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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Polytechnique (Polytechnique, 2009) de Denis Villeneuve

Polytechnique

Abro el periódico o pongo el televisor y me preocupan las declaraciones vertidas por algunos hombres (y, por desgracia, también mujeres) sobre la sentencia de un juicio, sobre otros asuntos que solo atañen a las mujeres (o en todo caso a una decisión de pareja), sobre que en un documento hay que cambiar un término por otro (porque, fíjate, resulta que es que amplía más el concepto) o sobre opciones de cómo vivir o llevar adelante las relaciones personales o la vida de uno mismo. Más bien me empiezan a entrar sudores, sobre todo cuando se sueltan dichas afirmaciones sin consecuencia alguna, como si fuera algo normal y corriente, como si esa afirmación no ocultara una violencia o no demostrase lo peligroso que es, a veces, jugar con el lenguaje. Me entristece ver cómo El cuento de la criada de Margaret Atwood no refleja un mundo lejano o una sociedad imposible. O de pronto me entra un escalofrío cuando descubro que lo que relata Denis Villeneuve en Polytechnique ocurrió en 1989, pero que desgraciadamente podría haber pasado ahora, en el panorama actual. Y me hace pensar y me asusta, los tiempos no han cambiado tanto.

Polytechnique es el tercer largometraje de ficción del canadiense Denis Villeneuve antes de su salto internacional y recrea, tras un trabajo de investigación y de entrevistarse con los familiares de las víctimas y los supervivientes, la matanza en la Escuela politécnica de Montreal, el 6 de diciembre de 1989. Un joven de 25 años, Marc Lépine, mató a catorce personas e hirió a otras catorce antes de suicidarse. Lo peculiar del caso es que las veintiocho víctimas eran mujeres. Y lo sangrante es que Lépine escribió una carta donde explicaba que su acto era político y que odiaba a las feministas que le habían arruinado la vida. Dejaba claro que estaba cuerdo al realizar este acto.

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Caught

La heroína de Atrapados (Caught, 1949) encerrada en una mansión-pesadilla.

Max Ophüls, huyendo del nazismo, tuvo que exiliarse unos años en América (1941-1949). No lo tuvo fácil en Hollywood y hasta 1946 no pudo empezar a dirigir. No obstante, no le faltaron buenos amigos y admiradores de su trabajo. Las dos últimas películas que dirigió allí son oscuras, con muchos elementos de cine negro, y una crítica incisiva al modo de vida americano, al sueño… Las dos son protagonizadas por mujeres (como era habitual en su filmografía). En una la heroína es la interesante Barbara Bel Geddes y, en la segunda, la protagonista es una de las reinas del cine negro, Joan Bennett. De hecho la primera película es la parte oscura del cuento de Cenicienta con príncipe siniestro y unas gotas de noir. Y la segunda es un melodrama familiar con puro cine negro a cuestas. Max Ophüls es un director siempre brillante que hace magia con la puesta en escena y los movimientos de cámara. En estas dos películas, bastante más austero, pero con un uso inteligente, virtuoso y al servicio de las historias que quiere contar, como iremos viendo. Y en las dos películas repite con un actor que siempre da muestras de su versatilidad y de los matices que emplea para la construcción de personajes: James Mason. Si en la primera se convierte en un doctor que sabe dar al dinero su justo papel, que es tremendamente crítico con el mundo en el que vive, apasionado de su trabajo y dolorosamente realista, y que además sabe ver al monstruo oscuro que domina la vida de su amada; en la segunda es un perdedor chantajista, que ha llevado siempre una mala vida, y que se transforma ante la mujer chantajeada. De pronto desea lo que nunca ha tenido, y quiere, obsesivamente, que esta mujer no pierda el estatus que nunca logrará alcanzar…, se enamora idílicamente (locamente diría yo) y realiza una de las redenciones más tristes.

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En la playa de Chesil (On Chesil Beach, 2017) de Dominic Cooke

En la playa de Chesil

Dos amantes se distancian inevitablemente en la playa de Chesil.

