10 razones para amar Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock

A Bet, que viva Hitchcock y el amor al cine. Por doce años de diálogo ininterrumpido.

Razón número 1: certeza

Con la muerte en los talones. Una de las puertas de entrada de mi amor al cine.

Una de las películas que sé con certeza que afianzó mi pasión por el cine fue Con la muerte en los talones. El colegio donde yo iba de niña, finales de los años setenta y los ochenta, lo llevaban unas hermanas misioneras (muy unidas a Madagascar) que en el centro escolar experimentaban con las pedagogías más innovadoras y modernas. Sí, era una mezcla curiosa y extraña, pero era así. A su favor he de decir que nunca sentí que me adoctrinasen o dirigiesen en lo religioso más de lo que ya suponía estar en un colegio de monjas y sí, sin embargo, me proporcionaron una atención a todo lo que tenía que ver con las injusticias sociales.

Pues bien, parece ser que la directora del colegio en aquellos años era tan cinéfila, que ver cine era una de las actividades asiduas que se organizaba para las alumnas del centro. Así que siempre venía un proyeccionista y en un salón de actos enorme con una pantallaza enorme, nos pasaban películas. Y una de sus favoritas debía ser Con la muerte en los talones, pues la vi en el colegio más de una vez.

Me recuerdo totalmente atenta, enganchada y maravillada con esta película. Me encantaba antes de saber quién era Alfred Hitchcock. No me importaba que repitiesen la proyección en más de una ocasión. No podía apartar la mirada de la pantalla y siempre me dejaba arrastrar por la historia de ese señor que le confundían con otro y se metía en un gran lío que cada vez se enredaba más, pero sin perder nunca el sentido del humor.

Razón número 2: Cary Grant, el héroe fascinante

Siempre hay una frase que se dice pronunció Alfred Hitchcock refiriéndose a Cary Grant, uno de sus héroes favoritos (el actor trabajó en cuatro de las películas del maestro del suspense: además de la mencionada, Sospecha, Encadenados y Atrapa a un ladrón), y dice algo así como que podía actuar con un huevo podrido en la cara y seguiría pareciendo fascinante. Y esa frase podría aplicarse perfectamente a su personaje de Roger O. Thornhill. Este publicista creativo, elegante, divertido, bastante desastre en su vida sentimental, con una relación de lo más curiosa con su madre, pero que sabe manejarse perfectamente en la jungla de Nueva York por un malentendido se verá inmerso en una historia trepidante.

Thornhill durante todo el metraje mantiene la dignidad intacta con su traje sastre, corbata y camisas blancas. Su pelo negro e impecablemente peinado. Da absolutamente igual que le emborrachen, que traten de asesinarle en un campo desierto con una avioneta fumigadora, que tenga que correr y escapar de todas partes, que se llene de polvo o se caiga, él continúa impecablemente divertido y elegante.

Y es que Thornhill, hombre creativo y sagaz, se adapta a su nueva circunstancia de falso culpable, perseguido por malos y policías y solo ante el peligro. Siempre tiene ideas e ingenio para salir adelante y una increíble capacidad para reírse de sí mismo y de todas las desgracias que le acontecen, sin perder su sex appeal e incluso enamorarse. Es como si tuviese la seguridad, a pesar de estar siempre al borde la vulnerabilidad de un hombre caído, de que conseguirá salir adelante. Con 55 años y siempre reinventándose desde que pisó Hollywood, su Thornhill rezuma vitalidad, sensualidad, diversión, glamour y distinción. Cary Grant sabe utilizar su vis cómica, sus cualidades de galán, su impresionante complexión física, así como sacar la seriedad cuando es necesario para dar forma a un gran personaje.

Archibald Alexander Leach se formó en el vodevil puro y duro; después durante sus primeros años en Hollywood, durante los años 30, fue trabajando el convertirse en Cary Grant. De hombre objeto y puro deseo a comediante sofisticado hasta alcanzar la cima y convertirse en uno de los actores más populares con su elegancia por bandera ya fuese en comedia, película de acción o drama.

Razón número 3: espías

Con la muerte en los talones. En el cine de Hitchcock no faltaron los espías en numerosas ocasiones.

