10 razones para amar El gran carnaval (Ace in the hole, 1951) de Billy Wilder

Chuck Tatum, el periodista sin escrúpulos, protagonista absoluto de El gran carnaval.

Razón número 1: Kirk Douglas como el periodista Chuck Tatum

El gran carnaval tiene un único punto de vista y es el del periodista Chuck Tatum. Este no es un profesional honesto, no es una persona llena de cualidades, no persigue la verdad ni la excelencia en el trabajo. A Chuck Tatum le conocemos buscando un trabajo en un anodino periódico de provincias en Alburqueque.

Le dice a su director que ha sido expulsado de un montón de buenas publicaciones y que se ofrece por nada. Le explica que tiene problemas con el alcohol y también de faldas. Pero que tiene ambición, olfato y que espera conseguir la noticia que le devuelva el prestigio. Al director le desarma su sinceridad, este es un hombre recto y sabe lo que hace, y ve que Tatum puede dar vida a la redacción si le mantiene a raya. Le contrata. No es fácil empatizar con Tatum, solo cuenta con una vitalidad envidiable, mucha ambición y un olfato para buscar la noticia.

Tras un año en la redacción y ya desesperado por el aburrimiento y el estancamiento, en un viaje hacia un aburrido y rutinario reportaje de una competición de serpientes, para en una aislada gasolinera, tienda de souvenirs y motel, al lado de una montaña. Allí inesperadamente encuentra una noticia. En dicha montaña, hay una cueva donde fueron enterrados los indios con sus enseres personales hace mucho tiempo, hay leyendas y maldiciones alrededor del desértico paisaje. El hijo de los dueños, Leo Minosa, un antiguo héroe de guerra, busca de vez en cuando estos enseres para venderlos, pero en la cueva hay un desprendimiento y se queda atrapado.

Enseguida la mente de Tatum se pone en marcha y convierte su rescate en una noticia de “interés humano” alargándolo todo lo que puede y creando alrededor todo un carnaval y espectáculo a costa de la vida de un hombre. Habrá mucha gente que se beneficie y que le secunde en tan dudosa hazaña.

Kirk Douglas se arriesga y se entrega totalmente a una recreación creíble y veraz de Chuck Tatum. Y se arriesga porque no solo es un protagonista con el que es difícil empatizar, sino que el personaje principal de la película es un hombre sin escrúpulos y lleno de defectos que reaccionará demasiado tarde al circo que ha montado para su propio beneficio. Y se entrega totalmente, porque es imposible no sentirse seducido por su personaje a pesar de arrastrar múltiples defectos. Su interpretación está llena de matices y emociones. No queda sentimiento que reflejar en su rostro y ni un segundo del metraje está quieto o en calma.

Razón número 2: binomio cine y periodismo

Si hay un binomio bien avenido es el de cine y periodismo. Es increíble la extensa filmografía que hay donde los periodistas hacen acto de presencia o son parte central de la trama. También las noticias han sido y son fuente de inspiración para guionistas y cineastas. Este es un estudio inabarcable.

La figura de Billy Wilder es muy interesante en este sentido, puesto que durante el periodo de entreguerras, buscó sustento como periodista. Antes de embarcarse en el mundo del cine en EEUU fue reportero y conoció bien la profesión en su lugar de origen. Ejerció la profesión y daba rienda suelta a la pluma para contar historias y entrevistar a personalidades de la vida cultural del momento.

No hace mucho se publicó en español un interesante libro, Billy Wilder, reportero. Reportajes desde el Berlín de Weimar y la Viena de entreguerras en la editorial Laertes, donde se presentaba una selección de sus artículos.

Después cuando ya voló hacia Hollywood, hacia finales de los años treinta, y fue ganándose la vida como guionista y más tarde como director, el periodismo no fue ajeno a su obra cinematográfica como demuestra El gran carnaval o Primera Plana (The Front Page, 1974), nueva adaptación de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur. Pero también los periodistas están presentes como personajes secundarios en sus distintas producciones como, por ejemplo, en el final estremecedor de El crepúsculo de los dioses.

