Hazel con su zorro domesticado, Foxy, dos espíritus libres, protagonistas de Corazón salvaje.

Como si fuera el canto de una sirena, en lo alto de una colina, con la melodía de un arpa de fondo, Hazel (Jennifer Jones), con su vestido amarillo al viento, entona una canción espiritual y mágica, ancestral: “Harps in Heaven”. Todos los presentes escuchan como hechizados en un mar de naturaleza que les rodea. Esa es la extraña e hipnótica atmósfera de Corazón salvaje, donde lo pagano se mezcla con lo religioso, y donde la naturaleza alcanza ese espíritu mágico e inexplicable que todo lo envuelve. De nuevo, Michael Powell y Emeric Pressburger crean un universo especial donde logran unas imágenes y una intensidad de colores de una belleza cautivadora. Es difícil retirar la mirada y no quedar para siempre dentro de un mundo único. Sensualidad y espiritualidad se unen en una comunión que deja una catarsis dolorosa. Catarsis digna de un melodrama desatado.

Hazel es una joven libre y salvaje. Vive en una cabaña con su padre, un hombre rudo que hace ataúdes y que toca el arpa en todo tipo de eventos. La madre de la muchacha, una gitana que falleció hace tiempo, la dejó un cuaderno de conjuros y profecías, un legado en el que ella cree ciegamente. La joven vive unida a la naturaleza y a todos sus seres vivos. De hecho, está especialmente unida a un pequeño zorro al que ha domesticado, Foxy, y que siempre está salvando en carreras imparables donde huyen de cazadores, caballos y jaurías de perros. Vive en un paisaje entre sagrado y mágico, rodeada de bosques, montañas y rocas. La historia transcurre en el condado de Shropshire, lindando con Gales, tierra de leyendas.

Hazel se ha convertido en una joven en edad de casarse y, de pronto, un día cuando se compra un vestido nuevo es consciente del deseo que despierta. El conflicto de Corazón salvaje empieza cuando Hazel se sitúa entre dos hombres muy diferentes, y además se ata a un juramento: se casará con el primero que se lo pida. Por una parte está la pasión y el desenfreno que le ofrece el rico del lugar: Jack Reddin (David Farrar), que además organiza habitualmente, con sus caballos y perros, la caza del zorro. Y, por el otro, el amor idealizado y respetuoso que le entrega el reverendo Edward Marston (Cyril Cusack). Además cada movimiento de Hazel es mirado con lupa y juzgado por la conservadora comunidad en la que vive. En cierto sentido Hazel es como Foxy, continuamente atosigada y cazada, sin ninguna posibilidad de ser una mujer libre. Los hombres la aman cada uno a su manera, pero como posesión y trofeo. Uno quiere salvarla y que ella sea siempre un alma pura y el otro desea que sea suya, como una posesión más de su palacio.

Michael Powell y Emeric Pressburger logran un uso del Technicolor espectacular como ya habían demostrado en obras imprescindibles de su filmografía como Vida y muerte del Coronel Blimp, Narciso negro o Las zapatillas rojas. Estos directores cuentan de manera muy especial cada una de sus historias y crean unas atmósferas que son difíciles de olvidar. Su dominio de lo visual es espectacular, creando momentos en los que el espectador se hunde de lleno en historias que caminan entre la leyenda y la realidad. Entre lo sensual y lo espiritual. Entre lo pagano y lo religioso. Entre la vida y la muerte… Corazón salvaje está llena de secuencias brutalmente hermosas… como el momento en que la protagonista, por la noche, decide escuchar a la naturaleza para que le aporte alguna señal y decidir si debe acudir a una cita con Reddin, cuando ya está casada con el reverendo. Y tiene esa señal. Un pañuelo en una roca y el sonido de un arpa entre los árboles. Así que acude a la cita, a un lugar rocoso donde ha quedado con él, Hazel lleva un traje blanco, como de novia, y un ramo de flores rojas. Reddin llega a caballo, se baja y se acerca a ella. Los directores solo sacan sus pies. Los pies descalzos de ella son elevados poco a poco del suelo. Las flores caen al suelo, los pies de ella desaparecen del plano y solo se ve la bota de él, que empieza a andar y pisotea las flores. Luego en la penumbra del atardecer se ve a Hazel con el pelo suelto y él en el caballo, y cómo ella se sube, se acurruca en su regazo y se van juntos.

Corazón salvaje tiene una compleja historia de fondo, que ha hecho que caiga en cierto olvido o que sea una de las grandes desconocidas de su filmografía. Michael Powell y Emeric Pressburger trabajaron en la producción no solo con Alexander Korda, sino con el productor americano David O. Selznick. Ignoraron educadamente la continua persecución y memorandos de O. Selznick y su obsesión por el cuidado excesivo de su esposa Jennifer Jones en la producción que provocaba continuas exigencias. Lo que pasó es que en 1950 estaba ya la película de Michael Powell y Emeric Pressburger y la titularon Gone to Earth, lista para exhibirla en Gran Bretaña y en el resto del mundo. Pero no fue del gusto del productor americano y llegó el asunto a un juicio. Finalmente, David O. Selznick creó su propio montaje para estrenar en EEUU en 1952 con el título The Wild Heart. Rodó nuevas secuencias y primeros planos de su esposa, y reclutó para este encargo tan desagradable a Rouben Mamoulian, que no quiso aparecer en créditos. Redujo el metraje de la obra y dejó que ciertos aspectos de la trama quedaran más confusos. Además añadió un prólogo con la voz de Joseph Cotten dando explicaciones innecesarias… Por suerte, décadas después, en los 80, se recuperó el montaje de Michael Powell y Emeric Pressburger, y se puede disfrutar plenamente cómo veían ellos esta historia, cuyo punto de partida era una novela de Mary Webb, una autora que conocía bien la naturaleza y los paisajes del condado de Shropshire.

Uno se deja llevar por el suave canto de Hazel y por el destino trágico de un corazón salvaje que no quiere ser cazado.

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