Rufufú (I soliti ignoti, 1958) de Mario Monicelli

Rufufú, o la narración del robo de un grupo de entrañables perdedores italianos.

No hay duda, los italianos son muy buenos en la tragicomedia. Y un buen ejemplo es Mario Monicelli y Rufufú. El director italiano maneja un guion donde se modela y se quiere a cada uno de sus personajes: humildes, de los bajos fondos, pícaros y supervivientes, cada uno a su manera. Y los coloca en su hábitat natural, la ciudad: nos colamos en sus viviendas, en las callejuelas, en las cárceles, en los orfanatos, en lo alto de los edificios (sus terrazas)… Durante un poco más de hora y media formamos parte de la vida de Peppe, Cosimo, Capannelle, Mario, Tiberio, Dante, Michele…

Cada uno con su historia particular: un boxeador sin éxito, un ladrón de poca monta en la cárcel con aires de mafioso, un huérfano que sobrevive con trabajos precarios y chanchullos, un fotógrafo sin empleo y padre de familia, un abuelo superviviente y otro que es un ladrón de la vieja escuela… También hay una galería de damas que les acompañan en la supervivencia: la hermana encerrada en casa para garantizar una buena boda, las empleadas del orfanato que son improvisadas madres, la pareja del ladrón de poca monta, la sirvienta que sirve de cebo (pero que enamora a uno de ellos), la esposa encarcelada por traficar con tabaco…

Como indica la traducción del título al castellano, una de sus fuentes es Rififí, de Jules Dassin, o, mejor dicho, todas aquellas películas de cine negro de atracadores que tratan de llevar a cabo un plan… y sus aciagos destinos (La jungla de asfalto o Atraco perfecto), todo un género en sí mismo. Pero también se inspira muy libremente en un relato corto de Italo Calvino (que puede leerse en Internet), Robo en una pastelería.

Con un casting de actores maravilloso metidos en un mundo reconocible, de neorrealismo italiano, Monicelli pone en pie una comedia muy divertida y conmovedora, llena de sensibilidad y ternura hacia sus personajes, que siguen teniendo siempre mala suerte. Con ellos un guion lleno de frases y de situaciones que hacen que el espectador llore de la risa.

Y es que es imposible no solo querer a cada uno de sus personajes, sino olvidar cómo se va enredando poco a poco el plan. La cadena de momentos y situaciones hilarantes es interminable: los movimientos de uno de los improvisados ladrones con el brazo en cabestrillo; el momento nocturno en que se arrastran sobre la enorme claraboya y cómo de repente se encienden las luces y se quedan ahí clavados y en silencio mientras son testigos de una interminable discusión entre dos novios; los surrealistas preparativos con Dante, el especialista en abrir cajas fuertes y butrones; el robo de la cámara de fotos en el mercadillo y la proyección desastre de la película que rueda el fotógrafo para “estudiar” el objeto del robo: una caja fuerte llena de joyas… para ese robo “científicamente” preparado. Cómo olvidar esa cazuela con un guiso de garbanzos o esa frase memorable: “Peppe, no seas loco, que te van a hacer trabajar…”.

Pero Rufufú también es la oportunidad de admirar el trabajo de un grupo de actores en estado de gracia en una película coral. Así es un placer reírse con cada uno de ellos: los más conocidos Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni o Totó; pero también se disfruta del bello Renato Salvatori, del peculiar Carlo Pisacane o con Memmo Carotenuto y Tiberio Murgia. También es la oportunidad de vislumbrar una primeriza y fantástica Claudia Cardinale.

Rufufú es una película de cine negro bañada en comedia, donde el destino continúa jugando malas pasadas a sus protagonistas…, pero la carcajada no desaparece nunca. Son supervivientes natos… y la vida continúa, a pesar de los pesares.

Atraco a la tres (1962) de José María Forqué

Atraco a las tres, o la narración del robo de un grupo de entrañables perdedores españoles.

El guionista Pedro Masó, en una entrevista que acompaña el dvd donde tengo esta película, explica que su fuente de inspiración para empezar a escribir esta historia fue Rufufú. Así construye un guion donde un grupo de trabajadores de una sucursal de banco planean un robo al mismo. De nuevo, un grupo entrañable de perdedores, cada uno con sus motivos y sueños para el robo; el plan y los preparativos disparatados; la sombra del destino sobre ellos; y el “dibujo” certero de un grupo de supervivientes en una España con tintes oscuros, donde ya está presente la especulación y la corrupción. Tampoco falta la inspiración en el cine negro con mujer fatal incluida.

Así José María Forqué levanta una de las comedias españolas más míticas. Es decir, una tragicomedia, con ese humor tan reconocible y de la tierra, que saca la risa de situaciones duras. Así vuelve a evidenciarse la existencia de una cadena de películas inolvidables que superaban la censura, pero eran críticas con la realidad (no perderse en estos días algunas de ellas: Segundo López, aventurero urbano, de Ana Mariscal; Mi tío Jacinto, de Ladislao Vajda; La vida por delante, de Fernando Fernán Gómez; Los dinamiteros, de Juan García Atienza; El cochecito, de Marco Ferreri…, y un largo e interminable buen etcétera).

Pero es que como Rufufú, Atraco a las tres es la oportunidad de conocer en acción a un grupo de actores que en una película coral brillan con luz propia. La película muestra a una generación de buenos actores, a veces no suficientemente valorados, como José Luis López Vázquez, Manuel Alexandre, Agustín González, José Orjas, Manuel Díez González, Gracita Morales o Rafaela Aparicio. Además de suponer el debut en pantalla con personaje con nombre e importancia de Alfredo Landa. Así Atraco a las tres va encadenando una tras otra situaciones hilarantes que transcurren sobre todo en la propia sucursal, pero también en la vivienda de alguno de los personajes, en un club nocturno, en los alrededores de la gran ciudad, en un cementerio… así como deja escuchar frases de guion que provocan la sonrisa o la carcajada.

Así a estos currantes de la sucursal, que pese al trabajo viven precariamente, la mala suerte también les persigue, pero son entrañables con su cutrerío a cuestas, sus miedos antes de tiempo (ya planeando el robo se sobresaltan cada vez que aparece la policía) y ensayan minuciosamente ese, de nuevo, preparado “científicamente” robo. Como en la película italiana lo que nace es una camaradería a prueba de fracasos continuos, así cada uno con sus virtudes y miserias, acatan juntos una misión y también sobreviven en grupo. Como siempre, la vida continúa…

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