Mientras espero la apertura de mis queridas salas de cine, y me reafirmo en que no hay sitio mejor donde ver una película que en una pantalla grande, continuo con mi particular diario durante la cuarentena. Creo que la clave está en el equilibrio de la convivencia entre el mundo analógico y el mundo digital. Este panorama de un mundo con pandemia me hace añorar lo analógico: creo que lo presencial es mucho más cercano y enriquecedor que lo digital. O mejor dicho, creo en la convivencia enriquecida de ambos mundos que convergen. Pues es cierto que las nuevas tecnologías han traído muchísimas ventajas, de las que disfruto, pero el calor de la cercanía que provoca el encuentro en un cine, en un teatro, en una biblioteca o en un aula de literatura; el placer de pasar las páginas de un libro o de contemplar un cuadro a unos pocos metros de distancia; la alegría de una reunión de amigos o de la familia nunca me la proporcionará una conferencia on line, una videoconferencia o un e-book. Además me doy cuenta de cómo los bancos, las compañías telefónicas o eléctricas, las administraciones u otros organismos oficiales, etcétera están tendiendo a gestionar todo por la red, donde es mucho más difícil reclamar o tratar de que te expliquen algo. El objetivo final es eliminar los espacios físicos y el trato de persona a persona, porque que todo sea más impersonal permite no solo que se nos vayan metiendo más cosas que no necesitamos sin queja posible, sino que cada vez sea más difícil reclamar o acceder a alguien que te ofrezca una información o una solución a un problema.

Sí que es cierto que Internet es una puerta a un mundo que merece la pena (mismamente este blog me proporciona el poder compartir una pasión con muchas personas y la práctica de la escritura), pero no quiero que se convierta en mi única puerta. Y eso que yo llevo años bastante conectada, pues el ordenador es mi herramienta de trabajo. Además, la pandemia ha dejado ver de nuevo un asunto que se olvida a menudo, que la brutal brecha social también está en las nuevas tecnologías, y que el confinamiento ha traído más problemas todavía y ha sido más duro para muchos ciudadanos que no cuentan con Internet, con móviles u ordenadores.

Durante la cuarentena, el cine ha sido uno de mis refugios. Me proporciona mi hora y media o dos horas sagradas de distanciarme de todo lo que ha generado la pandemia: no solo la tragedia de la enfermedad y la muerte, la angustia de un futuro de incertidumbres laborales y económicas, sino la preocupación de asistir a una polarización cada vez más insalvable en la sociedad. Una polarización que se fomenta desde aquellos espacios en los que se debería estar luchando por construir, reparar y dar soluciones juntos. Y esa polarización me asusta porque no fomenta ni el diálogo ni busca puntos de encuentro o un camino hacia la construcción de un mundo mejor y más justo. Esa polarización busca la crispación, el desencuentro, el enfado y el odio.

Creo que la pandemia, y este tiempo que ha proporcionado la cuarentena, ofrecía una oportunidad para repensar nuestra forma de vivir, para darnos cuenta de que es importante la sostenibilidad y el cuidado de la naturaleza y para ser conscientes de la importancia de cuidar a los demás (y de dejarnos cuidar). Así como una oportunidad para poner el foco en el valor de la ciencia y la investigación, resaltar la importancia de la cultura, la educación y el trabajo bien hecho, así como la importancia de fomentar el espíritu comunitario y la importancia de seguir creyendo en la utilidad de los espacios comunes. Bueno, estamos a tiempo.

Es cierto, que como siempre en circunstancias extremas, se ha visto lo mejor del ser humano, pero también lo peor. Sin embargo, trato de creer en el equilibrio y en la esperanza de que el sentido común y lo mejor que escondemos cada uno sea lo que aflore cada día. Y creo que el cine es una gran herramienta, junto a la literatura o el teatro, para aprender a mirar y entender el mundo. Para reflexionar y poder enfrentarse a la vida diaria. Así que ahí va mi segunda tanda de películas.

Ficciones con alma (2)

Durante la cuarentena. La ceniza es el blanco más puro.

Quien ha buceado en la filmografía de Jia Zhangke, conocía ya la ciudad de Wuhan, el epicentro de la pandemia, y donde dio comienzo a que viéramos a todo un país sumergido en la cuarentena. En su último largometraje La ceniza es el blanco más puro (Jiang hu er nv, 2018) dicha ciudad sale nombrada. Y no solo eso sino que se refleja una China en transformación continua, tanto su paisaje como su sociedad, dejando un panorama complejo de una sociedad agresivamente capitalista bajo un mando único. Así como el choque continuo de un país de contrastes donde lo tradicional y ancestral siguen conviviendo con un mundo altamente tecnológico y moderno. Y en ese paisaje Jia Zhangke se va, de nuevo, a los bajos fondos, a los márgenes, para construir un melodrama hipnótico con aires de cine de gánsteres. En su primera parte atrapa para hacer avanzar al espectador por un camino desolador y desesperanzador en dos saltos temporales. La historia transcurre bajo la mirada de Qiao (Zhao Tao, musa y esposa del director), una mujer enamorada de Bin, el cabecilla de la mafia de Datong. Por amor termina en la cárcel y a su salida se ve abandonada y traicionada por Bin. Sin embargo, años después, Qiao continua fiel a la mafia, y Bin volverá a ella, acabado y hundido. Jia Zhangke construye el retrato complejo y especial de Qiao, que se va transformando como el paisaje a su alrededor, pero que se mantiene fiel a su esencia y a sus sentimientos.

