Un cumpleaños más… y mucho cine

Un 14 de mayo, fecha de mi cumpleaños, se hizo la primera proyección pública de cine en Madrid. Sus espectadores pudieron ver entre otras cosas imágenes en movimiento en la Puerta del Sol.

Pues sí, he cumplido un año más. ¡Y menos mal! El otro día un amigo me decía que cada vez que era su cumpleaños le entraba angustia, pues se planteaba que cada vez le quedaba menos tiempo para leer, ver películas, exposiciones, obras de teatro, escuchar canciones…, que había tanto que disfrutar y nos faltaban horas. Y yo le doy un pequeño giro, un cumpleaños es un año más que tenemos para, por suerte, poder hacer todas esas cosas.

De pronto, por el algoritmo de mi móvil me entró ayer una noticia, justo el día de mi cumpleaños, el 14 de mayo, que me hizo recordar algo maravilloso. Y que os cuento con orgullo. Este día estaba destinado para mí. ¡Fue el día donde se realizó la primera proyección pública de cine en Madrid! Qué emoción me produjo leerlo justo el día de mi cumpleaños.

Sí, en un lejano 14 de mayo de 1896, uno de los pioneros operadores de cámara de los hermanos Lumière, Alexandre Promio, se vino a Madrid a presentar el invento. Y para esa exhibición que mejor que grabar una ciudad viva en su día a día: la salida de unas alumnas de un colegio, la actividad en la Puerta del Sol, que si la plaza de toros, que si las maniobras de artillería en Vicálvaro y mucho más… El lugar elegido para dicho evento fue el salón del ya desaparecido Hotel Rusia, que según dicha información, actualmente es el Centro de Salud Las Cortes.

Pensé que no me hubiese importado mirar por un agujerito y presenciar cómo fue esa exhibición y qué supuso para los que estuvieron presentes. Si algunos lo olvidaron nada más salir y si a otros dicha proyección les marcó o les dejó hambre de más…

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En mitad de la noche (Middle of the Night, 1959) de Delbert Mann

Fredric March y Kim Novak, brillan en sus personajes tan humanamente imperfectos en En mitad de la noche.

Escribir sobre En mitad de la noche es detenerse, sobre todo, en cuatro nombres. En Hollywood, durante los años cincuenta, surgió una generación de directores que se formaron en televisión y que luego en su salto al cine apostaron por el realismo a la hora de plasmar sus historias. Uno de ellos fue Delbert Mann. Pero también hubo un guionista y dramaturgo que llevó primero sus realistas guiones a la televisión y a los escenarios para dar después un buen salto al cine: Paddy Chayefsky. Lo cierto es que no es la primera vez que visita este blog.

Paddy trabajó varias veces con Delbert Mann y consiguieron una primera película realista y recordada, Marty (1955), que trasladaba a la pantalla de cine una trama que ya habían trabajado en un mediometraje en la televisión. Después siguieron sorprendiendo por el tratamiento de los temas que iban eligiendo y las anécdotas de personajes que nunca habían sido protagonistas de una película en La noche de los maridos (1957). Su tercera colaboración en la pantalla de cine fue la película que hoy comento, En mitad de la noche (Middle of the Night, 1959), una amarga y triste historia de amor, que tiene como baza la autenticidad y sinceridad de lo que acontece.

No es una película cómoda y su realismo tiene un tratamiento duro. De tal manera, que sus personajes son patéticamente imperfectos en su búsqueda de la felicidad y su intento de huir de la soledad y la decrepitud. Paddy Chayefsky adapta para el cine una de sus obras de teatro: el encuentro entre dos almas solitarias que intentarán contra viento y marea quererse, comprendiéndose el uno al otro. Y no lo tendrán fácil.

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10 razones para amar Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960) de Richard Quine

Kim Novak es la mejor Maggie para Un extraño en mi vida.

Razón número 1: Kim Novak

Durante varios días, Kim Novak ha vuelto a las páginas de los periódicos, a las revistas y a los medios. El motivo: su león de oro en el festival de Venecia y la presentación de un documental sobre su vida, Kim Novak’s Vertigo (Alexandre O. Philippe, 2025). Así que pensé en su filmografía y me apeteció dedicar un texto a una película que ya había aparecido hace muchos años en este blog (en concreto en 2012), pero que merece diez razones para amarla: Un extraño en mi vida. De nuevo, vi la película y otra vez quedé atrapada en la bella crónica de una infidelidad.