El cine de espías es un género que ha dejado una ristra de películas inolvidables. El espía puede ser un mero funcionario gris del gobierno para el que trabaja con muchas horas de tiempos muertos, bailando siempre en un difícil equilibrio de conflictos y cuestiones morales, sacrificios personales, y una vida de compromiso (muchas veces por motivos equivocados) nunca recompensada… O también un héroe creado para el puro entretenimiento, hombres o mujeres de acción, sin preguntarse moralmente lo que hacen, sino superando obstáculos, venciendo a los malos, probando todo tipo de artilugios y avances tecnológicos y apelando a la adrenalina y emoción del espectador.

Curiosamente, Alfred Hitchcock tiene en su filmografía varios títulos de espías y representa a los dos perfiles en una misma película. En Con la muerte en los talones, Cary Grant, en plena Guerra Fría, se ve envuelto en una trama de espionaje con dobles agentes que da un vuelco a su vida. Si bien él se ve obligado a mantener un papel inesperado de espía de acción, también vemos el otro tipo de espía gris y que trabaja para el gobierno en el personaje del profesor (Leo G. Carroll), cerebro de la trama para pillar al malo malísimo Phillip Vandamm (James Mason).

Como era habitual en Alfred Hitchcock sabe cómo enganchar al público en sus tramas y hacer trepidantes las películas de espías que durante su filmografía fueron muchas. Recordemos títulos para un buen ciclo hitchcockiano de espías y una manera de redescubrirle: Los 39 escalones, El agente secreto, Sabotaje, Cortina rasgada o Topaz… En algunas de ellas hay ingredientes que se repetirán y estarán presentes en Con la muerte en los talones: un emplazamiento impresionante para la secuencia final, un falso culpable, tretas creativas del protagonista para huir del enemigo, la rubia que se convierte en cómplice para bien o para mal…

Razón número 4: temas hitchcockianos

Si François Truffaut le reivindicó como autor es porque sin duda cuando se analiza la filmografía del maestro del suspense pueden verse un montón de temáticas y formas de contar sus historias con dominio del lenguaje cinematográfico que dejan la huella de la creatividad especial de Hitchcock. Con la muerte en los talones no es la excepción. En una de sus películas más entretenidas y populares (algo que no descuidaba nunca el director), está su huella como autor. Veamos tres firmas de su autoría, sobre todo en el terreno temático.

La presencia de las madres de los protagonistas y esas curiosas relaciones materno-filiales que siempre deja el realizador británico. En Con la muerte en los talones está en clave de comedia. De hecho, todo el embrollo comienza porque el protagonista quiere dar un aviso a su madre y, por eso, los malos le confunden con un espía inexistente, George Kaplan. La señora Thornhill (Jessie Royce Landis) protagoniza uno de los momentos más cómicos y tensos de esta historia.

En un ascensor hasta arriba de gente donde entra con su hijo, este le señala con la mirada que al lado tiene a los dos hombres que han intentado matarle. La madre que no cree ni una palabra de su hijo y piensa que es otra invención de su hijo para excusarse por una borrachera. Así que les pregunta como si nada que si no pensarán asesinar a su hijo. Los asesinos y todos los que están en el ascensor no pueden reprimir una carcajada.

El falso culpable es el protagonista de muchas de sus películas y la premisa con la que arranca una historia trepidante. Un publicista se ve envuelto en una trama de espionaje y cada vez se va complicando más la historia, metiéndose en un laberinto del que parece imposible salir. En este caso el maestro juega con un sentido lúdico con ese falso culpable sin dejar de lado el humor que suaviza la vulnerabilidad de su situación, algo que no pasaba en esa joya oculta que es Falso culpable (The Wrog Man, 1956), que muestra la crudeza y el drama de un hombre acusado falsamente de un hecho que no ha cometido y que destroza su vida y la de los seres que lo aman.

La complejidad del amor y la sensualidad de sus historias. Hitchcock tenía una capacidad brillante para filmar unos besos maravillosos y reflejar la atracción de sus personajes, así como mostrar los recovecos oscuros de la pasión. Con la muerte en los talones no es una excepción. Así construye un interesante triángulo, con elementos similares a esa otra joya que es Encadenados. Somos testigos de un enamoramiento inolvidable y apasionado de los protagonistas en un tren donde surge la atracción de ambos, el juego y la sensualidad.

