En 1950, Marilyn consiguió dos papeles secundarios donde ya logró, con escasos minutos en pantalla, no solo construir un personaje sino llamar la atención de críticos y espectadores: Eva al desnudo (All About Eve, 1950) y La jungla de asfalto, una película de cine negro con el sello de John Huston.
En la primera, era una aspirante a actriz que, de la mano del crítico cínico de turno, trata de abrirse camino (una única secuencia, pero con su personaje ya hay una historia detrás) y en la segunda se convierte, con tan solo dos escenas, en una evocación: la evasión, el sueño y la perdición de uno de los protagonistas que forman la galería de perdedores de esta historia de puro cine negro, el abogado arruinado (un Louis Calhern impresionante).
Y tres años después, como ya dijimos en el post anterior, fue su año de oro con tres protagonistas que la lanzaron al estrellato. Y hemos analizado las dos comedias, pero faltaba una película muy especial por reseñar. Marilyn se convierte en toda una femme fatale en una película a todo color. Henry Hathaway filma una historia muy negra a los pies de las cascadas.
Entre medias de la Angela Phinlay de La jungla de asfalto y la Rose Loomis de Niágara, interpretaría en 1952 a la inestable niñera con serios problemas de salud mental, Nell Forbes, en Niebla en el alma (Don’t Bother to Knock, 1952) de Roy Ward Baker. Ahí había otra trayectoria de la actriz que mostraba cómo en su camino hacia el estrellato también había una línea dramática en el que podía ofrecer también otros papeles con sus matices y toques especiales. Así pasaba de una femme fatale inconsciente y superviviente a una mujer inestable y herida emocionalmente hasta alcanzar a una femme fatale de armas tomar que termina convertida en víctima.
La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston
En esta oda del cine negro sobre un grupo de perdedores, que cuenta la crónica minuciosa de un robo perpetrado por varios hombres que se juntan para llevarlo a cabo, está Angela Phinlay, una de esas femme fatales inconscientes, que podría perfectamente animado de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?: “Yo no no soy mala… es que me han dibujado así”, el personaje de Marilyn podría decir: “Yo no soy mala… es que me han creado así”. Y es la actriz la que en tan solo dos secuencias, muy bien pensadas y rodadas, construye a un personaje fascinante.
Sobre la fascinación que me provoca esta película ya he escrito largo y tendido aquí. Pero merece la pena hacer una lectura detallada del personaje de Angela. En su primera secuencia, Alonzo, el abogado, se la encuentra profundamente dormida en un sofá, como un preciado trofeo. Angela es mantenida con todo los lujos, como objeto de deseo, por un abogado arruinado, que nada le dice de su situación financiera y que sigue cubriendo todos sus gastos y buena vida.
Esta abre los ojos y se muestra cariñosa y despreocupada con su amante, diría que prefiere vivir cómodamente sin ser consciente de nada. Le llama tío Alonzo, algo que en ese momento no le agrada, y se sienta en su regazo. Ella se acerca y lo besa y este corresponde apasionadamente. El abogado le dice que es tarde y que vaya a dormir. Ella obedece y se dirige al dormitorio por un largo pasillo. Él la mira, como si fuera un sueño que ha estado entre sus brazos, sonríe y proclama, con orgullo, que menuda belleza de mujer le espera en el dormitorio.









