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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Cuáles son los ingredientes de toda superproducción que se precie, además de un gran presupuesto. Una gran historia con épica y amor. Puede ser una adaptación de la última novela de éxito o una historia de creación propia (con guion original). Si tiene varios escenarios, ambientación de lujo y bella música de fondo…, mejor que mejor. Una historia particular e íntima enmarcada en grandes acontecimientos…, por ejemplo. En el reparto no pueden faltar las estrellas ni los buenos secundarios que creen personajes inolvidables. La búsqueda de la emoción, que el público se enganche a cada una de sus secuencias y que no importe verla una y otra vez. Una superproducción clásica por antonomasia es Lo que el viento se llevó de Victor Fleming. Contiene todos los ingredientes. Por otra parte, una buena superproducción es una historia muy bien contada que desarrolla todo un universo alrededor de ella, que tiene alma.

En estos últimos años hay dos superproducciones españolas, una actualmente en cartelera, que muestran un buen envoltorio, pero en las que faltan unos cuantos ingredientes para crear obras totalmente compactas. No existe el alma de la superproducción… o ese toque de varita mágica que hace que todo funcione.

Palmeras en la nieve (2015) de Fernando González Molina

Palmeras en la nieve

Amor en tiempos difíciles en una Guinea convulsa.

Palmeras en la nieve tenía el atractivo de un tema que no ha sido muy tocado ni en la historia de nuestro cine ni en la de la literatura: Guinea Ecuatorial como colonia española (1885 a 1968). La película transcurre en la isla de Fernando Poo en una finca donde se cultiva cacao durante los últimos años de la colonia, de 1959 hasta 1968. La película es una adaptación de un best seller de Luz Gabás, del mismo título, donde la autora ficcionaba recuerdos familiares.

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Todos lo saben (2018) de Asghar Farhadi

Todos los saben

Todos lo saben, un mapa emocional con caminos intrincados…

El universo de Asghar Farhadi está presente en Todos lo saben, pero además el director iraní es camaleónico. Me explico. Sus películas iraníes son cien por cien de su país de origen, obviamente. Pero cuando rodó en Francia El pasado, sin perder su identidad como cineasta, la película era francesa cien por cien. Y ahora le ocurre lo mismo en Todos lo saben, ahí está su universo y puntos comunes con otras películas de su filmografía, pero es todo un melodrama castellano, seco. Es decir, Farhadi se empapa del país que mira a través de su cámara. Capta su esencia y lo atrapa con sus ojos, con su mirada especial.

Todos los saben se mete en el corazón de un pueblo castellano. Y como en todo el universo Farhadi se van desenredando unas relaciones cada más complejas, que trazan un mapa emocional donde sus personajes se embarcan para un recorrido que los transformará de principio a fin y dejará ver esa parte oscura que siempre tratamos de ocultar. En ese pueblo castellano se celebrará una boda y llegará desde Argentina, Laura, con sus dos hijos, una adolescente y un niño. Su marido Alejandro no la acompaña. Así Laura se encuentra con su pueblo, con sus calles y con su familia. Y también con aquel que fue su amor de juventud, Paco, que vive con su actual pareja, una maestra.

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Parpadeo

Parpadeo tras parpadeo, historias ocultas del cine

Primer parpadeo. El Classic, una catacumba. El protagonista de la novela, Jonathan Gates, recibe su educación sentimental y cinéfila en una sala de cine muy especial, una catacumba, la destartalada Classic, en Los Ángeles. Como si del mito de la caverna de Platón se tratase, Gates aprende a mirar la vida con las sombras proyectadas en la sala de cine y con las palabras de una de las fundadoras de la sala, futura crítica cinematográfica, Clarissa Swann. El Classic evoluciona de la exquisitez y el cuidado en la selección de lo proyectado por Clarissa, que crea adeptos y escuela, a ser refugio del cine alternativo y underground, donde el gusto no es lo más importante, y sí lo que puede suponer un fenómeno o causar sensación o polémica. Curiosamente bajo el mandato de Clarissa, el Classic tiene un halo de reducto decadente y romántico, de última aventura cinéfila, donde cuesta conseguir las copias adecuadas, donde se trabaja cada papel con comentarios sobre las películas que van a verse, y donde se proyecta con rigor. Cuando se convierte en el local de moda, que proyecta lo que está en los márgenes, no solo sufre una remodelación que le hace perder su encanto decadente, sino que sus salas se llenan y convierten todo lo proyectado en fenómeno. Al frente continúa la antigua pareja de Clarissa, Sharkey, un apasionado y colgado de todo el cine serie B, underground o experimental… De todo lo que esté al margen.