Luego, se cocina a fuego lento la traición y los celos. A la protagonista se la pone en máximo peligro, pues trabaja con los “buenos” en cuestión (aunque estos no dudan fríamente en sacrificar al pobre falso culpable si es necesario para que su plan siga adelante y proteger a su doble agente), y es el cebo que enamora al malvado. Y, por último, los amantes en máximo peligro tratarán de salir juntos del embrollo en el que se han metido.

Razón número 5: historia de amor en un tren

Y encadenando con el último tema esbozado en el apartado anterior, es una gozada ese encuentro “por azar” entre la rubia de la película y el atribulado falso culpable, con esas inocentes gafas de sol tras las que se oculta. ¿Dónde es el lugar más romántico donde puede gestarse una historia de amor? En un tren. No hay duda.

Lo maravilloso de Con la muerte en los talones es que es la rubia la que seduce al falso culpable, la que lo protege, la que lo oculta y lo mete en su camerino y la que no pone reparo alguno a la seducción que culmina con uno de esos besos inolvidables del cineasta en un diminuto camarote. Los dos protagonistas juegan a la sensualidad, al juego de ocultación, a mostrarse cómplices el uno con el otro…

… Hasta que descubrimos que el pobre diablo está siendo engañado por una rubia femme fatale. Y ese juego sensual se transforma en peligroso. Nos inquieta ver cómo él confía en la rubia y a nuestros ojos se convierte en vulnerable, pues no es consciente del engaño.

Luego vuelven a encontrarse en un hotel y él ya es un hombre despechado, pues la rubia le ha enviado a una muerte segura y sabe además que es la novia del hombre que está tratando de eliminarle a toda costa. Lo que pasa que los espectadores nos vemos sorprendidos al notar verdadera preocupación en el rostro de la chica, parece que realmente está enamorada.

Pues pronto llega un revelador giro de trama, en su comportamiento de hombre despechado, nuestro falso culpable ha puesto en verdadero peligro a una agente doble, como le comunica ese curioso personaje al que llaman el profesor y cerebro de la trama para atrapar al malvado Vandamm. Y entonces cual galán enamorado, decide contribuir a la causa y ayudar a la dama a huir de las manos del peligroso y elegante malvado.

Así Hitchcock crea una historia de amor que es la que hace avanzar a la trama y con ella consigue los giros de trama más emocionantes, además de acrecentar la tensión y el suspense. La complicidad sexual de ambos personajes marca cada fotograma, porque esa tensión sensual no resuelta por los problemas y obstáculos de ambos llega a su culminación final, como no podía ser de otra manera, de nuevo en el tren en una ingeniosa elipsis: del máximo peligro en el monte Rushmore al apacible momento en que sabemos que culminarán su relación con una esperada relación sexual, pues ya pasaron todas sus dificultades.

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El viaje de los malditos (Voyage of the damned, 1976) de Stuart Rosenberg

El barco de El viaje de los malditos sin rumbo fijo…

El universo fílmico sobre la Segunda Guerra Mundial (y los años previos) encierra un montón de historias que muchas veces, si no fuera por el cine, terminan siendo enterradas. Así ocurre con El viaje de los malditos, que no deja de tener una triste y desgarrada vigencia, que narra la trágica travesía de un barco, el San Luis. Este barco zarpó del puerto de Hamburgo el 13 de mayo de 1939 con 937 judíos y se dirigían a La Habana. Todos habían conseguido su visado. Muchos de ellos contaban con familiares allí. Lo que parecía un viaje hacia la libertad y la esperanza se convirtió en una pesadilla.