En El gran carnaval la visión del periodismo y la forma de trabajar y crear noticia de Chuck Tatum desgraciadamente sigue siendo totalmente actual. Es una película que continúa muy vigente y es totalmente demoledora. Cómo actúa Chuck Tatum a lo largo de todo el rescate, la figura del joven fotografo que en un principio no ve con buenos ojos la manera de actuar de su compañero, pero que luego se siente seducido por el éxito y la adrenalina hasta ser testigo de su caída o cómo se comportan los otros periodistas que van llegando al escenario de los hechos dibujan una visión crítica, poco poética e idealizada de la profesión.

No obstante, esta visión contrasta con el maravilloso personaje del director del periódico de provincias (Porter Hall) que cree en que la labor de los periodistas es contar la verdad y muestra también ser un perro viejo honrado que sabe dar oportunidades y creer en sus profesionales. Parece que no todo está perdido y que se puede actuar de otra manera.

Razón número 3: Billy Wilder sin Charles Brackett

El gran carnaval es una película clave en la filmografía de Billy Wilder como director. Durante años había colaborado y trabajado mano a mano con el guionista Charles Brackett. Los dos formaban un matrimonio de éxito. Fruto de su colaboración nacieron películas inolvidables como Días sin huella, Berlín Occidente o El crepúsculo de los dioses (su último largometraje juntos). Pero su matrimonio fue tormentoso y llegó un momento en que ambos decidieron separar sus caminos.

La primera película de Wilder sin Brackett fue El gran carnaval y se jugaba mucho. Para esta película colaboró en el guion con Lesser Samuels y Walter Newman. Y crearon una historia potente, que pasan los años y no pierde ni actualidad ni fuerza.

Sin embargo, fue su primer batacazo comercial, pero Wilder no se amilanó y siguió con buen pulso detrás de las cámaras, contando las historias que quería y trabajando con otros guionistas en cada una de sus películas hasta que en 1957 encontró de nuevo a un profesional con el que crear un prolífico dúo creativo: I.A.L. Diamond… y ya saben, esa ya fue otra historia…

Sigue leyendo →

10 razones para amar Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960) de Richard Quine

Kim Novak es la mejor Maggie para Un extraño en mi vida.

Razón número 1: Kim Novak

Durante varios días, Kim Novak ha vuelto a las páginas de los periódicos, a las revistas y a los medios. El motivo: su león de oro en el festival de Venecia y la presentación de un documental sobre su vida, Kim Novak’s Vertigo (Alexandre O. Philippe, 2025). Así que pensé en su filmografía y me apeteció dedicar un texto a una película que ya había aparecido hace muchos años en este blog (en concreto en 2012), pero que merece diez razones para amarla: Un extraño en mi vida. De nuevo, vi la película y otra vez quedé atrapada en la bella crónica de una infidelidad.

Kim Novak ha sido una de esas actrices que se negó a ser solo objeto de deseo y florero. Al final, optó por abandonar Hollywood a finales de los sesenta, porque no lograba ser ella misma. Tan solo realizó posteriormente alguna que otra aparición esporádica hasta abandonar definitivamente la actuación durante los noventa. Su última experiencia cinematográfica no fue buena, Pasiones prohibidas (Liebestraum, Mike Figgis, 1991), pues le recordó demasiado a la fábrica de los sueños de la que había huido.

Su rebeldía molestó años atrás a los poderosos de Columbia, aun así ella procuró no dejarse aplastar. No quiso convertirse ni en leyenda ni en mártir, como no pudo evitar una de sus contemporáneas, bien querida en este blog, Marilyn Monroe.

Y ahí sigue con 92 años, superviviente, reivindicativa y guerrera, sin miedo a desvelar sus miedos y traumas, así como hablando siempre claro de los fantasmas que le han seguido siempre, pero contra los que ha batallado sin tregua: el trastorno bipolar y la depresión.

Razón número 2: el hoyuelo de Kirk Douglas

Uno de los detalles magníficos de Un extraño en mi vida es aprovechar un atributo físico y peculiar de su actor principal para el personaje que interpreta y la historia que se está contando.