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Joan Crawford en los brazos de Steve Cochran.

Joan Crawford en los brazos de Steve Cochran.

Los condenados no lloran gira alrededor del rostro de Joan Crawford. Y ese rostro tiene dos momentos clave en esta película que revolotea entre el buen cine negro y el gran melodrama con una enorme sombra de pesimismo envolviéndolo todo. El primer rostro es el de una madre que ve cómo su vida se parte en dos, cuando pierde a la persona que más quiere en este mundo. Es el rostro del desgarro. A partir de ese momento, abandona una vida de sometimiento y decide subir escalones sociales y una posición sea como sea… Aunque tenga que perder su nombre y su origen. Y el segundo rostro es el de una mujer golpeada con violencia, que es consciente de que ya todo está perdido, que de nada le ha servido la huida. Que estaba siendo igualmente sometida. Que sabe que volverá otra vez a sus orígenes y que recupera su identidad a golpes. Es el rostro de la derrota.

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Dunkerque

Corre, Tommy, corre…

Fionn Whitehead es Tommy en Dunkerque de Christopher Nolan… y fue quién más me llamó la atención en esta película. “Corre, Tommy, corre… y vuelve a casa” es el leitmotiv que envuelve cada uno de los fotogramas. Le conocemos corriendo… y no para. Y la historia de Tommy es tan potente, que no hacía falta más. Tommy corriendo por las calles, entre balas y bombas. Corriendo en la playa… Corriendo con una camilla. Nadando… y volviendo a correr. Sin respiro. No hacía falta más historias, ni sus tres tiempos para contarlas… tanto es así que abandono hasta los ojos de Tom Hardy en ese avión que surca el cielo. Pero lo que son las casualidades cinéfilas, busco información de Whitehead (que no será la última vez que lo veamos) en Internet y recaigo, cómo no, en Wikipedia… y leo “Nolan comparó a Whitehead con un joven Tom Courtenay” y me llevo las manos a la cabeza: hace dos días he visto por primera vez una de las obras más emblemáticas del Free cinema, La soledad del corredor de fondo de Tony Richardson… y quedo totalmente fascinada por un jovencísimo Tom Courtenay como Colin Smith… que corre y corre sin parar y deja un fascinante retrato sobre la rebeldía, sobre no someterse a nadie.

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Hace unos días servidora cumplió un año más…, y, claro, no lo va a negar una, pero siempre se reciben con agrado regalos hechos con amor de las personas queridas. Y, bueno, hubo más de uno relacionado con el cine… entre otros, un pack interesantísimo del periodo pre-code de un director que me da muy buenas sorpresas: William A. Wellman. Y así ha sido con las dos películas que he podido visionar: una joya oculta, Gloria y hambre, y un buenísimo melodrama con ecos de otro, Barrio Chino

Antes de meternos en materia, un aviso: durante dos semanas no publicaré texto alguno…, me voy a tierras lejanas que quizá no aparezcan en los mapas y desconecto de todo para pasar bonitas aventuras…, para volver con fuerzas renovadas, seguir tecleando mi máquina de escribir y continuar viajando por universos cinéfilos. Ay, no tengo duda de que os echaré, amigos del ciberespacio, mucho de menos y que me encantará, como siempre, reencontrarme en breve con vosotros entre comentarios, reflexiones, opiniones, recomendaciones y disfrutando de vuestros blogs, imprescindibles ya en mi vida cotidiana.

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quéruinadefunción

Peter Bogdanovich ama el cine y uno de sus amores es un género: la comedia y si es posible screwball… con unas gotas de slapstick, por favor. Si encima unes cine y teatro…, solo hay una salida: el espectáculo debe continuar. Así surge ¡Qué ruina de función!, película donde el director cinéfilo logra que el espectador llore de la risa y sus carcajadas no puedan reprimirse. Bogdanovich mima sus comedias y bebe de un lenguaje cinematográfico complejo que se fue forjando con los grandes cómicos de cine mudo americano y continuó con el género screwball durante los años treinta y cuarenta…, de esta manera las comedias de Bogdanovich son evoluciones y homenajes al género que ponen de relieve la importancia que tiene un buen director de comedias. No hace más que seguir la premisa que nos descubrió Preston Sturges en Los viajes de Sullivan: lo importante que es dirigir buenas comedias y provocar simplemente la risa. Porque la risa termina siendo terapéutica y relajante cuando realmente surge del alma.

