Harold y Maude, una pareja singular.

Razón número 1: Un número tatuado

Es una imagen rápida, como una ráfaga, que incluso puede pasar desapercibida si uno no está atento. Y es un momento revelador que cambia toda la historia y la mirada hacia uno de sus personajes principales, Maude (Ruth Gordon). De pronto, su forma de ser y su filosofía de vida cobra todo el sentido. De pronto, muchas de sus palabras y actos se entienden de otra manera. Maude deja de ser una anciana estrafalaria y vital para transformarse en una anciana superviviente y sabia que sabe verdaderamente lo que es la vida y lo que esto supone, y aun así la aprecia.

Un atardecer, una mujer mayor y un chico sentados juntos frente a un lago, a su alrededor todo lleno de escombros, y detrás de ellos, una autopista… Un paisaje poco acogedor y romántico, pero convertido en un sitio especial, como si todos los lugares que pisaran Harold y Maude se transformaran bajo su mirada en los espacios más hermosos. Conversan tranquilos, como dos enamorados, y Harold (Bud Cort) coge el brazo de Maude, y en ese instante se ven unos números tatuados en su brazo. Nada más. A continuación, Maude atrapa su atención y le cuenta una anécdota significativa de Dreyfus en la Isla de Diablo y las gaviotas. Los dos se quedan mirando el atardecer. Pero ese plano sobre el brazo de Maude da otro sentido a la película.

Razón número 2: Un piano, un ukelele y una canción

Harold y Maude hace hincapié en las cosas bellas que depara la vida y se detiene en la música. De hecho una de las primeras preguntas que le hace Maude a Harold es si sabe cantar y bailar. Y después en una cita de los dos en el vagón de tren donde vive ella, esta se queda perpleja porque Harold no sabe tocar ningún instrumento, y abre un armario lleno de ellos y saca un ukelele y le dice que solo tiene que tocar para que salgan notas. Antes, sin ningún complejo, sin preocuparle si desafina o no, Maude aporrea su piano y canta una canción a voz en grito: “Si quieres cantar, canta. Y si quieres ser libre, sé libre…”. El hecho es cantar, sin complejos y sin sentido del ridículo, qué más da. Y ese es el camino que tomará Harold, enfrentarse a la vida sin miedo, coger el ukelele y aporrear sus cuerdas, bailar y dar saltos, vivir… porque “si quieres cantar, canta. Y si quieres ser libre, sé libre…”. De nuevo la filosofía de Maude es sabia y triunfa.

El leit motiv musical de la película es esta canción de Cat Stevens, “If you want to sing out, sing out”, que aparece en tres momentos cumbre de la película. Aunque Stevens compuso bastantes más canciones para la película, esta queda grabada en la memoria sobre todo con esta secuencia donde una desprejuiciada Maude canta como la viene en gana…

Razón número 3: Una pareja singular

No hay pareja más antagónica que Harold y Maude y, sin embargo, construyen una relación donde ambos recrean espacios para la ternura, la amistad, el amor y la libertad. Y para soltarse verdades como puños, sin máscaras.

Harold es un niño bien que vive en una mansión y que está totalmente desconectado de su millonaria madre y del tipo de vida que esta quiere trazarle. Harold es un joven que se siente perdido y desconectado de la vida, porque tiene mucho miedo a las responsabilidades y al futuro que le espera… Le es más cómodo estar al margen y desarrolla una peculiar fascinación por la muerte. A Harold no le falta absolutamente de nada, pero se siente totalmente solo y fuera del mundo.

Maude es una anciana que va a cumplir ochenta años. Es vital, provocadora, no tiene miedo a nada porque no tiene qué perder. No está atada a nada, vive en un vagón de tren, roba coches y salva árboles urbanos que se ahogan con la contaminación. Baila, canta, posa desnuda para un artista, viste raro, es coqueta y divertida. Le encantan los colores, y si puede huye del color negro. En su vagón tiene su mundo, incluso una colección de olores. Solo la invade la tristeza cuando viaja al pasado, pero enseguida se sobrepone. Porque lo importante es disfrutar de la vida a tope…

Uno de los motivos por los que la película de Hal Ashby engancha es por los actores que se transforman en Harold y Maude. Los dos consiguen una química muy especial. Ambos construyen unos personajes reales y creíbles. Una química que también surgió en la vida real, pues realmente conectaron y surgió entre ellos una bonita amistad y camaradería.