En la playa de Chesil es una melodía interrumpida. Una partitura musical con su ritmo pausado donde las notas disonantes son los momentos clímax que hablan de una triste historia de amor entre dos jóvenes de los años 60 en Inglaterra. Vuelan aires de libertad, pero todavía los protagonistas arrastran sobre sus hombros mucha herencia recibida de sus progenitores; de una sociedad británica que avanza, pero que también le pesa la tradición, la historia y la guerra; y de la separación de las clases sociales aún no superada. Todo les golpea y les amenaza en un momento crucial de sus vidas: la noche de bodas. Y no solo surge la represión sexual, sino todas las inseguridades, sus miedos, la incomunicación entre los dos, la vergüenza, la soledad…

Florence (Saoirse Ronan) y Edward (Billy Howle) lidian con sus miedos e irremediablemente desembocan en los infiernos personales. Y la noche de bodas en vez de servir de espacio de conocimiento, placer y encuentro con el otro se transforma en una partitura mal tocada que desemboca en pesadilla. Con la delicadeza y elegancia de una pieza ejecutada por el cuarteto de cuerda al que pertenece Florence, Dominic Cooke (director de teatro que, después de debutar en la televisión con una serie que adaptaba las obras sobre reyes de William Shakespeare, ha saltado a la pantalla de cine) dirige En la playa de Chesil. Y recoge la sutilidad de sus dos jóvenes intérpretes a la hora de mostrar sus inquietudes y de construir dos complejos personajes.

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Del listado de películas que concurrían a los Oscar, tres películas ofrecen retratos de mujer, buenos personajes femeninos que además se salen de los arquetipos y tópicos. Por otro lado, son tres películas que ofrecen forma y contenido, tres miradas con las que merece la pena sorprenderse. Y, por último, muestran una galería de actrices: algunas veteranas, otras que están surgiendo con fuerza y alguna debutante que reflejan distintos retratos de mujer (perfiles invisibilizados), un abanico cada vez más amplio, complejo y con más presencia.

Yo, Tonya (I, Tonya, 2017) de Craig Gillespie

Tonya frente al espejo...

Tonya frente al espejo…

Una mujer frente al espejo. Y ahí expresando toda una galería de emociones, que devuelve finalmente una sonrisa rota, con ojos que no quieren dejar de llorar.

En los años 90 los medios de comunicación se hicieron eco de un escándalo informativo que llegó también a nuestros televisores. La patinadora artística Tonya Harding se vio implicada en él… y eso hundió su carrera para siempre. Su principal competidora de equipo en las Olimpiadas de Invierno de 1994 era su compatriota Nancy Kerrigan. Antes de la importante competición, Nancy fue agredida en su rodilla con una barra de hierro por un hombre. Después de la investigación se supo que estaba implicado el exmarido de Tony, su guardaespaldas y un tercero contratado por ambos.

Craig Gillespie reconstruye este hecho de la vida de Tonya Harding, pero antes nos pone en antecedentes. Como si de un documental se tratase, entrevista a los protagonistas de esa historia en el presente (que miran al espectador fijamente a cámara), y van dando paso a ese pasado. Cada uno cuenta su verdad y de ahí surge la complejidad de la mirada, pero también una historia. Vamos saltando de los testimonios de Tonya (una sorprendente y maravillosa Margo Robbie), a los de su áspera madre (la ganadora del oscar a mejor actriz secundaria, Allison Janney), a las palabras de su exmarido y del que se hacia pasar por guardaespaldas, hasta el análisis de un periodista de medios sensacionalistas…

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El último traje (El último traje, 2017) de Pablo Solarz

El último traje

… una pareja con ángel…

Un cuento de hadas con un duende, un cuento judío con sus destellos de humor y una ola de dolor y una tragedia shakesperiana con gotas de El rey Lear se unen en El último traje. Ingredientes valiosos, que, sin embargo, no vuelan. No alcanza la magia… pero no quieres abandonar el viaje que propone. Un anciano sastre judío decide emprender ese viaje con un traje que tiene un único destinatario. Y ese recorrido le lleva de Argentina a Polonia, con paradas en Madrid y en Alemania, un suelo que no desea pisar. Todo arranca cuando el anciano (Miguel Ángel Solá, que se transforma en un abuelo de 88 años) decide no pasarse por el geriátrico y sí ir tras el amigo que hace años le salvó la vida durante el Holocausto. Así empieza su andadura… y en cada lugar un hada madrina que facilita su viaje. Pero también le visitan los recuerdos, los fantasmas del pasado, por lo que el recorrido no es fácil. En Madrid su hada tendrá el rostro de Ángela Molina, una vital y desencantada recepcionista de hotel… y se convierten en dos espíritus que conectan. Allí también se reencontrará con la hija de la que renegó (Natalia Verbeke), no se curarán las heridas, pero sí podrá continuar un viaje y cerrar una puerta. Después se encontrará con otras dos hadas que permitirán que el traje llegue a su destino final. Pero hay algo en El último traje que no logra unificar con armonía pasado y presente, o los momentos mágicos… que deja a la película coja… como su sastre anciano, que está muy mal de una pierna que le dificulta andar.