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Las he ido viendo poco a poco y en cascada… películas todas ellas irregulares pero con un componente que las hace atractivas, extrañas, apetecibles… que bien merecen un visionado, dos o tres. Que te dejan pensando. O que alguno de sus fotogramas se te queda fijo en la retina. No son ni redondas ni perfectas… pero algo en ellas hace que no las olvides, que las razones y las pienses. Todas muestran un director detrás de sus imágenes. La propina es más que olvidable, la más rutinaria, la menos extraña y creativa (el director es invisible pero porque no crea) que no merecería la pena si no fuera por dos interpretaciones (me atrevería a decir tres) que dejan una huella o que permite al menos pasar una tarde amena.

Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011) de Lynne Ramsay

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La directora Lynne Ramsay refleja un mundo de sensaciones, emociones y caos para reflejar el complejo universo de una madre que trata de entender qué es lo que le ha pasado a su hijo. Emplea el color, la música y el rostro increíble de Tilda Swinton. Presenta una narración descolocada que como las piezas de un puzle van tomando sentido en los ojos del espectador para contarnos una historia terrorífica y muy difícil de asimilar. Ninguno de los personajes de esta familia disfuncional ni sus relaciones, formas de ser o comportamientos son sencillas o fáciles de entender. Juega también con lo inquietante y lo incómodo. El espectador sabe en todo momento que ha ocurrido algo horrible o que va a ocurrir algo tremendo… pero ese instante siempre se retrasa…, hasta que llega la explosión de violencia, como una verdad revelada. Y te quedas absorto y te fundes con el rostro compungido de Tilda.

Solo Dios perdona (Only god forgives, 2013) de Nicolas Winding Refn

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El director Nicolas Winding Refn construye una historia negra y violenta a través de la imagen, la estética, los ambientes y los rostros de sus personajes. No necesita apenas diálogos. Su película es pura coreografía y puesta en escena. Y desencadena una historia familiar de odios y venganzas en Bangkok. La destrucción de una familia mafiosa americana en un país lejano… Todo empieza por un asesinato y un policía jubilado que actúa como si fuera un dios vengativo. En el tablero del destino juega una especie de femme fatale convertida en madre vengativa, una Kristin Scott Thomas maravillosa e irreconocible; un hijo silencioso que arrastra la culpa y el silencio (el impasible Ryan Gosling); un hermano e hijo muerto que desata la violencia; una joven prostituta humillada y un extraño policía que desata su ira allá por donde pasa y que tiene querencia por cantar canciones tristes en los karaokes…

La mosquitera (La mosquitera, 2010) de Agustí Vila

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El director Agustí Vila crea una extraña fábula sobre una familia que dinamita con sus comportamientos extraños la normalidad. No existe este concepto en La mosquitera que se termina convirtiendo en película incómoda sobre la incomunicación y la incapacidad del ser humano para vivir en estos tiempos duros. Con una cuidada puesta en escena, sencilla y efectiva, crea un mundo entre absurdo y agobiante donde una familia actúa con normalidad pero todos sentimos que nada lo es. Su forma de actuar, de comunicarse y hablar es distinta, no entendemos en ningún momento sus códigos y eso acrecienta la incomodidad del espectador. Es como si estuviesen atrapados en una mosquitera y todo lo viéramos a través de esa fina tela, desde la distancia. Los actores, especialmente Emma Suárez, se tiran en plancha en interpretaciones de riesgo. Los perros son más coherentes y normales que cualquiera de los personajes que se presentan en esta trama. Curiosamente realizaría una sesión doble con la griega Canino de Giorgos Lanthimos. Y terminaríamos realmente incómodos…

