Los Mannon encerrados en su mansión con todas sus miserias en A Electra le siente bien el luto.

Lavinia Mannon (Rosalind Russell), sola, vestida de negro, al pie de las escaleras de la mansión familiar, pide a Seth, un sirviente que ha estado toda la vida con la familia y conoce todos sus secretos, que cierre todas las ventanas y contraventanas. Ella se queda mirando el cielo, y a su espalda se oye la clausura de los batientes. Lentamente entra en la casa, como una condenada a muerte. Sabe que por muchos años esa será su tumba en vida. Cierra la puerta tras de sí. La cámara se va alejando y se vislumbra una panorámica de la fachada, mientras continua el ruido como si fueran los clavos de un ataúd. Este es el final poderoso de un melodrama desatado con ecos de tragedia griega.

El dramaturgo Eugene O’Neill escribió A Electra le sienta bien el luto en el año 1931, y trasladaba a EEUU, tras la guerra de Secesión, la trilogía griega de Esquilo, La Orestiada. El destino trágico no depende de los dioses, sino de las complejidades psicológicas de los seres humanos, así la maldición de la familia Mannon se entiende bajo el influjo de Freud y Jung. Agamenón, Clitemnestra, Egisto, Electra y Orin son sustituidos por Ezra Mannon, Christine Mannon, Adam Brant, Lavinia y Orin Mannon.

En su momento fue un fracaso y un desastre financiero de la RKO. Por eso la productora decidió mutilar más de una hora del mastodóntico proyecto cinematográfico del guionista Dudley Nichols, que también se puso tras la cámara, y de la actriz Rosalind Russell, dispuesta a mostrar su valía dramática (los dos habían trabajado juntos anteriormente en Amor sublime, un biopic de la enfermera Elisabeth Kenny). La película nunca volvió a revalorizarse… No ha vuelto a ser rescatada del olvido, pese a que puede verse el montaje completo de más de tres horas de duración.

Sin embargo, la odisea de los Mannon en tres actos va atrapando poco a poco al espectador y no le suelta, descubriendo una película poderosa capaz de arrastrar a la catarsis final con la soledad de una mujer vestida de negro. A Electra le sienta bien el luto es como los buenos vinos, según van pasando los minutos (en vez de los años), se convierte en mejor película. Incluso sus actores van sintiéndose más cómodos con sus personajes según va avanzando el metraje.

Electra y sus secuaces

Uno de los aspectos más curiosos de A Electra le sienta bien el luto es la distinta naturaleza y formas de actuar de sus intérpretes. Pero a la larga este batiburrillo de estilos beneficia a la película, pues la extraña mezcla crea una atmósfera especial. La mansión de los Mannon se erige como una realidad fantasmagórica, como en un tiempo y un espacio ajeno.

Rosalind Russell es puro glamour hollywoodiense, y si en un principio puede parecer una Electra-Lavinia desubicada y algo mayor para el papel, según la película va convirtiéndose en un melodrama desatado sobre una dama condenada a la soledad, la Russell se transforma y deja una evolución del personaje finalmente brillante. Este melodrama familiar, si dejamos sus orígenes griegos, muestra la competencia feroz entre Lavinia y su madre Christine. Christine tiene el rostro de la actriz griega Katina Paxinou, curtida en los escenarios y en las tragedias griegas, con lo cuál sabe perfectamente darle una dimensión excesiva y trágica a su personaje. Raymond Massey, actor de la vieja escuela de Hollywood, es Ezra, el cabeza de familia que regresa de la guerra para lidiar otra batalla. Pese a las oscuridades del personaje es capaz de dejar ver cierta luz y vulnerabilidad. La película supuso el debut en EEUU del británico Michael Redgrave y pese parecer que en un principio se siente incómodo, va creando un Orin desgraciado y complejo, al borde de la locura.

Un joven y natural Kirk Douglas se convierte en inocente pretendiente de Lavinia, pero va dejando salir su amargura y su cara oscura (como muchos personajes que encarnaría posteriormente). Leo Genn, otro actor británico acostumbrado a buenos papeles secundarios, encarna a Adam Brant: el hombre que desata el conflicto entre madre e hija. Y es curioso porque Brant, aunque cree que tiene claro su camino, no se dará cuenta de dónde se ha metido ni de su destino final. Él es el que habla de las islas que se convierten en un sueño a alcanzar por varios de los personajes.Otra actriz secundaria de Hollywood, joven y natural, será Nancy Coleman como la no tan inocente prometida de Orin. Y, por último, un secundario del sistema de estudios de batalla, Henry Hull, como Seth, el hombre para todo de la familia Mannon, a su servicio desde siempre… El que todo lo observa y todo lo sabe con unas gotas de alcohol en las venas.

Líos familiares

El melodrama va in crescendo teniendo cada una de sus tres partes varios momentos catárticos, pues cada una se va definiendo por las muertes de los personajes hasta llegar a la soledad absoluta de Lavinia. Es una historia de familia llena de pasiones, odios, miedos, sueños, secretos, confesiones, venenos, asesinatos, venganzas y relaciones complejas y oscuras. El origen de todos los males parece que viene del abuelo. Los retratos de los Mannon y sus historias ocupan la mansión familiar. Son la comidilla de toda la comunidad, que no paran de murmurar. Y esa mansión se convierte en una cárcel para todos y, en espacial, para una Lavinia que se ve condenada a vivir con sus fantasmas y a esconder todos sus secretos.

En A Electra le sienta bien el luto no falta de nada: el odio entre una madre y una hija que aman al mismo hombre, que a la vez quiere vengar a su madre, pues fue repudiada por la familia. Esta fue una sirviente de los Mannon y la que inició la maldición familiar: se enamoró de ella el patriarca, el abuelo, y uno de sus hijos. Al final el hijo y ella fueron expulsados de la mansión y silenciados para siempre. Y el abuelo sembró el odio. El regreso del esposo y padre, Ezra, pone en marcha una batalla familiar sin fin que será fuente de muertes, suicidios y desgracias.

Después de múltiples tormentas del alma, hay un momento en que Lavinia sueña con alcanzar la libertad y la felicidad, con salir de la casa, huir de sus enfermizos lazos familiares y ser realmente amada. Pero todo será un espejismo. Es como si la maldición de los Mannon le impidiera abandonar la mansión para siempre. Como si la casa familiar estuviera encantada y la retuviera en su interior. Renuncia inevitablemente a la felicidad… Y esa felicidad tiene forma de isla y es el sueño de muchos de los personajes. Ninguno llega alcanzarla, tan solo la rozan Orin y Lavinia. Mientras que para Lavinia es una puerta a la esperanza, que se emponzoña al volver a la mansión, para Orin es la pesadilla de una felicidad imposible bajo la sombra de la culpa y la locura.

Dudley Nichols narra con pulso y no solo deja dosis de suspense y misterio en esas pasiones desatadas, sino que crea una atmósfera de mansión encantada y habitada por los muertos. Ellos mandan bajo las miradas de los retratos. Sus habitaciones atrapan y ahogan toda posibilidad de luz o destello en los desgraciados y retorcidos personajes.

El melodrama desatado A Electra le sienta bien el luto merece un visionado y dejarse mecer por las desgracias de los Mannon. Uno no se arrepiente de entrar en esa mansión y visitar sus sombras.

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