Durante la cuarentena. Viudas.

Y por el mundo de los que delinquen también pulula Viudas (Widows, 2018), del director Steve McQueen. El director británico construye una película de acción puro y duro y se va al género del atraco perfecto. Solo que esta vez se carga en la primera secuencia a los hombres en cuestión, y deja el robo en manos de sus viudas acuciadas por las deudas y las amenazas de otras bandas. Viudas es un aparente paréntesis en el universo de McQueen, pero mantiene cierto sello formal e inquietudes temáticas (la presencia de la violencia y la forma de plasmarla, las relaciones complejas entre los personajes, la sexualidad y la importancia del cuerpo). Logra ritmo y tensión en la narración cinematográfica, secuencias poderosas visualmente como es habitual en su cine, pero se resiente y es fallida en la resolución de la historia (las dos tramas paralelas, la política y la del atraco, no llegan a unirse con coherencia y verosimilitud), en los giros incongruentes de guion y en la construcción de los personajes, sobre todo los secundarios.

Durante la cuarentena. La caída del imperio americano.

No salimos del mundo al margen con la última película del canadiense Denys Arcand, La caída del imperio americano (La chute de l’empire américain, 2018). Esta vez el protagonista es un joven filósofo, sin muchas habilidades sociales, que sobrevive como repartidor. Un día es testigo de un violento robo fallido, y quedan a sus pies dos bolsas de deporte hasta arriba de dinero. Arcand construye su particular fábula social donde deja al descubierto las injusticias sociales y cómo funcionan las democracias con un sistema capitalista globalizado. A través del repartidor filósofo, una prostituta de lujo y un delincuente recién salido de la cárcel que ha estudiado económicas en prisión se pone en evidencia cómo existen mecanismos para que grandes fortunas puedan evadir y blanquear su dinero de manera aparentemente legal. A más dinero, más facilidades para mover capital. A menos dinero, más en el margen, más invisible y más difícil subir un escalón. La brecha social cada vez más insalvable. Queremos creer que Arcand salva a sus protagonistas de las tentaciones y del poder del dinero que todo lo corrompe, y estos sí que van a utilizarlo para buenas causas. Queda esa incógnita.

Durante la cuarentena. Lo que arde con el fuego.

Sobre las dificultades y las trampas del sueño americano en los años sesenta trata el brillante debut en la dirección del actor Paul Dano, que también escribe el guion junto a su pareja Zoe Kazan. Bajo la mirada de un sensible adolescente asistimos a la ruptura de un matrimonio que no puede prosperar en un mundo que trepa y que pisa: Lo que arde con el fuego (Wildlife, 2018). Con una sensibilidad y mirada especial, Dano filma la disolución de una familia que se apea del sueño americano cuando ve rota su estabilidad al perder el marido su trabajo. La pareja protagonista vive un tsunami emocional y toman caminos diferentes para salir de la crisis bajo la mirada impotente y sutil de su hijo, que los ama a ambos. Paul Dano termina su película con un final hermoso y triste que pone de manifiesto una vez más el maravilloso binomino entre cine y fotografía. De fondo, un gran incendio forestal que arrasa lo que se encuentra por el camino, donde todos conviven con la esperanza de que llegue el invierno y el fuego se apague. Eso esperan los protagonistas, la calma del invierno en sus vidas que se queman.

Durante la cuarentena. The guilty.

Desde Dinamarca llega The Guilty (Den skyldige, 2018), el debut de Gustav Möller. Y muestra cómo con lo mínimo se puede construir una historia con fuerza y tensión. Un buen actor en un escenario concreto y un teléfono puede hacer surgir una narración potente. De nuevo un protagonista, como en la anterior película, en una encrucijada moral que, en este caso, se va desvelando poco a poco. El protagonista es un policía relegado a un centro de llamadas de emergencias. Poco a poco se va desvelando que está en ese puesto, del que reniega, por un motivo. De pronto, recibe una llamada en la que se da cuenta de que una mujer ha sido secuestrada por su expareja. Y se mete de lleno en este caso (posicionándose) hasta que toda la historia que hay detrás de la llamada y su resolución no solo le remueve, sino que le hace plantearse su propia culpa. Recientemente películas como Locke o Buried han seguido esta premisa (actor, teléfono y un espacio concreto), pero se puede acudir al cine clásico y a películas como Voces de muerte o uno de los episodios de El Amor, «La voz humana», para descubrir los antecedentes.

Durante la cuarentena. El regreso de Ben.

Otra sorpresa austera ha sido El regreso de Ben (Ben is back, 2018) que construye una historia a través de la relación durante unas horas entre una madre (Julia Roberts) y un hijo (Lucas Hedges). Una triste historia navideña sobre un joven drogodependiente en tratamiento que regresa a casa durante el día de Nochebuena para intentar arreglar los lazos con su familia, pero poco a poco todo se va torciendo. El pasado no deja de llamar a la puerta. La película se sustenta por la interpretación de ambos actores y un final sin concesiones. Peter Hedges podría haber caído en la trampa de un telefilm (y a veces está a punto de caer en ello), pero deja una película directa, como una bofetada. Hurga en las entrañas de un barrio americano de clase media alta, donde no todo es idílico y donde rascando un poco se ven las oscuridades y las heridas. Pero sobre todo se centra en el camino sin redes (y sin apenas esperanzas) que recorren una madre y un hijo para recuperar las riendas.

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