Si esta es mi segunda razón es por un único motivo: este largometraje está lleno de matices que lo enriquecen en cada visionado. Así una de las peculiaridades del rostro de Kirk Douglas, su hoyuelo en la barbilla, sirve de pretexto para construir una escena. El arquitecto al que da vida, Larry Coe, tiene esa distinción en su rostro. Algo que no pasa desapercibido para su amante, Maggie (Kim Novak).

Así en un momento distendido y tranquilo, Larry y Maggie están sentados en una mesa al lado de una ventana frente al mar. Mientras él, apasionado, le dibuja en la mesa el diseño de la casa que está construyendo con pasión y muchas ganas; ella mira con interés su rostro. Y entonces le pregunta que cómo se afeita el hoyuelo. Y se lo toca con la mano. Él se ríe y bromea con que tiene una maquinilla diminuta especial para ello. Un delicado momento de intimidad y complicidad, ¿verdad?

Razón número 3: entre una casa y un libro

La historia de la infidelidad de esos dos amantes que dan rienda suelta al deseo, y se construyen un mundo propio alejado de sus cómodas vidas en uno de esos barrios que representaban el sueño americano en los sesenta, se desarrolla entre dos obras creativas. Así Richard Quine crea una hermosa metáfora, la libertad y pasión que se apodera de uno durante el proceso creativo de una obra puede equipararse a la intimidad que construyen dos amantes durante lo que dura su relación amorosa.

La historia entre Maggie y Larry dura lo mismo que tarda el arquitecto protagonista en levantar una casa en la que consigue toda la libertad creativa posible sin pensar en ajustarse a un mínimo presupuesto. En la construcción de esa casa es partícipe desde el principio Maggie. De hecho, su primer encuentro es en el terreno vacío, en la colina donde se construirá. Larry le pide a Maggie que le ayude con el metro a tomar las medidas pertinentes. Y su última cita, como no podía ser de otra manera, será en la casa ya terminada. Se cierra el círculo.

Es hermoso porque los amantes se construyen, sin ser conscientes en un principio, la casa de sus sueños, aislada de todo y de todos. Y esa preciosa, moderna y original casa de madera se construyó durante el rodaje en el barrio de Bel Air al mismo tiempo que se iba desarrollando esa infidelidad de Maggie y Larry, los personales de la película. Un precioso trabajo del director artístico Ross Bellah y del arquitecto Carl Anderson.

A su vez, Larry Coe le está construyendo esa casa a Roger Altar (Ernie Kovacs), un escritor de best sellers, que ansía un reconocimiento crítico que aún no ha tenido. Es Coe quien le dice que escriba sin importarle los dictados del mercado, que haga un proceso de creación totalmente libre. Y así lo hace Altar, su proceso creativo dura lo mismo que la construcción de esa casa, solo para darse cuenta al final de su vacío existencial que no puede llenar ni unas buenas críticas ni la soledad que le espera en una casa en la colina.

Entre el proceso de creación de la casa que construye el arquitecto y la escritura de la obra libre del escritor transcurre la crónica de una infidelidad.

Razón número 4: triste declaración de amor de Richard Quine

Si algo es evidente en Un extraño en mi vida es que la cámara está enamorado de Kim Novak. La cámara la acaricia, la desea y hace el amor con ella. Recorre su rostro, bordea su cuerpo, se regodea en su espalda, en su boca o en sus ojos. Para esa cámara Maggie es un bello misterio, que nunca llega a comprender ni atrapar. Detrás de esa cámara estaba Richard Quine que regala una triste declaración de amor a Kim Novak.

Los dos no solo formaron un buen tándem profesional, sino que Quine se enamoró totalmente de ella. Llegaron a estar juntos un tiempo durante 1959, pero finalmente no se casaron. Cuentan que él nunca dejó de estar enamorado de Kim Novak. La cámara de Richard Quine siempre se mostró enamorada de la actriz, así en cada una de sus películas declaró su amor eterno: La casa número 322 fue el descubrimiento; Me enamoré de una bruja reveló el encantamiento mágico; Un extraño en mi vida supuso la triste despedida y en La misteriosa dama de negro, ya que no había amor, recupera el sentido cómico de la vida en una intriga junto al rostro amado.