Polisse (Polisse, 2011) de Maïwenn Le Besco

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A la realizadora y actriz Maïwenn Le Besco no le funciona del todo su fórmula entre realismo documental y ficción pero regala buenos momentos (lo que menos funciona es su personaje, aunque la idea podría no haber sido mala, y su historia de amor). Momentos de verdad que hacen lamentar que Polisse no sea una película más redonda. La película trata de reflejar la cotidianidad y el día a día de la unidad infantil del Departamento de Policía de París. Así deja una radiografía de las relaciones entre los miembros de la unidad, compartiendo sus momentos en las comidas, en las actuaciones, sus discusiones, sus celebraciones de alegría, su desesperación, la dificultad de sus vidas privadas, sus obstáculos para llevar a cabo su trabajo y cómo va haciendo mella en ellos su duro trabajo… Así nos estremecemos ante el lloro desconsolado de un niño al que deja su madre en la comisaria porque no puede hacerse cargo de él y la impotencia de uno de los policías que ha intentado por todos los medios encontrar un albergue que les acoja a los dos… O nos reímos con estos policías cuando ante duras situaciones surge el humor, un humor sano y seco, para suavizar o poder sobrellevar el momento.

La propina. El juez (The judge, 2014) de David Dobkin

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Un típico melodramón con juicio de fondo muy pero que muy americano con un argumento mal desarrollado donde la labor de dirección apenas llama la atención y que lo que sobrevive es la interpretación del juez del título, un colosal Robert Duvall, que logra conmover (e incluso que la espectadora que esto escribe echara más de una lágrima) y un Robert Downey Jr que consigue que se empatice con abogado agresivo y millonario que vuelve de nuevo a sus raíces familiares para redimirse y arreglarse con un pasado que le duele. Los momentos sensibles más conseguidos son unas grabaciones de super 8, las conversaciones y los momentos entre padre e hijo y las relaciones de Downey con sus hermanos de ficción, personajes que hubieran merecido ser más mimados pues están magníficamente interpretados por dos actores: Vincent D’Onofrio y Jeremy Strong.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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Desear volver una y otra vez a sus páginas y detenerse en su lectura…, poder leer este libro de Peter Bogdanovich ha sido un goce continuo. Bogdanovich, que además de director ha ejercido de historiador y crítico de cine, deja un documento imprescindible sobre una galeria de actores de Hollywood.

Con  respeto y sinceridad crea veinticuatro retratos de actores y actrices que son una gozada. El secreto está en que a la vez refleja su imagen pública (la que tenemos la mayoría de los cinéfilos), describe la importancia y la incidencia de la ‘mitología’ de la estrella de cine  y los dota de su dimensión más humana (la experiencia que vivió junto a ellos). Así estos retratos son un documento imprescindible para completar nuestra visión de ciertos actores.

Bogdanovich además de escribir y describir con un respeto absoluto a cada una de las ‘estrellas’, ofrece un testimonio personal que enriquece la figura de cada uno de los retratados. Un testimonio lleno de sinceridad que esconde descubrimientos que llegan a emocionar. Proporciona de muchos de estos actores sus últimos días… y a veces es difícil contener la respiración porque Bogdanovich transmite de tal manera que hace que ‘vivamos’ junto a esas ‘estrellas’.

Cuenta y desgrana un anecdotario al que no hubiesemos tenido acceso… Y es cierto que es desde ‘su mirada’ y sus vivencias pero es la mirada de una persona que adora el cine y respeta y conoce el trabajo del actor… Y esa persona, Bogdanovich, decide compartir sus recuerdos personales con las ‘estrellas’ y analizar también sus figuras cinematográficas, sus proyecciones en la pantalla. Así, con un pincel certero, pinta unos retratos donde vierte conocimiento, cariño, respeto y emoción. Por otra parte también capítulo a capítulo se va construyendo otro puzle, el retrato del propio Bogdanovich, su filmografía, su forma de trabajar, su vida privada, sus amores, sus traumas, sus miedos, sus pasiones, su filmografía, sus éxitos, sus amistades y fracasos.

