El último homicidio

Eddie y Kristine, en un espejismo de felicidad.

El último homicidio es la historia de un hombre que fracasa en la vida, pero que hasta el final trata de redimirse. Un hombre joven que ha sido un delincuente, se ha separado de su hermano (un gánster que le ha arrastrado por la mala vida) para no delinquir, ha estado en la cárcel, pero ha intentado reinsertarse en la sociedad, encontrar un trabajo y formar una familia. Un inmigrante italiano que no ha encontrado su sitio, pero que lucha cada día por sus sueños (en forma de barca para surcar los mares y pescar). Cuando está en un momento de máxima felicidad, con su mujer, su hija pequeña, una casa y un trabajo, vuelve a aparecer el pasado que le golpea de manera brutal, y su frágil y “perfecto” mundo se desmorona. Ralph Nelson, uno de los directores de la Generación de la Televisión, vuelve con la historia de una caída, como ya hizo en su primer impresionante largometraje para la pantalla de cine, Réquiem por un campeón.

Nelson se sirve de la crudeza, la violencia y la sensualidad, pero también de un tono de melancolía e impotencia, con gestos y miradas que lo dicen todo, para contar el destino de Eddie Pedak (Alain Delon), un joven que arrastra una vida perra desde Trieste a EEUU. Como era una coproducción con Francia, el personaje principal es el actor francés en plena popularidad, en la cumbre de su belleza física y en su imagen de joven rebelde (sin embargo, en la película hace de italiano). Eddie Pedak se convierte en uno de esos personajes hasta arriba de defectos, pero que luchan por sobrevivir, con vulnerabilidad a cuestas y que están impregnados de una humanidad que duele.

La narración cinematográfica de Nelson atrapa desde el principio: cámara subjetiva que nos va llevando desde un local de los bajos fondos (con un ambiente asfixiante y de continua ambigüedad moral) donde suena música jazz hasta una tienda china donde se desarrolla un violento atraco que termina con la muerte de una mujer. Y la batería de fondo del local no deja de sonar. Solo hemos podido ver el abrigo y el coche del asesino. Y, de pronto, vemos ese abrigo y ese coche en un alegre Eddie Pedak que recoge a su mujer (Ann-Margret) y a su hija pequeña para hacerles partícipes de su sueño: la compra de una barca con la que hacerse a la mar y pescar. Es su último momento de felicidad plena. Las desgracias se van desencadenando sin freno. Su detención por parte de un antiguo inspector de policía (Van Heflin) que siempre está esperando a volver a condenarlo (pues le disparó en un atraco, pero nunca se llegó a probar que fuera él); a pesar de que él clama por su inocencia en este asesinato y que el testigo no le reconoce…, pierde su trabajo; el desmoronamiento del hogar; la imposibilidad de alcanzar su sueño y el regreso de su hermano (Jack Palance) con sus secuaces para que sea partícipe de un último robo a lo grande.

El desmoronamiento del hogar es brutal y hace ver lo peor de Eddie. Cuando se encuentra sin trabajo, sin poder mantener a su mujer y a su hija, encerrado entre cuatro paredes, sin posibilidad de encontrar una salida, surge toda su violencia interior, y lo paga sobre todo con Kristine Pedak, su esposa. No soporta que esta salga a trabajar, que no lleve el anillo de casada, que no esté en el hogar, y cuando se entera de que trabaja en un cabaret, va al local y la saca a golpes. Kristine Pedak es un personaje terriblemente trágico, que descubre la bestia negra que oculta el hombre al que ama (y que surge con fuerza cuando todo se desmorona y trata de sobrevivir, de no morir apaleado), y al que trata ayudar sin saber cómo, con consecuencias nefastas para ambos… Toda esta situación, el no poder volver a la normalidad, precipita que Eddie decida ayudar a su hermano en el último atraco (que en un principio había rechazado).

Como toda película de robos que se precie, hay un elaborado plan y un robo realizado por manos expertas que termina con éxito, pero las relaciones entre los atracadores terminan torciéndolo todo. Su hermano mayor ha sido traicionado por dos de sus violentos secuaces (que a su vez han tratado de perjudicar de todas las maneras posibles a Eddie. Dos inquietantes personalidades con los rostros de John Davis Chandler y Tony Musante). Todo se complica, pero Eddie trata de solucionar el embrollo. Quiere proteger sobre todo a su mujer y a su hija. Para ello solo podrá confiar finalmente en el inspector Vido (Van Heflin) que le ha hecho la vida imposible (pero que se revela como un hombre justo), que también es un paisano de Trieste, para que todo vuelva a enderezarse. Pero el destino, le depara otro brutal final.

Ralph Nelson no solo muestra soluciones formales que dan fuerza a la película, sino que también juega con un material donde los personajes y las relaciones son complejas y llenan de riqueza y matices la película (y de momentos muy incómodos e inquietantes). La relación entre Eddie y Kristine; la de Eddie con su hermano Walter (como siempre con un Jack Palance que no pasa desapercibido en ningún momento), unidos por un fuerte vínculo; la de Eddie con un compañero de celda (que será un cameo del propio guionista de la historia, que adaptaba su propia novela, Zekial Marko) o, por último, la de Eddie con el inspector Vido… La esencia de la película se refleja en dos momentos cruciales de la familia de Eddie: la máxima felicidad en el barco, donde Eddie sueña, y su mujer y su hija participan felices de ese ideal… y entonces la niña juega con los ojos de su padre. Y la terrible secuencia final donde de nuevo están los tres, el sueño se ha desvanecido, todo desgarrado y terminado, y la niña (en una dura escena) vuelve a jugar con los ojos de su padre.

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