En Un extraño en mi vida ya no estaban juntos, la ruptura era reciente, así que Quine vuelca su tristeza representando una relación que nunca pudo ser. Un hombre y una mujer que no pueden aislarse del mundo que les rodea y amarse sin responsabilidades ni prejuicios. Y en esta película hay verdad, alma y corazón.

Sigue leyendo →

Los valientes andan solos (Lonely are the brave, 1962) de David Miller

En Los valientes andan solos, un vaquero contra un mundo moderno y deshumanizado.

Los valientes andan solos atrapa desde su primera imagen. Su principio y su demoledor final construyen un triste círculo que enmarca un western crepuscular. La primera secuencia presenta a un cowboy al aire libre que disfruta de la vida y mira al más allá. De pronto, un ruido demoledor. El cielo es rasgado por tres aviones… Nuestro héroe, John W. Jack Burns (Kirk Douglas), no reniega de la vida del salvaje Oeste; por eso en pleno siglo XX es un forajido, un fuera de la ley, pues prefiere continuar siendo un jinete libre con su yegua indomable y cabezota, que someterse a un mundo que progresa, pero cada vez más deshumanizado. Y la última secuencia cierra su historia de manera brutal, un hombre aterrorizado, Jack, tirado en la cuneta, después de haber sido arrollado por un enorme camión, consciente de que su mundo ha terminado, tras oír cómo acallan el sufrimiento de su yegua de un disparo.

Este héroe desubicado nace de las páginas de la novela de Edward Abbey, El vaquero indomable. Su escritor ya es un tipo de película, hijo de la Gran Depresión, pronto amó la naturaleza y luchó siempre contra la influencia dañina de los seres humanos en los paisajes que quería. Abbey era un apasionado de los amaneceres del Oeste y así lo vertió en sus escritos. Entre sus páginas destilaba la filosofía, otra de sus pasiones. Creía en un anarquismo libre contra la violencia institucional y la frialdad de los Estados. No es de extrañar que creara a ese vaquero indomable, un forajido fuera del sistema y de la burocracia. Este material encandiló a Kirk Douglas, y metió en su aventura al guionista Dalton Trumbo y al director David Miller para crear un buen western.

Sigue leyendo →

Melodramas desatados (3). A Electra le sienta bien el luto (Mourning Becomes Electra, 1947) de Dudley Nichols

Los Mannon encerrados en su mansión con todas sus miserias en A Electra le siente bien el luto.

Lavinia Mannon (Rosalind Russell), sola, vestida de negro, al pie de las escaleras de la mansión familiar, pide a Seth, un sirviente que ha estado toda la vida con la familia y conoce todos sus secretos, que cierre todas las ventanas y contraventanas. Ella se queda mirando el cielo, y a su espalda se oye la clausura de los batientes. Lentamente entra en la casa, como una condenada a muerte. Sabe que por muchos años esa será su tumba en vida. Cierra la puerta tras de sí. La cámara se va alejando y se vislumbra una panorámica de la fachada, mientras continua el ruido como si fueran los clavos de un ataúd. Este es el final poderoso de un melodrama desatado con ecos de tragedia griega.

El dramaturgo Eugene O’Neill escribió A Electra le sienta bien el luto en el año 1931, y trasladaba a EEUU, tras la guerra de Secesión, la trilogía griega de Esquilo, La Orestiada. El destino trágico no depende de los dioses, sino de las complejidades psicológicas de los seres humanos, así la maldición de la familia Mannon se entiende bajo el influjo de Freud y Jung. Agamenón, Clitemnestra, Egisto, Electra y Orin son sustituidos por Ezra Mannon, Christine Mannon, Adam Brant, Lavinia y Orin Mannon.

En su momento fue un fracaso y un desastre financiero de la RKO. Por eso la productora decidió mutilar más de una hora del mastodóntico proyecto cinematográfico del guionista Dudley Nichols, que también se puso tras la cámara, y de la actriz Rosalind Russell, dispuesta a mostrar su valía dramática (los dos habían trabajado juntos anteriormente en Amor sublime, un biopic de la enfermera Elisabeth Kenny). La película nunca volvió a revalorizarse… No ha vuelto a ser rescatada del olvido, pese a que puede verse el montaje completo de más de tres horas de duración.