Sumergirse en los retratos de Bogdanovich es un placer cinéfilo para desgustar con tiempo y tranquilidad. A algunos (los menos) no los conoció directamente, pero en esos casos, sí que cuenta con los ‘trazos impresionistas’ de aquellos que sí conocieron a la estrella y las propias impresiones del director-escritor. De otros (los que más) le unió una intensa amistad a lo largo de los años. Y de los de más allá, a lo mejor solo les vio una vez… pero a partir de ahí crea retratos certeros y a otros pudo conocerlos a través de varios encuentros motivados por alguna entrevista que tenía que llevar a cabo o bien para medios escritos o para elaborar un documental…

A través de pinceladas nos enteramos de la amistad que unía a James Stewart y Henry Fonda (que eran tan distintos en la mayoría de los aspectos de su vida) desde que eran muy jóvenes y que duró toda la vida. Nos sorprendemos con la historia compleja que vivieron juntos Jerry Lewis y Dean Martin (una auténtica gozada conocerla a través de sus protagonistas). Nos emocionamos con los últimos días y la profesionalidad de Boris Karloff. Entendemos la tristeza que acompañó siempre a Montgomery Clift. Analizamos más el gancho que poseía Cary Grant o el encanto que derrochaba Audrey Hepburn. Nos enteramos de la fuerza y el carisma de Bogart, Wayne (que era un niño grande), Marlon Brando o el vital Cagney. Vemos su acercamiento personal, a través de las palabras de Miller, a la tragedia de Marilyn Monroe. Vivimos y nos emocionamos con sus amistades profundas con John Cassavettes y Ben Gazzara. Nos descubre otra cara de Sal Mineo,  Anthony Perkins o Sidney Poitier. Descubrimos el encanto especial de algunas personas como Lillian Gish. Nos cuenta los amores tristes de algunas estrellas como Frank Sinatra y su amor a Ava. Escribe retratos absolutamente especiales donde nos deja una imagen desconocida, por ejemplo, de Jack Lemmon. Nos acerca personalidades más olvidadas o desconocidas como Stella Adler. Recrea retratos tristes como el de Charlie Chaplin. Describe cómo trabajaba con alguno de ellos que protagonizó alguna de sus películas como River Phoenix. Cuenta anécdotas impagables como una Marlene Dietrich convencida de que si hubiera accedido a acostarse con Hitler, la historia hubiese sido distinta, hubiera podido frenar el horror…

Finalmente estos retratos cuenta también lo que significa ser actor, los métodos de trabajo de cada uno, su concepción sobre la actuación y el cine, cómo encaraban sus trabajos, qué era lo que les hacía especiales, cómo era su imagen proyectada, qué era lo que reflejaban y transmitían a los espectadores (y qué significaban para ellos esos espectadores y ellos para los espectadores) así como quién era la persona que se descubría detrás del actor. Y también cuenta a través de los actores, de una manera muy especial, la historia del cine norteamericano.

Las estrellas de Hollywood. Retratos y conversaciones es una lectura no solo recomendada sino un libro a tener en cuenta porque lo escribe ‘un buen pintor’ que da trazos maestros en las páginas en blanco para retratar de manera original y escribir algo distinto y especial sobre personalidades sobre las que se ha derramado ya (y lo que queda) litros y litros de tinta.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons

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Peinados: Hay muchas formas de arreglarse el cabello y el cine lo ha mostrado. Además de un fenómeno curioso: hay actores y actrices que se identifican con un peinado determinado o existen personajes de ficción que un peinado los define y describe. Es un mundo apasionante para explorar (como tantos que nos deja el cine).

La idea me ha venido a la cabeza al recordar cómo el pelo y los peinados de las protagonistas de La vida de Adéle dice mucho de su personalidad e incluso supone un salto en el tiempo y la división de la narración cinematográfica en dos partes. Por una parte tenemos a Adéle adolescente, siempre desubicada e insegura, y esos matices también los refleja en su pelo: nunca se siente a gusto con él. Se lo suelta, se lo recoge, se lo vuelve a soltar, se lo toca, no se lo toca… Y en la segunda parte su personaje algo más calmado (pero no mucho menos desubicado) tiene algo más cuidado y arreglado su pelo pero sigue cambiando una y otra vez en un mismo momento (coleta, sin coleta, moño). Y por otro tenemos a su amor, Emma. Cuando se cruza por primera vez con ella, llama tremendamente la atención su pelo corto azul. Y destaca. Después cuando pasan unos años Emma se tiñe el pelo de rubio. Si el azul era pasión y deseo, el rubio se convierte en melancolía, tristeza, desencanto…

Hay actores que sufren una metamorfosis de pelo con cada aparición en pantalla. El caso más estudiado y analizado (y no es coña) es Nicolas Cage y sus diferentes peinados o pelucas.