En realidad el viaje tenía fines propagandísticos para la Alemania nazi, que no le importaba qué iba a ser de cada uno de los pasajeros, sino que además la travesía les servía para alimentar su red de espionaje. Goebbels lo ideó para hacer ver que los judíos podían salir de Alemania, pero además dejó al descubierto el antisemitismo que se extendía por todo el mundo. Los viajeros del barco no pudieron desembarcar en Cuba y fueron rechazados por varios países. Tuvieron que regresar de nuevo a Europa y fueron, finalmente, aceptados por un acuerdo entre Bélgica, Países Bajos, Francia y Reino Unido. Pudieron desembarcar en Amberes y acudir a sus distintos países de acogida, pero desgraciadamente la Segunda Guerra Mundial acechaba, y muchos de ellos volvieron no solo a ser perseguidos sino que murieron en los campos de concentración.

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Minicríticas. Un paseo por rostros del cine clásico

Sidney Poitier. Los lirios del valle (Lilies of the field, 1963) de Ralph Nelson

Una canción de gospel, Amen; un buscavidas negro y baptista con un coche por vivienda; y cinco monjas que han huido de la Alemania del Este sin un duro y tratando de aprender inglés se encuentran en un desértico paisaje de Arizona, frontera con México. Son los ingredientes de Los lirios del valle, una película sencilla, de miradas y silencios y diálogos certeros. Homer Smith se queda sin agua para su coche y para en una humilde granja; allí la madre María lo ve como un enviado del cielo para construir una capilla. Ralph Nelson rueda una pequeña parábola humanista alrededor de unos versículos de San Mateo: “Y del vestido, ¿por qué os preocupáis? Observad cómo crecen los lirios del campo, no se fatigan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos”. Y Sidney Poitier despliega todo su encanto como un tipo vital que se termina implicando con las hermanas y con las personas de los alrededores para levantar una pequeña capilla, sin contar con apenas medios. En torno a Homer y las hermanas, surgen personajes secundarios que conforman una atractiva galería: el dueño de un bar, el sacerdote irlandés o el constructor (que tiene el rostro del propio director de la película). Poitier con su papel de Homer ganó un Oscar de la academia como protagonista. Un Oscar histórico, pues fue el primero concedido a un actor negro en el rol de protagonista. Un actor que apostó por romper con los estereotipos de representación de los afroamericanos en las pantallas de cine. Habían pasado más de treinta años desde que Hattie McDaniels recibió uno como secundaria por su papel en Lo que el viento se llevó.

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La muerte se equivocó… y una sombra. El difunto protesta (Here comes, mr. Jordan, 1941) de Alexander Hall/El cielo puede esperar (Heaven can wait, 1978) de Warren Beatty, Buck Henry/Sombra enamorada (The gift of love, 1958) de Jean Negulesco

Uno de los temas estrella del cine y que ha recibido distintos tratamientos a lo largo de su historia ha sido sin duda la muerte. Y sobre todo tratando de responder una pregunta: ¿qué hay después de la muerte? O ¿qué ocurre con los seres queridos? La sesión doble parte de una obra de teatro de Harry Segall que saltó a la pantalla en los años cuarenta y luego ha tenido otros remakes, pero rescatamos el de Warren Beatty. Y de propina un melodrama especial y desconocido de Jean Negulesco. Las tres tienen en común el elemento fantástico. Y ese elemento es lo que une a un ciclo de películas maravillosas (muchas de ellas reseñadas en el blog) como Las tres luces (también conocida como La muerte cansada) o Liliom, ambas de Fritz Lang; La muerte de vacaciones, de Mitchell Leisen; A vida o muerte, de Michael Powell, Emeric Pressburger o Dos en el cielo, de Victor Fleming. Aportamos tres más a esta colección que merece la pena.