Él era Bud Cort, un actor de 21 años que estaba encontrando su hueco en el mundo del cine. Ya había trabajado con Robert Altman cuando le llegó la oportunidad de ser Harold. Cort era un tipo sensible, singular y extraño y encajó totalmente con su personaje. Y ella era Ruth Gordon, toda una veterana de Hollywood. No solo había sido actriz de cine y teatro, sino que fue una reputada guionista junto a su marido Garson Kanin (por ejemplo, La costilla de Adán de George Cukor lleva su firma). Cuando hizo de Maude tenía setenta y cuatro años y se encontraba en un goloso momento profesional, pues no hacía mucho había ganado un óscar por su papel secundario en La semilla del diablo. Contaba con el entusiasmo que necesitaba su personaje y con un punto de locura que hizo que clavara a Maude. Bud Cort y Ruth Gordon fueron los mejores Harold y Maude que uno pueda imaginar. Dos personas voluntariamente al margen de lo que la sociedad establece que se encuentran y conectan…

Razón número 4: Una historia de amor

Harold y Maude viven una historia de amor efímera

Y no solo conectan sino que también viven su particular historia de amor efímera. A Harold le sirve para desprenderse de los miedos y empezar a disfrutar de la vida. A Maude le supone una bonita despedida de un mundo que ya es hora de abandonar.

Hal Ashby logra tejer una bonita historia de amor de una manera natural. Una secuencia lleva a otra y sin darnos cuenta Harold y Maude se encuentran, se conocen, confían el uno del otro, pasean, hablan, viven variopintas aventuras y terminan juntos y felices en una cama. Pero es tal la conexión que han conseguido y tienen unas personalidades tan arrolladoras y distintas que sientes bonito y de lo más natural del mundo que ella tenga casi ochenta años y el otro acabe de entrar en la veintena. La relación que construyen es tan delicada y ambos se sienten tan cómodos el uno con el otro que no extraña que se unan más allá de la amistad.

Razón número 5: La muerte

Harold y Maude se conocen por una afición especial de ambos: acudir a los funerales y entierros de personas ajenas a su vida. Se encuentran en varias ceremonias… y, por supuesto, Maude es la primera que rompe el hielo y trata de llamar la atención a Harold, ese muchacho solitario. Le invita a su mundo. Y a Harold se le abre una puerta. De pronto, con Maude, abandona la apatía. De sus visitas a los funerales, él encuentra un soplo de vida.

La muerte está presente durante toda la película, no solo en las ceremonias en las que coinciden ambos. Para entender la vida hay que hablar de la muerte. La película arranca con una de las realistas simulaciones de suicidio de Harold, que durante gran parte del metraje elabora para sí mismo distintas muertes: se ahorca, se ahoga, se corta las venas, se dispara, se quema a lo bonzo, se hace el harakiri. Metafóricamente se mata una y otra vez, porque le da miedo salir de su mansión, arriesgarse y vivir. Se lo confiesa llorando a Maude. Y esta como una animadora profesional le grita: “Coge una v, una i, una v y una e… VIVE”.

Harold no quiere coches de lujo. Él se compra un coche fúnebre de segunda mano. Su madre se deshace de él y le compra un jaguar, pero él lo vuelve a transformar en uno fúnebre. Luego, sin embargo, sabe cuál es el momento de deshacerse de él. Cuando se da cuenta de que, quizá, le apetezca más saltar y cantar. Maude ya no está, pero ahora ha entendido su despedida. Él tiene mucho que vivir.

Pero la muerte también está presente sutilmente en muchas frases de Maude que luego cuando vemos su número tatuado cobran todo el sentido. O en ese cementerio militar lleno de tumbas que culmina uno de los diálogos más hermosos de la película. Maude siempre le habla a Harold como si se estuviese despidiendo de una vida que adora…

Razón número 6: Contra la autoridad

Harold, contra la autoridad materna.