Y hay peinados que eclipsan el personaje. Hubo un momento en que se habló más del corte de pelo y peinado con flequillo imposible que lucía Bardem en No es país para viejos que de su malvado personaje.

Otras veces el peinado simboliza un estado de ánimo o un sentimiento del personaje o… un poder determinado. Muchas veces el reivindicar un peinado significa libertad, rebeldía o también cómo se siente en esos momentos la persona que está frente al espejo… Me vienen a la cabeza cinco momentos. En la reciente película de David Trueba, Vivir es fácil con los ojos cerrados, el joven adolescente protagonista quiere llevar el pelo largo y sufre el rechazo no sólo de su padre sino también de unos hombres en un bar de Almería que le supondrá vivir un momento traumático. En Espledor en la hierba la inestabilidad emocional y mental del personaje de Natalie Wood es evidente cuando en un momento dado frente al espejo decide cortarse su tradicional melena de buena chica con unas tijeras y cambiarse el peinado como una flapper. Los moteros de Easy Rider no son muy bien recibidos en las distintas localidades donde pasan, son unos melenudos… Y en La hija de Ryan el castigo brutal que recibe la protagonista de los habitantes del pueblo irlandés donde vive por su infidelidad con un soldado del ejército británico es la de cortarle salvajemente sus largos cabellos. Imposible olvidar al pobre Sansón con rostro de Victor Mature y cómo pierde su fuerza cuando le cortan su melena…

También el peinado es una cuestión estética y hay hombres y mujeres muy habilidosos en estas lides. Aquí vamos a hacer homenaje a Eduardo Manostijeras… que en la localidad donde vive no sólo poda de manera maravillosa los jardines sino que realiza creaciones espectaculares en los cabellos de las damas del lugar.

Y como no según vaya peinado el personaje podemos saber en qué época transcurre la película o en que momento de su vida se encuentra. Así en las películas que reflejaban los años setenta o que recrean estos años abundan pelos largos bien lisos o bien rizados y en las de los años ochenta los cardados en las mujeres y los peinados imposibles pasados por la peluquería en los hombres. O en una buena película de época que se precie sus personajes estarán exquisitamente peinados… Aquí la lista de películas sería interminable. Pero nombremos tres de cada época nombrada. Para los años setenta me decanto por la ópera rock Jesucrito Superstar. Los ochenta y sus peinados imposibles reflejados en una película de adolescentes difíciles, El club de los cinco. Y para película de época tomemos Maria Antonieta de Sofia Coppola.

Hay personajes totalmente identificados con un peinado (aunque a lo largo de la película aparezcan con otros), por ejemplo, Holly Golightly no sólo se la identifica con el traje negro sino también con un maravilloso moño. O cuando hay una película de indios y vaqueros, las damas indias habitualmente van a tener el pelo negro y dos trenzas. Pasa lo mismo con las mexicanas. Así recordamos a Sarita Montiel, Debra Paget o Jean Peters… con sus pelos negros y sus apretadas trenzas. Y los indios también pelo oscuro o suelto o también modalidad trenzas: así tenemos a Burt Lancaster en Apache. O Dorothy en el camino de baldosas amarillas no sería la misma si no tuviera dos coletas.

Recordamos a actrices que repitieron su peinado en distintas películas y representando diferentes personajes. Jean Seberg y su pelo corto y rubio en Al final de la escapada (que ya lo tenía en Buenos días, tristeza o Juana de Arco). El pelo a lo garçon de Louise Brooks, que por cierto también está presente en un momento de La vida de Adelé durante una fiesta de Adelé y Emma donde se proyecta una de sus películas de fondo. O el pelo de Veronica Lake rubio y largo tapándole un ojo que se llamó con el complicado nombre de peek a boo bang. O los moños característicos que casi todos los personajes de Katherine Hepburn lucían cuando alcanzó la madurez o era ya una venerable señora mayor.

Por cierto acabo de darme cuenta de que no me vendría nada mal pasarme por la peluquería a cortarme un poco las puntas y tapar mis incipientes y eternas canas (es lo que tiene tener el pelo oscuro).

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