El difunto protesta (Here comes, mr. Jordan, 1941) de Alexander Hall

El difunto protesta

En la mirada de una persona está el secreto…

Nos encontramos con un personaje muy capriano, un boxeador al que le gusta tocar el saxo y también volar. Un hombre sencillo y bueno. Antes de un campeonato muy importante para él, tiene un accidente de avión, que termina con su vida… ¿o no? Vemos a nuestro protagonista Joe Pendleton (Robert Montgomery) acompañado por un hombre muy eficiente (Edward Everett Horton), en una especie de cielo, quejándose de que no le corresponde morir, que tiene que regresar para el combate. Niega su muerte. Pero el eficiente funcionario del cielo quiere que suba a un avión. Por fin se encuentran con el tranquilo mr. Jordan, del título original, con el rostro de Claude Rains, que es el jefe de todo el cotarro, de llevar a los destinatarios al cielo. Mr. Jordan descubre que el eficiente funcionario es nuevo y que no ha esperado a la muerte de Joe, sino que se lo ha llevado antes. Descubierto el error, cuando van a devolver a Joe a su cuerpo… se dan cuenta con horror de que ha sido incinerado. ¡No hay más remedio que buscar otro cuerpo del gusto de Joe!, que le permita además alcanzar sus sueños: ser el campeón de boxeo. Y en el camino de esa búsqueda, siempre en compañía de mr. Jordan y el eficiente funcionario, se topará con el cuerpo de un millonario, Bruce Farnsworth, que no ha sido muy buena persona y además va a morir asesinado por las dos personas más cercanas de su vida (su mujer y su secretario personal)… Joe quiere huir despavorido hasta que ve a miss Logan (Evelyn Keyes), que quiere entrevistarse con el millonario, porque por sus decisiones su padre se encuentra injustamente en la cárcel. Se enamora totalmente de ella y quiere ayudarla. Decide tomar ese cuerpo de manera provisional…

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Mandingo (Mandingo, 1975) de Richard Fleischer

Mandingo

Los Maxwell perpetuando el sistema esclavista en Mandingo.

Un veterinario es el que cura a los animales de la plantación de Warren Maxwell (James Mason)… y a los negros que allí habitan, bien porque son esclavos de la plantación o porque van a ser vendidos, ya que Maxwell también es tratante. Así de cruda es Mandingo. Una película de Richard Fleischer que presenta en toda su dureza el sistema esclavista en EEUU, antes de su Guerra Civil. Un sistema de poder y sometimiento, absolutamente cruel. Un sistema enfermo instalado en la cotidianeidad, como modo de vida. A los negros se los trata como animales, incluso se les castra si es necesario. Se examina sus dientes, y cada parte de su cuerpo. Son machos y hembras. No tienen alma. No pueden aprender a leer. Si hay el más mínimo conato de rebelión, los castigos más bestias serán los que se inflijan. Se les separa sin miramientos, sus hijos son vendidos, sus mujeres son violadas sí o sí, algunos de sus hombres pueden ser entrenados como luchadores… y se les hace enzarzarse en luchas, sin reglas, hasta la muerte, con apuestas de por medio. En una desagradable cena, le dicen a Warren que hay un método que cura el reuma y es ponerse un perro en el regazo y traspasarle los dolores. El veterinario dice que también vale un negro. Y Warren ni corto ni perezoso, a partir de ese día, tiene siempre un niño a sus pies, pisándolo, para trasmitirle la enfermedad, y curarse él. No es una película cómoda.

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Max Ophüls y la otra cara del sueño americano. Atrapados (Caught, 1949)/Almas desnudas (The Reckless Moment, 1949)

Caught

La heroína de Atrapados (Caught, 1949) encerrada en una mansión-pesadilla.

Max Ophüls, huyendo del nazismo, tuvo que exiliarse unos años en América (1941-1949). No lo tuvo fácil en Hollywood y hasta 1946 no pudo empezar a dirigir. No obstante, no le faltaron buenos amigos y admiradores de su trabajo. Las dos últimas películas que dirigió allí son oscuras, con muchos elementos de cine negro, y una crítica incisiva al modo de vida americano, al sueño… Las dos son protagonizadas por mujeres (como era habitual en su filmografía). En una la heroína es la interesante Barbara Bel Geddes y, en la segunda, la protagonista es una de las reinas del cine negro, Joan Bennett. De hecho la primera película es la parte oscura del cuento de Cenicienta con príncipe siniestro y unas gotas de noir. Y la segunda es un melodrama familiar con puro cine negro a cuestas. Max Ophüls es un director siempre brillante que hace magia con la puesta en escena y los movimientos de cámara. En estas dos películas, bastante más austero, pero con un uso inteligente, virtuoso y al servicio de las historias que quiere contar, como iremos viendo. Y en las dos películas repite con un actor que siempre da muestras de su versatilidad y de los matices que emplea para la construcción de personajes: James Mason. Si en la primera se convierte en un doctor que sabe dar al dinero su justo papel, que es tremendamente crítico con el mundo en el que vive, apasionado de su trabajo y dolorosamente realista, y que además sabe ver al monstruo oscuro que domina la vida de su amada; en la segunda es un perdedor chantajista, que ha llevado siempre una mala vida, y que se transforma ante la mujer chantajeada. De pronto desea lo que nunca ha tenido, y quiere, obsesivamente, que esta mujer no pierda el estatus que nunca logrará alcanzar…, se enamora idílicamente (locamente diría yo) y realiza una de las redenciones más tristes.