Kim Novak ha sido una de esas actrices que se negó a ser solo objeto de deseo y florero. Al final, optó por abandonar Hollywood a finales de los sesenta, porque no lograba ser ella misma. Tan solo realizó posteriormente alguna que otra aparición esporádica hasta abandonar definitivamente la actuación durante los noventa. Su última experiencia cinematográfica no fue buena, Pasiones prohibidas (Liebestraum, Mike Figgis, 1991), pues le recordó demasiado a la fábrica de los sueños de la que había huido.

Su rebeldía molestó años atrás a los poderosos de Columbia, aun así ella procuró no dejarse aplastar. No quiso convertirse ni en leyenda ni en mártir, como no pudo evitar una de sus contemporáneas, bien querida en este blog, Marilyn Monroe.

Y ahí sigue con 92 años, superviviente, reivindicativa y guerrera, sin miedo a desvelar sus miedos y traumas, así como hablando siempre claro de los fantasmas que le han seguido siempre, pero contra los que ha batallado sin tregua: el trastorno bipolar y la depresión.

Razón número 2: el hoyuelo de Kirk Douglas

Uno de los detalles magníficos de Un extraño en mi vida es aprovechar un atributo físico y peculiar de su actor principal para el personaje que interpreta y la historia que se está contando.

Si esta es mi segunda razón es por un único motivo: este largometraje está lleno de matices que lo enriquecen en cada visionado. Así una de las peculiaridades del rostro de Kirk Douglas, su hoyuelo en la barbilla, sirve de pretexto para construir una escena. El arquitecto al que da vida, Larry Coe, tiene esa distinción en su rostro. Algo que no pasa desapercibido para su amante, Maggie (Kim Novak).

Así en un momento distendido y tranquilo, Larry y Maggie están sentados en una mesa al lado de una ventana frente al mar. Mientras él, apasionado, le dibuja en la mesa el diseño de la casa que está construyendo con pasión y muchas ganas; ella mira con interés su rostro. Y entonces le pregunta que cómo se afeita el hoyuelo. Y se lo toca con la mano. Él se ríe y bromea con que tiene una maquinilla diminuta especial para ello. Un delicado momento de intimidad y complicidad, ¿verdad?

Razón número 3: entre una casa y un libro

La historia de la infidelidad de esos dos amantes que dan rienda suelta al deseo, y se construyen un mundo propio alejado de sus cómodas vidas en uno de esos barrios que representaban el sueño americano en los sesenta, se desarrolla entre dos obras creativas. Así Richard Quine crea una hermosa metáfora, la libertad y pasión que se apodera de uno durante el proceso creativo de una obra puede equipararse a la intimidad que construyen dos amantes durante lo que dura su relación amorosa.

La historia entre Maggie y Larry dura lo mismo que tarda el arquitecto protagonista en levantar una casa en la que consigue toda la libertad creativa posible sin pensar en ajustarse a un mínimo presupuesto. En la construcción de esa casa es partícipe desde el principio Maggie. De hecho, su primer encuentro es en el terreno vacío, en la colina donde se construirá. Larry le pide a Maggie que le ayude con el metro a tomar las medidas pertinentes. Y su última cita, como no podía ser de otra manera, será en la casa ya terminada. Se cierra el círculo.

Es hermoso porque los amantes se construyen, sin ser conscientes en un principio, la casa de sus sueños, aislada de todo y de todos. Y esa preciosa, moderna y original casa de madera se construyó durante el rodaje en el barrio de Bel Air al mismo tiempo que se iba desarrollando esa infidelidad de Maggie y Larry, los personales de la película. Un precioso trabajo del director artístico Ross Bellah y del arquitecto Carl Anderson.

A su vez, Larry Coe le está construyendo esa casa a Roger Altar (Ernie Kovacs), un escritor de best sellers, que ansía un reconocimiento crítico que aún no ha tenido. Es Coe quien le dice que escriba sin importarle los dictados del mercado, que haga un proceso de creación totalmente libre. Y así lo hace Altar, su proceso creativo dura lo mismo que la construcción de esa casa, solo para darse cuenta al final de su vacío existencial que no puede llenar ni unas buenas críticas ni la soledad que le espera en una casa en la colina.

Entre el proceso de creación de la casa que construye el arquitecto y la escritura de la obra libre del escritor transcurre la crónica de una infidelidad.

Razón número 4: triste declaración de amor de Richard Quine

Si algo es evidente en Un extraño en mi vida es que la cámara está enamorado de Kim Novak. La cámara la acaricia, la desea y hace el amor con ella. Recorre su rostro, bordea su cuerpo, se regodea en su espalda, en su boca o en sus ojos. Para esa cámara Maggie es un bello misterio, que nunca llega a comprender ni atrapar. Detrás de esa cámara estaba Richard Quine que regala una triste declaración de amor a Kim Novak.

