Las mariposas son libres

Jill y Don crean su propio universo nada más conocerse.

Hay películas pequeñas y olvidadas que de pronto las ves una tarde y te la alegran. Y eso es lo que me ha pasado con Las mariposas son libres. La película es una adaptación de una obra de teatro de Leonard Gershe, y este mismo escribió también el guion. De hecho parte del equipo repitió aventura en la pantalla blanca (el dramaturgo, el director de la obra de teatro y dos de sus actores). Del escenario de teatro a las salas de cine. Los protagonistas de la película son Goldie Hawn, que se estaba convirtiendo en toda una estrella; Edward Albert, que logró buenas críticas en su primer papel protagonista y que he descubierto que era el hijo de un actor al que tengo gran cariño, Eddie Albert, al que recordaréis como el amigo fotógrafo del personaje de Gregory Peck en Vacaciones en Roma; y Eileen Heckart, una secundaria de lujo, que ganó un oscar por su papel en esta película. Si hablo de los actores es porque en este tipo de películas son la clave, y las conversaciones y las relaciones que establecen entre sí son lo que hacen avanzar la trama. En este caso, los personajes nos conducen por una comedia romántica con alguna lágrima. Y los tres están maravillosos como Jill, una chica de 19 años, divertida y alocada, que en su día fue hippy y con un miedo atroz a atarse y al compromiso; como Don, un joven ciego de 21 años, que trata de vivir su vida e independizarse de su madre y que sueña con ser cantante; y la señora Baker, madre de Don, que no lleva bien el desapego de un hijo al que ha protegido y cuidado siempre y que no querría que sufriera por nada del mundo.

Casi toda la película se desarrolla en el apartamento de Don, en pleno San Francisco. Solo hay dos salidas al exterior: una escapada de Jill y Don por la ciudad para cambiarle de look. Y un encuentro en un restaurante entre Jill y la señora Baker. Pero el apartamento de Don se convierte en el universo de los dos jóvenes. La película transcurre en dos días. Son los años setenta, donde hay toda una generación de jóvenes en busca de la libertad y nuevos ideales. Como dice Jill ella lo que más le gusta es ser libre y comer. Nada la ata a ningún sitio. Y Don con su guitarra toca y canta impregnado del espíritu de aquellos años. Solo busca independencia y confianza en un futuro. Las mariposas son libres se transforma en un cuento con mucha realidad y autenticidad. Sus personajes continuamente aluden a la literatura. En una de las conversaciones más divertidas sale hasta Blancanieves y su roja manzana. E incluso la señora Baker tiene cierta fama como escritora infantil con unos cuentos que contaba a su hijo, que más tarde se descubrirá por qué los creaba.

Jill llega al apartamento, es la nueva vecina de al lado. Cuando está colocando todo en el que va a ser su hogar, descubre que tiene un joven vecino que no deja de mirar por su ventana, muy indiscreto, y, además, las paredes no ocultan las conversaciones telefónicas. Se entera de que su vecino lleva solo un mes y que no quiere que su madre lo visite. La joven pone la radio para no escuchar más conversación y Don le pide que la baje, Jill se autoinvita a tomar un café y hasta que no pasa un buen rato no es consciente de que Don es totalmente ciego, ciego de nacimiento, como apunta él. Ella se asombra de la naturalidad con que lleva su discapacidad, y siente que mete la pata una y otra vez desde que lo sabe, él trata de explicarle que nunca ha visto, que para él todo es normal, y que se comporte como antes de descubrir su ceguera. La conexión que sienten los dos es inmediata. En apenas unas horas, en ese apartamento, crean un mundo aparte. Se cuentan absolutamente todo, sus sueños, sus anhelos, sus metas… y se van gustando. Él canta, salen a buscarle un nuevo look para su futura carrera musical, comen en el suelo, y se imaginan en un picnic. Hasta que finalmente los dos terminan en la cama. Sus diálogos no tienen desperdicio e incluso nos enteramos de por qué se titula así la película. Ella le dice una cita con la que siente identificada y que le gusta mucho, y él le informa de que es una frase de Casa desolada de Charles Dickens: “Yo solo pido ser libre. Las mariposas son libres. La humanidad seguramente no negará a Harold Skimpole lo que concede a las mariposas”.

Todo es felicidad a la mañana siguiente. Pero tiene que llegar el conflicto: la señora Baker, la madre de Don, se presenta por sorpresa por la mañana. Y todo son peros: al apartamento, hacia las pintas de su hijo, y, por supuesto, sobre su relación con Jill. Enseguida entre Jill y la señora Baker surge una batalla campal a través de incisivas y educadas conversaciones. Pero a su modo las dos se abren los ojos la una a la otra, aunque primero tiene que haber una tormenta, un cuarto personaje, y un Don herido para que finalmente llegue la calma. Don es un buen chico, sensible y tierno, que deja ver a su madre y a Jill que él tiene ceguera física, pero que es mucho peor la ceguera emocional.

He disfrutado mucho con el descubrimiento de esta película. Te deja una enorme sonrisa en la boca. Una sensación bonita. Te encariñas con los tres personajes principales, sobre todo con la señora Baker que entra como una mujer antipática y distante, pero cuando sale hemos podido conocerla más, entenderla, reírnos con ella y vivir su conmovedora transformación. Y sobre todo me encanta cuando Don coge un momento su guitarra, después de haber pasado la noche con Jill, y no canta la canción que está componiendo, una preciosa balada romántica, sino una canción que me trajo recuerdos de mi adolescencia, cuando en un campamento, a la luz de la hoguera, la cantábamos como si se nos fuera la vida en ello: “Country roads, take me home to the place I belongs West Virginia, mountain, mama, take me home, country roads…”. Y entonces Las mariposas son libres ya me atrapó por completo.

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