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Luces y sombras de Ha nacido una estrella (A Star Is Born, 2018) de Bradley Cooper

Ha nacido una estrella

Un momento íntimo de Ha nacido una estrella.

Como una fan fatal esperaba yo este estreno. Iba detrás del proyecto desde que Clint Eastwood dijo que lo iba a llevar a cabo junto a Beyoncé. Me entusiasma esta historia, y sus tres versiones anteriores las tengo a buen recaudo en mi deuveteca. Ilusionada, el sábado por la noche, me metí en el cine. Ha nacido una estrella ha sido realizada en distintas décadas, por diferentes parejas de actores y con directores y guionistas que nada tienen que ver entre sí. Cada una tiene su aire y su estilo…, pero todas tienen secuencias que van pasando de unas a otras. Y una frase que nunca falta: “Solo quería verte otra vez”. Sabía a lo que iba… y sospechaba también lo que me iba a encontrar. Disfruté con lo que quería ver… y las sombras no me amargaron el espectáculo, pero no puedo evitar contarlas.

Antecedentes

Mientras que la versión de 1937 y la de 1954, son cine dentro del cine; las de 1976 y la que ahora nos ocupa se centran en el mundo de la música. Si bien ya en la de 1954, la actriz principal era además cantante, y la película contaba con números musicales espectaculares. William A. Wellman, George Cukor y Frank Pierson rodaron las anteriores versiones. Aquí un actor, Bradley Cooper, hace su debut detrás de las cámaras y además se convierte en protagonista masculino. William A. Wellman se ponía al frente de un melodrama clásico y contenido que era una disección crítica del Hollywood de los años 30, del sistema de estudios, donde todavía estaba reciente el espíritu pionero de los primeros creadores que pusieron en marcha la industria de los sueños. George Cukor entregaba una película elegante donde alcanzaba el éxtasis de los melodramas de los cincuenta con el alma del mejor musical. Y el desencanto hacia la industria era más exacerbado y amargo. Un desconocido Frank Pierson se empapaba del espíritu de los macroconciertos de los setenta y de las estrellas atormentadas del rock… para, de nuevo, vomitar una historia de amor trágica. Y Bradley Cooper se estrena ahora como director, que posee una mirada personal, con un melodrama triste ambientado también en el mundo de la música, un universo con luces y sombras además de nuevas tecnologías.

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Llamada para un muerto (The deadly affair, 1966) de Sidney Lumet

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… Con El topo de Tomas Alfredson quedó claro que el mundo de la Guerra Fría y los espías no es apasionante sino gélido, desencantado y con toda la gama de grises entre los seres humanos que convierten el mundo en un tablero de ajedrez. Ahí hay dobles agentes, traiciones, funcionarios con cara triste en sus oficinas y otros a pie de calle para los trabajos sucios. Lo malo es que ese mundo helado mueve los hilos… Pero no fueron los espías de El topo los que mostraron ese universo frío, antes lo había hecho ya Sidney Lumet con Llamada para un muerto. Y tanto Alfredson como Lumet habían tomado como fuente la literatura de John Le Carré y la serie del espía George Smiley (aunque en la película de Lumet le cambia de nombre).

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Clásicos desconocidos. Corrientes ocultas (Undercurrent, 1946) de Vincente Minnelli / Cautivos del terror (Cry Terror!, 1958) de Andrew L. Stone

Una sesión doble de clásicos olvidados y desconocidos. Ninguna de las dos películas es redonda pero tienen varias bazas para no dejarlas escapar. Primero descubrir a un Minnelli que está experimentando más allá del musical por el camino del melodrama y el delirio. Segundo adentrarse en la obra de un director desconocido para mí en un relato cinematográfico donde se maneja la tensión y el suspense. Y tercero descubrir y disfrutar en las dos de unos repartos maravillosos.