Sin embargo, la odisea de los Mannon en tres actos va atrapando poco a poco al espectador y no le suelta, descubriendo una película poderosa capaz de arrastrar a la catarsis final con la soledad de una mujer vestida de negro. A Electra le sienta bien el luto es como los buenos vinos, según van pasando los minutos (en vez de los años), se convierte en mejor película. Incluso sus actores van sintiéndose más cómodos con sus personajes según va avanzando el metraje.

Sigue leyendo →

Kirk Douglas, un extraño en mi vida

Kirk Douglas, así lo quiero recordar.

No podría decir cuál es mi primer recuerdo de Kirk Douglas. Siempre estuvo ahí. Un extraño en mi vida, pero presente en muchos momentos. De hecho para mí ya era inmortal. Como un semidiós. Sin embargo, sabía que continuaba en este mundo. No hace tanto, contó en un libro, con entusiasmo y energía, el rodaje de Espartaco y su lucha contra las listas negras (Yo soy Espartaco).

No podría decir cuál es mi primer recuerdo de Kirk Douglas. Pero sí que me gustaba su pelo alborotado, rojizo. Su hoyuelo. Y esa sonrisa pícara. Quiero despedirme con una imagen tierna, recuperar a ese marinero aventurero y revoltoso, que toca el banjo con una foca en 20.000 leguas de viaje submarino.

Escribió sus memorias. Le gustaba contar historias. Era el hijo del trapero. Un hombre con mucha fuerza. Luchador y cabezota. Y apegado a sus raíces. Cuando se hizo productor, le puso a su compañía el nombre de su madre, Byrna.

Cuando le recuerdo, me viene a la cabeza otro actor con el que hizo bastantes películas, y además eran buenos amigos, Burt Lancaster. ¡Menudo dúo! Los dos de sonrisa amplia, y siempre a punto con una pirueta en el aire. Es más uno de mis recuerdos de la infancia me sitúa en un cine, ilusionada y pasándomelo de lo lindo con los dos en su última película juntos: Otra ciudad, otra ley (Tough Guys, 1986).

Sigue leyendo →

Trumbo (Trumbo, 2015) de Jay Roach

Dalton Trumbo

Trumbo es un biopic del guionista Dalton Trumbo. Una película de corte clásico en lo narrativo, formalmente correcta, con una galería de actores principales y secundarios que son una gozada… y ¡que Hildy Johnson la disfrutó toda entera!, con pasión, por varios motivos: cine dentro del cine, el periodo de la caza de brujas, un personaje principal con mucho carisma, pero rodeado de buenos personajes secundarios, reflexiones de fondo interesantes… Volamos al Hollywood de los años cuarenta… y cómo se van complicando las cosas para los que formaron los diez de Hollywood (la película recorre varios años)… pero no solo a ellos, sino a sus familiares más cercanos, a sus amigos, a los conocidos. La figura central es el guionista Dalton Trumbo. No faltan escenas (otras de mis colecciones favoritas) en la sala de cine: con espectadores viendo el noticiario, disfrutando de Vacaciones en Roma o de The brave, en la sala de pruebas de Espartaco, en la premiere de la misma película…

Sigue leyendo →

La furia (The fury, 1978) de Brian de Palma

lafuria

Si leemos uno de los artículos de Guillermo Cabrera Infante, “El brillante Brian (De Palma)”, en su faceta de crítico cinematográfico, recopilado en el libro Cine o sardina, nos encontramos con que escribe esto, refiriéndose a La furia: “La factura de este film hermoso visualmente (el mejor que ha hecho De Palma hasta ahora) no solo es impecable sino obra de un virtuoso artístico, de un técnico maestro, de una brillantez rara aun en un cine técnicamente tan perfecto como el cine americano actual”. Y es que, particulamente, De Palma es un director que domina la forma y con el contenido vuela a veces hacia la racionalidad y otras al delirio. La furia es puro delirio dentro de una factura visual brillante. Aunque por ahora, sin ninguna duda, de su filmografía me quedaría con Atrapado por su pasado (Carlito’s Way).