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Marie Curie

Últimamente hay títulos en la cartelera con nombre de mujer… Mujeres de ficción o mujeres de las que se reivindica su historia real. Hay como un deseo en el aire de escribir la Historia con protagonistas femeninas. Películas que resaltan la modernidad de ciertas mujeres en el momento en que aparecieron y su tesón para cumplir sus sueños. Algunas desconocidas u olvidadas y otras, como en el caso de Marie, muy conocidas, pero que también nadan en el olvido algunos aspectos de sus vidas. Por ejemplo, además de Marie Curie, ahora está en la pantalla Paula (sobre una pintora alemana) y hace poco también se repasó la vida de Loïe Fuller en La bailarina (que curiosamente está presente de una forma muy especial en los créditos finales de Marie Curie). Si pongo estas tres películas juntas es por algo: las tres sirven para descubrir a tres mujeres pioneras; las tres tienen una buena ambientación y formalmente están muy cuidadas; las tres buscan y consiguen una actriz protagonista carismática que está brillante en su papel y recreación; las tres contienen momentos de gran belleza, pinceladas, ráfagas; las tres demuestran un trabajo de documentación y de conocimiento de la figura biografiada brillante; las tres tratan de captar la parte íntima de la protagonista; las tres muestran a mujeres que tuvieron que luchar por conseguir su puesto en un mundo de hombres… pero las tres terminan siendo películas preciosistas, frías, que no hacen vibrar… pese a tener ráfagas de alma.

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Déjame salir (Get Out, 2017) de Jordan Peele

Déjame salir

… una mirada distinta

Los tiempos no han cambiado tanto, pero la mirada es diferente. En 1967 Stanley Kramer filmaba el siguiente argumento: una joven de buena familia se presenta en casa de sus padres liberales con su novio negro, un médico. Y estos se muestran incómodos ante la situación planteada. La película fue Adivina quién viene esta noche. Ahora el actor de televisión, y debutante director, Jordan Peele dirige el siguiente argumento (del que también es guionista): una joven de buena familia se presenta en casa de sus padres liberales con su novio negro, un fotógrafo. Y estos se muestran con normalidad ante la situación planteada… pero esa “normalidad” es inquietante. La película es Déjame salir, de terror con gotas de thriller, que plantea cómo en la América de Obama el racismo sigue perpetúo aunque a veces se oculte tras una sonrisa. Pero también Peele muestra cómo en el espectador funcionan estereotipos de cómo se ha reflejado al protagonista negro, por ejemplo, en las películas de terror… y dinamita esa mirada. Déjame salir funciona por todo lo dicho anteriormente además de ser una entretenida película de terror, suspense y sustos. Donde inquieta una mujer negra en la ventana o que simplemente sonríe, estremece el ruido de una cucharilla en una taza de té o el juego de un bingo sin palabras, mudo.

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Lady Macbeth

Katherine, sentada en el sofá… tras la calma, ojos de tormenta

La lady Macbeth que habita en la Inglaterra de 1865 se llama Katherine (Florence Pugh), y no la mueve la ambición ni las ansias de poder, sino el querer ser una mujer libre, no encadenada. El ansia de romper las cadenas desborda una fuerza interior aterradora a su alrededor que lleva a la perdición a todos los que la rodean, incluso a sí misma. El deseo es lo que provoca el pistoletazo de salida. El origen literario de Lady Macbeth tiene ecos rusos de novela corta, Lady Macbeth de Mtsenk de Nikolái Leskov (editado por Nórdica en su preciosa colección de libros ilustrados). Con algunos cambios de matices y de trama, William Oldroyd y la guionista Alice Birch empapan además la historia de Katherine con gritos de Cumbres borrascosas y con unas gotas suaves de la sensualidad y descubrimiento de la pasión de El amante de lady Chatterley. Todo envuelto por el sentimiento trágico de una lady Macbeth que vuelve a mancharse las manos de sangre, sin freno…