Corrientes ocultas (Undercurrent, 1946) de Vincente Minnelli

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Corrientes ocultas permite esos privilegios (por lo menos para la que esto escribe) de ir conociendo toda la filmografía de un autor cinematográfico e ir viendo su evolución y sus riesgos. Sus aciertos y sus desaciertos hasta alcanzar obras absolutamente redondas. Vincente Minnelli se prodigó sobre todo en tres géneros: el musical, el melodrama y la comedia elegante y sofisticada. Adoro al Minnelli desatado que dejó cumbres tan perfectas como Con él llegó el escándalo, Como un torrente, Dos semanas en otra ciudad… En ellas alcanzaba altas cotas de melodrama desatado donde las emociones de los personajes superaban cualquier tipo de racionalidad… y Minnelli pintaba un lienzo perfecto y colorido de los sentimientos extremos, sin pudor ni vergüenza.

Corrientes ocultas preludia el delirio emocional pero Minnelli todavía se contiene racionalmente con su paleta en blanco y negro. Así sentimos esas corrientes ocultas, que hacen a esta película muy interesante, pero el lienzo no es perfecto. Por el ritmo fallido, el espacio entre cada estallido y las pinceladas confusas de los personajes (sobre todo de nuestra protagonista)… Precisamente son las corrientes ocultas y la ambientación de algunos momentos lo que termina enganchando al espectador así como la fuerza de una historia de amor latente con un ‘desaparecido’… lo más irracional de todo es lo más atractivo.

La película de Vincente Minnelli, que ya empieza a experimentar con el melodrama y que pronto haría piezas fundamentales en blanco y negro como Madame Bovary (que defiendo a capa y espada…) o esa radiografía de un Hollywood con su cara y su cruz… Cautivos del mal, indaga en un subgénero especial que ha dejado obras inolvidables: esposas enamoradas (o no) en el borde del peligro y el abismo. Y donde el marido es ese ser lejano y misterioso que no llega a hacerlas felices y que alrededor de su figura hay demasiadas incógnitas. Estas atribuladas esposas pueden vivir en una América sureña, habitar mansiones góticas o estar atrapadas en una gran ciudad. Así se nos vienen a la cabeza: Rebeca, Sospecha, Luz de gas, Luz en el alma, Secreto tras la puerta, Un grito en la niebla… Para Corrientes ocultas, Minnelli adapta una novela de una popular escritora, Thelma Strabel, y cuenta para la atribulada esposa con Katherine Hepburn.

El primer tropezón es no saber muy bien cómo dar con el género adecuado: comedia amable, drama, intriga, melodrama desatado… Así esto afecta a nuestra heroína (que gracias a los esfuerzos de una Hepburn carismática, logramos no caer con ella en la indefinición). Mujer joven independiente, culta y espontánea que vive felizmente con su padre científico en una pequeña localidad… a la cual no la interesan mucho sus pretendientes, fuente de preocupación para la mujer que atiende la casa de padre e hija. De pronto aparece un hombre de negocios con el rostro de Robert Taylor (que desde el principio notamos que no es hombre para nuestra Kate…, qué antipático y soso es…). Ambos se enamoran en plan flechazo y Kate se convierte en esposa, la trasladamos a la ciudad y se convierte en una mujer provinciana, dependiente, que no sabe moverse en sociedad (¡ni vestirse!) y totalmente entregada a su esposo (¿?)… Menos mal que le entra la vena investigadora (pues no entiende por qué su marido oculta la existencia de un hermano y además es un tema que le pone de los nervios) y también empieza a alimentar un interés y una afinidad con el desaparecido de lo más interesante. Esta es la corriente oculta que más engancha de la película. El enamoramiento de una mujer por un desconocido del que solo escucha cosas o conoce su casa u objetos personales… El marido es Robert Taylor que pasa de ser un soso pijo a un hombre malhumorado que esconde secretos y que empieza a desarrollar un extraño sentido del amor: su esposa le pertenece… y ya sabemos que eso nunca funciona. Los actores secundarios son desaprovechados en la trama porque desarrollan interesantes personajes pero no se les deja aparecer en todo su esplendor como un ya carismático y maravilloso Robert Mitchum o un entrañable (pero efímero) Edmund Gwenn.