Sigue leyendo →

Terror cotidiano. La tercera víctima (Cat and mouse, 1974) de Daniel Petrie

laterceravictima

Hace poco comentando El héroe anda suelto de Peter Bogdanovich, exponía cómo el cine de terror (más expresamente según el modelo Hollywood) había ido evolucionando de aquellos monstruos entrañables de los años treinta –que poblaban nuestros sueños pero eran claramente pesadillas lejanas, podíamos incluso tomarles cariño porque eran las representaciones de nuestros miedos más profundos–, hasta llegar a un terror cotidiano más esquivo, irracional, amenazante, inevitable e incomprensible que empezó a vislumbrarse a principios de los sesenta con continuación en los setenta. Era una especie de reflejo del desencanto de una época con convulsiones políticas, sociales y bélicas, del fin de la inocencia de esa artificial american way of life y la inmersion en la cara oscura, de cambios en la vida cotidiana y en la forma de mirar y entender el cine así como el fin de la censura. Así La tercera víctima, interesante thriller con gotas de terror de los años setenta (en algunas fuentes he visto que se realizó para televisión pero también que se estrenó en algún que otro cine y es una coproducción con Gran Bretaña), sigue dibujando ese terror cotidiano que tiene como protagonista a una persona cercana. Esta vez un introvertido profesor de Biología, con el rostro de Kirk Douglas.

Sigue leyendo →

Westerns atípicos. La metamorfosis de un género (y el colofón). El último atardecer (The last sunset, 1961) de Robert Aldrich

elultimoatardecer

La entrega de un ramo de flores silvestres contiene toda la emoción y la poesía que esconde cada fotograma de El último atardecer. Un western con ecos de tragedia griega e ingredientes de melodrama exaltado. Otra joya en la filmografía de Aldrich. Así continuo no sólo descubriendo otra obra de este director, que nunca me ha dejado indiferente, sino que añado un western más –que pertenece al periodo entre los 60 y los 70– a los que estoy descubriendo durante estos días.

Robert Aldrich se encontraba en un momento delicado de su carrera cinematográfica. Había abandonado un Hollywood que imponía pero que también daba los últimos coletazos del sistema de estudios e iba recorriendo Europa sobreviviendo producción tras producción. Pero estos años de exilio laboral, en los que parecía perdido a la hora de encontrar un camino o una continuidad a su interesante filmografía, le sirvieron para seguir aprendiendo el oficio. Este western llegó de encargo y como una oportunidad de regresar a EE UU con éxito y gloria. Lo que en un principio era una oportunidad, se convirtió en otro desencanto que no contentó a nadie. Sin embargo yo me he topado con un western excesivamente hermoso, lírico…

El director vuelve a narrar con su mirada especial una historia que tiene además un leit motiv de su obra cinematográfica (además ya había realizado westerns tan notables como Apache y Veracruz): un historia que se va construyendo a través de un enfrentamiento.

El enfrentamiento entre un pistolero cansado y el sheriff que quiere detenerle (y que como iremos descubriendo esconde además un odio exacerbado hacia el pistolero y busca una venganza personal). El encuentro se produce en un rancho en México… pero los ‘enemigos’ se verán envueltos en un viaje… para la venganza ya habrá tiempo. Ahora es tiempo de convivir, de seguir siendo ‘enemigos’ pero respetuosos (con algún que otro cabreo que deja patente la tensión siempre existente) hasta que llegue el momento oportuno. Los dos se unen para llevar un ganado de México a Texas. ¿Quién los contrata? John Breckenridge, un ganadero alcoholizado y atormentado por recuerdos bélicos de su pasado en el ejército confederado. ¿Por qué el pistolero acaba en ese rancho… y por lo tanto el sheriff también? Porque John Breckenridge está casado con una hermosa mujer que fue el gran amor del pistolero y ahora que está cansado quiere un hombro donde reposar. Así que se reencontrará no sólo con ella sino también con la hija adolescente de sus gran amor, que enseguida se siente atraída por el halo romántico de este fuera de ley.