Harold y Maude es un canto de dos estrafalarios rebeldes con mirada limpia contra la autoridad siempre presente en el mundo. Una autoridad que, bien sabe Maude, puede llevar al desastre, al caos, a la muerte y a la destrucción de esa belleza del mundo que ella persigue a todas horas.

Harold no encaja en el sistema social que le transmite su madre. Los dos están abocados a no entenderse, pues circulan en mundos e intereses distintos. Su madre trata de llevar con naturalidad superficial las rarezas de su hijo. Para ella la solución es que se case y sea un hombre de provecho o que su tío militar le haga un hombre hecho y derecho en el ejército (son tiempos donde miles de jóvenes mueren en Vietnam). Otro que trata de imponer su autoridad y moldear la personalidad del joven es el psicólogo al que acude.

Maude, sin embargo, le escucha, le pregunta, le arrastra a sus aventuras (pero lo coge de la mano, nunca le abandona), no le impone nada, le hace actuar y le cuenta cosas que despiertan su interés. Y le anima a vivir, a arriesgarse, a equivocarse… Le dice que la vida no es fácil, pero que merece la pena aprovecharla. Ella se salta una y otra vez la autoridad, no hace caso ni a los curas ni a los policías y no vive según los cánones sociales. Sabe que no merece la pena atarse a nada y que uno tiene que luchar por ser feliz mientras le dejen. Porque de un plumazo te pueden arrancar todo.

Razón número 7: De jaulas, paraguas, coches, árboles, flores y una moneda

Como ha quedado claro en otras líneas, Maude tiene afición a robar coches ajenos, a llevarse árboles de la ciudad a los bosques e incluso le confiesa a Harold que tuvo una época en la que entraba en las tiendas de pájaros y abría sus jaulas. Pero luego dejó de hacerlo, y es que además se dio cuenta de que al mundo le gustan mucho las celdas. Y es que Hal Ashby utiliza los objetos y ciertos espacios para poco a poco ir explicando la filosofía de sus personajes, sobre todo de Maude.

A Maude le gustaría ser un girasol, y Harold le dice señalando un campo de margaritas, que él es como una de ellas, que no destaca. Y la anciana hace un sutil y bello monólogo sobre las diferencias de cada uno y lo que eso nos enriquece, y como a veces no nos dejan serlo y nos abocan a la muerte… mientras la cámara se aleja, y vemos que los dos se levantan de un cementerio militar lleno de lápidas.

Con un paraguas habla sobre las cosas por las que luchó y que le costaron caro, pero ese objeto lo guarda como una reliquia para no olvidar. Aunque se pregunta, de pronto, que qué sentido tienen las fronteras, las naciones, el patriotismo… Con los coches que roba muestra su espíritu libre y con los árboles que salva su amor por lo que nos rodea. Harold expresa todo lo que siente a Maude con una moneda en la que graba “Harold ama a Maude”. Y ella con su filosofía de no aferrarse a lo bello, lanza emocionada su regalo: se desprende de él para recordarlo siempre.

Y con su amistad recorren iglesias y cementerios. Campos de flores y paisajes llenos de escombros. Lo mismo van a un entierro que a la demolición de una casa. Acuden a una feria y a los juegos recreativos para pasárselo en grande. Se ocultan y se aman en el viejo vagón donde vive Maude o se lanzan por la carretera a gran velocidad.

Razón número 8: Ante todo una comedia

Harold y Maude, ante todo una comedia.