Así Vincente Minnelli demuestra y va experimentando y demostrando en lo que brilla… en las emociones en las que la razón no cabe, en la recreación de ambientes y momentos muy conseguidos de tensión. Así los ataques de furia de Robert Taylor en instantes inesperados, los descubrimientos o inquietudes de Kate como, por ejemplo, lo que significa en la casa de su esposo una melodía clásica tocada en el piano, el uso de las escaleras, las escenas de tensión en la cuadra con un caballo indomable que solo dominaba el hermano desaparecido, un encuentro clave entre dos personajes en esa misma cuadra, el tenso paseo por el bosque a caballo del matrimonio con una amiga… Minnelli deja entrever ese pincel que le permitirá seguir en las corrientes ocultas de las emociones humanas para dejar que se derramen en sus coloridos melodramas con un sentido del ritmo y sin ningún miedo en desatarse y así hacer llegar al espectador a la catarsis. En Corrientes ocultas… casi lo consiguió pero se contuvo demasiado… es como si estuviera en periodo de prueba.

Cautivos del terror (Cry Terror!, 1958) de Andrew L. Stone

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Empiezo a leer en la caratula su reparto y de pronto no me contengo…, decido que tengo que verla: James Mason, Rod Steiger, Neville Brand, Angie Dickinson, Kenneth Tobey, Jack Klugman y descubro además la triste historia de su coprotagonista (que podría haber sido actriz brillante pero falleció demasiado pronto), Inger Stevens. Al director no le conozco de nada pero leo que también fue productor y guionista (en esta película mismamente) y repaso títulos de su filmografía que no me importaría rescatar. Y me alegro de haberme animado con la que hoy comentamos.

Cautivos del terror es un tenso thriller de familia unida secuestrada por una panda de malvados terroristas que quieren intimidar a una compañía de aviación colocando bombas en sus aviones de pasajeros a cambio de dinero. Pero toda la trama ocurre en las calles de la ciudad…, utilizan a la familia secuestrada para primero, con engaño, la fabricación de las bombas y después para extorsionar a la compañía y que sea a través de ellos que entreguen el dinero y amenazando continuamente con su muerte (son padres de una linda niñita).

El matrimonio en peligro son un siempre efectivo James Mason y una magnífica Inger Stevens (actriz que prometía pero se quitó la vida muy pronto…) antes mencionada, en su papel de sufridora nata pero también intrépida y valiente. Y los secuestradores no tienen desperdicio: el frío y calculador, carismático y jefe de la banda, Rod Steiger. El joven sin escrúpulos pervertido sexual que hará sufrir de lo lindo a la joven esposa, Neville Brand. La que actúa por dinero, fría y hermosa, Angie Dickinson. Y el que se muestra más normal y sobrepasado por la situación, un mandado con escrúpulos, Jack Klugman.

¿Cuál es el mayor pero de esta película que, sin embargo, ofrece buenísimos momentos de tensión? Pues además de no salirse ni un centímetro de los tópicos de este tipo de películas, Andrew L. Stone, ni como guionista ni como director, no se decanta por un punto de vista para contar esta historia. Cambia continuamente, creando un baile incómodo que elimina emoción e impacto. Primero parece que los protagonistas van a ser los de la compañía de aviones y el FBI. Después la pandilla de terroristas, más tarde va contando distintas escenas desde el punto de vista de ella, la esposa, y desde el punto de vista de él, el esposo… con voces en off… Sin embargo los peros se compensan por escenas de tensión como los enfrentamientos entre la esposa y el joven secuestrador (bastante perturbado) o la persecución del líder de la banda a la esposa por la estación de metro o el intento de fuga del marido por el hueco del ascensor… Y sobre todo por ver toda una galería de actores no solo buenos sino también muy carismáticos…

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