Los dos no solo formaron un buen tándem profesional, sino que Quine se enamoró totalmente de ella. Llegaron a estar juntos un tiempo durante 1959, pero finalmente no se casaron. Cuentan que él nunca dejó de estar enamorado de Kim Novak. La cámara de Richard Quine siempre se mostró enamorada de la actriz, así en cada una de sus películas declaró su amor eterno: La casa número 322 fue el descubrimiento; Me enamoré de una bruja reveló el encantamiento mágico; Un extraño en mi vida supuso la triste despedida y en La misteriosa dama de negro, ya que no había amor, recupera el sentido cómico de la vida en una intriga junto al rostro amado.

En Un extraño en mi vida ya no estaban juntos, la ruptura era reciente, así que Quine vuelca su tristeza representando una relación que nunca pudo ser. Un hombre y una mujer que no pueden aislarse del mundo que les rodea y amarse sin responsabilidades ni prejuicios. Y en esta película hay verdad, alma y corazón.

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10 razones para amar Vértigo (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock

Razón número 1: En busca de miradas

El libro que me ha hecho volver a ver otra vez Vértigo.

Un nuevo libro cayó en mis manos hace poco: Las mujeres que sabían demasiado. Hitchcock y la teoría feminista de Tania Modleski (El mono libre, 2021). Siempre me apetece descubrir otras miradas hacia aquellos cineastas que provocan mi interés. Y Alfred Hitchcock es uno de ellos. El libro es un ensayo de los ochenta, que la autora volvió a reeditar en el siglo XXI y que ahora es editado por primera vez en español, y se centra sobre todo en el análisis de los personajes femeninos de siete películas del realizador británico (Chantaje, Asesinato, Rebeca, Encadenados, La ventana indiscreta, Vértigo y Frenesí).

Del estudio de Tania Modleski rescato varias ideas que ahondan en la complejidad del realizador. La autora analiza al director del suspense dentro de la teoría feminista y el sistema patriarcal, pero hace hincapié en la dificultad que presenta la mirada sobre sus películas y los personajes femeninos. Porque no es tan fácil colgar una etiqueta de misoginia en el maestro del suspense, y quedarse solo en ese análisis. Hay algo indudable: las películas del maestro del suspense seducen y apasionan a hombres y mujeres.

En este interesante estudio, y después del análisis de diversas películas, la autora explica la empatía e identificación que el director genera varias veces hacia los personajes femeninos; la atracción hacia lo femenino que muestra el director, pero que a la vez es fuente de miedo y tensión; la fuerza del deseo femenino en su filmografía, y la importancia de los personajes femeninos ausentes que habitan en un “espacio ciego” que no sale en pantalla; los impulsos subversivos y hostiles de personajes femeninos ante figuras masculinas opresoras; los personajes femeninos de sus películas tienen mucha más vida, más allá de la mirada en las que los hombres protagonistas las encierran…, logran salir de la casa de muñecas; el punto de vista de los personajes femeninos a veces se le escapa y enriquece así los significados de muchas de sus películas; y, por último, muchos personajes femeninos no se someten ni a los deseos ni a las expectativas de los hombres que las acompañan en la trama.

De pronto, cuando terminé la lectura del libro, sentí muchas ganas de volver a mirar Vértigo y ahondar en muchas ideas que siempre han rondado por mi mente.

Razón número 2: Midge Wood

En este nuevo visionado de Vértigo me fijé mucho más en el personaje de Midge Wood (Barbara Bel Geddes) y en la historia que se nos cuenta con tan solo unas cuantas apariciones, así como su desaparición abrupta de la trama. Midge Wood transmite mucha paz en su espacio propio, su apartamento. Es además, un lugar al que libre y asiduamente acude Scottie. Los dos conservan una amistad cómplice, se conocen desde la universidad y hacen planes juntos. Midge Wood es una mujer independiente, trabajadora y vive sola, además posee un acentuado sentido del humor.

Pero en un momento determinado, en la primera secuencia en la que ambos conversan relajadamente, Scottie hace mención a que una vez salieron juntos, y fueron novios. Entonces la cámara de Alfred Hitchcock se acerca al rostro de Midge para descubrirnos solo a nosotros (no a Scottie) lo que siente: que a pesar de que le contesta desenfadadamente, ella sigue queriéndolo y esos seis meses, que le dice duró la relación, significaron mucho. A partir de este momento, el espectador sabe que Midge es una mujer enamorada y no correspondida.