Pero si hubiese que definir Harold y Maude gana un género: la comedia. Una comedia negra, inteligente, tierna y sutil. Sobre un joven que no quiere crecer y una abuela con apariencia de niña que ha vivido demasiado. Y la risa estalla con personajes esencialmente cómicos como la madre (una Vivian Pickles divertidísima como madre millonaria, estirada y excéntrica, que no entiende ni intenta entender a su hijo), el psicólogo o el tío militar. Especialmente con este último hay momento hilarantes como la comedia bufa que montan Harold y Maude para convencer al tío de que su joven sobrino no es apto para la vida militar. También surge la carcajada con las aventuras que viven los dos protagonistas y sobre todo sus choques con la policía tras el robo de coches. O todas esas citas fallidas que le organiza su madre a Harold con distintas jóvenes que terminan de las maneras más inesperadas. De hecho, en la primera de esas citas, sabemos que Harold va a hacer todo lo posible para que cada una de las que se celebren fracase, porque cómplice mira a cámara, y nos implica a todos en su pensamiento. Así como también divierte y desconcierta la naturalidad fría y distante con las que la madre afronta cada uno de los falsos suicidios de su hijo.

Razón número 9: Del fracaso absoluto a una película que no se olvida

Harold y Maude fue en un principio una película de encargo, pero Hal Ashby la convirtió en un proyecto personal e imprimió su sello. La película nació por un guion original de Colin Higgins, un joven que estaba tratando abrirse camino en este mundo, mientras ejercía diversos trabajos para sobrevivir. Sin embargo, un golpe de suerte le hizo contactar con la Paramount y este estudio decidió hacer la película. Higgins quería dirigirla, pero no quisieron darle el proyecto a un principiante, y contrataron a Ashby. No obstante Higgins estuvo implicado durante el proceso.

No solo conectó Hal Ashby con la historia y encontró el modo en que quería contarla, sino que sus actores protagonistas se implicaron muchísimo en el rodaje. Sin embargo, como cuenta Peter Biskin en Moteros tranquilos, toros salvajes, las críticas no fueron muy favorables y el público no entendió el espíritu de la película. Es más reaccionaron igual que los personajes de la película (el cura, la madre, el psicólogo y el tío) ante la historia de amor entre una anciana y un joven. Por ejemplo, el crítico A. D. Murphy escribió en Variety que la película era “tan divertida como un orfanato en llamas”. Así que la Paramount no le dio oportunidad alguna y la retiró pronto de las salas. Sin embargo, con el boca a boca, con distintas proyecciones en festivales y ciclos, Harold y Maude se fue convirtiendo poco a poco en una auténtica película de culto. Es más, incluso con el paso de los años llegó a ser rentable para el estudio. De pronto, la historia de Harold y Maude sí que era entendida por un público concreto que empatizaba y empatiza con la filosofía de la película.

Razón número 10: Hal Ashby, un hippy en Hollywood

La filosofía de Harold y Maude: atreverse a vivir.

Hal Ashby hace un cameo, una aparición fugaz en la película. Mientras los dos protagonistas juegan en una sala de recreativos, el director se sitúa entre los dos para mirar una maqueta de un tren en funcionamiento. Y parece un tipo tan peculiar como sus protagonistas. Todo un hippy en Hollywood. Un tío alto con melenas y barba descuidada, con gafas y un abrigo de cuero con borrego. Era un tipo especial, como sus películas. Fue un hombre de personalidad compleja y atormentada que arrastraba una infancia dura y el trauma que supuso para él el suicidio de su padre.

Ashby primero se hizo un nombre en la industria como montador, y formó un tándem profesional con Norman Jewison, que además se convirtió en uno de sus mejores amigos. Ganó un óscar por el montaje de En el calor de la noche y además Jewison le dio la primera oportunidad para dirigir una película. Durante los años setenta, Ashby dirigió una serie de películas que reflejaban su forma peculiar de mirar el mundo. Y se le relaciona con otros directores que surgieron en esa época y formaron parte del Nuevo cine americano. Harold y Maude fue su segunda película como director, y como sus protagonistas sintió toda su vida aversión por la autoridad, así que como nunca consiguió el control total de sus obras, sus relaciones con los estudios fueron siempre tensas. Su salud se fue deteriorando por las drogas y su cine, como su vida, se fue apagando poco a poco durante la década de los ochenta. Pero Hal Ashby dejó una filosofía de vida con Harold y Maude: vivir es un riesgo que hay que correr, y a veces merece la pena.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.