiere solucionar por su cuenta el caso que tiene entre manos y por otro lado no puede evitar amar a su insatisfecha y ninfómana esposa, que ha decidido irse con un viejo amigo, más joven, y además su discípulo y compañero durante la Segunda Guerra Mundial, Dieter Frey (Maximilian Schell).

Uno de los directores más aventajados de la Generación de la Televisión, cuenta con dos importantes bazas para construir una película de espías apasionante: las miradas tristes y desencantadas de sus personajes protagonistas, con algún que otro personaje secundario peculiar; y decisiones de puesta en escena así como un uso del lenguaje cinematográfico que imprime fuerza y ritmo a la película con su deje de gelidez.

Así al rostro ya avejentado de un James Mason que arrastra mucha vida sobre sus hombros se une la mirada desgarradora pero de vuelta de todo de una espectacular Simone Signoret como Elsa Fennan, la viuda del asesinado. Pero tampoco deja indiferente el dolor e insatisfacción de la esposa del agente con el rostro de una de las musas de Bergman, Harriet Andersson. Y todo aderezado con unos secundarios peculiares: ese inspector de policía casi jubilado que se duerme con las suposiciones y despierta con los hechos, que vive acompañado de todo tipo de animalejos (Harry Andrews) o ese desafortunado tipo de los bajos fondos con dos mujeres y una niña pequeña (que da al personaje su dimensión más humana y trágica)…

Charles Dobbs, el agente, cuenta con el apoyo del inspector y de otro compañero de departamento con ganas de pegar una patada a sus superiores (Kenneth Haigh) para llegar al final de la cuestión. El Londres de Llamada para un muerto es un Londres gris, de bajos fondos, y cielos encapotados. De casas viejas, tabernas medio vacías, habitaciones solitarias, oficinas grises…

Es Simone Signoret la que habla del mundo como un gran tablero de ajedrez con fichas que eliminar y quitar. El mundo como un juego de poderes… en el que ellos son meros peones… Y es Shakespeare el que imprime el fondo trágico de los personajes de la película porque en dos momentos la película transcurre en un teatro… En uno aparecen las brujas de Macbeth con ese hechizo sobre los personajes, destino trágico y maleficio en un mundo de poderes. Y en el otro la Royal Shakespeare Company escenifica el asesinato de Eduardo II (obra de Marlowe) y paralelamente la tragedia que se está representando en el escenario se está reproduciendo en la platea.

En Llamada para un muerto seguimos la triste mirada de una mujer en un autobús, la paliza que recibe un hombre de los bajos fondos y cómo al final ve a su hija pequeña, la coge de la mano y va hacia su casa (uno de los instantes más duros y conmovedores) o vivimos uno de los momentos más intensos y geniales de toda la película en una sala de teatro abarrotada con los protagonistas a la espera de desenmascarar al hombre de sus desvelos…

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