Con un reparto totalmente acertado, una fotografía con un color que exalta los colores amarillos –donde sientes el color de la tierra, el viento y el polvo–, y un guion de Dalton Trumbo (el cual tampoco estuvo muy contento con algunas de las imposiciones que tuvo… aunque ya por fin sin estar en la lista negra), El último atardecer se convierte en otro magnífico western atípico donde más que la aventura o el viaje cuentan las emociones de los personajes y sus relaciones.

elutimoatardecerIII

Así el pistolero cuenta con el rostro de Kirk Douglas (muy implicado en el film como coproductor y tampoco quedó contento), un hombre con ganas de un poco de tranquilidad (y que la busca en el recuerdo que tiene de su gran amor) pero que no puede dejar de lado su pasado. Un pasado de violencia, de errores, de nunca parar, de haber hecho mucho daño… Al final busca algo de estabilidad y algo parecido a la felicidad. Cuando todos sus intentos son fallidos y además puede hacer daño –de nuevo– a alguien a quien ama, sabe que sólo hay una salida en el último atardecer. Kirk Douglas, como siempre, sabe presentar un personaje lleno de encanto (a pesar de su cara oscura, exaltada y violenta). A su indumentaria, un pistolero todo de negro, de elegante figura y con un pañuelo al cuello, se une su condición de contador de historias (con buenas metáforas para describir el mar o para entender el amor como un manantial) y de hombre extremadamente nostálgico y en esa nostalgia, hombre romántico. Y en ese intento de encontrar la calma, fracasa continuamente incluso cuando cree que ha encontrado el amor incondicional en la joven hija de su antiguo amor. Una confesión le hará ver lo imposible de ese amor, convirtiéndolo en otro tipo de amor que además requiere un sacrificio…

Los obstáculos (además de su propio tormento) se los va poniendo el sheriff que se convierte en enemigo respetable y compañero de supervivencias pero también se transforma en rival en el amor. El sheriff es un, como siempre, apuesto y rudo Rock Hudson (rey del melodrama) que se siente enseguida atraído por la esposa de John Breckenridge, que es el antiguo amor del pistolero. Según avanza el viaje, él también encuentra un sentido en el viaje, un amor que le redime de sufrimientos pasados, y cada vez va enterrando más hondo sus ganas de venganza pero no su sentido del deber. Y su propio amor (con rostro de Dorothy Malone, otra reina del melodrama) que trata de hacerle ver que no está enamorada de ella sino de una imagen del pasado, y quiere que se dé cuenta de que ahora ella es otra mujer distinta a la adolescente que conoció. Y que porta un secreto que finalmente le hará tomar una decisión inevitable.

En ese camino se encuentra con la trágica figura de John Breckenridge (maravilloso Joseph Cotten) que entierra en alcohol su miedo al enfrentamiento y que protagoniza uno de los momentos más tristes, humillantes y tensos de la película. Y también con la joven que le hará por un momento recuperar la esperanza (una prometedora Carol Lynley, pero que se quedó en promesa)… pero que será un amor imposible (y es tan delicada la manera en que se aborda el dilema, que es uno de los puntos fuertes de esta gran tragedia griega).

Por supuesto no falta ganado, indios, forajidos malvados (donde no falta Jack Elam), disparos, persecuciones… y un duelo final en este western atípico. Entre medias momentos de felicidad, intimidad y romanticismo. Así un pistolero americano canta con sus compañeros mexicanos de viaje una vieja canción (Currucucú paloma) en un momento de descanso…

En El último atardecer son muchas cosas las que se quedan en la retina: puede ser un vestido amarillo o un ramo de flores silvestres…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Westerns atípicos. La metamorfosis de un género (II). El día de los tramposos (There was a crooked man, 1970) de Joseph L. Mankiewicz

eldiadelostramposos

Los ecos del Nuevo Cine Americano ya estaban en plena eclosión en 1970. Y esos ecos era una mirada diferente sobre diversos temas. A esa mirada influyeron los tiempos que corrían de desencanto y cambio, la caída del código Hays y del sistema de estudios y una nueva generación de trabajadores del cine (directores, guionistas, actores…). Pero muchos de los ‘maestros’ siguieron creciendo y creando últimas obras fascinantes… Uno de los que siempre arriesgó, tanto en sus guiones como en las películas que dirigió, fue Joseph L. Mankiewicz. Así en su penúltima película toma un género que no había trabajado nunca, el western, y realiza uno atípico pero fascinante, como ya ocurrió cuando llevó a cabo su único musical Ellos y ellas. Su desencanto con el género humano casa con el desencanto de los tiempos y crea una película cínica y demoledora con humor negro pero con dosis de amargura (o por lo menos a mí me ha provocado amargura). Además esta vez no escribió el guion sino que se apoyó en el de dos jóvenes creadores que ya habían ofrecido la historia de Bonnie and Clyde (que se suele nombrar como la película inaugural del Nuevo Cine Americano).