Ella es diseñadora de ropa interior, creativa e imaginativa. Sus gafas no solo reflejan su faceta intelectual, sino también su capacidad de observación. Todo lo mira, nada se le escapa. De hecho, ella sabe antes que Scottie que él se enamorará profundamente de Madeleine Elster, y también se da cuenta de que aun después de muerta, Scottie la sigue amando. Y que en la vida de su enamorado no puede pintar nada.

Por otra parte, Wood sabe relacionarse. Es directa y no la cuesta comunicarse con los demás. Por eso, Scottie, sabiendo su don de gentes, acude a ella para pedirle si conoce a alguien que sepa historias pasadas de San Francisco. Si está sola es porque quiere, puede y también porque tiene claro con quién le gustaría estar.

Cuando gasta una broma realmente divertida y cómplice a Scottie (ese autorretrato como si fuese Carlota Valdés), y ve cómo reacciona él, Midge se enfada con ella misma, pues se da cuenta de que en ese instante el hombre al que ama está muy lejos de la zona de confort en la que “habitaban” ambos antes de la aparición de Madeleine Elster.

Desaparece de manera abrupta al final de la primera parte de la película, cuando visita a un Scottie catatónico, después del fallecimiento de Madeleine. Pero le dice algo antes de marcharse: “Siempre estaré ahí”. Y se aleja por el pasillo del psiquiátrico con una luz cenital. Y eso dice todo de esta historia, Midge siempre estará ahí, no desaparecerá de la vida de Scottie. Cuando este decida salir de su compleja espiral, sabrá que ella no se ha ido.

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La casa número 322 (Pushover, 1954) de Richard Quine

La casa 322

Dos amantes atrapados en la casa número 322.

Estoy asombrada… Cómo las películas dialogan entre sí o esconden hilos invisibles que van viendo la luz. El otro día me escribía con Bet, del blog La chica del parasol blanco, y le contaba que había visto una nueva película de Barbara Stanwyck y George Sanders que me había gustado mucho, El único testigo (Witness to Murder) de Roy Rowland. Y ella me preguntaba, al enterarse del argumento (una mujer es testigo de un asesinato a través de su ventana), que si haría una buena sesión doble con La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock… y le contesté que sí. Lo que no me esperaba es que al visionar hace poco una película que iba persiguiendo desde hace años: La casa número 322… me iba a dar cuenta de que había descubierto una ¡sesión triple espectacular! ¿Por qué hubo tantas ventanas indiscretas en 1954…, año que además comparten las tres?

La casa número 322 de Richard Quine también está envuelta con los ingredientes del cine negro puro. El protagonista es un policía, en un principio honrado y hombre normal y corriente, con cara de Fred MacMurray… y, de nuevo, como en Perdición, se cruzará con una femme fatale que le conducirá a un destino funesto. Lo único que en aquella MacMurray era un agente de una compañía de seguros que se encontraba con una femme fatale de armas tomar y muy activa en el plan (con rostro de Barbara Stanwyck, aquí la tenemos de nuevo)… Los dos caían conscientemente al abismo. Y en la película de Richard Quine, que esconde en muchas de sus películas un romanticismo trágico, es una femme fatale a su pesar, una superviviente en una sociedad de depredadores. Sí, es la que enciende la mecha, pero como sin darse cuenta, y es una víctima de un mundo masculino que la consume y la arrastra a la deriva. El policía cae en sus brazos… y los dos caen al abismo porque van en busca del dinero. Su falta en el pasado, sus vidas desgraciadas y su instinto de supervivencia hace que lo identifiquen como la única salida para la felicidad en común.

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Mi regalo de cumpleaños. Jeanne Eagels (Jeanne Eagels, 1957) de George Sidney

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Descubrir un clásico siempre es un bonito regalo que aprecio. Me llamó la atención la pareja de actores protagonista (Kim Novak y Jeff Chandler), su director y que se rescatara con esta película una figura del pasado, una figura de los escenarios y del cine mudo que brilló hasta la revolución del cine hablado…, fecha de su fallecimiento (1929), Jeanne Eagels. Triste personaje femenino perteneciente al Hollywood oscuro, al de Babilonia, ese que reflejó Kenneth Anger en sus dos volúmenes. Triste personaje que vivió las mieles y los túneles oscuros de la fama… como Frances Farmer, Mabel Normand, Clara Bow… y un largo etcétera.