La evolución de Katherine como personaje trágico se enmarca entre la dama sentada en el sofá con su vestido azul del principio de la película con esa misma dama, vestida de negro, que se sienta en ese mismo sillón al final. Y la tragedia de Katherine es que encerrada entre cuatro paredes de una mansión sin un ápice de amor, apaleada verbal y físicamente de manera continua (también humillada), con mucho aburrimiento, y sin ninguna gana de convertirse en mujer sumisa, convierte a todos los que la rodean en títeres a los que manejar. Y ella misma va cortando hilos… hasta que se le escapan de las manos y corta también los suyos. Su poder y su ansia de libertad e independencia se convierten en una fuerza destructora que arrampla con todo lo que se cruza por su camino: al principio parecen meros juegos y rebeldías, al final convierte en muñecos rotos a todos los que la rodean, con una naturaleza de femme fatale que no puede frenar sus instintos para convertirse en mujer libre. Para finalmente darse cuenta de que su encierro nunca acaba. Que ella misma se ha forjado su propia cárcel.

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Locas de alegria

Locas de alegría encierra tragicomedia. Y qué es la vida sino risas y lágrimas, comedia y tragedia unidas de la mano. La vida de uno nunca es perfecta, como tampoco lo es esta película. Pero no importa, porque Paolo Virzi ya ha demostrado que sabe cómo emocionar, cómo tocar la fibra sensible, y sobre todo su cine rescata y construye buenos personajes. Sus películas están vivas, emocionan. Así la nueva película de Virzi ofrece dos personajes femeninos inolvidables, dos mujeres imperfectas (pero ¿quién es perfecto?) que huyen de su destino ¿o de sí mismas?, pero con ganas, como todos, de ser felices y de seguir viviendo. Así Paolo Virzi (La prima cosa bella, El capital humano) rescata la tradición del cine italiano…, esa mirada tragicómica sobre su realidad y deja ver el trabajo de dos actrices que siguen la estela de ese star system de damas italianas que arrastraban al público a la sala de cine: Valeria Bruni Tedeschi y Micaela Ramazzotti. Ellas son en Locas de alegría, Beatrice y Donatella.

Beatrice y Donatella han terminado en un centro psiquiátrico alejadas de la sociedad. Y ambas están obligadas a permanecer entre esos cuatro muros por órdenes judiciales concretas. Beatrice (Valeria Bruni Tedeschi) es una mujer de buena familia que siempre ha ejercido de oveja negra, metiéndose continuamente en líos. Posee una verborrea inagotable, una personalidad carismática y una imaginación desbordante. Se comporta como toda una condesa, con todas las características y comportamientos de una clase aristocrática conservadora… pero en un espacio que la mantiene fuera de lugar, y donde su forma de ser choca y despierta hilaridad. Donatella es una joven que siempre ha tenido mala suerte en la vida, tanto con sus progenitores como con los hombres que ha amado, en un continuo descenso en los infiernos. Siempre en la cuerda floja.

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enamorada

Una mujer tumbada en una cama mientras escucha las palabras de un hombre que confiesa su incapacidad para expresar lo que la ama, y que cede la palabra a tres hombres que cantan La malagueña (o Malagueña salerosa). Unos enormes ojos se abren. Y pertenecen a un rostro que se va transformando en el rostro de una mujer enamorada. Entonces ella se levanta y se asoma a escondidas al balcón para ver la figura del hombre que está empezando a amar. Esta secuencia es uno de los clímax de Enamorada de Emilio Fernández y también un estudio de un rostro, el de la actriz María Félix. Y hay otra firma presente: la del director de fotografía Gabriel Figueroa. Y el visionado de Enamorada es una exaltación de las emociones y, bajo una apariencia cien por cien mexicana, se descubren influencias pasadas y futuras que enriquecen más todavía la propuesta.

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