El día de los tramposos refleja toda una galería de hombres ‘deshonestos’ que terminan en una prisión federal de Arizona perdida en medio del desierto. Y en esa prisión el grupo gira alrededor de dos hombres: el encantador bandido con gafas, Paris Pitman, y con rostro de Kirk Douglas y el nuevo alcaide (antiguo sheriff disparado en la pierna por uno de los ahí encerrados e incapacitado para seguir ejerciendo) con ganas de reformar los métodos arcaicos de la prisión con otros más humanos y sociales (dotar a la cárcel de comedor, enfermería u otro tipo de ocupaciones para los presos…) y una aparente moral inquebrantable con rostro de Henry Fonda. Y sobre todos ellos medio millón de dólares, que tan solo sabe su paradero el bandido Paris Pitman (pues él mismo los robó y escondió). Por eso el objetivo de este hombre será huir de la prisión a toda costa… y busca aliados.

… en esta película del oeste más que la acción, funciona la picaresca y la inteligencia para salir vivo de la prisión y conseguir el botín que permitirá una vida sin ley y con dinero al otro lado de la frontera, en México. Así Paris Pitman engatusa a todos sus compañeros de celda pero también al nuevo alcaide (con el antiguo había pactado un ‘reparto’) y a los propios espectadores que caen rendidos (como servidora) a sus encantos. Es un hombre con carisma. Sin embargo, desde el principio se nos advierte de que es un bandido sin escrúpulos y que utiliza a las personas para conseguir sus fines, sobre todo, quedarse con el botín. Como también somos conscientes de que pie cojean cada uno de los asesinos, estafadores, antiguas glorias (y de sus debilidades)… que conviven en la celda. Aunque no se para ahí El día de los tramposos, igual de deshonestos que la pandilla que se encuentra encerrada en la celda, son los hombres de bien: el padre de familia, el juez, los guardianes, el antiguo alcaide e incluso el hombre que nos parece más honesto de la función nos ofrecerá su cara oscura, su rostro oculto (sin embargo, y parece ser que hubo cortes en su papel, el de Henry Fonda es el que me parece menos logrado aunque es fundamental para la trama y la sola presencia de Fonda le otorga un poderoso final). El día de los tramposos es un sálvese quien pueda. Y el que sea más hábil jugando, se llevará el botín. El más inocente (que lo hay) perderá la vida sin entender que es lo que ha ocurrido, ni saber que ha sido vilmente manipulado. Otros se darán cuenta del engaño. Y el de más allá perderá la cordura. El de más acá se creerá vencedor pero no se dará cuenta de que hay un destino, un factor suerte…

A pesar de parecer un western vodevil envuelto en película carcelaria con reformas sociales, El día de los tramposos es una demoledora película sobre lo sombrío de la condición humana muy acorde con los tiempos que corrían (y con los que corren ahora)… Tiene un ritmo alegre, divertido y pícaro pero por detrás va dando mazazos, golpes y dejando a la luz un mundo oscuro, triste y perplejo. Cuenta con una galería de actores excepcional pues a Kirk Douglas y Henry Fonda, se unen unos secundarios de lujo, con unos personajes maravillosamente perfilados, como los geniales Hume Cronyn (estafador, homosexual y pintor de ángeles con sexo), Burgess Meredith (una leyenda que se hace llamar Kid y lucha por no volverse loco) o Warren Oates (toda su vida traicionando buscando tener un amigo de verdad…).

Un western atípico que logra congelarte la sonrisa. Pero, como siempre rodado con ingenio, con un arranque estupendo que además es la mejor presentación de cada uno de los protagonistas… y un final tan inesperado como demoledor…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.