Jeanne Eagels fue escalando y escalando desde pequeños teatros, hasta ser una de las chicas de las Ziegfeld Follies, pasando por teatros más importantes hasta llegar a Broadway y también a Hollywood. También su vida se vio rodeada por el alcohol y la heroína así como una inestabilidad sentimental. Sus papeles más recordados tienen que ver con el escritor William Somerset Maugham. Uno de sus triunfos en los escenarios fue con la obra Rain, que después sería llevada al cine. La prostagonista, Sadie Thompson, tendría el rostro de celuloide de Gloria Swanson, Joan Crawford y Rita Hayworth. Pero durante muchos años Sadie en el escenario fue Jeanne Eagels. Y a título póstumo, recibió una nominación al oscar por una película (en plena revolución del sonoro), La carta, que años después sería una de las grandes películas que realizó William Wyler con Bette Davis. Finalmente, no se sabe si la muerte de Eagels fue provocada por una sobredosis o fue suicidio.

Y la película de George Sidney me ha sorprendido porque dibuja un triste y decadente retrato de la protagonista y filma una bella historia de amor imposible. La Jeanne Eagels de la película nada entre el biopic (con varias licencias para ficcionar la vida de la protagonista) y el melodrama romántico. Jeanne Eagels se aleja del cine technicolor, musical (Escuela de sirenas, Levando anclas, Magnolia o Bésame Kate) y aventurero (Los tres mosqueteros o Scaramouche) del director para decantarse por un retrato amargo en blanco y negro. Fue el segundo de sus trabajos con Kim Novak (la dirigiría tres veces, también en La historia de Eddy Duchin y Pal Joey), que mostraría cómo su fría y perfecta belleza era adecuada para mujeres complejas y atormentadas como Jeanne Eagels.

La película centra la trama en la historia de amor imposible e intermitente entre Jeanne Eagels y Sal Satori (atractivo Jeff Chandler), un feriante, y en el ascenso y descenso de la actriz por un camino de traiciones, adicciones e insatisfacciones vitales que la arrastrarán al abismo. Los momentos culminantes de ese amor son reflejados con una belleza extrema (tanto de puesta en escena…, como de diálogos): el primer beso bajo una lluvia torrencial trabajando en la feria, los dos montando por la noche en un carrusel de caballitos hasta que acaban en el suelo, él diciéndole a ella que se bebería su hermoso pelo, él mirando cómo ella se desviste para meterse en el mar… como si fuera una Afrodita y una de esas declaraciones de amor imposible (que suelo coleccionar) donde él le dice a Jeanne que si volviera a nacer y le dijeran que volviera a repetir su vida con éxito pero sin ella, que lo rechazaría, que prefiere haber vivido con lo poco que ha tenido de ella. O esa escena final con una Jeanne en la pantalla de cine, inmortalizada, y a Sal llorando en la sala.

Jeanne Eagels se la presenta como una joven con ambiciones que tiene claro que quiere llegar a lo más alto en los escenarios. Sin embargo no pondrá freno alguno a sus deseos que la volverán inestable e insatisfecha así como caer en diversas adicciones. En su camino no solo se cruza Sal Satori, sino también su profesora de teatro (Agnes Moorehead) o el productor (Larry Gates). Y ese deseo hará que traicione a una madura actriz en decadencia (magnífica Virginia Grey, apenas aparece pero con ella y el lenguaje cinematográfico se nos cuenta toda su historia y su trágico final) para conseguir un gran papel, este hecho será el punto del declive. Kim Novak logra dar al personaje esa inestabilidad emocional con su hieratismo y sus explosiones de humor. Logra un personaje a la vez hierático y frágil. Finalmente extremo.

La película cuida los ambientes… desde el mundo de la feria, como un inesperado paraíso (pero también a veces un lugar sórdido…, depende de la mirada o el estado de ánimo de los personajes), hasta las bambalinas del teatro (con sus glorias y miserias) o el rodaje de una película… pasando por la decadencia de un matrimonio que se consume en la soledad y el alcohol (entre hoteles y apartamentos) –cuando la película refleja el matrimonio de Jeanne con un jugador de fútbol americano acabado–… auntodestruyéndose poco a poco. Uno de los puntos interesantes de la película es la posibilidad de ver en acción en un plató de cine al director Frank Borzage, ya maduro, y a su hermano Lew (como asistente de dirección) como en El crepúsculo de los dioses habíamos visto a Cecil B. DeMille.

Y el rostro impasible de Kim Novak con un cuerpo perfecto de belleza griega que surge de la feria (como alega Sal en un juicio porque la han detenido por inmoralidad en su espectáculo) para brillar en los escenarios pero para terminar hundiéndose en el alcohol, la heroína y una continua insatisfacción y remordimiento… convierten a Jeanne Eagels en un melodrama de la parte oscura de la fama y el éxito en aquellos locos años veinte.

… este descubrimiento ha sido un bonito regalo.

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